Domingo de la 33ª semana de Tiempo Ordinario. – 13/11/2016

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Comentario Pastoral

EL DíA DE LA SALVACIóN

Cuando el año litúrgico toca a su fin, somos convocados desde los textos bíblicos de este domingo, a una reflexión escatológica: “llega el día”. Este día no es un día de calendario, sino la hora de Dios, la hora del culto verdadero en espíritu y verdad. No son los cataclismos y desastres cósmicos del final los que deben hacer cambiar nuestra conducta para superar la tibieza espiritual. Siempre es momento oportuno para el cambio, pues siempre es el día propicio, el tiempo apto para honrar el nombre del Señor de los ejércitos y quemar la paja de nuestras infidelidades.

El Señor viene continuamente y es necesario descubrirle presente con actuación salvadora en la historia, por encima de las guerras que continuamente se desatan, los terremotos y hambre que acompañan la vida del hombre, las persecuciones que soporta el creyente. De ahí que no sea fácil vivir con esperanza y perseverar en la fe. Volviendo los ojos a Cristo, que venció al mal en la cruz, el cristiano supera el pánico de la soledad y de la incomprensión y descubre la Buena Noticia del Reino de Dios que se instaura en el mundo. Todos los días son pues, oferta gratuita de salvación.

El anuncio de cruz, malestar y persecuciones es constante en el Evangelio. Durarán hasta el último día. El cristiano renuncia por Cristo a todo y a todos. Su testimonio, en consecuencia, podrá ser perseguido y odiado por un mundo al que pertenece y al que quiere salvar, como lo salvó Cristo. Su vigilancia y continua tensión deberán traducirse en el trabajo diario, que pueda servir de ejemplo y dar al mismo tiempo autenticidad a su testimonio.

La tensión escatológica debe sacudir la indiferencia y somnolencia de una vida demasiado gris. Hay que vivir exigentemente y a Dios no se le contenta sólo con unas plegarias. Dios es el árbitro supremo de la historia. Por eso es estúpido recurrir a la astrología, a la parasicología y a las seudociencias para adivinar el futuro del hombre. Nuestro destino está en manos de Dios y en nuestra libertad. Los signos que Dios pone en la historia son sólo una provocación para nuestra conversión. Nuestro destino último y el del mundo es una empresa de felicidad o de tragedia eterna. Por eso es necesaria la perseverancia. “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Malaquias 3, 19-20a Sal 97, 5-6. 7-9a. 9bc
san Pablo a los Tesalonicenses 3, 7-12 san Lucas 21. 5-19

de la Palabra a la Vida

Aquel Templo que Herodes reconstruyó era sin duda magnífico. Tanto que al salir del mismo con las gentes, algunos se admiraban de tanta belleza, de su enorme solidez. Una solidez capaz de desafiar a los siglos… aparentemente. Jesús advierte a los suyos de que ahí donde lo ven, “no quedará piedra sobre piedra”. Será la ruina del Templo de Jerusalén. Pero esta será solamente el principio: signo primero de la catástrofe final y de la venida gloriosa del Señor.

Con todo, parece que en el evangelio de Lucas quiere el Señor poner las cosas ante los ojos de sus discípulos en su justa medida: no puede uno fiarse del primero que aparezca usando el nombre de Cristo, ni tampoco las guerras y desastres serán definitivos. La redención que se acerca estará marcada por las persecuciones de los cristianos.

San Lucas, que quiere instruir a su comunidad cristiana, anima a los suyos de esta forma a insistir en el anuncio del evangelio, que es la tarea que el Señor encomendó a los discípulos. Y lo hace advirtiéndoles de que ese anuncio supondrá persecución. No hay nada que temer, pues el Señor dispondrá de lo necesario para esa tarea, pero las traiciones serán habituales. Es por esto que el valor de la perseverancia es enorme: porque mientras haya cristianos, estos padecerán la persecución, pero en su constancia se podrá descubrir un signo de la presencia constante de Cristo con los suyos.

Escuchar este evangelio es ,por lo tanto, una invitación a la fe firme, y esta necesita de la escucha de la Palabra de Dios, pues la fe crece en la escucha de la Palabra santa. Si esa Palabra no es acogida en el corazón y comunicada a los hermanos, la desilusión y las deserciones harán mella en los cristianos. Es justamente en esa advertencia donde se sitúa la profecía de Malaquías en la primera lectura: escribe el profeta a una comunidad que ha padecido el exilio pero que ha podido volver a su tierra, y, sin embargo, la desilusión caracteriza la vida de esas gentes.

Seguir al Señor es un camino duro, de idas y venidas, constantes disgustos, amenazas, persecuciones y sufrimientos: “Cosa vana es servir al Señor”. ¿Lo es? Esta es la gran pregunta que se hace el creyente ante la hora de la persecución: ¿Merece la pena? Sufrimos mucho, padecemos injusticias, ni nos animan ni nos defienden… ¿esto merece la pena? Es Malaquías el profeta que anima a los suyos a perseverar, recordándoles que el Señor vendrá para hacer justicia. La tendencia ante las dificultades, ante la persecución, es bajar el nivel, dejarse llevar por todos para que la fe sea más llevadera.

En realidad, nada importante puede desarrollarse sin sufrimiento. Aquella gente experimentaba que su fe y su fidelidad al Señor no daban a su pueblo una alegría terrena. La fe vivida propiamente tiene siempre delante “aquel día”, el momento del juicio, pero nosotros esperamos a menudo un consuelo para el momento. Lo hacemos así en la oración también.

Así pues, las últimas advertencias que el Señor nos da para la vida en este año litúrgico son acerca de la importancia de seguir ahí, de no dejarnos llevar por lo que sucede alrededor y perder la mirada del final de todo. Sin duda, y eso podemos guardar en el corazón hoy, merece la pena seguir al Señor, buscarle cada día, y emplear los sufrimientos y persecuciones que nos toquen, para recordar hasta qué punto no vamos solos, sino que el Señor lo ha vivido antes por nosotros y ahora quiere acompañarnos.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones

De la oración litúrgica a la oración personal…
para orar con María en la clausura del Jubileo de la Misericordia


En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación, darte gracias, Padre santo,
siempre y en todo lugar, y proclamar tu grandeza
en esta memoria de la bienaventurada Virgen María.
Ella es la reina clemente
que, habiendo experimentado tu misericordia de un modo único y privilegiado,
acoge a todos los que en ella se refugian y los escucha cuando la invocan.
Ella es la Madre de la misericordia,
atenta siempre a los ruegos de sus hijos,
para impetrar indulgencia y obtenerles el perdón de los pecados.
Ella esla dispensadora del amor divino,
la que ruega incesantemente a tu Hijo por nosotros,
para que su gracia enriquezca nuestra pobreza y su poder fortalezca nuestra debilidad.
Por él, los ángeles y los arcángeles te adoran eternamente, gozosos en tu presencia.
Permítenos unirnos a sus voces cantando tu alabanza.
Santo, Santo, Santo…




Para la Semana

Lunes 14:


Apocalipsis 1, 1 -4;2,l-5a. Recuerda de donde has caído y arrepiéntete.

Sal 1. Al que salga vencedor le daré a comer del árbol de la vida.

Lucas 18,35-43. ¿Qué quieres que haga por ti? Señor, que vea otra vez.

Martes 15:

Apocalipsis 3,1-6.14-22. Si alguien me abre, entraré y comeremos juntos.

Sal 14. Al que salga vencedor lo sentaré en mi trono, junto a mí.

Lucas 9,1-10. El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido,
Miércoles 16:


Apocalipsis 4, 1 -11. Santo es el Señor, soberano de todo: el que era, es y viene.

Sal 150. Santo, Santo, Santo es el Señor, soberanode todo.

Lucas 19,11-28. ¿Por qué no pusiste mi dinero en el banco?

Jueves 17:

Santa Isabel de Hungría. Memoria.

Ap 5,1-10. El Cordero fue degollado y con su sangre nos compró de toda nación.

Sal 149. Has hecho de nosotros para nuestro Dios un reino de sacerdotes.

Lc 19,41-44. ¡Si comprendieras lo que conduce a la paz!.
Viernes 18:

Apocalipsis 10,8-11. Cogí el libro y me lo comí.

Sal 118. ¡Qué dulce al paladar tu promesa!

Lucas 19,45-48. Habéis convertido la casa de Dios en una cueva de bandidos.

Sábado 19:

Apocalipsis 11,4-12. Estos dos tormento para los habitantes de la tierra.

Sal 143. Bendito el Señor, mi roca.

Lucas 20,27-40. No es Dios de muertos, sino de vivos.


Domingo de la 32ª semana de Tiempo Ordinario. – 06/11/2016

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Comentario Pastoral

LA ESPERANZA ÚLTIMA

Para comprender cuál es la esperanza última que tiene el creyente, hay que partir de textos veterotestamentarios y recorrer el lento y largo camino que, desde la oscuridad, lleva a la luminosa profesión de fe que leemos en el segundo libro de los Macabeos (primera lectura): “Tú, rey malvado, nos arrancas de la vida presente, pero cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para la vida eterna… Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará”.

El Evangelio nos presenta una de las controversias de Jesús con las distintas clases teológicas. Los saduceos, partido aristocrático-conservador, enfrentados sobre todo con los fariseos en lo que respecta a la Resurrección, quieren poner a prueba a Jesús. Pero Jesús, contra el pavor de la muerte, contra la curiosidad morbosa sobre el futuro del hombre, manifiesta la esperanza pascual unida al Dios de la vida. Dios es vida y el que cree en él vive con él y para él. Siempre que celebramos la eucaristía debemos experimentar que Dios vence nuestra mortalidad y siembra en nosotros un germen de inmortalidad. “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.

La vida es un camino, lleno de etapas intermedias, hasta llegar a la definitiva. El presente florecerá en un futuro de gloria. Éste es el gran consuelo y esperanza que Dios nos da.

Si Cristo no resucitó, es vana nuestra fe. En su Resurrección se basa la esperanza de nuestra propia resurrección. Esta esperanza relativiza a todos los cristianos los absolutos de su existencia. Le corrige sus ideas e ideales más inconmovibles. Le pone en cuestión la misma vida. La muerte y el martirio serán el paso a una vida nueva.

El cristiano, que en el bautismo muere con Cristo para resucitar con él, deberá pedir continuamente la esperanza y las fuerzas que necesita para vivir en consecuencia y hasta el fin ese bautismo.

La esperanza relativiza el presente. El cristiano no puede establecer alianzas definitivas que lo distraigan de su camino. Su meta está siempre más lejos.

Pero la esperanza sostiene el presente, lo hace fecundo e importante. La esperanza del futuro estimula y alimenta el empeño en el presente por encima de sus límites, heridas y tensiones. Los cristianos en el mundo son profetas de la vida y de la alegría.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Macabeos 7, 1-2. 9-14 Sal 16, 1. 5-6. 8 y 15
san Pablo a los Tesalonicenses 2, 16-3, 5 san Lucas 20, 27-38

de la Palabra a la Vida

Hemos entrado en la recta final del año litúrgico, se está terminando el ciclo de Lucas. Así nos lo indican los relatos evangélicos de estos domingos, todos llenos de referencias escatológicas, sobre el fin de los tiempos. Es la pedagogía de la Iglesia, madre y maestra, que aprovecha cada final de ciclo para recordarnos que esta vida es también un ciclo que tiene que pasar. Tiene que pasar este tiempo en el que todo se acaba para comenzar el tiempo de la resurrección.

Por eso, la Iglesia no pierde la ocasión de educarnos también acerca de qué sucederá en nosotros cuando ese momento llegue. “Serán como ángeles”, dice el Señor. El misterio sobre la vida de los resucitados es completo, y debe ser acogido con humildad, que es como puede entrarse en el misterio de Dios. Los cuerpos serán transformados, sí, pero no tenemos mucho más. De hecho, Jesús quiere insistir en el evangelio de hoy en el hecho de la resurrección. La Alianza con Dios, tal y como hicieron Abraham, Isaac y Jacob, es para la resurrección: los patriarcas vivieron para Dios, y por eso ahora en ellos la resurrección manifiesta su poder. El “Dios de vivos” nos resucitará en el último día.

Quizás podamos aprender del Señor, que a la hora de responder a los que le interrogan tiene claro dónde fundamentar su respuesta: en la Sagrada Escritura. El Señor, maestro e intérprete de la Escritura, nos enseña que las respuestas que pueden darse a los misterios de Dios encuentran su base en la Palabra de Dios, no en imaginaciones, cuentos o sueños. Dios en la Escritura revela su misterio, o al menos nos abre a él. Así, y esto tiene que ser lo más importante, Jesús quiere fortalecer en nosotros la fe en la resurrección.

Él habría podido utilizar el episodio de los macabeos que escuchamos en la primera lectura de hoy, impresionante testimonio de fe: “El rey del universo nos resucitará para una vida eterna”. Tanto impacta a la Iglesia la fe de aquella familia judía, que nos hace responder a esa lectura con la confesión de fe del salmo: “Al despertar me saciaré de tu semblante”. Cuando nuestro cuerpo duerma el sueño de la muerte, este sueño no será para él destructor, sino reparador: permitirá que, transformados, glorificados, despertemos para la vida eterna, para contemplar eternamente cara a cara al Señor. Sí, Cristo no ha venido para darnos una vida que pasa, sino una vida eterna.

Esto que nos enseña el fin del año litúrgico, nos lo enseña cada día la celebración de la eucaristía. Cristo viene a ella no para darnos algo pasajero, sino aquello que nos transformará cuando se acabe el tiempo. Sólo aquello que haya sido lleno de amor quedará, pues el amor es el principio transformador de Dios, por eso estos domingos nos ofrecen una oportunidad de renovar nuestra fe en la vida eterna, la que Cristo tiene y nos da, pero también lo es para preguntarnos sobre la coherencia de nuestra fe en la resurrección final: ¿soy consciente de lo que va a pasar y lo que no va a pasar cuando llegue el fin? No podemos dejarnos llevar por películas, no por imaginaciones: la Sagrada Escritura es la medida correcta. ¿Vivo mi vida con la mirada puesta también en el fin? Nosotros no podemos dar eternidad, pero podemos recibirla por el amor. ¿Dónde está puesto nuestro amor?

Por último, la inminencia de la muerte acerca a los macabeos a su más preciosa confesión de fe, pero esta no es improvisada, se trabaja y se fortalece en la vida: ¿es mi vida una profesión de fe en la eternidad? Ante experiencias de muerte conocidas cercanas, ¿renuevo mi fe pascual? La serenidad no se improvisa. Es tiempo de aprender a creer en la vida eterna.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones

De la oración litúrgica a la oración personal…
un prefacio para orar en la fiesta de la Virgen María

 

En verdad es justo darte gracias, Padre santo,
fuente de la vida y de la alegría.
Porque en esta etapa final de la Historia
has querido revelarnos el misterio escondido desde siglos,
para que así el mundo entero retorne a la vida y recobre la esperanza.
En Cristo, nuevo Adán, y en María, nueva Eva,
se revela el misterio de tu Iglesia,
como primicia de la humanidad redimida.
Por este inefable don,
la creación entera, con la fuerza del Espíritu Santo,
emprende de nuevo su camino hacia la Pascua eterna.
Por eso, nosotros, unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos a una voz el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo.

 

 

Para la Semana

Lunes 7:
Tit 1,1-9. Establece presbíteros, siguiendo las instrucciones que te di.

Sal 23. Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Lc 17,6. Si siete veces viene a decirte: “lo siento”, lo perdonarás.
Martes 8:
Dedicación de la Basílica de Letrán.

Ez 47,1-2.8-9.12. Vi que manaba agua del lado derecho del templo, y habrá vida dondequiera que llegue la corriente.

o bien: 1Co 3,9c-11.16-17. Sois templo de Dios.

Sal 45. El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada.

Jn 2,13-22. Hablaba del templo de su cuerpo.

Miércoles 9:

Nuestra Señora de la Almudena. Solemnidad.

Zc 2,14-17. Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo.

Sal Jdt 13.18-19. Tú eres el orgullo de nuestra raza.

Ap 21,3-5a. Vi la nueva Jerusalén arreglada como una novia que se adorna para su esposo.

Jn 19,25-27. Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre.

Jueves 10:

San León Magno, papa y doctor. Memoria.

Flm 7,20. Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido.

Sal 145. Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob.

Lc 17,20-25. El reino de Dios está dentro de vosotros.
Viernes 11:

San Martín de Tours, obispo. Memoria.

2Jn 4-9. Quien permanece en la doctrina posee al Padre y al Hijo.

Sal 118. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.

Lc 17,26-37. El día que se manifieste el Hijo del hombre.
Sábado 12:

San Josafat, obispo y mártir. Memoria.

3Jn 5-8. Debemos sostener a los hermanos, cooperando así en la propagación de la verdad.

Sal 111. Dichoso quien teme al Señor.

Lc 18,1-8. Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan.

 

Domingo de la 31ª semana de Tiempo Ordinario – 30/10/2016

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Comentario Pastoral

CONVERSIÓN Y PERDÓN

Dios crea, ama y perdona. Bajo esta óptica hay que meditar el Evangelio de la conversión de Zaqueo, el odiado recaudador de impuestos romanos.

La salvación de Zaqueo por Jesús comienza con el deseo, casi infantil, desafiando respetos humanos, de subirse en un árbol para ver mejor al Señor que pasa. Esta salvación continúa con la sorpresa de la invitación de Jesús, que quiere alojarse en su casa; y culmina con la respuesta de conversión generosa y decidida del rico jefe de publicanos: ‘La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le retribuiré cuatro veces más”.

La conversión radical de Zaqueo se manifiesta sobre todo en la solidaridad efectiva con los pobres y con las víctimas de la injusticia. Por eso la conversión es al mismo tiempo una reorientación hacia Dios y un acto social y comunitario. Cuando se experimenta el perdón de Dios no hay más remedio que encaminarse por una ruta de alegría y de donación.

Como dice el libro de la Sabiduría, Dios se compadece de todos, cierra los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan, ama a todos los seres y a todos perdona porque son suyos, corrige poco a poco a los que caen y a los que pecan les recuerda su pecado para que se conviertan y crean.

Es importante subrayar que el perdón y la salvación de Dios ya estaba presente y actuante en aquel primer movimiento de búsqueda del Señor por parte de Zaqueo. “No me buscaríais a mí si no me hubieseis ya encontrado”, dice Dios. El Dios amigo de la vida y del perdón infunde a todo lo creado un soplo incorruptible de vida. Se trata de seguir ese soplo del Espíritu cuando y dondequiera que nos invada. No hay situación humana en que no pueda sorprendernos la invitación de Dios

El cristiano es el que experimenta todos los días el perdón de los pecados; por eso se debe reconquistar con intensidad el valor del sacramento de la reconciliación y celebrarlo con amor y con pasión.

La conversión continua no es un acto ritual sino vital, comporta una nueva opción por Dios y por el prójimo, un nuevo nacimiento para ser nueva criatura. De esta manera florece la ética cristiana, el empeño por Injusticia y por la construcción de un nuevo orden de relaciones. Así se construye la nueva comunidad humana. La conversión no sólo nos abre a los demás, sino también a Dios.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Sabiduría 11, 22-12, 2 Sal 144, 1-2. 8-9. 10-11. 13cd-14
san Pablo a los Tesalonicenses 1, 11-2,2 san Lucas 19, 1 – 10

de la Palabra a la Vida

Otro publicano. Por segundo domingo consecutivo, el evangelio nos pone ante otro publicano amable del que aprender. El domingo pasado era aquel que subía con humildad al templo a orar. Este domingo es Zaqueo. En un relato sensible y lleno de elementos adorables, un personaje odioso por su tarea, pues era jefe de publicanos, pasa a convertirse en un discípulo generoso de Cristo. A él también se puede aplicar la advertencia del domingo anterior: “El que se humilla será enaltecido”. El camino del que sube al árbol no es un camino de vanidad, sino de humilde acercarse al Señor. Y su corazón arrepentido dará lugar a su reconocimiento.

No podemos leerlo sin recordar la vocación de Mateo (Cf. Lc 5), aquel cobrador de impuestos que el Señor llama de su puesto de trabajo para que se convierta y le acompañe como discípulo, ante el asombro y el escándalo de todos. La conclusión de aquel relato, “no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”, casa muy bien con la de este, “hoy ha llegado la salvación a esta casa, también este es hijo de Abrahám”.

El encuentro de Jesús con Zaqueo supone para el publicano un deseo que, desde lo profundo de su corazón, donde anidaba, ahora puede ser expresado y cumplido, ser llevado a cabo. Y es esa declaración de Zaqueo en la que nos fijamos: Zaqueo no le pide a Jesús que tenga compasión de él, no pide perdón con el corazón contrito por sus pecados, no reclama misericordia. Tampoco Jesús advierte sobre la fe del publicano, ni sobre su arrepentimiento, ni sobre su condición de discípulo. No proclama una palabra de perdón, sino de justificación: “la salvación ha llegado a esta casa”. Jesús proclama, declara lo que ha sucedido.

Eso sí: Zaqueo no se escabulle ante Jesús, de tal manera que el pecador, sin presumir, pero con decisión, advierte de su justicia hacia los pobres, de su reparación por el mal cometido. Jesús cumple así la profecía de Ez 34,11s., donde el profeta advertía de la tarea del Señor de buscar a las ovejas perdidas para reconducirlas.

Es por esta actitud ante Zaqueo que Jesús merece el calificativo “amigo de la vida” que escuchamos en la primera lectura. El que perdona es amigo de la vida: el que perdona permite que el otro saque lo mejor de sí, y que de su mejora se beneficien los que han padecido cualquier tipo de daño o de mal.

Por eso, a la clemencia del Señor se responde con la acción de gracias del pecador. Esta actitud, descrita en el salmo responsorial, pone al hombre rehabilitado en el camino del seguimiento de Cristo. Hace de aquel que se doble por el pecado una persona honesta, recta, deseosa, como Zaqueo, de responder al Señor con una vida generosa entre los suyos. La generosidad del hombre como consecuencia de la generosidad de Dios provoca un movimiento social, permite a otros experimentar la bondad y fidelidad de Dios.

Zaqueo entra en casa como quien entra en la Iglesia, y allí no se siente señalado por otros, no es despreciado o separado por sus faltas y pecados, sino que, por el contrario, se sabe entre testigos de la misericordia y del poder rehabilitador de Dios. ¿Sé verme yo así en la Iglesia? ¿Acepto a los hermanos como a quienes el Señor ha acogido y visitado con cariño? ¿Me alineo con los que miran con recelo o con los que se alegran del encuentro con Cristo? Así, en la Iglesia, ya no se trata de “otro publicano”, sino de “un hijo de Abraham”, un creyente que ha acogido el amor de Dios.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


1 de noviembre: Todos los santos. Solemnidad.

Desde muy antiguo la Iglesia de Oriente honraba a todos los santos con una celebración en un solo día. La Iglesia bizantina, de forma pedagógica, cerraba el ciclo de Pascua el domingo siguiente a Pentecostés con esta solemnidad pues, ¿qué sucede si no a quienes han recibido el don del Espíritu Santo? Que son santificados.

La muchedumbre inmensa que Juan relata en su visión del Apocalipsis (primera lectura) son aquellos que han recibido el Espíritu Santificador y se han dejado hacer en la vida por Él. Hasta tal punto ha sido así, que han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero, han adquirido una comunión, ya en vida, profunda con Jesucristo. El Espíritu Santo nos ha convertido en Hijos de Dios (segunda lectura) para que podamos entrar, no individualmente, no al margen de los otros, sino como grupo, en la presencia del Señor (salmo responsorial).

El impacto de la imagen de esa multitud es una invitación a querer formar parte de la misma, a querer venir a la presencia del Señor. Sin duda, que la liturgia de este día está marcada por el evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5): los santos, los que entrar en la presencia de Dios, son felices. No han vivido según los criterios del mundo, sino que lo han hecho según la enseñanza de Cristo, lo cual les ha acarreado no pocas penurias en esta vida, pero les ha abierto de par en par las puertas del Reino de los Cielos.

Contemplemos en este día a “los mejores hijos de la Iglesia” (prefacio de la misa), a los que se acercan a nosotros en cada misa trayéndonos la Jerusalén celeste, para que se acreciente en nosotros el deseo de vivir así, conformados a Cristo por la acción de su Espíritu.


Diego Figueroa

 

Para la Semana

Lunes 31:

Flp 2,1-4. Dadme esta gran alegría, manteneos unánimes.

Sal 130. Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor.

Lc 14,12-14. No invites a tus amigos, sino a pobres y lisiados.
Martes 1:

Todos los santos. Solemnidad.

Ap 7,2-4.9-14. Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua.

Sal 23. Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

1Jn 3,1-3. Veremos a Dios tal cual es.

Mt 5,1-12a. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
Miércoles 2:

Todos los difuntos. Conmemoración

Job 19,1.23-27a Yo sé que está vivo mi Redentor

Sal 24, 2-3. 4-5ab. 6-7bc. 8-9 A ti, Señor, levanto mi alma

Flp3,20-21 Transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso

Mc 15,33-39; Jesús, dando un fuerte grito, expiró
Jueves 3:

Flp 3,3-8a. Eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo.

Sal 104. Que se alegren los que buscan al Señor.

Lc 15,1-10. Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta.
Viernes 4:
San Carlos Borromeo, obispo. Memoria.

Flp 3,17-4,1. Aguardamos un Salvador; él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso.

Sal 121. Llenos de alegría vamos a la casa del Señor.

Lc 16,1-8. Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.
Sábado 5:

Flp 4,10-19. Todo lo puedo en aquel que me conforta.

Sal 111. Dichoso quien teme al Señor.

Lc 16,9-15. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras?


Domingo de la 30ª semana de Tiempo Ordinario. – 23/10/2016

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Comentario Pastoral

ORAR EN FARISEO O EN PUBLICANO

Dos hombres subieron al templo a orar”. Así comienza la parábola que se lee en este domingo XXX del tiempo ordinario. Uno fariseo, perteneciente a los “observantes de la ley, a los devotos en oraciones, ayunos y limosnas. El otro es publicano, recaudador de tributos al servicio de los romanos, despreocupado por cumplir todas las externas prescripciones legales de las abluciones y lavatorios.

El fariseo más que rezar a Dios, se reza a si mismo; desde el pedestal de sus virtudes se cuenta su historia: “ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo”. Y tiene la osadía de dar gracias por no ser como los demás hombres, ladrones, injustos y adúlteros. Por el contrario, el publicano sumergido en su propia indignidad, sólo sabía repetir: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.

Aunque el fariseo nos resulte antipático y bufón, hemos de reconocer que la mayoría de las veces nos situamos junto a él en el templo e imitamos su postura de suficiencia y presunción. Vamos a la iglesia no para escuchar a Dios y sus exigencias sobre nosotros, sino para invitarle a que nos admire por lo bueno que somos. Somos fariseos cuando olvidamos la grandeza de Dios y nuestra nada, y creemos que las virtudes propias exigen el desprecio de los demás. Somos fariseos cuando nos separamos de los demás y nos creemos más justos, menos egoístas y más limpios que los otros. Somos fariseos cuando entendemos que nuestras relaciones con Dios han de ser cuantitativas y medirnos solamente nuestra religiosidad por misas y rosarios.

Es preciso colocarse atrás con el publicano, que sabe que la única credencial válida para presentarse ante Dios es reconocer nuestra condición de pecadores. El publicano se siente pequeño, no se atreve a levantar los ojos al cielo; por eso sale del templo engrandecido. Se reconoce pobre y por eso sale enriquecido. Se confiesa pecador y por eso sale justificado.

Solamente cuando estamos sinceramente convencidos de que no tenemos nada presentable, nos podemos presentar delante de Dios. La verdadera oración no es golpear el aire con nuestras palabras inflamadas de vanagloria, sino golpear nuestro pecho con humildad. La fraternidad cristiana exige no sentirse distintos de los demás, ni iguales a los otros, sino peores que todos. Es un misterio que la Iglesia de los pecadores se haga todos los días la Iglesia de los santos.

Andrés Pardo

 

 Palabra de Dios:

Eclesiástico 35, 12-14. 16-19a Sal 33, 2-3. 17-18. 19 y 23
san Pablo a Timoteo 4, 6-8. 16-18 san Lucas 18, 9-14

de la Palabra a la Vida

Continúan las lecturas de este domingo la misma temática de la oración constante, movida por la fe, que encontrábamos en las lecturas del domingo pasado.

En este caso, con una parábola que solamente encontramos en el evangelio de Lucas, la del fariseo y el publicano que suben al templo a orar. La antítesis es tan radical entre los dos personajes, son dos figuras tan opuestas, no solamente en su situación, sino también en sus palabras y en sus gestos, que es fácil reconocer la intención y el mensaje de la parábola. Una oración de acción de gracias del fariseo, llena de virtudes, al lado de una petición humilde de perdón, una confesión de las culpas en la que el publicano encuentra su justificación. Sin duda, que no ven los ojos de los hombres lo que los ojos de Dios, y este en su misericordia, rehabilita con su perdón al que arrepentido confiesa sus pecados y no presume de sus virtudes.

Por eso, la oración del publicano, rico en bienes materiales, se convierte en la oración del pobre que atraviesa las nubes hasta llegar a Dios, del Sirácida, porque ha confiado a Dios su justificación, no se la ha presentado como un mérito personal, pues estos no pueden lucir ante la santidad de Dios. El justo a los ojos de Dios no es el que cumple las observancias con un corazón engreído y autosuficiente, sino el que confiando en la misericordia divina, reconoce su propia limitación y confiesa con humildad sus pecados.

No se trata de sentarse más adelante o más hacia atrás, pues uno puede ir al último banco o no levantar la cabeza no por humildad, sino por independencia, por una mala autonomía. De lo que se trata es de buscar en el corazón el sitio que Cristo necesita para perdonar nuestras culpas, y por lo tanto, el convencimiento, como en el caso de la viuda pobre del domingo pasado, de que el Señor escucha al humilde, al abatido, al que reconoce su culpa y busca su conversión.

Así lo confirma la conclusión de Lucas en el versículo final: “todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Con esta conclusión, la parábola se abre a todo tiempo y lugar, no queda como una advertencia para aquellos contemporáneos de Jesús, sino que advierte a los cristianos de nuestro tiempo, y de todo tiempo. Es peligroso creerse en situación virtuosa, en posesión de la verdad, porque será el Señor el que humille al que se ha crecido. No, los discípulos del Señor se caracterizarán por esa capacidad para reconocer el mal cometido y confiar en el perdón que Cristo ofrece. Humillarse no es más que imitar, no en las formas, no externamente, como una impostura, sino desde lo profundo del corazón, hasta las lágrimas, confiar en que la realidad empobrecedora de mis pecados va a ser encontrada por la santidad y la riqueza de Dios.

Es necesario vivir en la Iglesia para no dejarse arrastrar por la natural tendencia a engreírnos. Es necesario crecer entre hermanos en la fe, no para compararnos, sino para encontrar a quienes servir, a quienes dejar primero, a quienes atender o dar ánimos, a quienes dar prioridad. Cristo ha hecho así con los hombres, y al humillarse, Dios lo levantó sobre todo. Por eso sabemos con certeza que Cristo viene a redimir a los suyos, y que desde lo profundo del corazón, la actitud del publicano, aunque menos agradecida, menos visible, menos aparente, es la que Cristo ensalza para poder seguir tras Él por la vida.

Diego Figueroa



al ritmo de las celebraciones


28 de octubre: San Simón y san Judas, apóstoles. Fiesta

Estos dos discípulos del Señor, que aparecen siempre juntos en la lista de los Doce, debido seguramente a que ambos pertenecieron previamente al partido de los Celotes, son también celebrados conjuntamente. La liturgia de este día nos recuerda que estos se han dedicado a cumplir el encargo recibido del Señor durante toda su vida, para que la palabra recibida llegara a todos los pueblos.

El génesis de su misión está en su llamada por el Señor, que proclama este día el evangelio (Lc 6,12-19): los Doce son llamados por el Señor y pronto empiezan a comprobar que lo que Él hace por todos será también la ocupación de ellos. Ellos se han convertido, por esa llamada y esa convivencia con el Señor, en cimiento de la fe de los que hemos creído después y hemos sido llamados a anunciar el evangelio y a ser familia de Dios. Como cada vez que la Iglesia celebra la fiesta de un apóstol, el salmo responsorial nos recuerda que el pregón que los apóstoles han recibido de Cristo, ellos lo han comunicado a todos los pueblos. Que no ha habido dificultad que se haya resistido a recibir la Palabra de Dios, y que los apóstoles han llevado hasta los límites del orbe el anuncio de salvación y de amor de Dios.

La verdadera devoción a estos apóstoles tiene que ser siempre una participación en la misión que ellos llevaron a cabo, la misión evangelizadora de la Iglesia, de todo cristiano.


Diego Figueroa

Para la Semana

Lunes 17:
San Antonio María Claret, presbítero. Memoria.

Efesios 4,32-5,8. Vivid en el amor como Cristo.

Sal 1. Seamos imitadores de Dios, como hijos queridos.

Lucas 13,10-17. A ésta que es hija de Abrahán,¿no había que soltarla en sábado?

Martes 18:

Efesios 5,21-33. Es éste un gran misterio; y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Sal 127. Dichosos los que temen al Señor.

Lucas 13,18-2 1. Crece el grano y se hace un arbusto.

Miércoles 19:

Efesios 6,1-9. No como quien sirve a los hombres, sino como esclavos de Cristo.

Sal 144. El Señor es fiel a sus palabras.

Lucas 13.22-30. Vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
Jueves 20:

Efesios 6,10-20. Tomad las armas de Dios para poder mantener las posiciones.

Sal 143. Bendito el Señor, mi Roca.

Lucas 13,31-35. No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén.
Viernes 21:
San Simón y san Judas, apóstoles. Fiesta.

Efesios 2,19-22. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles.

Sal 18. A toda la tierra alcanza su pregón.

Lucas 6,12-19. Escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles.
Sábado 22:

Filipenses 1,18b-26. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir.

Sal 41. Mi alma tiene sed del Dios vivo.

Lucas 14,1.7-11. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.


Domingo de la 29ª semana de Tiempo Ordinario. – 16/10/2016

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

NUEVA CATEQUESIS SOBRE LA ORACIÓN

Siempre es tema importante el de la oración, que está presente durante toda la existencia de Cristo, sobre todo en los instantes más decisivos de su misión. Hoy se nos pone de relieve una de las características básicas, como es la perseverancia, que no es otra cosa que la fidelidad en la adhesión orante a Dios.

Moisés es un clásico modelo de la constancia en la plegaria. En el camino de Israel hacia la tierra libre de la promesa se encuentra con mil dificultades de todo tipo, incluso militares. En la cercanía del Señor está la fuerza para verse libre de toda hostilidad y potencia humana. En el centro de la escena sobresale la figura de Moisés, que ora con perseverancia y llena de sentido la acción de sus guerreros.

La cualidad fundamental de la viuda del Evangelio es su irresistible constancia, que no conoce la oscuridad del silencio del juez, la amargura de su indiferencia y la constante dureza de su hostilidad. La oración es una aventura misteriosa con matices de lucha, pues es una agonía y un combate con lo infinito.

Otra dimensión de la oración, propiamente teológica, que se deriva de la parábola lucana es la certeza de la escucha. La consecuencia es lógica: si un juez corrupto e injusto cede ante la constancia de una viuda, cuánto más lo hará el Juez justo y perfecto que es Dios. La confianza en la paternidad de Dios es la raíz de la oración, su estilo y atmósfera.

Perseverar en la oración sin desanimarse probará la firmeza de nuestra voluntad y lo inquebrantable de nuestra fe en Dios, que siempre hace justicia.

La oración es un puente de comunicación entre lo finito y lo infinito, une a la humanidad con Dios. La oración no es la intuición sentimental de un instante ni un estadio transitorio de exaltación. Necesita perseverancia y empeño. Es una lucha con el misterio, una aventura.

La oración produce justicia. Quien tiene contacto con Dios vuelve al mundo con más luz de lo alto, transfigurado, porque su amor es más fuerte, su coraje más sólido, su esperanza más viva.

La oración produce también paz en el corazón, porque se dirige no a un juez, sino a un padre misericordioso. Por eso conforta, consuela, serena, renueva al hombre.

La oración debe ser alimentada por la Biblia. Por medio de los salmos, Dios ha puesto en nuestros labios lo que él quiere escuchar de nosotros.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Éxodo 17, 8-13 Sal 120, 1-2. 3-4. 5-6. 7-8
Timoteo 3, 14-4,2 san Lucas 18, 1-8

de la Palabra a la Vida

Es fácil pensar que se nos ha hecho justicia cuando en cualquier materia hemos acabado obteniendo lo esperado. Así sucede en la victoria de Moisés, en la primera lectura, o en la demanda de la viuda del evangelio. Hasta el juez injusto es capaz de hacer justicia: ¿cómo no va a hacerla Dios?

Hemos entrado en la parte del evangelio de Lucas referida a la instrucción escatológica, es decir, se nos habla ahora sobre lo que sucederá al final de los tiempos, cuando todo esto termine y vuelva el Hijo del hombre. Así podemos entender esa pregunta final que se hace Jesús sobre la fe en los últimos días. La perseverancia de la mujer viuda es motivo de reflexión y de esperanza para los que escuchan la parábola: si su pertinacia consigue ser atendida por un juez tan irresponsable, no hay duda de que el discípulo, con su oración continuada, conseguirá mucho más de su Padre del cielo.

La primera lectura nos muestra un ejemplo gráfico inmenso de lo que significa perseverar en la oración: Aarón y Jur sostienen, brazos en alto, la oración de Moisés por su pueblo. En él vemos dibujado al “guardián de Israel” del que habla el salmo, que “no duerme ni reposa” para dar a su pueblo la victoria, la justicia.

Pero la Iglesia no tiene dudas… no, no es Moisés, sino el Señor, el verdadero guardián de Israel. No es Moisés, sino Cristo, el que ha levantado los brazos en lo alto de un monte, puesto en la cruz, y desde allí ha intercedido para obtener la victoria para su pueblo, para concederle una injusta justicia, para darle una felicidad que Dios no puede rechazar darle. Cristo se ha convertido en el misterio pascual, en la batalla definitiva, con los brazos en alto, en aquel que asegura que su pueblo venza “al acusador, que acusaba a los suyos día y noche” (Cf. Ap 12,10). Y no contento con esa victoria, ha entrado en el santuario del cielo para hacer justicia a los suyos, para convertirse en el juez que, brazos en alto, asegura ante el Padre, la justicia para aquellos que, perseverantes en la oración, quieren obtener la salvación de Dios, quieren recibir el premio a su perseverancia.

Los días del Hijo del hombre han comenzado con el misterio pascual, y se completarán cuando el Señor vuelva, pero mientras tanto, sabemos que tenemos un sumo sacerdote que ha entrado en el santuario del cielo para obtener justicia para nosotros. Nosotros somos, en el fondo, como esa pobre viuda, que no tenía nada con lo que defenderse, argumentos con los que apelar, más que su insistencia.

Bien entiende la Iglesia que lo que anunciaba Moisés, se ha cumplido en la Pascua de Cristo, donde hemos ganado un abogado que nos defiende en el cielo, donde el Padre quiere ponerse siempre de nuestro lado. Tan bien lo entiende, que hace a sus sacerdotes elevar sus brazos en la liturgia para la oración: cada vez que rezan en misa, abren y elevan los brazos, repitiendo aquel gesto de intercesión que salva a los suyos. ¿No experimentamos, acaso, la protección y la beneficencia del Señor, cuando el sacerdote eleva sus brazos en la oración? ¿No sabemos que está intercediendo ante el Padre, unido a Cristo, para obtenernos la bendición y la salvación? ¿No deseamos perseverar con ellos, animarles a mantenerse así, en bien de toda la humanidad, de tantos seres queridos?

El poder de la cruz de Cristo sigue siendo eficaz ante el creyente, ante el que, como Jesús pide en el evangelio, persevera en la oración. De ese poder brota la liturgia que celebramos. Y es que, la verdadera victoria no se obtiene aquí, cuando recibimos los primeros “bocados de vida eterna”, pero sí es cierto que aquí, con nuestra perseverancia, con una fe constante, esos brazos en alto adquieren el sentido inequívoco de la justicia que Dios nos promete gratuitamente.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


18 de octubre: San Lucas, evangelista. Fiesta

En este año de san Lucas en el que nos encontramos, año de la misericordia, año del evangelista de la misericordia, que dibuja de forma preciosa en sus parábolas, la celebración de esta fiesta tiene que renovar en nosotros el deseo de releer despacio el tercer evangelio y el libro de los Hechos de los Apóstoles, a él atribuidos. Su evangelio refleja el cuidado y la preocupación del Señor por los pobres (idea que encontramos de forma delicada y elegante en la oración colecta), presenta a María, surgida de entre los pobres de Yahveh, eslabón que da continuidad a la acción evangelizadora del Hijo en la acción evangelizadora de la comunidad de sus discípulos, por el don del Espíritu, protagonista de Hechos.

La primera lectura de esta fiesta nos presenta a Lucas al lado de san Pablo. Ellos, aunque solos, han tenido fuerzas para llevar a cabo el anuncio evangélico. Han ido a los gentiles, como anuncia el envío de Cristo a los setenta y dos en el relato evangélico de este día. Así, la tarea a la que san Lucas se ha dedicado consiste en esto, llevar las hazañas de Dios a todos los hombres, proclamar la bondad y cercanía del Señor para los que quieran estar cerca de Él. Esta actitud de preocupación universal de Dios, este amor suyo, se manifiesta también por el amor de los que han entregado su vida por llevar el evangelio a todos los lugares del orbe.


Diego Figueroa

Para la Semana

Lunes 17:

San Ignacio de Antioquia, obispo y mártir. Memoria.

Ef 2,1-10. Nos ha hecho revivir con Cristo y nos ha sentado en el cielo con él.

Sal 99. El Señor nos hizo y somos suyos.

Lc 12,13-21. Lo que has acumulado, ¿de quién será?
Martes 18:

San Lucas, evangelista. Fiesta.

2Tim 4,9-17a. Solo Lucas está conmigo.

Sal 144. Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado.

Lc 10,1-9. La mies es abundante y los obreros pocos.
Miércoles 19:

Ef 3,2-12. El Misterio de Cristo ha sido revelado ahora: que también los gentiles son coherederos de la promesa.

Salmo: Is 12,2-6. Sacaré aguas con gozo de las fuentes de la salvación.

Lc 12,39-48. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá.
Jueves 20:

Ef 3,14-21. Que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; así llegaréis a vuestra plenitud, según la Plenitud total de Dios.

Sal 32: La misericordia del Señor llena la tierra.

Lc 12,49-53. No he venido a traer paz, sino división.
Viernes 21:

Ef 4,1-6. Un solo cuerpo, un Señor, una fe, un bautismo.

Sal 23. Este, Señor, es el grupo que busca tu presencia.

Lc 12,54-59. Si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?
Sábado 22:

Ef 4,7-16. Cristo es la cabeza; de él todo el cuerpo procura el crecimiento.

Sal 121. Llenos de alegría vamos a la casa del Señor.

Lc 13,1-9. Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

 

Domingo de la 28ª semana de Tiempo Ordinario. – 09/10/2016

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Comentario Pastoral

VIVIR EN ACCIÓN DE GRACIAS

Algunos, basándose en el relato evangélico de la curación de los diez leprosos, de lo que solamente uno vuelve a dar gracias a Jesús, podrían deducir en un análisis de juicio global de la sociedad en que vivimos, que tan sólo el diez por ciento de la personas son agradecidas. No hasta con tener talante interior de gratitud, sino que e preciso demostrarlo. ¡Qué importante es reconocer los beneficios que otro nos ha hecho saber agradecer sus palabras y obras buenas!

En términos fríos de justicia, de servicios obligados, de mero cumplimiento del trabajo profesional, se corre el peligro de ver todo normal, como debido, como pago, como obligación, como reivindicación. Muchas personas son autómatas y actúan con una insensibilidad despersonalizada – No hacen el más mínimo esfuerzo por ayudar al que lo precisa, si el asunto no está contemplado en el reglamento laboral o en el contrato firmado.

Saber agradecer es mirar positivamente los gestos, las actitudes, las manos abiertas de los que nos favorecen. No es simple cuestión de cortesía, de buena educación, sino de buen corazón, Por eso se puede afirmar que el cristiano debe tener siempre mirada limpia para ver las continuas acciones gratuitas de Dios en favor nuestro, Como lo hizo la Virgen, cuya vida fue un prolongado ‘Magníficat”. Sabido es que Dios no obra por obligación, sino por amor.

En este domingo (XXVIII del tiempo ordinario) conviene recordar que agradecer es sinónimo de alabar y bendecir. Tener capacidad de alabar es tener capacidad de admirar, de contemplar, de adorar, de olvidarse de sí mismo. Es lo que hizo el leproso dando gloria a Dios – La alabanza engloba la acción de gracias. Lo repetimos sin darnos cuenta, en el Gloria de la Misa: “Te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias, Señor”.

Una cosa importante para vivir en acción de gracias es tener memoria. Cuando se recuerda el estado anterior se analiza la situación actual mejorada, surge casi espontáneamente el agradecimiento. Memoria tuvo el leproso samaritano que volvió, porque no sólo miró su cuerpo limpio, sino sobre todo su corazón; los otros nueve solo miraron su cuerpo y no se acordaron de más.

Tengamos presente que Naamán encuentra a Dios en su curación y lo reconoce en pública confesión de acción de gracias. La salvación total sólo alcanza al leproso agradecido que se vuelve alabando a Dios.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

libro de los Reyes 5, 14-17 Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4
Timoteo 2, 8-13 san Lucas 17, 11-19

de la Palabra a la Vida

Es evidente que el hilo conductor entre la primera lectura y el evangelio de este domingo es la curación de la lepra. Naamán el sirio es curado por Eliseo en las aguas del Jordán, Jesús mismo es el agua que cura a los diez leprosos en el evangelio. Un acto de fe momentáneo pero grande, de calidad, “como un granito de mostaza”, concede a Naamán la salud en las aguas pobres del río Jordán. No es la grandeza del río, sino la de la fe, la que cura.

Los diez leprosos del evangelio solamente tienen que obedecer al mandato de Cristo: “Id a presentaros a los sacerdotes”. Son ellos los que tienen que dar testimonio de la curación, tal y como mandaba la Ley. Solamente obedecer al mandato: no hay ningún gesto de Cristo, ningún signo que realizar, ninguna pobre manifestación de fe… salvo la obediencia de ir al sacerdote. Es en esas cuando los leprosos se ven curados, los judíos y el samaritano. Es así porque la curación supone una salvación que es universal. Jesús recorría el camino hacia Jerusalén pero lo hacía ofreciendo la salvación a todos los pueblos, a todas las razas y religiones. Todas encuentran salvación en Él.

Por eso, la Iglesia, al ver curado a Naamán, un sirio, un pagano, uno que no pertenecía a Israel, canta: “El Señor revela a las naciones su salvación”. Como al samaritano. Un hombre que se presenta como el que ofrece la salvación de Dios a todos crea en aquellos que lo encuentran una infinita confianza: por eso, el samaritano vuelve. La conversión del samaritano para dar gracias y glorificar a Dios es su forma de acoger la misericordia recibida. Y así, aquel que al principio del evangelio gritaba “ten compasión”, vuelve ahora al Señor para descubrir que la ha recibido, que el Señor es compasivo y misericordioso, que la Palabra de Dios se cumple en su vida y que Él ha recibido esa salvación.

El reencuentro, la conversión, es entonces la feliz conclusión de su obediente dejarse en manos del Señor. Sin duda que el samaritano, como Pablo, puede reconocer que Jesús “permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo”.

La celebración de la Iglesia es ahora, para nosotros, ocasión para experimentar lo que el evangelio relata: en la fe, que se manifiesta en la obediencia a la celebración de la Iglesia, resuena la voz y el poder de Cristo, que quiere transformar lo que hay de impuro en nosotros en algo santo, el mal en bien. Es necesario entrar en la celebración llenos de fe para que así suceda, pues con esa fe el pecador se convierte en discípulo, en reflejo de la limpieza de Cristo, de su santidad.

Venir a la liturgia de la iglesia a dar gracias a Cristo es reconocer esa obra que ha querido hacer en nosotros y a la cual hemos respondido con asentimiento obediente. Sí, Señor, aunque nuestra celebración pueda parecernos tan pobre como el río Jordán, nada que ver con otros ríos grandes y caudalosos, por esta fluye la Vida Eterna. Sólo quien así lo reconoce puede ofrecer verdadera alabanza divina.

Con frecuencia podemos reconocer, e incluso vernos afectados, por la pobreza de la celebración de la Iglesia, de los ministros, de los signos…, y sin embargo, por medio de ellos se está transmitiendo la salud, la limpieza, la claridad de Dios. Una mirada como la del samaritano nos permitirá advertir el milagro que Dios quiere hacer con nosotros y vivir agradecidos por tanta generosidad.

 Diego Figueroa



al ritmo de las celebraciones


12 de octubre: Nuestra Señora del Pilar. Fiesta

La tradición de la aparición de la Virgen María a Santiago apóstol en Zaragoza, sobre una columna, que ha quedado como presencia de la Virgen, nos permite meditar acerca del lugar de la Virgen en la historia de la salvación, así como pedir en este día por toda la Hispanidad, de la que ella es la patrona.

La lectura del libro de las crónicas, que relata cómo el arca de la alianza es introducida en la tienda que David ha preparado para ello, expresa cómo María es el arca que ha contenido en sí la nueva alianza, Cristo el Señor. Si ya aquella arca, presente en medio del pueblo, fue fuente de bendición para el pueblo, la Iglesia al contemplar a María se alegra de la inmensa bendición, sin duda mayor, que ella recibe en Cristo. María, como nos recuerda el pasaje evangélico, ha llevado en su vientre, como arca, la presencia de Dios, y ha sido dichosa, por cumplir la Palabra de Dios y por llevarla en su seno. Su obediencia a la Palabra ha hecho que María haya sido exaltada, levantada sobre la columna, para fortalecer la fe de los que creen en su Hijo, para animar a los cristianos con seguridad en la esperanza de lo que ya contemplamos cumplido en María, para ser constantes en el amor como ella lo ha sido (oración colecta).

Encomendemos en la liturgia de este día a todos los pueblos hispanos que al cuidado de María se acogen, para que la fe en Dios siga siendo vínculo de unión y de fraternidad entre ellos.

Diego Figueroa

Para la Semana

Lunes 10:

Gal 4,22-24.27.31-5.1. No somos hijos de la esclava, sino de la mujer libre.

Sal 112. Bendito sea el nombre del Señor por siempre.

Lc 11,29-32, A esta generación no se le dará más signo que el signo de Jonás.
Martes 11:

Santa María Soledad Torres Acosta, virgen. Memoria.

Gal 5,1-6. Da lo mismo estar circuncidado o no; lo único que cuenta es una fe activa en la práctica del amor.

Sal 118. Señor, que me alcance tu favor.

Lc 11,37-41. Dad limosna, y lo tendréis limpio todo.
Miércoles 12:
Nuestra Señora del Pilar. Fiesta.

1Cron 15,3-4.15-16,1-2. Metieron el arca de Dios y la instalaron en el centro de la tienda que David le había preparado.

o bien:

Hch 1,12-14. Se dedicaban a la oración junto con María, la Madre de Jesús.

Sal 26: El Señor me ha coronado, sobre la columna me ha exaltado.

Lc 11,27-28: Dichoso el vientre que te llevó.
Jueves 13:

Ef 1,1-10, Nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo.

Sal 97. El Señor da a conocer su victoria.

Lc 11,47-54. Se pedirá cuenta de la sangre de los profetas, desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías.
Viernes 14:

Ef 1,11-14. Ya esperábamos en Cristo, y también vosotros habéis sido marcados con el Espíritu Santo.

Sal 32. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

Lc 12,1-7. Los pelos de vuestra cabeza están contados.
Sábado 15:

Eclo 15,1-6. Lo llena de inteligencia y de sabiduría.

Sal 88. Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré.

Mt 11,25-30. Soy manso y humilde de corazón.

 

Domingo de la 27ª semana de Tiempo Ordinario. – 02/10/2016

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Comentario Pastoral

AUMENTAR LA FE

Hemos de reconocer que somos hombres de poca fe, que es necesario acrecentarla, hacerla más auténtica y personal, purificada de desviaciones, centrada en Dios. En un mundo en que muchos alardean de incredulidad y agnosticismo, los discípulos de Jesús han de acrecentar la luz de la fe, para liberarse de tantas tinieblas desconcertantes, que desdibujan y difuminan el verdadero rostro de Dios. El creyente experimenta una liberación interior cuando por medio de la fe en Jesús descubre la verdadera clave para entender la historia y la vida propia.

La fe no es ceguera irracional, sino visión lúcida; no es evasión, sino cercanía; no es pasividad, sino confianza. Cuando solamente se ven a nuestro alrededor cosas limitadas, caducas y naturales, ¿se puede creer en lo infinito, en lo eterno, en lo sobrenatural? La fe no es un sentimiento, sino una actitud de todo el ser. El principal enemigo de la fe es la complacencia en el conocimiento, en la curiosidad y la crítica. La fe germina por sí sola con la gracia de Dios cuando no se lo impedimos.

¿Se puede tener fe cuando existen tantas injusticias, cuando hay tantos graves problemas en el mundo, cuando se alzan tantos gritos contra el hambre, la violencia, la pobreza y el dolor? ¿Se puede creer en Dios, que parece que guarda silencio ante tales situaciones? El creyente es el que sabe que no puede echar a Dios las culpas de los males de] mundo. La fe es voluntad de superar las dificultades, es victoria sobre el mal no por el valor humano, sino por el poder de Dios. Por eso el hombre de fe nunca es fatalista, tiene honda esperanza, lucha y trabaja porque sabe que se puede vencer el mal con el bien, el odio con amor. El crecimiento de la fe y de la vida cristiana necesita un esfuerzo positivo y un ejercicio permanente de la libertad personal.

Creer es saber leer la historia según la óptica de Dios. Creer es recibir una fuerza de vida para que la fe sea apertura a la irrupción de Dios que transforma la vida. Creer es superar una religión economicista que se basa en contraer méritos. Creer es trabajar con empeño y humildad a favor del Reino. Creer es conquistar la serenidad y la infancia del Espíritu.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4 Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9
Timoteo 1, 6-8. 13-14 san Lucas 17, 5-10

de la Palabra a la Vida

La petición de la fe que los discípulos hacen al Señor marca las lecturas de este domingo del Tiempo Ordinario: “Auméntanos la fe”. Es una petición brusca, recibida de golpe, que nos coge por sorpresa. Igualmente lo hace la respuesta del Maestro, pues más que la cantidad, parece que el Señor llama la atención sobre la calidad de la fe.

Esta fe debe ser auténtica. Una fe auténtica todo lo puede. Esta fe es la respuesta con la que el hombre acoge la predicación de la Palabra de Dios que nos es proclamada. Es la que necesitaban aquel rico y sus familiares de la parábola del domingo pasado, para, al escuchar a Moisés y a los profetas, creer en Dios. Esta fe es un elemento dinámico, está llamada a acrecentarse, para lo cual necesita que el hombre “no endurezca el corazón”. El recuerdo de aquella escena del pueblo de Israel en Meribá, desconfiando de Dios, y de este, herido por la desconfianza, haciendo brotar agua de la roca, en el desierto, es constante en la historia de la salvación. Dios pone la fe en el corazón del hombre con la misma facilidad que el agua en el desierto.

Pero, a diferencia de entonces, la roca es un ser inerte, que Dios maneja a su antojo, y el corazón del hombre está vivo, necesita que este dé su aprobación, o ni el mismo Dios podrá hacer brotar esas fuentes de vida en su interior. La transformación del corazón de piedra en corazón de carne se realiza de forma progresiva, siempre que el hombre esté por la labor. Por eso, en esa petición “auméntanos”, hay un compromiso cada vez mayor del creyente por negarse a sí mismo, por confiarse a Dios.

El poder que nace de ahí es inimaginable. Si es impactante el ejemplo de mover la morera, o de mover montañas, estos no son nada en comparación con la obra maravillosa que Dios realiza en nuestro corazón si nuestra actitud es la adecuada. Esta actitud se ve complementada con la siguiente recomendación del Señor, aparentemente inconexa con la anterior. La fe del discípulo le permite seguir al Señor, y es en su seguimiento donde el discípulo imitará la actitud servicial de su Maestro. Aquel que está “en medio de vosotros como el que sirve”, educa a los suyos para que obren de la misma manera. La fe permite acoger esa actitud propia del discípulo, una actitud también sorprendente, pues ni siquiera el cumplimiento de sus deberes hace del discípulo seguro de su salvación. Sólo dirá: “Pobres siervos somos”. Así, los discípulos aprenden que la salvación es siempre y exclusivamente obra de la gracia. Igualmente, los discípulos tienen que aprender que la vanagloria humana no tiene sentido. La presunción, la petulancia, ante la obra bien hecha, no es propia del discípulo, que pone toda su confianza, en la misericordia y el amor del Padre.

Cuando el discípulo, cada uno de nosotros, participamos en la liturgia de la Iglesia, no podemos olvidar esta advertencia del Señor: “pobres siervos somos”. Nada de lo que recibimos es mérito que nos honra. Todo lo que se nos da es don del amor de Dios, pero crea, eso sí, una fe en nuestro corazón, que nos hace capaces de mover, no una morera o una montaña sino algo mayor aún: el pecado, que habita en nosotros. Este movimiento sólo es obra de la gracia, y el discípulo ha de mostrarse siempre humilde y agradecido. ¿Crezco en mi fe? ¿Cuánto la pido? ¿Qué hago para que está siga dando forma a mi vida? ¿Acojo humildemente mis aciertos y éxitos, o me dejo engañar por la vanidad, que me hace creer mejor o más digno que otros?

“Auméntanos la fe” es una oración para llevar siempre, ante cualquier tarea, en el corazón; y “pobres siervos somos” es una oración para llevar siempre, tras cualquier tarea, en la vida.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


5 de octubre: Témporas de acción de gracias y de petición. Feria mayor

Las Témporas son días de acción de gracias y de petición que la comunidad cristiana ofrece a Dios, terminadas las vacaciones y la recolección de las cosechas, al reemprender la actividad habitual. Se celebrarán, al menos, el día 5 de octubre (o el día 6, cuando el 5 sea domingo), y, siempre que sea posible, es aconsejable también celebrarlas también otros dos días de la misma semana”.

Esta advertencia con la que el misal introduce esta celebración nos sirve para ver la conveniencia de celebrar en tres días esta misma semana las témporas (uno para la petición, uno para la acción de gracias, otro para la conversión). Ofrecen una oportunidad de reflexionar y de celebrar con distintos sentimientos el misterio del amor de Dios, que ha dispuesto al hombre de todo lo necesario para vivir y alabarle. En estas celebraciones, hacemos memoria de los dones materiales que Dios ha concedido a su pueblo, hacemos memoria del don del perdón con el que Dios ha amado a su pueblo, y hacemos memoria de que tanto don reclama de nosotros una conversión, un reconocimiento constante de que sólo Dios es santo y nosotros estamos necesitados de purificación, de volvernos constantemente hacia Él.

Son una forma preciosa de poner en manos de Dios el nuevo curso, nuestras tareas e intenciones, a la vez que de dejarnos hacer por Él y su santa voluntad.


Diego Figueroa

 

Para la Semana

Lunes 3:

Gal 1,6-12, No he recibido ni aprendido de ningún hombre el Evangelio, sino por revelación de Jesucristo.

Sal 110. Doy gracias al Señor de todo corazón.

Lc 10,25-37. ¿Quién es mi prójimo?

Martes 4:

San Francisco de Asís. Memoria.

Gal 1,13-24. Se dignó revelar a su Hijo en mí, para que yo lo revelara a los gentiles.

Sal 138. Guíame, Señor, por el camino eterno.

Lc 10,38-42. Marta lo recibió en su casa, María ha escogido la mejor parte.
Miércoles 5:

Témporas de acción de gracias y de petición. Feria mayor.

Dt 8,7-18. Dios te da la fuerza para crearte estas riquezas.

Salmo: 1Cr 29,10-12. Tú eres Señor del universo.

2Co 5,17-21. Os pedimos que os reconciliéis con Dios.

Mt 7,7-11. Quien pide, recibe.

Jueves 6:

Gal 3,1-5. ¿Recibisteis el Espíritu por observar la Ley o por haber respondido a la fe?

Salmo: Lc 1,69-75. Bendito sea el Señor, Dios de

Israel, porque ha visitado a su pueblo.

Lc 11,5-13. Pedid y se os dará.

Viernes 7:
Nuestra Señora, la Virgen del Rosario. Memoria.

Gal 3,7-13. Son los hombres de fe los que reciben la bendición con Abrahán, el fiel.

Sal 110. El Señor recuerda siempre su alianza.

Lc 11,15-26. Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.
Sábado 8:

Gal 3,22-29. Todos sois hijos de Dios por la fe.

Sal 104. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

Lc 11,27-28. Dichoso el vientre que te llevó. Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios.

 

Domingo de la 26ª semana de Tiempo Ordinario. – 25/09/2016

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Comentario Pastoral

RICOS Y POBRES

De nuevo en este domingo (XXVI del tiempo ordinario) se nos presenta con la viveza de las palabras proféticas y con la sencillez de una parábola el tema de la división de los hombres en ricos y en pobres. Son mucho más numerosos los pobres que los ricos. Un problema grave en nuestra sociedad es la insensibilidad ante las estadísticas; apenas nos impresiona conocer que hay ocho millones de pobres en España. Todos corremos el peligro de olvidarnos de los pobres, pasar de ellos en cualquier semáforo o acostumbrarnos a su presencia.

Hablar de los ricos no es difícil. Son los que centran como única preocupación de su vida la comida y la bebida, los que reducen toda su filosofía existencial a un concepto de hedonismo materialista, los que se acuestan en “lechos de marfil” en un lujo despreocupado e insultante con los parados y chabolistas, los que creen que la vida es una orgía de olores, de sonidos y sensualidades, los injustos que explotan a los más débiles.

Es más fácil elogiar la pobreza que soportarla, pues siempre humilla al hombre y a algunos los hace humildes, pero a los más los hace malévolos. De ahí que cuando se experimenta la pobreza, se aprende a compadecer la de tantos desgraciados que giran en cualquier necesidad humana o espiritual. La pobreza de bienes es remediable, mas la del alma es casi irreparable.

¿Cuál es la enseñanza de la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro? No es que los ricos se condenarán y los pobres se salvarán. No es invitar a un conformismo pasivo a los que carecen de casi todo en este mundo, porque se verán recompensados en la otra vida. El mensaje es que no se puede poner la confianza y la seguridad de la salvación en las riquezas, que no se puede despreciar y marginar a los pobres, que el Reino de Dios no se alcanza por la simple pobreza sociológica sino por cumplir las exigencias de la palabra revelada.

San Pablo, en la segunda lectura, recuerda con claridad cuál debe ser el comportamiento del cristiano en esta vida: practicar las virtudes que posibilitan la relación con Dios (la religión, la fe, el amor) y las virtudes que mejoran la convivencia con los hombres (la justicia, la paciencia, la delicadeza). Así se conquista la vida eterna, a la que todos hemos sido llamados.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Amós 6, la. 4-7 Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10
Timoteo 6, 11-16 san Lucas 16, 19-31

de la Palabra a la Vida

Las falsas confianzas tienen fecha de caducidad. Esta es la advertencia que el profeta Amós realiza a su pueblo en la primera lectura. Alrededor del año 750 a.C., el profeta se esforzaba en anunciar el fin del reino del Norte, que sucedería unos treinta años después. Mientras que el pueblo ponía su confianza y su alegría en la prosperidad económica -el marfil, los cantos, las camas, comilonas…-, olvidaba “los desastres de José”, los pobres de sus pueblos y ciudades, aquellos que tenían que ser atendidos en primer lugar.

Sí, Asiria conquistaría todo aquello y los que no murieron, fueron deportados: el olvido de Dios y de su voluntad supuso una ruina para aquellos israelitas mayor que la que veían cada día pidiendo en sus calles. La historia dio la razón al profeta Amós, y aquellos que se habían fiado de su poder, de sus riquezas, vieron cómo todo aquello pasaba a no valer nada con la guerra y la invasión extranjera. Llegado el momento de su caducidad, la muerte produjo una inversión de valores… lo que no valía nada entonces comenzó a ser valioso, es decir, la fe y la fidelidad con Dios, mientras que todas las riquezas que habían hecho aparentemente próspero el reino del Norte, le eran arrebatadas de las manos para conducirlos a la desesperación y la pobreza.

Esa inversión de los valores que sucede en el momento oportuno, la encontramos igualmente en la parábola que relata el Señor en el evangelio de este domingo. Aquel rico, tan rico que ni siquiera conocemos su nombre, se sitúa en el lugar del tormento, sin fuerzas casi ni para pedir, mientras que el pobre Lázaro se presenta ante Dios, en el seno de Abraham, recibiendo los mayores y más felices consuelos. Así, mientras que la parábola explica en su primera parte esta inversión de los valores, en su segunda nos invita, como consecuencia, a una conversión profunda. El diálogo de Abraham con el rico son una incitación a la verdadera conversión.

Esta conversión no depende de eventuales milagros, no está en función de una acción maravillosa con la que Dios convenza a los hombres sin remedio: está en función de la escucha de la Ley y los profetas. Sí, el hombre no necesita esperar la acción milagrosa de Cristo para convertirse, no puede negociar de esa manera con Dios, haciendo de la fe una condición menor. La fe viene de la escucha de la Palabra de Dios. Así lo explica Abraham en la parábola: “Tienen a Moisés y a los profetas”. Sin creer en ellos, no podrán creer que un muerto ha resucitado, como ha sucedido en Cristo, y por lo tanto no tendrán la fuerza necesaria para convertir su vida, para invertir los valores de la misma.

Cuando los cristianos participamos el domingo en la celebración de la misa, y volvemos a participar el domingo siguiente, y el siguiente… y en uno y otro y otro escuchamos la Palabra de Dios, la Ley y los profetas, entendemos que el Señor “mantiene su fidelidad perpetuamente”, porque con esa Palabra nos atrae. Con ella nos incita a volver a las cosas importantes de nuestra vida, pues las otras tienen fecha de caducidad. Con su Palabra poderosa, el Señor nos invita a pasar de la inversión a la conversión.

Participar en los sacramentos, ser refrescados en ellos como pedía el rico del evangelio, sólo es posible para quien a la escucha de su Palabra no se conforma, no hace oídos sordos como aquellos que escucharon a Amós y a los otros profetas… Nosotros tenemos que preguntarnos acerca de la inversión de valores que los profetas nos anuncian, acerca de nuestra respuesta, esa conversión que nos hace aquí pobres como Lázaro, pero ricos herederos de la alegría y el consuelo celeste.

Diego Figueroa



al ritmo de las celebraciones


29 de septiembre: Santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Fiesta.

La revelación bíblica nos permite hacer un recorrido, a lo largo de la historia de la salvación, por la presencia de estos seres espirituales, no corporales, que reciben culto de la Iglesia también desde muy antiguo. La veneración de estos arcángeles ha sido reunida en una sola fiesta litúrgica, es decir, con el Gloria en la misa, con el himno Te Deum en el oficio de lecturas.

Resumen de esta presencia histórica en la Escritura son los pasajes de la Palabra de Dios que se proclaman este día: la impresionante visión de Daniel, que contempla a un anciano servido por miles y miles de ángeles. A la presencia oportuna de “un hijo de hombre” que se presenta ante el anciano, los ángeles le alaban por su poder que no pasa. A contemplar esa escena quiere asociarse la Iglesia: ella quiere hacerse presente un día en esa alabanza, y por eso canta en el salmo, expresando un profundo deseo de su corazón. Lo hace, además, confiado en una promesa, la que Cristo realiza a Natanael en el evangelio: “veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar”.

Así la celebración de hoy es una fiesta que manifiesta la comunicación entre el cielo y la tierra que la Iglesia celebra en la liturgia, en la que estos ángeles nos introducen hoy en la historia de salvación querida por Dios y que se dirige a su banquete escatológico.

Diego Figueroa

 

Para la Semana

Lunes 26:

Job 1,6-22. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor.

Sal 16. Inclina el oído y escucha mis palabras.

Lucas 9,46-50. El más pequeño de vosotros es el más importante.

Martes 27:

Job 3,1-3.11-17.20-23. ¿,Por qué dio a luz a un desgraciado?

Sal 87. Llegue, Señor, hasta ti mi súplica

Lucas 9,51-56. Tomó la decisión de ir a Jerusalén
Miércoles 28:

Job 9,1-12.14-16. El hombre no es justo frente a Dios.

Sal 87. Llegue, Señor, hasta ti mi súplica.

Lc 9,57-62. Te seguiré a donde vayas.
Jueves 29:
Santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Fiesta.

Dn 7,9-10.13-14. Miles y miles le servían.

o bien:

Ap 12,7-12a. Miguel y sus ángeles declararon la guerra al dragón.

Sal 137. Delante de los ángeles tañaré para ti, Señor.

Jn 1,47-51. Veréis a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.

Viernes 30:

San Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia. Memoria.

Job 38,1-12-21;40,3-5. ¿Has mandado a la mañana o has entrado por los hontanares del mar?

Sal 138. Guíame, Señor, por el camino eterno

Lucas 10,13-16. Quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.

Sábado 1:

Santa Teresa del Niño Jesús, virgen y doctora de la Iglesia. Memoria.

Job 42,1-3.5-6.12-16. Ahora te han visto mis ojos, por eso me retracto.

Sal 118. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Lc 10,17-24. Estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el cielo.


Domingo de la 25ª semana de Tiempo Ordinario. – 18/09/2016

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Comentario Pastoral

DIOS Y EL DINERO

En los textos bíblicos de este domingo encontramos una clara enseñanza de Jesús sobre el dinero y otra del profeta Amós sobre el comercio injusto. Hoy, por lo tanto, los temas son de palpitante actualidad, pues lo económico afecta a todos; no en vano dice Cervantes: “Cuidados acarrea el oro y cuidados la falta de él”. Hoy muchos predicadores sentirán la dificultad de mantener cierto equilibrio para no caer en demagógicas condenas radicales, llamando a una profunda y serena reflexión: ¿a quién servimos, a Dios o al dinero? ¿Al dinero o al hombre?

Vivimos en una sociedad de la abundancia, del consumo, del desperdicio. Cada año aumenta la producción de automóviles, de televisores y frigoríficos y suben los índices del desarrollo económico de un país. Sin embargo, también aumentan las estadísticas del paro y decrece el poder adquisitivo de muchos. El progreso y los rascacielos están cercados por el hambre y las chabolas.

Amós, profeta incisivo, condena a los ricos comerciantes de su tiempo que pensaban solamente en enriquecerse a causa de los pobres, explotándolos. Qué importante y funesta ha sido siempre la falta de ética en el comercio, la violación de la justicia social, el fraude en vender como bueno lo malo, el aceite de colza como aceite de oliva, alcohol químico adulterado como vino de buena cosecha. La sed insaciable de dinero a costa de lo que sea, el engaño y la explotación de los más pobres no se pueden tapar nunca con una falsa religiosidad y unas limosnas en el templo.

La parábola del administrador injusto no es la canonización de un sinvergüenza. En ella lo que se alaba es la habilidad gerencial de quien ha caído en desgracia y quiere asegurar su futuro; se alaba el empeño por saber afrontar una situación nueva. El cristiano debe tener esta inteligencia y habilidad para acoger la novedad del Evangelio, como gran bien por encima de los restantes bienes de su vida, para evitar equívocos, el resumen de la enseñanza de Jesús es que el problema económico no es el primer problema del hombre, pues el servicio de Dios está por encima de los otros servicios. El dinero puede ser un buen servidor, pero es un mal patrón. “No se puede servir a Dios y al dinero”. De ahí la alta sabiduría de saber ganar, gastar, compartir, y despreciar el dinero.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Amos 8, 4-7 Sal 112, 1-2. 4-6. 7-8
Timoteo 2, 1-8 san Lucas 16, 1-13

de la Palabra a la Vida

Negocios. De eso tratan las lecturas que se proclaman este domingo en la misa. De negocios. Hay negocios en la primera lectura y negocios en el evangelio. Y en los negocios también anda Dios. La cuestión es saber encontrar, entre los negocios, el negocio.

¿En qué consiste una buena gestión? Si cualquiera se puede hacer esa pregunta con respecto a una empresa, grande o pequeña, una vez escuchado el evangelio, con mayor razón: no deja de ser sorprendente la alabanza del Señor al administrador que es despedido porque ha obrado con astucia. ¿Cómo comprar o vender para no escuchar una amenaza, como en la primera lectura, sino un reconocimiento, como en el evangelio? ¿Alaba el Señor las trampas en los negocios? sin dudarlo, no. Pero ese administrador ha sabido descubrir, entre los negocios, el valor del verdadero negocio. Y eso espera también de nosotros el Señor, que seamos capaces de descubrir, entre los negocios de la vida, pues todos tenemos negocios entre manos, que el verdadero negocio consiste en ganar amigos que nos reciban en las moradas eternas. Produce un cierto vértigo el salto que Jesús nos propone en la conclusión del relato evangélico: resulta que mientras negociamos aquí, nos estamos jugando ser recibidos allí, en lo alto. Nuestra mirada a lo material no puede ser materialista: Dios mismo ha asumido un cuerpo para enseñarnos que lo que aquí se nos da, mucho o poco, tiene que servirnos para hacer amigos que nos reciban en el cielo. Solamente una mirada horizontal no es suficiente para nuestra vida. De lo que hacemos y vivimos aquí, se nos abren las puertas a un negocio mayor.

Y sí, el administrador ha entendido que solamente se consigue algo así si uno es capaz de dejar lo propio, de dejar todo lo que tiene para ganar la vida, antes que guardarlo, conservarlo todo, pero perder esos amigos que abren las puertas del cielo. El administrador no entrega, en esa rebaja final, urgente, algo que no era suyo, las deudas a su señor, sino que reniega a la parte de los beneficios que a él le correspondían. Quiere que cada deudor pague a su señor lo que, en justicia le debía, pero quiere que cada deudor no le pague a él el beneficio que, en justicia, iba a cobrar. Renunciando a sus beneficios, a su propia justicia, al ser despedido, él mismo va a encontrar nuevos amigos que lo emplearán y le ofrecerán mayores negocios. Ese será su nuevo y único beneficio.

Por eso, el administrador infiel ha aprendido a ser pobre para poder ser rico, porque sabe que “el Señor alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes de su pueblo”, que dice el salmo. El uso de lo que somos y tenemos en el negocio de esta vida nos tiene que servir para hacer amigos en las moradas eternas: un enorme éxito en esta vida pero al precio de enemistarnos con los hermanos, de enfrentarnos con los trabajadores o los jefes, de crearnos envidias con los amigos, no nos abrirá paso a un negocio mayor. Así, no es sólo al dinero, pero a este también, al que tenemos que aprender a no servir. Porque no nos permitiría mirar hacia arriba, a un negocio mayor. ¿Qué negocios me tienen con la cabeza gacha, no me permiten mirar hacia Dios, buscar amistad con Él? Negocios en mi casa, con mi teléfono o mi ordenador, en las relaciones personales, en los estudios o en el trabajo, con el dinero o con las posesiones que tengo.

El domingo es el día perfecto para recordar que el negocio del Señor, de nuestra vida eterna, debe ser atendido en todo momento. Que también nosotros tenemos que aprender a renunciar a lo de aquí por un bien mayor. Ese bien mayor, las moradas eternas, se nos abrirán si administramos lo recibido mirando hacia arriba, entregando aquello que no nos permite levantar el corazón.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


21 de septiembre: San Mateo, apóstol. Fiesta

La llamada de aquel publicano, cobrador de impuestos, para ser discípulos de Cristo, es el punto sobre el que se asienta la fiesta de este día. Es el evangelio que se proclama en la misa del día, Mt 9,9-13. En él encontramos tres momentos: en primer lugar, la llamada a levantarse para seguir al Señor, a la voz de Cristo; a continuación, el banquete, expresión de la comunión y del perdón que Cristo viene a otorgar a los hombres; por último, la conclusión de Cristo que revela que ha venido a salvar a los pecadores.

La llamada del Señor, por lo tanto, es fundamento en la nueva existencia de aquel publicano de Cafarnaún que, constituido apóstol por el Señor, tendrá en adelante que andar como pide la vocación a la que ha sido llamado (primera lectura, Ef 4). En la celebración de los apóstoles siempre es un elemento a tener en cuenta el salmo responsorial, pues este hace referencia a la misión universal que el apóstol recibe: ha comenzado una misión que le va a llevar a los confines de la tierra, a todo el orbe, con un pregón, con un mensaje, la buena noticia de Jesucristo, que viene a ofrecer el perdón a todos, la reconciliación de la obra de la creación con su creador.

Así pues, San Mateo, el evangelista, nos habla, por su anuncio de palabra y por su relato inspirado, de la salvación que Dios había deseado desde el principio: esta, que es un proceso de reunificación, que busca la unidad en Dios, se realiza para nosotros por la fidelidad a lo que creemos y celebramos.


Diego Figueroa

 

Para la Semana

Lunes 19:

Prov 3,27-34. El Señor aborrece al perverso.

Sal 14. El justo habitará en tu monte santo, Señor

Lc 8,16-13. El candil se pone en el candelero para que haya luz.
Martes 20:

San Andrés Kim Taegon, presbítero, y san Pablo Chong Hasang, y compañeros mártires. Memoria.

Prov 21,1-6.10-13. Diversas sentencias.

Sal 118. Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos.

Lc 8,19-21. Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra.
Miércoles 21:
San Mateo, apóstol y evangelista. Fiesta.

Ef 4,1-7.11-13. Él ha constituído a unos apóstoles, a otros evangelizadores.

Sal 18. A toda la tierra alcanza su pregón.

Mt 9,9-13. Mateo, sígueme. Él se levantó y lo siguió.
Jueves 22:

Ecl 1,2-11. Nada hay nuevo bajo el sol.

Sal 89. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Lc 9,7-9, A Juan le mandé decapitar yo ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?

Viernes 23:

Ecl 3,1-11. Todas las tareas bajo el sol tienen su razón.

Sal 143. Bendito el Señor, mi roca.

Lc 9,18-22. Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho.

Sábado 24:

Eclesiastés 11,9-12.8. Acuérdate de tu Hacedor durante tu juventud, antes de que el polvo vuelva a la tierra y el espíritu vuelva a Dios.

Sal 89. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación

Lucas 9,43-45. Al Hijo del hombre, le van a entregar. Las daba miedo preguntarle sobre el asunto.

 

Domingo de la 24ª semana de Tiempo Ordinario. – 11/09/2016

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

EL EVANGELIO DE LA MISERICORDIA

El Capítulo 15 del Evangelio de San Lucas, que se lee en este domingo, es verdaderamente el Evangelio de la misericordia. Las parábolas de la oveja perdida y de la moneda encontrada alcanzan su plena expresión en la parábola del hijo pródigo o, como observan muchos exégetas, en la parábola del padre pródigo en misericordia. No es la parábola de una crisis, sino la historia de un retorno, del retorno del hijo pequeño.

La conversión es una inversión de ruta después de un error de camino, una rectificación en el mapa de navegación por la vida. Es sabia decisión del hombre corregir la senda, abandonar el camino equivocado para retornar a Dios, que siempre espera.


Un hombre que mira el camino vacío es un padre que espera contra toda esperanza, que busca al hijo vagabundo y desaparecido. Es el personaje central de la parábola, que pone de manifiesto un amor pródigo en misericordia. Apenas se recorta en el horizonte la figura del hijo triste y solitario, el padre corre a su encuentro para abrazarlo. Y lo reconcilia en el banquete reparado con amor.

Pero hay un tercer personaje en la parábola que merece una aclaración especial: es el hijo mayor, el que cree que no necesita convertirse porque piensa con ojos altaneros, que no necesita convertirse porque tiene fama de honestidad. Su reacción es similar a la de los fariseos de todos los tiempos, que se creen justos y desprecian a los demás, que dan gracias a Dios porque no son ladrones, injustos, adúlteros. El hijo mayor se cree acreedor de su relación con el padre y no deudor. Se olvida de lo que nos recuerda San Pablo: “Todos somos pecadores”. Se niega a alegrarse por el retorno del hermano,

La alegría es una consecuencia lógica de la conversión. La alegría de Dios se transmite en e1 perdón: “Habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no lo necesitan”. Debemos suplicar la alegría del perdón. Es necesario recuperar el valor de la reconciliación, celebrándola como sacramento de amor y de alegría. Por so, la alegría de la salvación debe estar siempre presente en el camino de nuestra experiencia cristiana.

El cristiano debe recrear y manifestar siempre la imagen en Dios Padre perdonador, rico en misericordia, para saber perdonar a los demás y para superar la imagen irritada e integrista del hermano mayor del hijo pródigo.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Éxodo 32, 7-11. 13-14 Sal 50, 3-4. 12-13. 17 y 19
Timoteo 1, 12-17 san Lucas 15, 1-32

de la Palabra a la Vida

La Sagrada Escritura está llena de reencuentros. Algunos de ellos, el de Dios con su pueblo, el del pastor con la oveja perdida o la mujer con la moneda, el sublime encuentro del padre con el hijo, aparecen en la Liturgia de la Palabra de hoy.

Sin embargo, podríamos recorrer toda la historia del amor de Dios reconociendo de cuántas formas distintas, por medio de cuántas personas llenas de emoción, Dios mismo manifiesta su amor a los hombres. Estos reencuentros no son casuales. Son fruto del amor de un Dios que apuesta por la humanidad, por cada uno de nosotros. La lectura del libro del Éxodo nos muestra a un Dios que cambia de parecer por el bien de su pueblo, para recuperarlo, para no perderlo para siempre. No se ve que el pueblo cambie su parecer, porque es Dios el que “nos amó primero”. Es Dios el que busca al hombre, el que acomoda su ser, su corazón, al hombre, para que este pueda recibir la salvación, la tierra que Dios le ha prometido.

Así, lo que hace bello el camino del hijo al padre en la parábola evangélica es el hecho de que el padre corre al encuentro del hijo, con el corazón antes que con las piernas. Así, el padre manifiesta el camino que ha preparado para reencontrarse con el hijo. Igualmente, es el pastor el que busca la oveja, es la mujer la que busca su moneda.

El salmo responsorial expresa perfectamente lo que el hombre reconoce que Dios hace: Dios es el que borra y lava, es el que crea y renueva, es el que abre los labios al hombre para que este proclame la alabanza de Dios. Solamente si el hombre es capaz de reconocer de qué forma providente, misteriosa, sutil, Dios se hace el encontradizo, encontrará el ánimo y el valor necesarios para ponerse en marcha.

Nosotros no podemos dejarnos engañar por el ruido y el aplauso de lo que hacemos: Dios ya lo ha preparado en el silencio, en lo escondido. Esta enseñanza del encuentro que Dios busca con nosotros la experimentamos, o así deberíamos hacer, en la celebración sacramental. La liturgia no es una acción de los hombres, sino primeramente de Dios, que la prepara y celebra, llamándonos a participar en su alegría. Pero hace que su participación sea escondida, y que todo lo visible quede en manos de nuestra humanidad. Por eso no nos reunimos, Él nos reúne; no nos alimentamos, Él nos alimenta; no nos fortalecemos, Él nos fortalece. Y deja en nosotros la alegría de haber encontrado su gracia, es decir, de un encuentro con Dios que no es fruto de nuestros méritos, sino que Él ha propiciado contando con nuestras debilidades. La alianza con Dios manifestada en la liturgia, entonces, es una invitación a mirar la vida, a afrontarla, como un don suyo. Dios viene y nos provoca para que vengamos. ¿Me reconozco llamado por Dios cuando voy a Misa? ¿Busco el abrazo del Padre cuando me acerco a confesar mis pecados en el confesonario? ¿Celebro los sacramentos no como algo debido, sino humildemente, fruto del Dios que quiere reencontrarme?

Recorriendo la Escritura en busca de estos encuentros es como mejor puedo preparar el que se da conmigo cuando participo en la liturgia, y sobre todo, empiezo a construir el que el Padre, eterna y misericordiosamente, en lo escondido, prepara para mí en las Bodas del Cordero.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


14 de septiembre: Exaltación de la Santa Cruz, fiesta

La elevación del Hijo del hombre en la cruz, tal y como anuncia en el evangelio del día san Juan (Jn 3,13-17), es el acontecimiento histórico que da pie al nombre de esta antigua fiesta.

Esta elevación estaba ya prefigurada en aquella serpiente de bronce que Dios manda confeccionar a Moisés para salvación de aquellos que eran mordidos en el desierto por serpientes. Una mirada creyente hacia el signo de bronce hacía recuperar la salud: es la fe, por tanto, la actitud que se reclama al cristiano para celebrar este misterio de la cruz. Para que esa fe no se debilite y el hombre no pierda la referencia de su salvación, no puede olvidar las acciones del Señor, aquellas con las que Dios ha manifestado su amor y su preocupación por su pueblo. Esta advertencia que encontramos en el salmo responsorial es también la petición que hacemos al Padre en la oración colecta de la misa.

También puede ser objeto de contemplación la preciosa y venerable comparación que encontramos en el prefacio de este día, entre el árbol del primer pecado y el árbol de la cruz, en el que Cristo nos ganó la vida, así como la verdad que proclamamos en la oración sobre las ofrendas: la renovación, en la santa misa, del misterio sucedido una vez para siempre en la cruz de Cristo.

Diego Figueroa

 

Para la Semana

Lunes 12:

1 Corintios 11,17-26.33. Si os dividís en bandos, os resulta imposible comer la cena del Señor.

Sal 39. Proclamad la muerte del Señor, hasta que
vuelva.

Lucas 7,1-10. Ni en Israel he encontrado tanta fe.
Martes 13:

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor. Memoria.

1Co 12,12-14.21-27a. Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro.

Sal 99. Somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Lc 7,11-17. ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!

Miércoles 13:

Exaltación de la santa cruz. Fiesta.

Num 21,4b-9. Miraban a la serpiente de bronce y quedaban curados.

O bien: Flp 2,6-11.
Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo.

Sal 77. No olvidéis las acciones del Señor.

Jn 3,13-17. Tiene que ser elevado el Hijo del hombre.
Jueves 14:
Nuestra Señora, la Virgen de lo Dolores. Memoria.

1Co 15,1-11. Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creido.

Sal 117. Dad gracias al Señor porque es bueno.

Secuencia: La Madre piadosa estaba.

Jn 19,25-27. Triste contemplaba y dolorosa miraba del Hijo amado la pena.

O bien: Lc 2,33-35. A tí, una espada te atravesará el alma.

Viernes 15:

San Cornelio, papa, y san Cipriano, obispo, mártires. Memoria.

1co 15,12-20. Si Cristo no ha resucitado, nuestra fe no tiene sentido.

Sal 16. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Lc 8, 1-3. Algunas mujeres acompañaban a Jesús y le ayudaban con sus bienes.
Sábado 16:

1 Corintios 15,35-37,42-49. Se siembra lo corruptible, resucita incorruptible.

Sal 55. Caminaré en presencia de Dios a la luz de la vida.

Lucas 8,4-15. Los de la tierra buena son los que guardan la palabra y dan fruto perseverando


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