Domingo de la 15ª semana de Tiempo Ordinario. – 16/07/2017

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Comentario Pastoral

LO IMPORTANTE ES SEMBRAR

Jesús fue un predicador fascinante por la elementalidad de los símbolos y la espontaneidad de las referencias a la naturaleza y al trabajo palestino. En la parábola del sembrador, que se lee en este decimoquinto domingo del tiempo ordinario, encontramos una semejanza incompresible a primera vista para la mentalidad actual, que consideraría insensato a un agricultor que siembre a lo largo del camino, entre piedras y entre espinas. En realidad, en la antigua Palestina este procedimiento era habitual: se sembraba no después, sino antes de la “arada”, que tenía como finalidad quitar los obstáculos y enterrar la semilla. A pesar de todas las adversidades, la cosecha será abundante allí donde la semilla ha crecido. Lo mismo sucederá al final con el Reino de Dios.

La explicación de la parábola del sembrador es como una homilía, que pasa el acento desde Dios al hombre, de la semilla al terreno, de la contemplación de fe al empeño moral y existencial. El tema central de esta interpretación está ligado al binomio “escuchar comprender”, es decir, a la adhesión y aceptación de la Palabra de Dios y del Reino.

Los pájaros que devoran la simiente manifiestan un corazón poseído por el maligno, que arranca todo lo que ha sido sembrado. El terreno pedregoso que sólo permite que brote un tallo débil hace referencia a los inconstantes y débiles, que se abaten en la primera prueba. Las espinas son el símbolo de los superficiales y de los inestables, atados al bienestar y al orgullo. Los que se convierten a la Palabra de Dios son terreno fértil y fructífero.

En la parábola se sugiere un contraste duro entre la acción de Dios (semilla y sembrador) y el fallo humano (terrenos improductivos). La Palabra tiene como suerte más común el rechazo. La historia de la siembra es una alegoría de la libertad humana y de la eficacia del Reino, que es acogido en el corazón de unos “pocos”. El pequeño grupo de los creyentes es el fermento que ayuda al mundo y a la entera humanidad a liberarse de los desequilibrios y a orientarse según los planes que Dios ha trazado. El cristiano debe acogerse y dejarse invadir por la semilla fecunda de la Palabra de Dios.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 55, 10-11 Sal 64, 10abcd. 10e-11. 12-13. 14
san Pablo a los Romanos 8, 18-23 san Mateo 13, 1-23

de la Palabra a la Vida

Con el evangelio de este domingo comienza un bloque que nos lleva a profundizar en los próximos domingos en una de las partes más conocidas y particulares de la enseñanza de Jesús: la que realiza por medio de las parábolas. Con las parábolas trata de explicar acerca del Reino de Dios pero, además, trata de hacerlo de una forma cercana por los ejemplos empleados y a la vez misteriosa porque no es accesible a todos.

Por eso, para poder escuchar con gusto y comprender la enseñanza de las parábolas, conviene en primer lugar que sepamos situarnos: el Señor nos reúne a sus amigos, a sus discípulos, para ofrecernos una enseñanza privilegiada, una lección desde lo más habitual de nuestra vida de lo más misterioso y extraño a nosotros.

Hoy se nos introduce en este arcano saber por medio de la parábola del sembrador.
Este sembrador es un personaje confiado en su tarea, que realiza con decisión y gran esperanza. Jesús habla de él casi con alegría, como si compartiera su esperanza. La tarea de la siembra es ardua, no resulta fácil, los terrenos en los que sembraban los que escuchaban a Jesús no eran lugares fáciles ni muy fértiles, pero él sigue adelante con su acción. Incluso siembra en lugares aparentemente difíciles, en un esfuerzo que casi podría ahorrarse… el caso es que al final obtiene fruto. La parábola resulta ser una advertencia escatológica (sobre los tiempos finales).

No es difícil imaginar las situaciones que llevaron a Jesús a expresarse con esta historia: la misión con Jesús comienza como algo apasionante, su irrupción en las aldeas de Galilea es de gran éxito, pero poco a poco el rechazo crece y los fracasos, propios y de los discípulos, también, ¿esta predicación, como esa semilla, tiene éxito? Y he aquí el motivo de la alegría de Jesús: Él sabe bien que sí, que “como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, así será mi palabra”. Ha llegado la hora del Reino, y los frutos serán inmensos, aunque ahora pueda parecer lo contrario en la hora de la siembra. El discípulo, aquel que sigue a Cristo, no puede desanimarse, sino perseverar, seguir sembrando, y sonreír confiado en la acción del Padre.

Por eso la Iglesia repite, aprendiendo de la seguridad del Maestro, en el Salmo: “La semilla cayó en tierra buena y dio fruto”. De unos tiempos de poca esperanza para los que siembran, se dará origen a unos tiempos de inmensos frutos. El discípulo tiene que levantar la mirada hacia el Señor, y fundamentar su propia espera en el éxito final en el sembrador que no se ha desanimado. No viene mal a los cristianos recordarnos el poder de Dios y la seguridad del Hijo en la acción del Padre: la tentación del desánimo en la misión, de no confiar en el éxito, puede incitarnos al pesimismo o a la rendición. Hay que volver a mirar al Señor, no a los frutos porque de algo que parezca inútil el Padre hará brotar un fruto insospechado. ¿Dudamos del éxito de Dios? ¿Pensamos nosotros a veces que se ha podido equivocar?

Quizás pueda ayudarnos verlo como ese sembrador que confía en su manera de trabajar, en su buen hacer, en el clima traicionero tantas veces… Es un domingo este para ver en qué nos desanimamos, en qué no pensamos que la Iglesia pueda obtener el fruto deseado, y entonces, mirar al sembrador. Ejemplo de serenidad y confianza, de alegría e ilusión. Dios lleva su misión de forma sabia: su palabra hará su voluntad y cumplirá su encargo

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones

De la oración litúrgica a la oración personal:
Prefacio de Santa María Magdalena


En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
aclamarte siempre. Padre todopoderoso,
de quien la misericordia no es menor que el poder,
por Cristo, Señor nuestro.
El cual se apareció visiblemente en el huerto a María Magdalena,
pues ella lo había amado en vida,
lo había visto morir en la cruz,
lo buscaba yacente en el sepulcro,
y fue la primera en adorarlo
resucitado de entre los muertos;
y él la honró ante los apóstoles
con el oficio del apostolado
para que la buena noticia de la vida nueva
llegase hasta los confines del mundo.
Por eso, Señor,
nosotros, llenos de alegría,
te aclamamos con los ángeles y con todos los santos, diciendo:
Santo, Santo, Santo…


 


Para la Semana

Lunes 17:

Ex 1,8-14.22. Obremos astutamente contra Israel para que no se multiplique más.

Sal 123. Nuestro auxilio es el nombre del Señor.

Mt 10,34-11,1. No he venido a sembrar paz sino espada.
Martes 18:

Ex 2,1-15a. Lo llamó Moisés, pues lo había sacado del agua.

Sal 68. Los humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Mt 11,20-24. El día del juicio les será más llevadero a Tiro, a Sidón y a Sodoma que a vosotras.
Miércoles 19:

Exodo 3,1 6.9 12. El ángel del Señor se apareció en una llamarada entre las zarzas.

Sal 102. El Señor es compasivo y misericordioso.

Mateo 11,25 27. Has escondido estas cosas a los sabios, y se las has revelado a la gente sencilla.
Jueves 20:

Ex 3,13-20. Yo soy el que soy.

Sal 104. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

Mt 11,28-30. Soy manso y humilde de corazón.
Viernes 21:
Ex 11,10-12.14. Mataréis al cordero al atardecer, cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante
vosotros.

Sal 115. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Mt 12,1-8. El Hijo del hombre es señor del sábado
Sábado 22:
Santa María Magdalena. Fiesta

Cant 3,1-4b. Encontré al amor de mi alma.

o bien:

2Cor 5,14-17. Ahora ya no conocemos a Cristo según la carne.

Sal 62. Mi alma está sedienta de ti, Dios mío.

Jn 20,1-2.11-18. Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?


Domingo de la 14ª semana de Tiempo Ordinario. – 09/07/2017

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Comentario Pastoral

GENTE SENCILLA

En muchas situaciones de la vida, la verdad y la sencillez forman la mejor pareja. Por eso no es de extrañar que los hombres grandes sean sencillos, sin ampulosidad ni artificios. El seguidor de Jesús de Nazaret pertenece a la clase de la “gente sencilla% que vive coherentemente la fe del Evangelio, sin obcecarse en el orgullo de sabidurías humanas. Los sencillos son los que pueden ser llamados “necios” con criterios mundanos, porque siguen el camino de los verdaderamente sabios delante de Dios. No en vano dice el refranero: “Más vale sencillez y decoro que mucho oro”.

Son sencillos los que saben tolerar los golpes duros, la propia debilidad, la insuficiencia de los medios, la inseguridad económica, la incomprensión de los intransigentes, las prisas pueriles, las exigencias, los desfallecimientos o la inexperiencia de los que mandan, la abundancia de leves fracasos, las oposiciones de dentro y de fuera, las noticias molestas, el asalto de los inoportunos, el tiempo perdido en atender a los empalagosos. La verdadera sencillez es una señal de alma enérgica que se domina perfectamente.

Los cristianos, por su sencillez, deben ser mansos y humildes de corazón, a ejemplo del Maestro. Por eso cargan con su yugo, es decir, con su cruz. A causa de la semejanza externa del madero transversal, el yugo de los animales de tiro se convirtió en cruz en la boca del pueblo, y con toda razón, en la predicación cristiana. Los discípulos o creyentes tenían que llevar la cruz con su Señor y Maestro que había escogido este camino. La cruz no es yugo que oprime e insoportable, sino llevadero desde el amor y ligero por la esperanza.

No es fácil vivir como gente sencilla. Muchos días nos podemos sentir cansados y agobiados, porque la vida soñada no viene y los esfuerzos de cada jornada parecen inútiles. A veces no se sabe por qué causa uno está harto de casi todo. Los días son demasiado iguales y pesan demasiado. En estas circunstancias es precios pensar bien, alcanzar el conocimiento de la gran revelación que hace Jesús, para encontrar sentido y rumbo a la propia existencia, que ha sido salvada por el yugo suave de la cruz.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Zacarías 9, 9-10 Sal 144, 1-2. 8-9. 10-11. 13cd-14
san Pablo a los Romanos 8, 9. 11-13 san Mateo 11, 25-30

de la Palabra a la Vida

En pleno verano nos encontramos con una profecía sorprendente en la primera lectura. No tanto por la profecía en sí, sino más bien porque estamos acostumbrados a relacionarla con la Natividad del Señor o con el Domingo de Ramos. El profeta Zacarías anunció con gran alegría la restauración del Templo. Esta se haría por medio de un misterioso rey que no emplearía la fuerza ni la violencia para conseguir su triunfo: “modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica…dictará la paz a las naciones”. En su libro repite una y otra vez la expresión: “¡Alégrate!” Por un camino misterioso, el camino de la paz, un rey va a llevar a cabo la conquista de la ciudad de Dios, de la ciudad de grandes e invencibles murallas.

Sin embargo, este pasaje en el que la Iglesia sin duda ha visto a Jesucristo realizando su victoria, hoy nos desvía la atención hacia otro lado por medio del evangelio: “los humildes y sencillos”, aquellos a los que el Señor ha revelado su victoria, son los que han aceptado esa humildad de su rey. Solo desde la humildad se consigue seguir al Señor. San Agustín dice que “no siendo humilde, no puede entenderse la humildad de Dios”: la humildad abre puertas que ni las armas más poderosas podrían destruir, pero esto merece ser bien entendido, sobre todo porque el mundo en el que vivimos casi demuestra lo contrario cada día.

El conocimiento de Dios, el gran misterio de la historia de la salvación, el plan providente de Dios sobre cada uno de nosotros, el sentido de la vida…todo eso encuentra respuesta por medio del Hijo, y por lo tanto haciendo como el Hijo. En un principio, el hombre de Iglesia no debería tener dificultad para abrir paso en su corazón a semejantes conocimientos, pues es el creyente el que reconoce al Mesías como el que viene pobre y humilde, es el creyente el que acepta que en dos signos tan pobres y humildes como el pan y el vino es el mismo Cristo el que viene…ya solo le queda vivir su propia vida, a imagen del Maestro, como un constante abajamiento, en el que va recibiendo la verdad sobre Dios a la vez que va rechazando las armas del mundo.

La enseñanza de este domingo es tumbativa: el camino con Cristo se realiza haciendo de nuestro corazón uno como el suyo, sabiendo cuales son las puertas que nos abre un corazón así y a la vez cuales son las puertas que renunciamos a que se nos abran. No podemos pretender seguir al Señor a la vez que haciendo violencia sobre la realidad. La verdad sobre Dios la revela Dios, Él permite verla. ¿Qué puertas de la ciudad quiero que se me abran cada día? ¿Hasta dónde me deja entrar Cristo en sus misterios? ¿Descubro en ese camino de humildad el medio de comunión con Cristo y de revelación de sus misterios?

La violencia es lo contrario del descanso. La celebración de la Iglesia es siempre una invitación a entrar en el descanso de Dios, a entrar en su forma de dar al hombre sus más preciosos tesoros, el don de la gracia. Las puertas del cielo se abren para el que confía en el poder de Dios, que vence a nuestras formas de hacer cada día.

En el verano, en el Tiempo Ordinario, la Iglesia nos recuerda una actitud necesaria para poder seguir a Cristo sin sofocos: la imitación del que es “manso y humilde de corazón”, imitación que nace de la revelación histórica, mediante su abajamiento, del amor de Dios.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal:
Prefacio III dominical del tiempo ordinario

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque reconocemos como obra de tu poder admirable
no solo socorrer a los mortales con tu divinidad,
sino haber previsto el remedio
en nuestra misma condición humana,
y de lo que era nuestra ruina
haber hecho nuestra salvación,
por Cristo, Señor nuestro.
Por Él los coros de los ángeles
adoran tu gloria eternamente, gozosos en tu presencia.
Permítenos asociarnos a sus voces
cantando con ellos tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 10:
Gén 28,10-22a. Vio una escalinata apoyada, y ángeles de Dios subían y bajaban, y Dios hablaba.

Sal 90. Dios mío, confío en tí.

Mt 9,18-26. Mi hija acaba de morir, pero ven tú, y vivirá.
Martes 11:
San Benito, abad. Fiesta.

Prov 2,1-19. Abre tu mente a la prudencia.

Sal 33. Bendigo al Señor en todo momento.

Mt 19,27-29. Vosotros, los que me habéis seguido, recibiréis cien veces más.
Miércoles 12:

Gén 41,55-57; 42,5-7a. 17-24a. Estamos pagando el delito contra nuestro hermano.

Sal 32. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de tí.

Mt 10,1-7. Id a las ovejas descarriadas de Israel.
Jueves 13:

Gén 44,18-21.23b-29; 45,1-5. Para preservar la vida me envió Dios delante de vosotros a Egipto.

Sal 104. Recordad las maravillas que hizo el Señor.

Mt 10,7-15. Gratis habéis recibido, dad gratis
Viernes 14:

Gén 46,1-7.28-30. Puedo morir, después de haber contemplado tu rostro.

Sal 36. El Señor es quien salva a los justos.

Mt 10,16-23. No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre.
Sábado 15:
San Buenaventura, obispo y doctor. Memoria.

Gén 49,29-32; 50,15-26a. Dios cuidará de vosotros y os llevará de esta tierra.

Sal 104. Los humildes buscad al Señor y revivirá vuestro corazón.

Mt 10,24-33. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo.


Domingo de la 13ª semana de Tiempo Ordinario. – 02/07/2017

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Comentario Pastoral

CRISTO Y LA LEY NUEVA

La hospitalidad para el oriental es la expresión de un diálogo, de una apertura, de una atención hacia quién está solo, vagabundo o abandonado. Nuestra sociedad occidental, en cambio, valora como más positivo el encierro en la propia casa, refugio que nos libera de las inseguridades de recibir a un desconocido. Sin embargo, basándonos en las lecturas de este domingo decimotercero del tiempo ordinario, hay que coincidir en que “acoger” es abrirse desinteresadamente a los demás, superando conceptos egoístas y prácticas insolidarias. El calor humano de la acogida es siempre la base para alcanzar el amor fraterno.

La finura de la escena descrita en el libro de los Reyes (1ª lectura) resalta la delicadeza que la mujer de Sunem dispensa al profeta Eliseo, que en medio de su nomadismo encuentra una casa, en la que han preparado una habitación pequeña con cama, mesa, silla y candil. De este modo el profeta puede retirarse y encontrar el ambiente silencioso para su reflexión y el descanso físico y síquico para reemprender su camino misionero. ¡Qué importante es saber acoger sencilla y espontáneamente a los hermanos que están solos, porque trabajan en bien de todos!

Es mejor dar que recibir. La fuente de la alegría está cuando se pasa de una acogida, fruto de la caridad y de la filantropía, a la convicción de que detrás del rostro de toda criatura se esconde el rostro de Cristo. Por eso lo sencillo puede ser importante, y un vaso de agua fresca, por encima de ser una urgente y sencilla necesidad corporal, se puede convertir en una cooperación evangelizadora, digna de la recompensa divina.

Acoger, en terminología cristiana, es ser digno de Cristo. La acogida de la cruz no es un puro ejercicio ascético ni una abnegación masoquista de fanáticos; es un perder para encontrar, es un sepultarse con Cristo en la muerte para ser despertado de entre los muertos. Para encontrar la verdadera vida hay que superar muchas indignidades, hay que renunciar a muchas comodidades, hay que vencer muchos egoísmos. Siendo generoso, solidario, y desprendido se es ciudadano del nuevo mundo que quiere Jesús de Nazaret

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

2 Re 4, 8-11. 14-16a Sal 88
Romanos 6,3-4.8-11 san Mateo 10,37-42

de la Palabra a la Vida

En Eliseo la gente veía a un santo de Dios, al quien en cuya vida encontraban, dentro de sus humanas limitaciones, las huellas del Dios de Israel: Eliseo hablaba palabras de Dios, curaba como curaba Dios, se preocupaba por los pobres y los débiles como el Dios de Israel había hecho con ellos en su esclavitud. El discípulo del gran profeta Elías recorría las aldeas llamando a la fidelidad con Dios. De eso hablaba, y por eso hablar de Eliseo era como hablar de su misión y del fin de la misma, obedecer a Dios para agradarle.

Cuando encontramos a alguien cuya vida nos habla de Dios, lo menos que queremos hacerle es una habitación en nuestro corazón, porque sabemos que esa persona va a poner nuestra vida, nuestras preocupaciones e intenciones, en relación con Dios, que nos va a ayudar a interpretar lo que a nosotros nos cuesta. Por eso, el vínculo del discípulo con Cristo es también de una transparencia sorprendente: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a aquel que me ha enviado”.

Pero esa tarea requiere primero preferir a Cristo sobre todo. El seguimiento de Cristo en el Tiempo Ordinario busca mover nuestro corazón día a día, domingo a domingo, de tal forma que también nosotros pongamos al Señor lo primero, que seamos capaces de cumplir con el primer mandamiento. No basta con quererlo: para quererlo hay que “no querer” que otras muchas cosas, situaciones, personas…ocupen ese lugar. El sí al Señor del discípulo va realizando un camino de configuración con Jesús que se trabaja en las pequeñas elecciones, todas ellas con la cruz a cuestas.

Sin embargo, las lecturas de hoy nos muestran también la belleza de ser acogidos: el que busca transparentar a Cristo encontrará también un lugar donde alojarse, donde descansar, aunque el Señor mismo no tuviera “donde reposar la cabeza”. Cristo nos acompaña con la caridad de los hermanos para la difícil misión de ser profetas, de transparentar a Dios.

La celebración de la liturgia es el lugar precioso en el que la Iglesia nos enseña a recibir a Cristo. Cada vez que escuchamos “el Señor esté con vosotros” se nos está advirtiendo: el Señor pasa. Si aquellos habitantes de Sunem reconocían algo en Eliseo, la Iglesia reconoce cada día al mismo Señor. Es necesario que nuestro corazón tenga la mirada de fe que permite identificarlo y la caridad que permite abrirle las puertas de casa.

No siempre es fácil recibir a Cristo, a menudo sus palabras son desconcertantes, e incluso a aquellos que le acompañan cada día, les descoloca con sus propuestas exigentes o, como en el caso del profeta Eliseo, responde con promesas inesperadas a los que le quieren acoger. ¿Busco seguir al Señor cuando viene a mí? ¿Cómo reacciono ante la presencia del Señor que quiere un seguimiento difícil? La humildad del discípulo le permite dejarse llevar por el Señor. La falta de fe es un obstáculo que impide coger la cruz bajo apariencia de acierto, de lo razonable, como le sucede a la mujer de la primera lectura de hoy.

Aceptar el seguimiento del Señor es una invitación constante a reconocer las maravillas del Señor. Solamente quien busca cada día ese reconocimiento puede abrir el corazón a la fe, a esperar de Dios algo sorprendente, pues sorprendente es todo lo que rodea al discípulo de Cristo. La Iglesia nos enseña a alabar al Señor cada día por sus grandes obras con el Magníficat, el canto de María: sólo un corazón abierto a la fe como el de ella puede cargar con la cruz del Señor y dar precioso testimonio del amor y la santidad de Dios.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal:
Prefacio VII dominical del tiempo ordinario

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque tu amor al mundo fue tan misericordioso
que nos enviaste como redentor a tu propio Hijo,
y en todo lo quisiste semejante a nosotros,
menos en el pecado,
para poder así amar en nosotros
lo que amabas en él.
Con su obediencia has restaurado aquellos dones
que por nuestra desobediencia habíamos perdido.
Por eso, Señor, nosotros, llenos de alegría,
te aclamamos con los ángeles y con todos los santos diciendo:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 3:
Santo Tomás apóstol. Fiesta.

Ef 2,19-22. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles.

Sal 116. Id al mundo entero y proclamad elevangelio.

Jn 20,24-29. ¡Señor mío y Dios mío!
Martes 4:

Gén 19,15-29. El Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego.

Sal 25. Tengo ante tus ojos tu bondad, Señor.

Mt 8,23-27. Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma.
Miércoles 5:

Gén 21,5.8-20. No va a heredar el hijo de esa criada con mi hijo Isaac.

Sal 33. El afligido invocó al Señor y él lo escuchó.

Mt 8,28-34. ¿Has venido aquí a atormentar a los demonios antes de tiempo?
Jueves 6:

Gén 22,1-19. El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe.

Sal 114. Caminaré en presencia del Señor en el país de los vivos.

Mt 9,1-8. La gente alababa a Dios, que da a los hombres tan potestad.
Viernes 7:

Gén 23,1-4.19;24,1-8.62-67. Isaac, con el amor de Rebeca, se consoló de la muerte de su madre.

Sal 105. Dad gracias al Señor porque es bueno.

Mt 9,9-13. No tienen necesidad de médico los sanos; misericordia quiero y no sacrificios
Sábado 8:

Gén 27,1-5.15-29. Jacob suplantó a su hermano y le quitó su bendición.

Sal 134. Alabad al Señor porque es bueno.

Mt 9,14-17. ¿Es que pueden guardar luto mientras el esposo está con ellos?


Domingo de la 12ª semana de Tiempo Ordinario. – 25/06/2017

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Comentario Pastoral

LOS MIEDOS DE HOY

Están cambiando tanto las cosas y surgen tan vertiginosamente las inseguridades en el mundo de hoy, que por doquier crece el miedo. Para muchos esta época está siendo un terremoto. La tierra firme se ha convertido en un mar alborotado y lo inexpugnable se ha caído.

El miedo es legítimo. Nace del instinto de conservación, de defensa del medio vital y del deseo de permanecer en una seguridad, que anteriormente se ha disfrutado. El sentimiento del miedo surge desde la amenaza y desde la pérdida. Hay cosas que es necesario conservar y que en el diluvio del cambio han quedado soterradas. Resistirse a que desaparezcan, padecer temor por perderlas, es bueno. Lo malo es cuando el miedo nos paraliza y nos avasalla, impidiendo emprender el camino de la reconstrucción y de la apertura al futuro.

Ni en la Biblia ni en la liturgia encontramos un texto en el que al expresar el fiel su temor ante los peligros de este mundo, no exprese también al propio tiempo su confianza en Dios.

Existe un miedo ilegítimo, que nace del deseo desenfrenado de seguridad. Algunas estructuras sociales y religiosas se consideran un refugio. Se buscan brazos poderosos para que protejan. Por eso la seguridad muchas veces es evasión, huida, miedo a tomar decisiones y responsabilizarse con ellas.

La vida es inseguridad, búsqueda, riesgo, camino sobre el mar, sospecha, intuición, palpar entre sombras. La verdadera actitud vital no es la seguridad, sino la fe, la confianza, la lucha contra la duda, la superación de la indecisión. Huir de la realidad y cerrar los ojos es no tener fe. El evangelio (el texto que se lee en este domingo es una maravilloso ejemplo) está lleno de invitaciones a no temer.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Jeremías 20, 10-13 Sal 68, 8-10. 14 y 17. 33-35
san Pablo a los Romanos 5, 12-15 san Mateo 10, 26-33

de la Palabra a la Vida

Es difícil para nosotros, cristianos, al escuchar la profecía de Jeremías de la primera lectura de hoy, no ser llevados con las alas de la fe hasta el mismo Cristo, modelo del justo perseguido. Jesús nos ha advertido en el evangelio de algo que ya hemos visto en sus “primeros discípulos”, los profetas: igual que Él ha sido perseguido, también lo serán los suyos.

Después del tiempo de Cuaresma, de la Pascua y de las fiestas dominicales del Señor, el primer mensaje que recibimos en el domingo es éste. Es claro su sentido: os quedan veinte semanas por delante, un largo trecho hasta que vuelva al adviento, así que sabed lo que os espera en el seguimiento del Maestro y sed fuertes. Este camino del Tiempo Ordinario no es un camino de flores y alabanzas, sino que es exigente en todos los momentos y muy duro en muchos otros. Porque a alguien que no trata de vivir las cosas con una recta moralidad, a alguien que no busca seguir a Dios, es difícil tener un criterio desde el que pueda dejarse corregir, pero a quien trata de seguir al Señor, pronto habrá quien le busque el error, la equivocación o el pecado para echarle en cara su buen deseo y evitar que pueda reprochar al que yerra. “Mis amigos acechaban mi traspié” significa eso mismo, que estaban esperando mi error para denunciar mi incoherencia.

Por desgracia para el cristiano, el anuncio y la fe en Jesucristo tienen que ir seguido de una santidad de vida que produce no pocos disgustos por la propia debilidad: ¿Quién no ha tenido que escuchar aquello de: “tú mucho ir a misa pero luego…”? Esa búsqueda de hacernos daño en la propia debilidad no debe producirnos miedo. Ni nuestro acierto provoca alegría al mundo, ni le interesa, sino que aumenta el deseo de apagar esa luz que supone siempre la búsqueda del bien.

Dos razones nos muestra el Señor en el evangelio de hoy para no tener miedo: la primera que, “hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados”, es decir, que Dios sabe bien de nuestra capacidad y aguante, que nunca serán superados por mucho mal que nos ataque. La segunda, que siempre que nos declaremos discípulos de Cristo, sabemos que podremos contar con su ayuda y defensa. “Que me escuche tu gran bondad” es una invitación a perseverar en nuestro testimonio, en el fondo, en nuestra vida. Nuestro testimonio, por lo tanto, no debe verse intimidado por las amenazas ni escondido por nuestras debilidades: “nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, y nos hacemos siervos vuestros por amor a Jesús” (2Co, 5).

Sí, hablamos del Señor. Él es bueno, él nos cuida. ¿Dónde puede la Iglesia aprender a ofrecer semejante testimonio, decidido, sereno, ardiente? Sin duda, lo aprende en la celebración de la eucaristía, en la liturgia de la Iglesia. En ella empleamos palabras que no son nuestras. Recibimos fuerzas que no son nuestras. No somos enviados por decisión nuestra. Es Cristo el que hace, nosotros los que aprendemos lo que Él quiere que hagamos. ¿Acepto aprender a dar testimonio en cómo la Iglesia lo hace conmigo? ¿Recuerdo siempre, en el éxito y en el fracaso, que hablo de Cristo, que mis palabras son de Cristo?

En el camino de la vida, como en el del Tiempo Ordinario, no tenemos que dudar: Cristo nos hace capaces de anunciarlo, ya cuenta con nuestra debilidad, que si los adversarios la esperan para atacarnos, Cristo la acoge con cariño para hacerse presente por medio de ella.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal: Prefacio de los santos apóstoles Pedro y Pablo

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque en los santos apóstoles Pedro y Pablo
has querido dar a tu Iglesia un motivo de alegría:
Pedro fue el primero en confesar la fe;
Pablo, el maestro insigne que la interpretó;
aquel fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel;
este fue maestro y doctor en la vocación de los gentiles.
Así, por caminos diversos,
congregaron la única familia de Cristo;
y una misma corona asoció a los dos,
a quienes venera el mundo.
Por eso, con los santos y con todos los ángeles,
te alabamos, diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 26:

Génesis 12,1 9. Abrahán marchó como te había dicho el Señor.

Sal 32. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

Mateo 73 5. Sácale primero la viga del ojo.
Martes 27:

Génesis 13,15 18. No haya disputas entre nosotros dos, pues somos hermanos.

Sal 14. Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

Mateo 7,6.12 14. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten.
Miércoles 28:
San Ireneo, obispo y mártir. Memoria.

Gén 15,1-12.17-18. Abrahán creyó a Dios y le fue contado como justicia; y el Señor concertó alianza con él.

Sal 104. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

Mt 7,15-20. Por sus frutos los conoceréis.
Jueves 29:
Santos Pedro y Pablo, apóstoles. Solemnidad

Hch 12,1-11. Ahora sé realmente que el Señor me ha librado de las manos de Herodes.

Sal 33. El Señor me libró de todas mis ansias.

2Tim 4,6-8.17-18. Me está reservada la corona de la justicia.

Mt 16,13-19. Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos.
Viernes 30:
Gén 17,1.9-10.15-22. Sea circuncidado todo varón como señal de la alianza. Sara te va a dar un hijo.

Sal 127. Esta es la bendición del hombre que teme al Señor.

Mt 8,1-4. Si quieres, puedes limpiarme.
Sábado 1:

Gén 18,1-15. ¿Hay algo demasiado difícil para el Señor? Cuando vuelva a visitarte, Sara habrá tenido un hijo.

Sal. Lc 1,46-55. El Señor se acuerda de su misericordia.

Mt 8,5-17. Vendrán muchos de oriente a occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob.


Domingo de la 11ª semana de Tiempo Ordinario. Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – 18/06/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

EL BANQUETE DE LA EUCARISTíA

La primacía del banquete y del sacrificio eucarístico y la preeminencia del altar brilla significativamente en el rito sacramental que actualiza el misterio de Cristo. Los cristianos, obedientes al mandato del Señor, se reúnen para la acción de gracias, la oblación y la cena santa.

En esta solemnidad del Corpus volvemos a recordar que los actos redentores de Cristo culminan y están compendiados en su muerte y resurrección, que se actualizan en la eucaristía, celebrada por el pueblo de Dios y presidida por el ministro ordenado. Por eso, redescubrir la eucaristía en la plenitud de sus dimensiones es redescubrir a Cristo.

La Iglesia da gracias por la donación de Cristo, que nos convida a su mesa y se queda presente entre los hombres en el Santísimo Sacramento. La comunidad cristiana se reune para que el Señor se manifieste y entregue su Cuerpo y su Sangre. No se trata, pues, de asistir a misa, sino de revivir los gestos del Señor. No se trata de embriagarse de emociones, sino de celebrar consciente, plena y activamente.

La comunidad cristiana se construye a partir del altar, que es el hogar de la vida comunitaria. Nuestros altares son ara, mesa y centro, triple funcionalismo que concreta y expresa la triple acción de sacrificar, alimentar y dar gracias.

La Eucaristía es síntesis espiritual de la Iglesia, banquete de plenitud de comunión del hombre con Dios, fuente de los valores eternos y experiencia profunda de lo divino. Participar en la eucaristía dominical es signo inequívoco de identidad cristiana y de pertenencia a la Iglesia. Por eso la Misa es momento privilegiado que posibilita el encuentro con Dios a niveles de profundidad de fe y de compromiso humano.

El Cuerpo de Cristo, pan bajado del cielo, es el definitivo maná, que repara las fuerzas del pueblo creyente en su caminar por el desierto de este mundo hacia la casa del Padre. Es pan de vida verdadera, es decir, de vida eterna. participando del cuerpo del Señor, y compartiendo su cáliz, los cristianos se hacen “un solo cuerpo”.

Andrés Pardo

 

 

 

Palabra de Dios:

Deuteronomio 8, 2-3. l4b-l6a Sal 147, 12-13. 14-15. 19-20
san Pablo a los Corintios 10, 16-17 san Juan 6, 51-58

de la Palabra a la Vida

Antes de regresar totalmente al Tiempo Ordinario, también en el ritmo dominical, la Iglesia nos ofrece hoy la oportunidad de reflexionar sobre el alimento que nos permite seguir siendo Iglesia, que nos permite seguir al Señor por la vida. ¿Es este alimento un pan, así como el maná que comió el pueblo de Israel en el desierto? No, no es ese, aunque el maná fuera un don de Dios a su pueblo, ese don sirvió para mantener vivo al pueblo, para manifestar la alianza que Dios había hecho con Israel por medio de su siervo Moisés.

Por eso, la liturgia de la Iglesia nos recuerda hoy aquel pan sin cuerpo: Dios se ha preocupado desde antiguo de alimentar a los suyos, como ha considerado oportuno por su misericordia. A partir de la venida de Cristo, “el pan vivo que ha bajado del cielo”, el maná ha pasado a ser un anuncio del alimento verdadero. Verdadero significa que es el pan para siempre. El maná pasó, después de haber cumplido con su misión, pero el pan de la eucaristía no pasará. Esa cualidad, la eternidad de ese pan, hace que el que lo coma se vuelva también eterno.

Por lo tanto, para seguir al Señor por el Tiempo Ordinario, por el camino de la vida, necesitamos un alimento perenne, “el pan de los fuertes”. La presencia de Cristo en la eucaristía es presencia permanente que no busca sólo alimentar, sino más bien unirnos a Él, como la vid y los sarmientos. Esa unión nos va haciendo ser Él, y entonces capaces de vivir como Él.

Sin embargo, el misterio eucarístico no es sólo misterio de comunión con Jesús, sino también entre todos los que lo reciben. La eucaristía, alimento “hecho” por el cuerpo, se convierte en hacedora de la Iglesia, en elemento de unidad entre todos los que reciben el mismo alimento. Inseparablemente, no sólo nos une con el Señor, sino también con toda la Iglesia. San Pablo lo expresa de esta forma en la segunda lectura: “así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”. La eucaristía no sólo hace de nosotros fuertes para avanzar en el seguimiento de Jesucristo, sino que nos fortalece formando parte de un cuerpo.

Así, nosotros, débiles por nosotros mismos, por la eucaristía somos doblemente fortalecidos: con el don divino y con la Iglesia. El cristiano que verdaderamente aprecia y valora el alimento eucarístico es aquel que aprecia y valora también el cuerpo de Cristo, porque la eucaristía no nos separa de los hermanos, nunca busca hacernos al margen de los otros, sino que nos anima a seguir a Cristo como parte de un pueblo. El maná era el alimento del pueblo, no para quien se alejaba del mismo.

Por eso, la Iglesia nos ofrece la oportunidad con estas lecturas de volver la mirada sobre la eucaristía como alimento para la vida eclesial y para la vida eterna. ¿Vivo en la Iglesia el don de la eucaristía como signo y llamada de Cristo a seguir a su lado? ¿Y a seguir junto a los hermanos? ¿Me acerco a comulgar consciente de que lo hago en una fila, como miembro de un pueblo, a imagen de aquellos israelitas por el desierto? Comulgar la eucaristía supone querer vivir en la Iglesia, querer relacionarme y fortalecerme en ella, pero también vivir el amor a la Iglesia y a los hermanos al salir de la celebración, pues la eucaristía nos compromete al amor fraterno, es “sacramento de caridad”. El mandato de Cristo “tomad, comed” de la última cena es la invitación a la vida, ya que “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”: hasta entonces, en la fraternidad de los cristianos se reconoce lo que comemos, ¿soy capaz de reconocer en los que comulgamos esa inclinación a vivir en comunión, a hacer crecer la Iglesia en el mundo?

Diego Figueroa

 





al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal:
Prefacio I de la Santísima Eucaristía

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias
siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
El cual, verdadero y único sacerdote,
al instituir el sacrificio de la eterna alianza
se ofreció el primero a ti como víctima de salvación,
y nos mandó perpetuar esta ofrenda en memoria suya.
Su carne, inmolada por nosotros,
es alimento que nos fortalece;
su sangre, derramada por nosotros,
es bebida que nos purifica.
Por eso, con los ángeles y los arcángeles,
con los tronos y dominaciones, y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo…


Ángel Fontcuberta

 

Para la Semana

Lunes 19:

2Cor 6,1-10. Nos acreditamos como ministros de Dios.

Sal 97. El Señor da a conocer su salvación.

Mt 5,38-42. Yo os digo que no hagáis frente al que os agravia.
Martes 20:

2Cor 8,1-9. Cristo, siendo rico, se hizo pobre por vosotros.

Sal 145. Alaba, alma mía, al Señor.

Mt 5,43-48. Amad a vuestros enemigos.
Miércoles 21:
San Luis Gonzaga, religioso. Memoria

2Cor 9,6-11. Dios ama “al que da con alegría”.

Sal 111. Dichoso quien teme al Señor.

Mt 6,1-6.16-18. Tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.
Jueves 22:
2Cor 11,1-11. Anunciando de balde el evangelio de Dios para vosotros.

Sal 110. Justicia y verdad son las obras de tus manos, Señor.

Mt 6,7-15. Volsotros orad así.
Viernes 23:
Sagrado Corazón de Jesús. Solemnidad

Dt 7,6-11. El Señor se enamoró de vosotros y os eligió.

Sal 102. La misericordia del Señor dura siempre, para aquellos que lo temen.

1Jn 4,7-16. Dios nos amó.

Mt 11,25-30. Soy manso y humilde de corazón.

Sábado 24:
Natividad de San Juan Bautista. Solemnidad.

Is 49,1-6. Te hago luz de las naciones.

Sal 138. Te doy gracias porque me has escogido portentosamente.

Hch 13,22-26. Juan predicó antes de que llegara Cristo.

Lc 1,57-66.80. Juan es su nombre.


Domingo de la 10ª semana de Tiempo Ordinario. La Santísima Trinidad – 11/06/2017

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Comentario Pastoral

EL AMOR, LA ENTREGA Y LA SANTIDAD

Después de que Cristo ha ascendido al cielo, cuando ya hemos recibido el Espíritu Santo, nos disponemos a celebrar la segunda parte del “tiempo ordinario” comenzando con una fiesta en honor de la Santísima Trinidad. Es el amor del Padre el que envía al mundo a su Hijo, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno de María, la Virgen. Ante la contemplación de este misterio de amor brota la acción de gracias por las maravillas realizadas en favor nuestro.

El cristiano troquelado ya desde su bautismo con el sello de la Trinidad, vive con respeto, amor y alegría bajo la mirada del Dios único, compasivo y misericordioso. Y es ante el mundo testigo de la caridad del Padre, de la entrega del Hijo y de la Santidad del Espíritu.

Muchos se empeñan en querer establecer una igualdad y una fraternidad sin Padre, al margen del amor de Dios. Y los cristianos, muy frecuentemente, queremos implantar y robustecer la imagen de Dios Padre, sin sentirnos hermanos. Esta es una tragedia de la sociedad actual, que se convierte en un reto para los creyentes en la Trinidad.

Toda la predicación de Jesús no tiene otro objetivo que revelar el amor del Padre y manifestar la cercanía de Dios, que ya no es inaccesible para el hombre. ¡Qué paz interior produce saber y experimentar, como dice la primera lectura de hoy, que nuestro Dios es “lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”! Las mitologías de dioses vengativos, cargados de cólera y espíritu violento, son lo contrapuesto al Evangelio.

La fiesta de la Trinidad no es un “día” de ideas o conceptos, difíciles de explicar, sino que es fiesta de un misterio entrañable de vida y comunión, fiesta de un misterio de fe y de adoración. El prefacio de la Misa, texto antiguo que data del siglo sexto, alaba y canta la eterna divinidad, adorando a las tres personas divinas, que son iguales en su naturaleza y dignidad. Dios no es una palabra abstracta, un motor inmóvil ni una estrella solitaria. Dios es la fuente de la vida y del amor.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Éxodo 34, 4b-6. 8-9 Dn 3, 52 – 56
San Pablo a los Corintios 13, 11-13 san Juan 3, 16-18

de la Palabra a la Vida

El entrañable pasaje del Antiguo Testamento que se proclama en la primera lectura nos da una buena medida del contenido de la fiesta que la Iglesia celebra hoy: Moisés ha guiado a su pueblo hasta el Sinaí, pero ya padece la incredulidad de los suyos. No solamente experimenta el rechazo hacia sí mismo, sino también hacia Dios. En su debilidad, Dios baja “y se quedó con él”. Le hizo compañía. Moisés supo que Dios le estaba apoyando. Pero después de un tiempo en silencio, de animarle con su presencia, le enseña a decir: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. Dios va a enseñar a Moisés cómo se revela y cómo tiene que responderle, que dirigirse a Él. El consuelo que experimenta el caudillo es tan grande que no puede por menos que pedirle a Dios que no se quede sólo con él, sino que acompañe siempre a su pueblo. Esa compañía se va a manifestar de dos formas, una de ellas por el perdón, pues Dios no puede estar con su pueblo si su pueblo no manifiesta la santidad de su Dios, y la segunda es la cualidad de ser el pueblo “adoptado”, elegido, la heredad del Señor.

La fidelidad de Dios no deja dudas a la petición de Moisés, de tal forma que lo que este pide se cumple en Cristo. El evangelio así lo constata: Dios ha enviado a su Hijo al mundo para ser su salvación. Dios no busca condenar a los suyos, no espera escondido a nuestro error para lanzarse sobre nosotros de forma traicionera. Dios entrega a su propio Hijo para que no haya ninguna duda: en ninguna circunstancia, los hombres podrán desesperar de Dios.

Así, Dios va a buscar la forma correcta, oportuna, de permanecer fiel a la humanidad, de cumplir lo prometido a Moisés. Su revelación es un procedimiento en el que Dios quiere mostrar todo su ser para que los hombres puedan acoger tanto amor, tanto bien.

En este domingo de la Santa Trinidad, la Iglesia nos dice: cuando Dios se revela, el hombre debe responder en primer lugar con la alabanza. Cuando Dios manifiesta su fidelidad, la Iglesia antes que nada alaba a su Señor. “A ti gloria y alabanza por los siglos”. El amor paciente y comprensivo de la Trinidad educa al creyente por el camino de la alabanza:

Sólo Dios merece toda alabanza. Y, entonces, cuando reconocemos la mano de Dios en la obra de creación, de redención o de santificación, no podemos sino responder admirados que es Dios quien lo ha hecho.

Es un ejercicio de realismo ofrecer a Dios el reconocimiento de su obra, que nos pone en relación con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu oportunamente, pero que además nos ayuda a acoger la actitud que la Iglesia nos propone, la que el Dios de la montaña enseña a Moisés: reconoce y alaba lo que Dios hace, dale gloria por lo que tú no puedes pero Él sí. Bendecir al Señor es un antídoto contra la soberbia, contra la fuerza de la vanidad que nos tienta a apropiarnos de lo que no es nuestro, de lo que no nos corresponde. El sabio es aquel que sabe lo que es de Dios mirando inmediatemente su firma… y con humildad y alegría se lo reconoce.

¿Cuál es la obra del Padre en mi vida? ¿Y la del Hijo, y la del Espíritu Santo? ¿Soy fácil para la alabanza, para el reconocimiento, con el corazón y los labios, de la acción de Dios?

Es un ejercicio este buenísimo para la salud de nuestra fe.

Ahora que hemos cerrado el tiempo de Pascua, misterio de revelación trinitaria, disponer de este domingo es una ayuda para ver que la forma de ser de Dios no es un capricho, es una revelación de Dios, de su intimidad, que quiere comunicar, no de cualquier manera, sino también y exclusivamente, en lo más profundo de nuestro corazón, lejos de toda forma de superficialidad.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
El prefacio de la Virgen María, imagen y modelo de la Iglesia (I)

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
y alabarte debidamente en esta celebración en honor de la Virgen María.
Ella, al aceptar tu Palabra con limpio corazón,
mereció concebirla en su seno virginal,
y, al dar a luz a su Hijo, preparó el nacimiento de la Iglesia.
Ella, al recibir junto a la cruz el testamento de tu amor divino,
tomó como Hijos a todos los hombres,
nacidos a la vida sobrenatural por la muerte de Cristo.
Ella, en la espera pentecostal del Espíritu,
al unir sus oraciones a la de los discípulos,
se convirtió en el modelo de la Iglesia suplicante.
Desde su asunción a los cielos,
acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina,
y protege sus pasos hacia la patria celeste,
hasta la venida gloriosa del Señor.
Por eso,
con todos los ángeles y santos, te alabamos sin cesar, diciendo:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 12:

2Cor 1,1-7. Dios nos consuela hasta el punto de poder nosotros consolar a los demás en la lucha.

Sal 33. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Mt 5,1-12. Bienaventurados los pobres en el espíritu.
Martes 13:
San Antonio de Padua, presbítero y doctor. Memoria.

2Cor 1,18-22. Jesús no fue sí y no, sino que en él solo hubo sí.

Sal 118. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Mt 5,13-16. Vosotros sois la luz del mundo.
Miércoles 14:

2Cor 3,4-11. Para ser ministros de una alianza nueva: no de la letra, sino del Espíritu.

Sal 98. Santo eres, Señor, nuestro Dios.

Mt 5,17-19. No he venido a abolir, sino a dar plenitud.
Jueves 15:

Dedicación de la iglesia catedral. Fiesta. (Madrid).

2Cron 8,22-23.27-30. Te he construido un palacio, un sitio donde vivas para siempre.

Salmo: 1Cron 29. Alabamos tu nombre glorioso, Señor.

Jn 2,13-22. Hablaba del Templo de su cuerpo.
Viernes 16:

Santa María Micaela del Santísimo Sacramento. Memoria.

2Cor 4,7-15. Quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitó a nosotros con Jesús y nos presentará con vosotros ante él.

Sal 115. Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.

Mt 5,27-32. Todo el que mira a una mujer deseándola ya ha cometido adulterio.
Sábado 17:
2Cor 5,14-21. Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro.

Sal 102. El Señor es compasivo y misericordioso.

Mt 5,33-37. Yo os digo que no juréis en absoluto


Domingo de Pentecostés – Termina el Tiempo Pascual – 04/06/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

PENTECOSTÉS SIEMPRE

Pentecostés no es una fiesta inventada por los cristianos. Era ya una fiesta judía, la fiesta de la Alianza, de la entrega de la Ley que suponía un pacto entre Dios y su pueblo. Fecha estelar en la historia de Israel, en la que aflora la conciencia de unidad del pueblo bajo el caudillaje de Yahvé, rey eterno.

Nuestro Pentecostés actual es la fiesta de la plenitud de la Redención, de la culminación cumplida y colmada de la Pascua. Desde el mismo nacimiento de la Iglesia el Espíritu de Dios desciende incesantemente sobre todos los cenáculos y recorre todas las calles del mundo para invadir a los hombres y atraerlos hacia el Reino.

Pentecostés significa la caducidad de Babel. El pecado del orgullo había dividido a los hombres y las lenguas múltiples eran símbolo de esta dispersión. Perdonado el pecado, se abre el camino de la reconciliación en la comunidad eclesial. El milagro pentecostal de las lenguas es símbolo de la nueva unidad.

Pentecostés es “día espiritual”. Cuando el hombre deja de ver las cosas solo con mirada material y carnal, y comienza a tener una nueva visión, la de Dios, es que posee el Espíritu, que lleva a la liberación plena y ayuda a vencer nuestros dualismos, los desgarramientos entre las tendencias contrarias de dos mundos contradictorios.

Desde Pentecostés la vida del creyente es una larga pasión que abre profundos surcos en la existencia cotidiana. En estos surcos Cristo siembra la semilla de su propio Espíritu, semilla de eternidad, que brotará triunfante al sol y a la libertad de la Pascua definitiva, al final de la historia, en la resurrección de los muertos.

Pentecostés es la fiesta del viento y del fuego, nuevos signos de la misma realidad del Espíritu. El viento, principio de fecundidad, sugiere la idea de nuevo nacimiento y de recreación. Nuestro mundo necesita el soplo de lo espiritual, que es fuente de libertad, de alegría, de dignidad, de promoción, de esperanza. El símbolo del fuego, componente esencial de las teofanías bíblicas, significa amor, fuerza, purificación. Como el fuego es indispensable en la existencia humana, así de necesario es el Espíritu de Dios para calentar tantos corazones ateridos hoy por el odio y la venganza.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Hechos de los apóstoles 2, 1-11 Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34
San Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13 San Juan 20, 19-23

de la Palabra a la Vida

El evangelio de la fiesta de Pentecostés nos lleva directamente cincuenta días atrás. Aquella noche del primer día de la semana, cuando el Resucitado infundió a sus discípulos el Don del Espíritu. Cincuenta días que quedan recogidos por la vida de la Iglesia de manera providente: Si ella existe es porque Cristo ha resucitado y ha querido darle el don del Paráclito. Con gran delicadeza, entonces, la Iglesia cierra la cincuentena concentrando en este misterio la gloria de la Pascua. Una Iglesia sin resucitado no tendría nada que ofrecer, pero sin Espíritu Santo no tendría fuerza para transformar el mundo. Igual que el cuerpo del Resucitado ha sido devuelto a la vida, a una vida nueva, así será transformada toda la creación por la fuerza del Espíritu.

Los textos de la Escritura son ricos en posibilidades para la contemplación: si san Lucas, en Hechos, se fija más en la cuestión histórica, san Juan, en el evangelio, se fija más en la unión íntima entre el Calvario, la resurrección y las apariciones, y el don del Espíritu para la formación de la Iglesia.

A todo esto, la liturgia de la Palabra añade un componente fundamental en la carta de san Pablo a los Corintios: la Iglesia anuncia a Jesús como el Señor por la fuerza del Espíritu Santo, y cuando lo hace manifiesta su ser en la multiplicidad de dones y carismas: todo aquel que ha recibido el don del Espíritu, ha recibido una forma de comunicarlo. Será precisamente en su capacidad para escuchar, para acoger ese don, como aprenda a vivir en el mundo el don recibido.

Por eso, Pentecostés supone una continuidad preciosa entre la Trinidad y la Iglesia. Si el pecado había supuesto, desde el principio, una ruptura en cuanto a la relación y las voluntades de Dios y de la humanidad, la Pascua y el don del Espíritu tienen el efecto contrario: san Juan va a mostrar en el evangelio su teología de la participación: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Si, escuchábamos domingos atrás, Cristo y el Padre son uno, y Cristo envía el Espíritu a los suyos, ellos son hoy los enviados. Dios sale de sí, y necesita que el hombre también salga de sí mismo para llevar a cabo su misión. No es capricho, es significatividad. Es hacer visible lo que Dios ha hecho.

Por eso, la primera intención de ese don del Espíritu y de esa salida es el perdón de los pecados, porque en ese perdón se manifiesta la continuidad, la participación. Dios nos hace partícipes de su don y de su tarea. La intimidad con Él se lleva también a este campo: trabajamos juntos. Podemos cooperar con el Espíritu de Dios: Aquel que recibe en la Iglesia el don sobrenatural del Espíritu actuará de forma natural cuando se deje llevar por Él y anuncie el evangelio del perdón de Dios. La Iglesia se edifica, entonces, para poder conceder ese perdón, para poder establecer la comunión plena entre Dios y nosotros. Cristo ha querido servirse de aquellos pobres hombres para divinizarlos, y por ellos, a todos los que la formamos. Nos ha acompañado lo suficiente como para ver que necesitamos ese perdón. ¿Cómo acojo el perdón de Dios? ¿Soy capaz de reconocer mis errores y esperar el don del Espíritu?

En los discípulos no encontramos hoy en el evangelio ningún obstáculo al don que Jesús les da, por eso también nosotros tenemos que descubrir que la Pascua tiene el inmenso poder de echar abajo cualquier obstáculo. Celebremos el día de Pentecostés vivificados por el Espíritu, que establece la continuidad y la comunión entre el Creador y las criaturas.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
El prefacio de la fiesta de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno.
Que constituiste a tu únido Hijo
Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo,
y determinaste, en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.
Él no sólo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo,
sino también, con amor de hermano,
elige a hombres de este pueblo para que,
por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión.
Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención,
preparan a tus hijos el banquete pascual,
presiden a tu pueblo santo en el amor,
lo alimentan con tu palabra,
y lo fortalecen con tus sacramentos.
Tus sacerdotes, Señor,
al entregar su vida por ti y por la salvación de los hermanos,
van configurándose a Cristo,
y han de darte así testimonio constante de fidelidad y amor.
Por eso, nosotros, Señor, con los ángeles y los santos
cantamos tu gloria diciendo:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 5:
Tob 1,3;2,1b-8. Tobit practicaba la verdad.

Sal 111. Dichoso quien teme al Señor.

Mc 12,1-12. Agarrando al hijo amado, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.
Martes 6:

Tob 3,1-11a.16-17a. La oración de ambos fue escuchada delante de la gloria de Dios.

Sal 24. A ti, Señor, levanto mi alma.

Mc 12,18-27. No es Dios de muertos, sino de vivos.
Miércoles 7:

Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. Fiesta

Gn 22,9-18. El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe.

o bien:

Hb 10,4-10. Así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí: para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad.

Sal 39. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Mt 26,36-42. Mi alma está triste hasta la muerte.
Jueves 8:

Tob 11,5-18. Tras el castigo, Dios se ha apiadado, y ahora veo a mi hijo.

Sal 145. Alaba, alma mía, al Señor.

Mc 12,35-37. ¿Cómo dicen que el Mesías es hijo de David?
Viernes 9:

Tob 11,5-18. Tras el castigo, Dios se ha apiadado, y ahora veo a mi hijo.

Sal 145. Alaba, alma mía, al Señor.

Mc 12,35-37. ¿Cómo dicen que el Mesías es hijo de David?
Sábado 10:

Tob 12,1.5-15.20. Ahora alabad al Señor; yo subo a Dios.

Sal: Tob 13,2.7-8. Bendito sea Dios, que vive eternamente.

Mc 12,38-44. Esta viuda pobre ha echado más que nadie.


Domingo de la 7ª semana de Pascua. La Ascensión del Señor – 28/05/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

NO “ENCIELAR” A CRISTO

Los altibajos, tan de moda hoy, no solamente pueden ser psíquicos o sociológicos sino espirituales. Hay momentos alternativos en que los pies se sienten muy hondos por el suelo y el alma muy alta por el cielo, como diría Juan Ramón Jiménez. La verdad es que cuando se tiene conciencia de que estamos “bajos”, entonces se puede “subir” y ascender.

La Iglesia celebra hoy el misterio, no el simple hecho, de la Ascensión del Señor. Porque Cristo bajó a la realidad de nuestro mundo, a la verdad de la carne humana, al dolor de la muerte, por eso Cristo subió por la resurrección a la gloria del Padre, llevando cautivos y comunicando sus dones a los hombres.

El misterio de la Ascensión no es simple afirmación de un desplazamiento local, sino creer que Cristo ha alcanzado la plenitud en poder y gloria, junto al Padre. La Ascensión es la total exaltación.

Esta solemnidad es día propicio para meditar en el cielo, como morada, como presencia de Dios. Frente a definiciones complicadas hoy brota casi espontánea la afirmación de que el cielo es presencia y el infierno ausencia de Dios.

¿Cómo el hombre puede vivir en presencia de Dios y tener experiencia celeste durante su paso por la tierra? En el evangelio encontramos la respuesta contundente: “guardando las palabras del Señor, amando”.

Por eso hay que evitar el peligro de “encielar” a Cristo, de llevarlo arriba desconectando de lo que pasa aquí abajo, de desterrarlo y perderlo. Quizás para algunos es más tranquilizante dejar a Cristo en el cielo para así poder vivir menos exigentemente en la tierra. Piénsese que de la misma manera que la encarnación no supuso abandono del Padre, la ascensión no es separación y abandono de los hombres. A Cristo se le encuentra presente en la plegaria y en la acción, en los sacramentos y en los hermanos, en todos los lugares en que su gracia trabaja, libera y une.

No os quedéis mirando al cielo, sino extendiendo su reino y su presencia, acabando su obra de aquí abajo, es el mensaje de los ángeles de la ascensión.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Hechos de los apóstoles 1, 1 – 11 Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9
san Pablo a los Efesios 1, 17-23 san Mateo 28, 16-20

de la Palabra a la Vida

Con una gran solemnidad, como es propio de un momento de gran importancia para la primera comunidad, Mateo relata en su evangelio la despedida de Jesús y sus discípulos: es el momento de entrega de su testamento, con palabras tan fuertes (“pleno poder”) que los discípulos no pueden sino postrarse y adorar. Es el Kyrios, el Señor, aquel que después de haber realizado su misión entre los hombres encomienda la que será propia de los suyos, dar a conocer a Cristo, muerto y resucitado.

Esta solemne entrega se cierra con palabras que no son extrañas para lo que venimos escuchando en cada domingo de Pascua: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El Señor se va a quedar con su Iglesia, se quedará de una forma nueva, sacramental, pero no dejará de acompañar a los suyos.

La solemnidad de la Ascensión es un momento de triunfo, de gran gloria, que hace referencia al éxito de la misión de Cristo y a su reinado y superioridad sobre todo lo que existe. No solamente ha vencido, sino que sigue con nosotros.

Pero, como el evangelio de Mateo no relata propiamente la ascensión del Señor, esta la encontramos como relato en la primera lectura, en Hechos. Son también, últimas instrucciones, movido por el Espíritu Santo que será el que dé vida a los suyos, el que los guíe en su tarea de evangelización. Aquellos que lo acompañaron por los caminos, que contemplaron su Pasión y lo encontraron vivo en la Pascua, ahora lo despiden para la gloria. Ellos son los testigos de todo ese camino.

La segunda lectura bien merece que nos paremos a reflexionar sobre aquello que presenta. Quizás sea también lo más propio de este día: la reflexión sobre lo sucedido. El Resucitado se sienta a la derecha del Padre, comparte su gloria, pues ha llevado a cabo el plan fruto de la sabiduría del Padre. Y no solamente disfruta Él de esa posición de justicia, sino que “lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos”: he aquí una declaración sorprendente del apóstol. En la Iglesia se realiza la plenitud de Cristo, que no significa que a Él le falte algún tipo de perfeccionamiento, sino que ella se verifica en la actividad de Dios, le da continuidad y visibilidad. La Iglesia será, entonces, lugar privilegiado de la actividad de Dios y de su Cristo. Más aún: he ahí nuestra esperanza. Sí, porque todo lo que pertenece a Cristo, lo que a Él le ha sido entregado al ascender al cielo, pertenece también a su Cuerpo, a la Iglesia. Por eso, al contemplar hoy a Cristo victorioso podemos contemplar la herencia que nos espera y que nos va siendo entregada como gracia que nos transforma. Verdaderamente, Cristo no se ha desentendido de la Iglesia, sino que ahora asegura la entrega para ella del Don más valioso, el Defensor, regalo prometido que no se marchita.

La Ascensión del Señor supone el fin de un camino que comenzó con el abajamiento del Verbo, camino realizado para nuestra salvación y que se completa con el Don del Espíritu. Ahora, un hombre, uno como nosotros, se sienta a la derecha de Dios y recibe todo su poder, poder que ejercerá para derramar el Don del Espíritu sobre todos nosotros. Un hombre con Dios, todos nosotros con Él. El sueño de generaciones, de civilizaciones enteras, ha comenzado a cumplirse. Somos ahora los creyentes los que no podemos olvidar que, aunque no lo veamos, no se ha desentendido, sino que nos da la herencia que ha recibido para nosotros.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
El prefacio de la fiesta de la Visitación de la Virgen María (31 de mayo)

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Que por las palabras proféticas de Isabel,
movida por el Espíritu Santo,
nos manifiestas la grandeza
de la Virgen santa María.
Porque ella, por su fe en la salvación prometida,
es saludada como dichosa,
y por su actitud de servicio
es reconocida como Madre del Señor
por la madre del que le iba a preceder.
Por eso, unidos con alegría
al cántico de la Madre de Dios,
proclamamos tu grandeza,
cantando con los ángeles y los santos:
Santo, Santo, Santo…

 

Para la Semana

Lunes 29:

Hechos 19,1 8. ¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?

Sal 67. Reyes de la tierra, cantad a Dios.

Juan 16.29 33. Tened valor; yo he vencido al mundo.
Martes 30:

Hechos 20,17 27. Completo mi carrera, y cumplo el encargo que me dio el Señor Jesús.

Sal 67. Reyes de la tierra, cantad a Dios

Juan 17,1 lla. Padre, glorifica a tu Hijo.
Miércoles 31:
Visitación de la Bienaventurada Virgen María. Fiesta.

Rom 12,9-16b. Compartid las necesidades de los santos: practicad la hospitalidad.

Salmo: Is 12,2-6. Es grande en medio de ti el Santo de Israel.

Lc 1,39-56. ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?
Jueves 1:

San Justino, mártir. Memoria.

Hechos 22,30; 23,6 11. Tienes que dar testimonio en Roma.

Sal 15. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Juan 17,20 26. Que sean completamente uno.
Viernes 2:

Hechos 25,13 21. Un difunto llamado Jesús, que Pablo sostiene que está vivo.

Sal 102. El Señor puso en el cielo su trono.

Juan 21,15-19. Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas.
Sábado 3:

San Carlos Luanga y compañeros, mártires. Memoria.

Hechos 28,16-20.30-31. Permaneció en Roma, predicando el Reino de Dios.

Sal 10. Los buenos verán tu rostro, Señor.

Juan 21,20-25. Este es el discípulo que ha escrito esto, y su testimonio es verdadero.


Domingo de la 6ª semana de Pascua. – 21/05/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

DEFENSORES DE LA VERDAD

La cincuentena pascual está unificada por la alegría que proviene del Resucitado y se diversifica por los temas que se proponen a la consideración y vivencia cristiana. Hoy el creyente es invitado de manera especial a tomar conciencia explícita de la promesa del Espíritu Santo, el Defensor (éste es el significado exacto de “Paráclito”).

El Espíritu, del que se nos habla en el evangelio de este sexto domingo de Pascua tiene una doble función: en el interior de la comunidad mantiene vivo e interpreta el mensaje evangélico, al exterior da seguridad al fiel en su confrontación con el mundo, ayudándole a interpretar el sentido de la historia.

Con exactitud de adecuado adjetivo se puede calificar el tiempo pascual como tiempo espiritual: en cientos de parroquias miles de jóvenes son confirmados y reciben la fuerza del Defensor que viene de lo alto, para que anuncien y proclamen jubilosamente que el Señor ha redimido a su pueblo.

Lo que fue Jesús, para sus discípulos durante la vida pública, es ahora misión permanente del Espíritu en la Iglesia: testimoniar la presencia operativa de Dios en el mundo. Los que están llenos de Espíritu, tienen la visión y conocimiento pleno de la verdad, que es Jesús. Los hombres espirituales son siempre una crítica radical para los que tienen solamente espíritu mundano, pues la verdad de arriba se contrapone con la mentira de abajo.

Jesús promete enviar el Espíritu de la verdad. Ante la confusión de tanto discurso erróneo y el espejismo de valores mentirosos, es urgente defender la verdad y encontrar caminos para que brille. Muchos, como Pilatos, repiten la vieja pregunta: ¿qué es la verdad?

La verdad es conocimiento y exactitud a las ambigüedades y el error. Es libertad interior frente a la dictadura de doctrinas fáciles. Es fortaleza serena al apresuramiento de la incertidumbre. Es sencillez espiritual frente al oropel de la falsa retórica. Es luz del bien frente a la ceguera de la malicia. Es principio de toda perfección, evidencia pacífica del misterio de lo eterno, alma de la historia individual y colectiva.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Hechos de los apóstoles 8, 5-8. 14-17 Sal 65, 1-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20
san Pedro 3, 15 – 18 san Juan 14, 15-21

de la Palabra a la Vida

Un nuevo protagonista se suma a esta trama pascual que el Señor ofrece a los suyos: “yo os enviaré otro defensor”. Otro porque, mientras que yo he estado con vosotros, yo he cuidado de vosotros “para que no se pierda ni uno solo, salvo el hijo de la perdición”. Pero ahora Cristo se marcha, y sin embargo, promete a los discípulos que va a seguir acompañándolos.

Ese acompañamiento que ahora va a tener también una forma nueva: “yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros”. El tema de la inhabitación es un tema también muy querido por san Juan. Cristo va a seguir con sus discípulos por el don del Espíritu, pues este don del Espíritu será el que ayude a los discípulos a guardar los mandamientos que el Señor les deje, pero además será necesario para que los discípulos puedan conocer los misterios de Cristo. Fijémonos, entonces, en estas dos misiones que el Paráclito va a realizar en la primera Iglesia: Cristo no pide a los discípulos una fidelidad inalcanzable, sino que Él mismo se va a hacer garante de esa constancia. Será el Espíritu Santo el que realice en el corazón de los suyos la transformación necesaria para que así suceda. Más aún: El don del Espíritu será el que introduzca a los discípulos en los misterios del Señor. Es decir, los va a sumergir en los misterios de gloria y salvación para que puedan anunciarlos, para que puedan celebrarlos, para que puedan vivirlos.

Es por esto que el acompañamiento del Señor a la primera Iglesia la pone ya en una dirección clara: seguirán así hasta su vuelta. Su vuelta final. Al final de los tiempos, Cristo prepara ya la Parusía fortaleciendo a su Iglesia, que tendrá que perseverar con el mandato recibido para que todos puedan descubrir en ella el signo de la presencia de Dios, signo de su cercanía. Para ello, para todo ese tiempo, recibe el Espíritu Santo.

El don del Espíritu se vincula, en la primera lectura, a un gesto que la Iglesia conservará en adelante para indicar su efusión: la imposición de las manos. El domingo pasado la comunidad se ordenaba con ministerios, en este la acción del Espíritu… necesariamente, los cristianos tuvieron, desde muy pronto, que ir descubriendo cómo se iba formando la Iglesia, cómo se iba haciendo esa comunidad que compartía lo que tenía, aprendía a orar y escuchaba la Palabra.

El tiempo pascual no puede pasar para el cristiano sin pararse a valorar lo que Dios ha dejado para él en la Iglesia: todo esto sigue ahí, está intacto. Ciertamente, la historia no deja de marcar con las heridas del pecado a los creyentes, pero la presencia permanente del Espíritu hace de la Iglesia fiel en cuanto que guarda el mandato y la fuerza del Señor para esperar su vuelta. Las antinomias y paradojas pueden, cada día, dificultar la fe – aquellos primeros discípulos sin duda ya lo debieron experimentar en sus propias carnes pero no por ello cambia la voluntad del Señor, a la que se agarra la Iglesia. ¿Busco permanecer en los mandatos del Señor por el don de su Espíritu? ¿Experimento que el Señor me anima a perseverar en medio de dificultades y debilidades? ¿Me sirven para unirme más al Señor, para hacerme más fuerte en la vida de la Iglesia?

Las lecturas de hoy son claramente una advertencia a reconocer en nuestra Iglesia aquella, con el mismo mandato, el mismo fin y la misma fuerza. Sin duda, el Señor -y no nosotros – sostiene a su Iglesia, es por eso que nosotros no podemos dejar de vivir unidos en ella.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal:
El prefacio de la Virgen María, reina de los apóstoles

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
en esta conmemoración de santa María Virgen,
que precedió a los apóstoles en el anuncio de Cristo.
Porque ella, conducida por el Espíritu Santo,
llevó presurosa a Cristo al Precursor,
para que fuera causa de santificación y alegría para él;
del mismo modo Pedro y los demás apóstoles,
movidos por el mismo Espíritu,
anunciaron animosos, a todos los pueblos, el Evangelio
que había de ser para ellos causa de salvación y de vida.
Ahora también la santísima Virgen
precede con su ejemplo a los heraldos del Evangelio,
los estimula con su amor
y los sostiene con su intercesión incesante,
para que anuncien a Cristo Salvador por todo el mundo.
Por eso,
con todos los ángeles y los santos cantamos tu gloria diciendo:
Santo, Santo, Santo

 


Para la Semana

Lunes 22:

Hechos 16,11-15. El Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo.

Sal 149. El Señor ama a su pueblo.

Juan 15,26-16,4a. El Espíritu de la verdad dará testimonio de mí.
Martes 23:

Hechos 16,22-34. Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia.

Sal 137. Tu derecha me salva, Señor.

Juan 16,5-11. Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito.
Miércoles 24:

Hechos 17,15.22-18,1. Eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo.

Sal 148. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria

Juan 16,12-15. El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena.
Jueves 25:

Hechos 18,1-8. Se quedó a trabajar en su casa. Todos los sábados discutía en la sinagoga.

Sal 97. El Señor revela a las naciones su victoria.

Juan 16,16-20. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.
Viernes 26:
San Felipe Neri, presbítero. Memoria.

Hechos 18,9-18. Muchos de esta ciudad son pueblo mío.

Sal 46. Dios es el rey del mundo.

Juan 16,20-23a. Se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría.
Sábado 27:

Hechos 18,23-28. Apolo demostraba con la Escritura que Jesús era el Mesías.

Sal 46,2-3.8-10. Dios es el rey del mundo

Juan 16,23la-28. El Padre os quiere, porque vosotros me queréis y creéis


Domingo de la 5ª semana de Pascua. – 14/05/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

LOS DIÁCONOS EN LA IGLESIA

Muchos predicadores, en este quinto domingo de Pascua, hablarán de Cristo como camino, verdad y vida. Pero éste es un tema básico que puede ser abordado en diferentes ocasiones. Por eso, basándonos en la primera lectura tomada del libro de los Hechos, podemos hablar del significado del diaconado en la Iglesia. Podría resultar interesante hacer una encuesta, a la salida de cualquier misa, preguntando por los niveles jerárquicos en la Iglesia, es decir, por los grados del sacramento del Orden. ¿Cuántas personas se acordarán de los diáconos? ¿Quienes sabrían definir su ministerio?. Con toda seguridad más del noventa y cinco por ciento de los encuestados sólo hablarían de los curas, de los Obispos y del Papa.

Tiene enorme importancia teológica el que junto a la lista de los Doce apóstoles en el evangelio, se haya transmitido desde los mismos orígenes de la Iglesia, la lista de los Siete diáconos en el libro de los Hechos. Después de unos siglos de oscurecimiento, el diáconado como ministerio permanente en la Iglesia ha vuelto a brillar. El Vaticano II lo instauró en 1963, y son ahora en todo el mundo más de doce mil los diáconos permanentes, célibes y casados, insertados por la familia y la profesión en la problemática de la vida, los que ayudan a la misión apostólica de los Obispos y completan el ministerio sacerdotal de los presbíteros.

Para evangelizar en nuestros días hay que recorrer caminos muy humildes de presencia, escucha y compromiso. Los diáconos permanentes, sobre todo los casados, están llamados a responder a las cuestiones sobre la fe y a resucitar los gestos que colmarán las necesidades de los hombres. Los gestos de amor se concretarán en una ordenada beneficencia con los marginados. Los diáconos son testimonio de la caridad en el ministerio de la calle, diario, imprevisible al azar de los encuentros y de las circunstancias.

El doble arraigamiento en el mundo y en la Iglesia del diácono confiere a las celebraciones que puede presidir (bautismo, matrimonio, exequias) (in signo de complementariedad, y no de suplencia, del sacerdote. La evangelización, la liturgia y la caridad son pues las funciones específicas de quienes han recibido este carácter indeleble y una gracia particular. Sin escapismos ni utopías, la instauración del diaconado permanente es un signo de renovación eclesial.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Hechos de los apóstoles 6, 1-7 Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19
san Pedro 2, 4-9 san Juan 14, 1-12

de la Palabra a la Vida

Al entrar en la segunda parte del Tiempo Pascual nos encontramos con una sorpresa: los evangelios se extraen de los discursos de despedida de Jesús. El misterio de la Ascensión aparece ya en el horizonte, como la otra cara del misterio pascual.

Por eso, es necesario que algunos aspectos fundamentales queden remarcados en la Palabra de este domingo: Uno de ellos es que Jesús no ha obrado nuestra salvación por su cuenta. Toda la magnífica tarea salvífica se ha desarrollado en una profunda comunión con el Padre, hasta tal punto que “yo estoy en el Padre, y el Padre en mí”. San Juan vuelve a invitar a sus lectores a la fe: es necesario creer en la persona de Cristo y en su unión con el Padre. Por eso puede decir que es “camino, verdad y vida”. Por esa unión.

La Iglesia, desde la primera pequeña comunidad necesitada de diáconos, de la que hablaba la primera lectura, para poder dar continuidad a la obra de Cristo, va a tener que saber con total seguridad quién es el Señor. Si quiere ser el signo que ofrezca la salvación de Cristo lo primero que necesita es esa fe en la comunión del Hijo y el Padre.

Esa fe en el Hijo, que abre a los discípulos a la fe y al conocimiento del Padre, será su clave de entrada al Misterio revelado. Los discípulos han conocido al Hijo, es decir, han podido experimentar a Cristo, relacionarse con Él y ver cómo Él se relaciona con el Padre. Esa experiencia es un conocimiento profundo, vivido, que ellos mismos pueden deducir y encontrar en las obras que le han visto hacer. Sí, este conocimiento que los discípulos han hecho no es un camino de abstracción, que se hace desde fuera, que lleva al hombre a contemplar pero sin llegar a implicar su persona. Ellos “fueron y vieron, y se quedaron con Él”. La Iglesia va a tener que aprender de Cristo a realizar las obras que Él hacía, a mostrar, en su amorosa obediencia, que es signo del amor divino que se ha mostrado a los hombres. Ahora, en la Pascua, entendemos -y entienden- por qué han tenido que convivir con el Maestro.

La relación que ellos han tenido con Dios Padre por medio del Hijo ha sido tan intensa que a los que han creído en Él se les atribuyen aquellas denominaciones con las que el Antiguo Testamento anunciaba que sería llamado el pueblo que habitara con el Señor: “Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa”.

Sí, la Pascua es el tiempo de la Iglesia. Ella ha recibido, no por mérito propio, sino por don de Cristo, la presencia del Señor que los transforma, que diniviza al pueblo. Y nosotros…nosotros no podemos sino renovar, al oír estas palabras, esa misma fe que Jesús pedía a los suyos. Sin esa fe, en nosotros se rompe la cadena. Los sacramentos que celebramos, los signos, que requieren una fe primera para acercarse a ellos. Y nos comprometen a vivir como parte de un pueblo santo. ¿Cree mi fe en esa comunión de Cristo con el Padre? ¿Acepto esa unión como fuente de la gracia que yo recibo? ¿Quiero que mi vida se realice con esa comunión, en la búsqueda constante de ese conocimiento experiencial de Cristo?

Quizás sea buen momento esta semana para que, después de escuchar lo que decía san Pedro en la segunda lectura, vayamos a los documentos del Vaticano II y releamos Lumen gentium. Porque Cristo ilumina a los suyos para que lo puedan reconocer en todo tiempo.

Diego Figueroa

 



al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal:
El prefacio de la fiesta de san Isidro, labrador (15 de mayo)

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias,
Padre santo, siempre y en todo lugar,
al celebrar la solemnidad de san Isidro, labrador,
quien, cultivando la tierra,
trabajó por el alimento que perdura;
apeteciendo el Pan de Vida,
compartió su pan con los necesitados;
unido a la Vid, que es Cristo,
derramó sobre todo el vino del consuelo y de la alegría.
En él nos ha dejado la imagen viva de tu Hijo Jesucristo,
que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.
Por eso, con los ángeles y santos,
te alabamos, proclamando sin cesar:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 15:

San Isidro Labrador. Solemnidad

Gn 1,1-2. 11-13. 26-28. Someted la tierra.

Sal 1. Su gozo es la ley del Señor.

Sant 5,7-8.11.16-17. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra.

Jn 15,1-7. Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador.
Martes 16:

Hechos 14,19-28. Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos.

Sal 144. Tus amigos, señor, proclaman la gloria de tu reinado.

Juan 14,27-31a. Mi paz os doy
Miércoles 17:

Hechos 15,1-6. Se decidió que subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia.

Sal 121. Vamos alegres a la casa del Señor

Juan 15,1-8. El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante
Jueves 18:
Hechos 15,7-2 1. A mi parecer, no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios.

Sal 95. Contad las maravillas del Señor a todas las naciones.

Juan 15,9-11. Permaneced en mi amor, para que vuestra alegría llegue a plenitud.
Viernes 19:

Hechos 15,22-31- Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponernos más cargas que las indispensables.

Sal 56. Te daré las gracias ante los pueblos, Señor

Juan 15,12-17. Esto os mando, que os améis unos a otros.
Sábado 20:

Hechos 16,1-10. Ven a Macedonia y ayúdanos.

Sal 99. Aclama al Señor, tierra entera.

Juan 15,18-21. No sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo.


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