Domingo . El Bautismo del Señor – 08/01/2017

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Comentario Pastoral
¿BAUTIZAR A LOS NIÑOS?

La fiesta del Bautismo del Señor que concluye el tiempo de Navidad, es Epifanía del comienzo de la vida pública de Jesús y de su ministerio mesiánico. Jesús de Nazaret bajó al Jordán como si fuese un pecador (“compartió en todo nuestra condición humana menos en el pecado”), para santificar el agua y salir de ella revelando su divinidad y el misterio del nuevo bautismo. El Espíritu de Dios descendió sobre él y la voz del Padre se hizo oír desde el cielo para presentarle como su Hijo amado.

El Bautismo es puerta de la vida y del reino, Sacramento de la fe, signo de incorporación a la Iglesia, vínculo sacramental indeleble, baño de regeneración que nos hace hijos de Dios. El Bautismo es el gran compromiso que puede adquirir el hombre. Y los compromisos verdaderos surgen en la libertad y en la decisión responsable de los adultos. Por eso, al recordar el Bautismo de Jesús en edad adulta, más de uno se puede plantear el sentido del Bautismo de los niños. ¿Se puede bautizar a un niño que aún está privado de responsabilidad personal? ¿Se le puede introducir en la iglesia sin su consentimiento? Estos interrogantes igualmente provocan una cascada de preguntas: “¿Quién nos pidió permiso para traernos a la existencia? ¿Por qué tuve que nacer en un ambiente y en unas condiciones determinadas de cultura y de clima? ¿Por qué he nacido en esta familia concreta que me dejará una huella propia?” Etc… Es el juego de la vida y el misterio de la existencia. Al hombre siempre le queda la aceptación, la respuesta y la aportación posterior.

La Iglesia, que ya desde los primeros siglos bautizó también a los niños, siempre entendió que los niños son bautizados en la fe de la misma Iglesia, proclamada por los padres y la comunidad local presente. Lo que la Iglesia pide a los padres y padrinos no es que comprometan al niño, sino que se comprometan ellos a educarlos en la fe que supone el Bautismo. En el Bautismo la Iglesia da un voto de confianza, hace nacer a la vida de Hijo de Dios, siembra una semilla, hace un injerto, pone un corazón nuevo, que tendrá que crecer, desarrollarse y latir por propia cuenta y bajo personal responsabilidad algún día. Con el Bautismo, la Iglesia nos sumerge en la corriente de salvación, como se puede recoger un recién nacido abandonado en la calle fría, para llevarlo a un hogar caliente, sin esperar a preguntar al niño, cuando sea mayor, si quería que se le hubiese salvado y ayudado, porque entonces sería demasiado tarde.

¿Por qué no dar a un niño, nacido en un hogar cristiano, la simiente de la vida cristiana? El cultivo de esa simiente de fe será necesario sobre todo, hasta que esa nueva vida llegue a la autocomprensión y autoresponsabilidad. La Iglesia, pues, bautiza a los niños con esperanza de futuro, contando con una comunidad cultivadora y garante de la fe cristiana.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Isaías 42, 1-4. 6-7 Sal 28, 1a y 2.3ac-4.3b y 9b-10
Hechos de los apóstoles 10,34-38 san Mateo 3, 13-17

de la Palabra a la Vida

En unos pocos versículos, el evangelio de hoy contiene dos conversaciones: la primera se desarrolla entre Juan el Bautista y Jesús. “Está bien que se cumpla toda justicia”. Aquel que se ha abajado asumiendo una humanidad, tiene que sumergirse en las aguas para anunciar que “toda justicia” conlleva, misteriosamente, que el justo sea sumergido también en la muerte. Su abajamiento tiene que ser total, para que también la humanidad total sea redimida en esa muerte.

Pero no va a estar solo, ni va a realizar ese misterio de la muerte abandonado del Padre: el segundo diálogo es, en realidad, una declaración: “Mi Hijo amado”, que abre la puerta a una manifestación de la Santa Trinidad: el que unge, el Ungido y la unción. El Hijo amado es anticipado, en la primera lectura, en la historia, por “Mi siervo, a quien prefiero”.

El siervo volverá a ser el protagonista el domingo próximo, por eso podemos fijarnos hoy en qué supone el misterio del baño bautismal de Cristo en el Jordán. El Jordán, ese pequeño y pobre río de Israel, nada comparable al Tigris y al Eúfrates, al Nilo junto al que vivió el pueblo de la Alianza… ese pequeño río va a sepultar al Hijo de Dios. Toda la fuerza de la divinidad va a entrar en el agua para que se cumpla toda justicia. El Hijo de Dios va a ser sepultado a las afueras de Jerusalén después de una horrenda tortura, así anuncia su entrada en las aguas, pero también en el bautismo de Cristo encontramos el anuncio de cómo va a ser realizada la salvación de la humanidad. Lo creado, aunque débil y corruptible, va a contener la fuerza de la divinidad. Cristo entra en las aguas y les comunica un poder: “el poder de santificar”, nos dice la liturgia de la Iglesia. En el misterio del Bautismo de Jesús, Cristo deja un poder en la creación, para que la creación sea santificada y así volver a su creador. El Padre, que quiere recapitular todo en Cristo, dona el Espíritu a lo que Él ha creado, para que así se ponga en comunión con Cristo y vuelva al Padre.

El hombre contempla, entre espantado y admirado, a Cristo en el Jordán, porque allí ha dejado su vestido de gloria, de tal forma que todo el que entre en las aguas pueda recibir ese vestido que Cristo ha dejado allí. Y así, revestidos de gloria, poder entrar al banquete de bodas apropiadamente, sin miedo a ser expulsados de allí. El abajamiento de Cristo en las aguas lo prepara a Él para comenzar la misión del anuncio del Reino, y además deja al alcance del hombre la gracia que recibirá el que acepte participar y vivir en ese reino.

Por eso, “el Señor bendice a su pueblo con la paz”, que cantábamos en el Salmo: porque el Señor ha querido prolongar en nosotros su gloria, en el Cuerpo la santidad de la Cabeza, dar en herencia la bendición de su primogénito a todos sus hijos. Ahora, la voz del Señor aparece en verdad potente y magnífica. Si ya apareció con fuerza y poder sobre las aguas del Mar Rojo para obtener la liberación de un pueblo, pero la muerte de otro, ahora aparece magnífica, por encima del aguacero, para que todos los pueblos sean salvados por la muerte de su Hijo amado. Moisés e Israel contemplan, en el Bautista, con devoción, el misterioso plan de Dios, que grandiosamente ha preparado la salvación de los hombres aceptando el sacrificio, la entrega del Siervo de Dios.

Su inmersión en las aguas es mi salvación, pero se realiza en mi vida cuando yo acepto también sumergirme en la muerte de Cristo, cuando la vida me pide entrar en las aguas de la muerte a mí mismo: ahí obtengo un premio doble, porque ahí escucho al Padre reconocerme su hijo amado, y ahí recibo el don santificador, la vida eterna.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
El Prefacio de la Virgen María de Caná

En verdad es justo darte gracias,
y deber nuestro glorificarte, Padre santo,
en esta celebración de la gloriosa Virgen María.
Ella, atenta con los nuevos esposos, rogó a su Hijo
y mandó a los sirvientes cumplir sus mandatos:
las tinajas de agua enrojecieron,
los comensales se alegraron,
y aquel banquete nupcial simbolizó el que Cristo ofrece a diario a su Iglesia.
Este signo maravilloso
anunció la llegada del tiempo mesiánico,
predijo la efusión del Espíritu de santidad,
y señaló de antemano la hora misteriosa
en la que Cristo se adornó a sí mismo con la púrpura de la pasión
y entregó su vida en la cruz por su esposa, la Iglesia.
Por él, los ángeles y los arcángeles te adoran eternamente,
gozosos en tu presencia.
Permítenos unirnos a sus voces cantando tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 9:

Hb 1,1-6. Dios nos ha hablado por el Hijo.

Sal 96. Adorad a Dios, todos sus ángeles.

Mc 1,14-20. Convertíos y creed la Buena Noticia.
Martes 10:

Hb 2,5-12. Dios juzgó conveniente perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación.

Sal 8. Diste a tu Hijo el mando sobre las obras de tus manos.

Mc 1,21-28. Le enseñaba con autoridad.
Miércoles 11:

Hb 2,14-18. Tenía que parecerse en todo a sus hermanos para ser compasivo y pontífice fiel.

Sal 104. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

Mc 1,29-39. Curó a muchos enfermos de diversos males.
Jueves 12:

Hb 3,7-14. Animaos los unos y los otros mientras dure este “hoy”.

Sal 94. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: “No endurezcáis el corazón”.

Mc 1,40-45. La lepra se le quitó y quedó limpio.
Viernes 13:

Hb 4,1-5.11. Empeñémonos en entrar en aquel descanso.

Sal 77. No olvidéis las acciones de Dios.

Mc 2,1-12. El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.
Sábado 14:

Hb 4,12-16. Acerquémonos con seguridad al trono de gracia.

Sal 18. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.

Mc 2,13-17. No he venido a llamar justos, sino pecadores.


Domingo Octava de Navidad. Santa María, Madre de Dios – 01/01/2017

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Comentario Pastoral

LO NUEVO DE DIOS Y LO VIEJO DEL HOMBRE

Después de la oscuridad larga de la nochevieja, tan cargada de euforias y brindis, brota espontáneo en la luz del primer día de enero el deseo de un “Feliz Año”. Cada día del año que hoy estrenamos es una oportunidad para ascender un peldaño en la vivencia del amor, de la alegría y la esperanza. Hoy es día propicio para soñar un mundo nuevo, habitado por hombres nuevos; un mundo en progreso, más fraterno, que se rejuvenece por los caminos de la paz, que son fruto de la justicia.

La Navidad de Dios liberó al hombre de la noche del error y del pecado y lo sacó al día, a la verdad, a la vida. A la luz de Dios encarnado el hombre pudo ver su propia figura y comprender el valor exacto de las cosas. En Jesucristo nace el “hombre nuevo”, el hombre de la paz, de la esperanza, de la alegría, del trabajo, de la libertad, del diálogo y del amor: el hijo de Dios. El “hombre nuevo” es aquel que no envejece, porque el espíritu no tiene calendario y la edad verdadera solamente se mide por los días vividos en gracia.

En estos días en que una marea de ternura sacude la tierra y se da tregua al odio y a la infidelidad, nace con fuerza nueva la paz cristiana, que es el equilibrio interior en la amistad con Dios. La paz es conquista de todos los días del año, de los primeros y de los últimos, de los viejos y de los nuevos. La paz es un don y un programa; hay que merecerla y querer recibirla, pues no es simple ausencia de violencia, sino plenitud de bien.

Es muy significativo que el año comience litúrgicamente con la fiesta de Santa María, Madre de Dios. En un mundo en que abundan los solitarios y muchos hogares están faltos de calor, el cristiano toma conciencia, en este día inaugural, de que no está huérfano y tiene Madre. Su primer acto de fe en el Año Nuevo es creer que María es la Madre, siempre Virgen, de Dios hecho hombre en Jesucristo. La verdad de la maternidad divina unida a la maternidad espiritual de los hombres es un motivo de gozo incesante y comprometedor. Al poner bajo su protección nuestra vida, le confiamos los dolores, gozos y gloria de cada jornada del año que empieza. Como devotos sencillos, pletóricos de sensibilidad sobrenatural, reconocemos que el único camino para ir a Cristo es María, camino de felicidad verdadera que nos libera de la vulgaridad de la apatía e indiferencia. ¡Feliz año nuevo, de la mano de Santa María la Virgen!.


 

Palabra de Dios:

Números 6. 22-27 Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8
San Pablo a los Gálatas 4, 4-7 San Lucas 2, 16-21

de la Palabra a la Vida

Ocho días después del nacimiento del Salvador, ocho días después de aquella noche buena de su natividad, Jesús es circuncidado y recibe el nombre que el ángel en sueños le había revelado a José. Durante una octava hemos contemplado al niño más bien a la expectativa, entre promesas y oráculos.

Pero ahora empezamos a maravillarnos y a acoger en el corazón todo lo que sucede: “Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús”, dice el evangelio de hoy. A los ocho días de su nacimiento, por tanto, el niño derrama su primera sangre, sangre que manifiesta su humanidad recibida de María, sangre que “contiene” su divinidad por ser el Verbo de Dios, sangre que anuncia de forma profética la que será derramada para a realizar “una alianza nueva y eterna” por todos los hombres en los días de su pasión y muerte. Verdaderamente, este niño puede llamarse Jesús, pues por el derramamiento de esa sangre “Dios salva”. Es un recién nacido, pero ya empieza a cumplirse lo que de Él anunciaron los profetas.

Este misterio podría tenernos entretenido en la contemplación durante todo el día: el que nació al principio de la octava, al final de la misma manifesta para qué ha nacido, para establecer una alianza nueva en su sangre. ¿Acaso podemos recibir alegría mayor? Ciertamente, este niño está dispuesto a morir por nosotros cuando es aún un pequeño ¿Acaso podemos recibir bendición mayor? La bendición es la salvación, pero la bendición se manifiesta en la descendencia. Este niño, de la descendencia de David, es la bendición esperada por los pueblos. Por eso, ¿acaso podemos pensar en otra bendición al escuchar la bendición de Aarón en la primera lectura? El Señor protege a su pueblo y le concede la paz mostrándonos al “príncipe de la paz”. La bendición no es un deseo, no es un gesto, es ni más ni menos que Cristo. Nuestra bendición es Jesucristo, “que es el Salvador que los hombres esperaban”.

¿Qué mejor proyecto en este tiempo nuevo que ser bendecidos por Cristo, que preparar el corazón para acoger y recibir su divinidad en nuestra pobre humanidad? La salvación se ha hecho presente entre nosotros, y así nos introduce en una vida nueva, en un tiempo nuevo, en un año nuevo: Sí, el año no es el 2017, es Cristo. En Él, todo es salvación y gracia. El que crea una alianza nueva hace también nueva nuestra vida. Cristo es el año nuevo en el que vivir, en el que movernos, en el que sentirnos bendecidos y amados por Dios. Así, el deseo “feliz año nuevo” se transforma en la certeza “feliz año en Cristo”.

Y aún no hemos introducido la fiesta de hoy: Santa María, Madre de Dios. Así la reconoció el concilio de Éfeso, en el año 431. Si Cristo se ha revelado como el que es verdadero Dios y verdadero hombre, con dos naturalezas perfectas unidas en la única persona del Verbo encarnado, la Madre no puede serlo de una naturaleza -la humana- pero no de la otra, pues no hay dos personas en Cristo, sino una. El que derrama su sangre es el Salvador: María es Madre, entonces, del Salvador que derrama su sangre, cuya maternidad virginal la Iglesia ha visto prefigurada en la escena de Moisés ante la zarza ardiente: la zarza ardía, pero no se consumía, y así María fue Madre, pero no dejó de ser Virgen por ello.

¿Qué bendiciones buscamos en la vida? ¿Qué bendiciones deseamos recibir más que al mismo Cristo? ¿Viviremos este día como un día perdido entre sueños y resacas, o sabremos vivirlo acogiendo la bendición heredada? María es modelo de quien ha acogido esa bendición. La Madre de Dios contempla, feliz, al Salvador, Hijo de Dios, que como hijo de los hombres, derrama su sangre por la humanidad entera.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la Virgen María, templo de la gloria de Dios

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
En el nombre de Jesús se nos da la salvación,
y ante él se dobla toda rodilla
en el cielo, en la tierra y en el abismo.
Pero has querido, con amorosa providencia,
que también el nombre de la Virgen María
estuviera con frecuencia en los labios de los fieles;
éstos la contemplan confiados, como estrella luminosa,
la invocan como madre en los peligros
y en las necesidades acuden seguros a ella.
Por eso, Señor, te damos gracias
y proclamamos tu grandeza cantando con los ángeles:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 2:
San Basilio y san Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia. Memoria.

1Jn 2,22-28. Lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros.

Sal 97. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Jn 1,19-28. En medio de vosotros hay uno que
no conocéis.
Martes 3:
1Jn 2,29-3,6. Todo el que permanece en Dios, no peca.

Sal 97. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Jn 1,29-34. Este es el Cordero de Dios.
Miércoles 4:
1Jn 3,7-10. No puede pecar, porque ha nacido de Dios.

Sal 97. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Jn 1,35-42. Hemos encontrado al Mesías.
Jueves 5:
1Jn 3,11-21. Hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos.

Sal 99. Aclama al Señor, tierra entera.

Jn 1,43-51. Tú eres el Hijo de Dios, el Rey de Israel.
Viernes 6:
Epifanía del Señor. Solemnidad

Is 60,1-6. La gloria del Señor amanece sobre tí.

Sal 71. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.

Ef 3,2-3a.5-6. Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos de la promesa.

Mt 2,1-12. Venimos de Oriente a adorar al Rey.

Sábado 7:
1Jn 3,22-4,6. Examinad si los espíritus vienen de Dios.

Sal 2. Te daré en herencia las naciones.

MT4,12-17.23-25. Está cerca el reino de los cielos.


Domingo – Octava de Navidad. Solemnidad de la Natividad del Señor – 25/12/2016

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Comentario Pastoral

CREER EN LA NAVIDAD

No todos los que celebran la Navidad creen en ella y actualizan su vivencia y sentido profundo. Muchos se quedan en fiestas familiares, en recuerdos infantiles, en costumbres cristianas conservadas sociológicamente. Hay personas a quienes la Navidad les produce tristeza, y por eso soportan estas fiestas resignadamente.

La primera Navidad de la historia tuvo su origen en el corazón de una noche de invierno, cuando Israel llevaba tanto tiempo esperando al Mesías, que ya había dejado de esperar. Los sumos pontífices y letrados del país, consultados por Herodes, quizá lo sabían tan bien todo, que era como si no lo supiesen. Y los habitantes de Jerusalén y de Belén dormían tranquilos, bien cobijados en la indiferencia y el aburrimiento. Incluso la gente piadosa y buena, como Simeón y Ana, tenían miedo de morir sin haber visto la luz de las naciones y la gloria de Israel.

Creer en la Navidad es celebrar el nuevo nacimiento, no sofocar a los recién nacidos, no pisotear todo brote de gozo y esperanza. En Navidad cada hombre y cada mujer es llamado a nacer de nuevo, a creer en algo que parece inverosímil, pero que es necesario: que todos somos capaces de renacer, que es posible el gozo nuevo de sentirse por dentro nueva criatura. Por eso, el nacimiento que tanto debe alegrarnos hoy no es sólo el del niño Jesús, sino también el nuestro.

De muy poco sirve que Cristo haya nacido hace dos mil años si hoy no nace nada nuevo en nosotros. De nada nos sirve que él haya predicado el Evangelio hace dos mil años si hoy no creemos verdaderamente en la Palabra hecha carne. Si la ternura de Dios se manifestó hace dos mil años, es para que los hombres nos amemos más y mejor.

Abramos los ojos a la luz de la Navidad. Pongámonos en pie y caminemos hacia Belén para experimentar la cercanía y presencia de Dios en medio de nosotros. Vivamos la fiesta con la sencillez interior de la fe. Celebremos el amor divino que nace constantemente en nuestro mundo. Creamos que el amor de Dios, vivo como una persona, aparentemente débil como un niño, fuerte como una vida nueva, es lo que verdaderamente nos salva.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Isaías 52, 7-10 Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6
Hebreos 1, 1-6 San Juan 1. 1-18

de la Palabra a la Vida

Sencillamente es inaudito. Contemplar a Dios cara a cara es sencillamente inaudito. Es algo que supera todos los deseos del hombre, todo lo bello que el hombre pueda imaginar. ¿Qué es lo más bello que nunca hayamos visto? ¿Qué es lo más bello que querríamos ver, que soñamos contemplar? La Iglesia nos ofrece en el día de Navidad esta profecía de Isaías porque los que han estado vigilantes, tal y como se nos pidió durante el adviento, ahora contemplan al Señor cara a cara y cantan la gloria de Dios. ¿Qué menos que cantar su gloria ante semejante espectáculo? El brazo del Señor, poderoso, ya no es una imagen, es una realidad. Ya no hace referencia a una fuerza invisible, sino a un poder visible. Visible y paradójico, porque lo lleva un recién nacido, débil, indefenso. Pero es tan poderoso que es el mensajero que anuncia la paz. Sí, es inaudito. Requiere de la fe y de la ayuda de la Palabra de Dios para poder confesarlo.

Por eso, la Iglesia nos invita a no pasar por alto el más mínimo detalle. Mal haríamos si en este día festivo no dedicáramos un tiempo reposado, entre comidas y celebraciones familiares, a releer estas lecturas y contemplar el poder misterioso del Señor. La Iglesia nos invita a ello con estas lecturas. Si anoche, en la nochebuena, lo que la Liturgia de la Palabra nos proponía era el relato histórico del encuentro del Señor con los pastores, la luz que iluminó a los pecadores, en el día de navidad es diferente: ahora, nos dice la Iglesia, toca reflexionar sobre lo sucedido. ¿A quien hemos conocido? ¿A quién hemos visto con nuestros ojos? Y como consecuencia, ¿eso qué supone en nuestra vida, supone algo? Poder ver al señor cara a cara es una consecuencia de su Encarnación y su Natividad. Su presencia entre nosotros no es un deseo o un recuerdo, es personal. Por eso, todo aquel que anduvo por aquellos caminos, en aquellos tiempos, pudo encontrar al Señor. Y aquellos que, como los pastores y los magos, fueron a buscarlo, se maravillaron al contemplar al Señor. No lo veían algunos privilegiados de una familia o de otra, de una ciudad o de otra: de todas partes fueron y lo vieron. Por eso la Iglesia canta durante toda la octava de Navidad que “los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios”. Ya se intuye en su nacimiento su victoria. ¿No es acaso una victoria para nosotros que el Hijo de Dios haya venido a nuestro bando, como uno de nosotros?

Pero la gran reflexión sobre la Encarnación y nacimiento del Hijo de Dios es la carta a los Hebreos. En ella se reflexiona sobre el sacerdocio de Jesucristo, no obtenido en herencia, por descendencia de la tribu de Leví, sino porque Dios así lo ha querido. El eternamente engendrado por el Padre, nace en el tiempo de una Madre Virgen: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”.

Y es que esta fiesta supone esto para nosotros: El Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, la Palabra que Dios ha pronunciado y que ya no necesita pronunciar ninguna más, se ha encarnado por amor a nosotros para que nosotros recibamos el ser hijos por adopción, recibamos “gracia tras gracia”. El evangelio, el prólogo del evangelio según san Juan, que escuchamos tres veces en toda la Navidad, nos descubre esto: Dios baja a los hombres para que, al unirse a nosotros, nosotros subamos con Él. Lo que sucede en Navidad es que Dios se une a nosotros para siempre por su Espíritu, en nuestra carne, y así nosotros, por el poder de ese Espíritu, somos santificados, llegamos hasta Dios. Esta es la finalidad de lo que ha sucedido hoy. Dios no viene para nada. Comparte nuestra humanidad para darnos su divinidad. Es un negocio admirable, que supera todo lo que el hombre puede desear, lo más bello que podamos imaginar: no es que podamos ver a Dios, es que nace para que nos hagamos uno con Él. Gocemos con la Palabra que se nos proclama, disfrutemos del misterio para el que hemos nacido.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la Santa María Madre de Dios

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque por un admirable misterio y por un inefable designio,
la santa Virgen concibió a tu Unigénito
y llevó encerrado en sus entrañas al Señor del cielo.
La que no conoció varón es madre, y después del parto permanece virgen.
Se gozó, en efecto, de dos gracias:
se admira porque concibió virgen,
se alegra porque alumbró al Redentor.
Por él, los ángeles te cantan con júbilo eterno
y nosotros nos unimos a sus voces
cantando humildemente tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…

 

Para la Semana

Lunes 26:
San Estéban, protomártir. Fiesta.

Hch 6,8-10;7,54-60. Veo el cielo abierto.

Sal 30. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

Mt 10,17-22. No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre.
Martes 27:
San Juan, apóstol y evangelista. Fiesta

1Jn 1,1-4. Os anunciamos lo que hemos visto y oído.

Sal 96. Alegraos, justos, con el Señor.

Jn 20,2-8. El otro discípulo corría más que Pedro y llegó primero al sepulcro
Miércoles 28:
Los santos inocentes, mártires. Fiesta.

1Jn 1,5-2,2. La Sangre de Jesús nos limpia los pecados.

Sal 123. Hemos salvado la vida, como un pájaro de la trampa del cazador.

Mt 2,13-18. Herodes mandó matar a todos los niños en Belén.
Jueves 29:

1Jn 2,3-11. Quien ama a su hermano permanece en la luz.

Sal 95. Alégrese el cielo, goce la tierra.

Lc 2,22-35. Luz para alumbrar a las naciones.
Viernes 30:
La Sagrada Familia: Jesús, María y José. Fiesta.

Eclo 3,2-6.12-14. El que teme al Señor honra a sus padres.

Sal 127. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Col 3,12-21. La vida de familia vivida en el Señor.

Mt 2,13-15.19-23. Coge al niño y a su madre y huye a Egipto.
Sábado 31:

1Jn 2,18-21. Estáis ungidos por el Santo y todos vosotros lo conocéis.

Sal 95. Alégrese el cielo, goce la tierra.

Jn 1,1-18. El Verbo se hizo carne.


Domingo de la 4ª semana de Adviento – 18/12/2016

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Comentario Pastoral
LA ESPERA DE MARÍA Y LA CONFIANZA DE JOSÉ

María y José son la primera pequeña Iglesia, que da a luz el primer hijo del Reino de los cielos. Por eso, en este cuarto domingo de Adviento, cuando casi tocamos ya la Navidad, la liturgia hace que volvamos hacia ellos los ojos, para entender su misterio y protagonismo.

María, la Virgen, está en la cima de la expectación. Nadie ha vivido un Adviento de nueve meses como ella. Porque era sencilla como la luz, clara como el agua, pura como la nieve y dócil como una esclava, concibió en su seno a la Palabra. Cuando nada parece haber cambiado por las colinas de Galilea, María sabe que ha cambiado todo, que Jesús viene. Es la joven madre que aprende a amar a su hijo sintiéndolo crecer dentro de sí. Lleva a Jesús para darlo al mundo, que lo sigue esperando sin saberlo, porque la mayor parte de los hombres no le conocen todavía. En el amor de la Madre se manifiesta la ternura humana del Hijo. Solamente se puede especial a Jesús cerca de María, Jesús está ya donde está ella. Para celebrar la Navidad, hay que agruparse alrededor de la Virgen. Ella, que no tenia recovecos ni transfondos oscuros de pecado, porque era inmaculada, callada y silenciosamente siempre nos entrega al Hijo.

José, es el hombre bueno, que se encuentra ante el misterio, No le fue Fácil aceptar la Navidad, que ni sospechaba ni entendía en un principio. Como hombre sintió un primer momento pavor ante las obras maravillosas de Dios, que desconciertan los cálculos y el modo de pensar humano. En su Adviento particular tuvo que superar la prueba de la confianza en su esposa, para convertirse en el modelo perfecto de confianza. ¡Qué difícil es aceptar la obra del Espíritu Santo! Solamente desde una fe honda se puede asimilar el desconcierto que muchas veces provoca la acogida de la voluntad de Dios. ¡Cuánta confianza en Dios hay que tener para aceptar al hijo que uno no ha engendrado! Y cuando se acepta, viene la sorpresa de la salvación y “Dios está con nosotros”. Estamos llenos de reparos contra todo lo que no está programado o hecho por nosotros, y por eso nos negamos casi radicalmente a confiar en los demás.

Superando el refranero miope y egoísta, hay que potenciar la confianza, que es siempre esperanza firme en otro y consecuentemente origen de acciones grandiosas. Porque José confió en María fue padre adoptivo de Jesús. Y sin embargo nosotros nos esterilizamos con nuestras denuncias, aireando los trapos sucios de los demás, fingiendo externamente que somos defensores de la moralidad pública. Y la Navidad no es verdadera porque estamos llenos de recelos, de desconfianzas, porque no nace nada bueno y justo entre nosotros, porque estamos vacíos de esperanza, porque no somos origen de vida.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 7,10-14 Sal 23, 1–2 3-4ab. 5-6
san Pablo a los Romanos 1, 1-7 San Mateo 1, 18-24

de la Palabra a la Vida

El giro de hoy es evidente. Cualquier lector atento puede darse cuenta de cómo, estando en el mismo tiempo litúrgico que el domingo pasado, las lecturas que hoy se proclaman nos hablan de otra cosa distinta. Las lecturas de hoy tienen un precioso complemento en las oraciones de la misa de este domingo. Unas y otras se ayudan a que el creyente que se acerca a la Iglesia a participar de la liturgia pueda encontrar una puerta abierta a un misterio sucedido hace más de dos mil años: “va a entrar el rey de la gloria”.

Hoy la Iglesia prepara la celebración del misterio de Navidad. Esta es la verdadera preparación y este es el verdadero evento de los días que vienen. La Iglesia quiere así ayudarnos a poner el corazón adecuadamente, a no equivocar el sentido de los días venideros: viene el rey de la gloria. Y viene en su primera venida: la Iglesia, que hasta ahora en el adviento ha preparado algo que tiene que suceder, a partir de hoy prepara algo que ya sucedió. La Parusía la desea, la Navidad la conmemora.

Ahora no fijamos nuestra atención en algo que no sabemos cómo será de grandioso, de feliz, de “terrible y glorioso”, sino que lo hacemos en algo que destaca por su humildad, por su silencio. Es en el silencio donde Dios prepara a José para recibir y cuidar a María y al niño. En el silencio de ese diálogo se establece la filiación davídica de Cristo: Jesús es hijo de María, desposada con José, de la estirpe de David. En el silencio de los siglos pasados habla la profecía de Isaías: “la virgen está en cinta”. La carta a los romanos advierte del nacimiento de Jesús en la carne, el Hijo de Dios. Esto solamente se acepta en el silencio de la fe. El silencio es el hilo conductor de la historia de nuestra salvación, desde la creación hasta la noche de Pascua, pasando por la encarnación del Verbo.

En el relato evangélico encontramos dos nombres por los que el niño que va a nacer será reconocido: Llevará por nombre Jesús, Dios salva. Esa será su misión. Pero además, el Hijo de Dios es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Ahora vamos a poder descubrir al Dios oculto en la zarza ardiente. Verdaderamente, lo que Dios prometió a Moisés se va a cumplir de manera insospechada: Dios va a acompañar a los hombres hasta tal punto que se hace uno de nosotros. Por eso la expectación: ¿cómo será eso posible? No se ha visto misterio igual. Y la Iglesia, para prepararse bien a la espera, reza el salmo 23 y le da el sentido de la encarnación: el Hijo de Dios va a entrar en el mundo. Es el mismo de la carta a los Hebreos (cf. Hb 10): “Cuando Cristo entró en el mundo…”

Y entonces, se nos da un paso más, la perspectiva apropiada para celebrar la Navidad: Es el tiempo para poder reconocer en el que nace al rey de la gloria. No en su venida gloriosa donde “todo ojo lo verá”, sino en un niño, en un ser humano, débil, contingente. ¿Podremos reconocer en ese niño al rey de la gloria, en un recién nacido a Jesús, al Dios con nosotros? Solamente la fe permite eso. Por eso, la primera venida del Hijo de Dios se realiza en la fe, la segunda en el amor. El salmo 23 nos ofrece, además, la actitud propia para vivir estos días: Al rey de la gloria puede acercarse “el hombre de manos inocentes y puro corazón”. Intentemos vivir estos días con este espíritu que la Iglesia nos recomienda.

Busquemos ser puros de corazón para poder reconocer al que viene, puro de corazón. No nos desanimemos si lo que tenemos a la vista no es aparentemente glorioso: serán los ángeles los que nos guíen a cantar oportunamente “¡gloria!” cuando nazca el Señor.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la visitación de la Virgen María

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Que por las palabras proféticas de Isabel, movida por el Espíritu Santo,
nos manifiestas la grandeza de la Virgen santa María.
Porque ella, por su fe en la salvación prometida, es saludada como dichosa,
y por su actitud de servicio es reconocida como Madre del Señor
por la madre del que le iba a preceder.
Por eso, unidos con alegría al cántico de la Madre de Dios,
proclamamos tu grandeza,
cantando con los ángeles y los santos:
Santo, Santo, Santo.

 

 

Para la Semana

Lunes 19:

Jue 13,2-7.24-25a. El ángel anuncia el nacimiento de Sansón.

Sal 70. Que mi boca esté llena de tu alabanza y cante tu gloria.

Lc 1,5-25. El ángel Gabriel anuncia el nacimiento de Juan Bautista.
Martes 20:

Is 7,10-14. Mirad: la Virgen está en cinta.

Sal 23. Va a entrar el Señor, Él es el Rey de la gloria.

Lc 1,26-38. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo.
Miércoles 21:

Cant 2,8-14. Llega mi amado, saltando sobre los montes.

o bien:
Sof 3,14-18a. El Señor será el rey de Israel, en medio de ti.

Sal 32. Aclamad, justos, al Señor, cantadle un cántico nuevo.
Jueves 22:

1Sam 1,24-28. Ana da gracias por el nacimiento de Samuel.

Salmo: 1Sam 2,1-8. Mi corazón se regocija por el Señor, mi Salvador.

Lc 1,46-56. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí.
Viernes 23:

Mal 3,1-4.23-24. Os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor.

Sal 24. Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.

Lc 1,57-66. El nacimiento de Juan Bautista
Sábado 24:

2Sam 7,1-5.8b-12.14a.16. El reino de David durará por siempre en la presencia del Señor.

Sal 88. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

Lc 1,67-79. Nos visitará el sol que nace de lo alto.

 

Domingo de la 3ª semana de Adviento – 11/12/2016

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

LA ALEGRÍA DEL ADVIENTO

El hombre está hecho para expansionarse en el gozo. El que vive la espiritualidad de Adviento descubre el sentido de la alegría cristiana. Porque la Navidad que se acerca es fiesta de gozo y salvación, desde este domingo “Gaudete” (así comienza el introito gregoriano) se comienza a vivir la esperanza feliz y desbordante de la cercanía del Señor. La alegría es respuesta al gran anuncio, a la cercana presencia. Los sueños de felicidad se van a hacer realidad con el nacimiento salvador de Jesús.

Es oportuno recordar hoy que las grandes felicidades proceden del cielo y que las pequeñas alegrías, de los hombres. Los cielos de Adviento llueven alegría para todos y eliminan la contaminación atmosférica de la tristeza anticristiana. En todos estos días luminosos hay que aumentar la provisión de alegría, para poder disponer de ella en los días oscuros.

El hombre ha sido creado para la felicidad y esta invitación de Dios llega desde el fondo de la eternidad. En el mundo hay placer y alegría. El placer es la felicidad del cuerpo; la alegría es la felicidad del alma. Y aunque en medio de las dificultades de la vida, pruebas, sufrimientos y muerte, se pueda llorar, sin embargo nunca hay derecho a divorciarse de la alegría, que por ser espiritual, no puede morir y tiene sabor de eternidad.

La alegría comienza en el instante mismo en que uno suspende sus afanes de búsqueda de la propia felicidad para procurar la de los otros. En el corazón del hombre inquieto, el hambre de felicidad es hambre de Dios. Desventurados los satisfechos que, empachados de placeres, ahogan lo infinito de sus deseos. Bienaventurados, por el contrario, quienes tienen todavía hambre. Benditos los que proporcionan alegría a los pobres; en la cúspide de la entrega y del olvido de sí, florece la alegría y se reencuentra la vida.

En Adviento se vuelve a recordar que el camino de la felicidad no arranca de las personas o de las cosas, sino que parte de uno mismo hacia los otros, es decir, hacia Dios que es causa de alegría. La entrega a Dios es una entrega a la alegría.

El Evangelio, por ser Buena Nueva, es un mensaje portador de alegría; anuncia la vida, el futuro, la esperanza, la salvación. Logra que el creyente sea un hombre libre de temores, anclado en la alegría serena. Por eso la alegría cristiana es una experiencia seria de la fraternidad, del cariño, de la comprensión, de la confianza. En Adviento todos los hombres y mujeres tienen que preguntarse si han recibido la alegría del Evangelio.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 35, 1-6a. 10 Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10
Santiago 5,7-10 San Mateo 11, 2-11

Comprender la Palabra

Solamente en la profunda contemplación de la realidad puede el hombre experimentar también una inmensa alegría. Si la persona no se implica totalmente en el conocimiento de la realidad, su visión de la vida será corta, y su experiencia de felicidad incompleta. Juan el Bautista es hoy ejemplo de quien quiere descubrir hasta dónde llega la mano de Dios y envía a sus discípulos a preguntar al Señor: “¿Eres tú el que ha de venir?” Una respuesta afirmativa hará que todo esfuerzo merezca la pena y que la alegría más grande se inserte en su corazón para no marcharse a pesar de sus penurias.

Esa gran alegría busca, apunta, se dirige a plenitud, pero no la alcanza: la alegría de este mundo solamente prepara e inicia la alegría con la que Dios quiere llenar nuestros corazones, la alegría de su vuelta. Es por eso que cuando Juan el Bautista escucha de sus discípulos lo que el Señor le ha mandado decir respira y se alegra, incluso estando en la cárcel. Juan y los suyos sabían de las profecías mesiánicas, como la que hoy se proclama en la primera lectura. Las curaciones son un signo de la presencia del Salvador, del ungido de Dios.

Así, la recomendación del apóstol Santiago en la segunda lectura: “manteneos firmes”, podemos escucharla como una advertencia del Señor al Bautista en prisión: “¡Mantente firme! Si conoces la profecía y te cuentan lo que yo estoy haciendo fuera, mantente firme”. También se puede aplicar la advertencia del profeta en la primera lectura: “Sed fuertes, no temáis”. La fortaleza es siempre una victoria sobre el miedo, es una consecuencia de la fe que se ve realizada, de la promesa cumplida. Esa firmeza conlleva también una gran alegría, porque el creyente experimenta la dureza de la vida, pero no se viene abajo. En casa, en el trabajo, por problemas económicos o del corazón, el creyente encuentra su firmeza en que reconoce el poder curativo del Señor, y se mantiene fuerte. La alegría permite al que cree crecer con paciencia y afrontar todo lo que le pueda atemorizar, todo lo que le amenaza.

Pero esa alegría solamente la hemos empezado a conocer aquí, por eso a veces dudamos y se apaga, o nos parece que nos ha abandonado largo tiempo para siempre: no es así, si la hemos conocido, no solamente está, sino que anuncia su vuelta. El adviento nos anuncia su vuelta. Así, dice el apóstol Santiago: “El juez está a la puerta”. El juez es Cristo, que “ha de venir para juzgar a vivos y muertos”. Seguimos, sí, preparando su vuelta, por eso la alegría que no es plena va unida a una gran expectación. ¿Qué cosas en mi vida juntan alegría y expectación? El adviento se caracteriza precisamente por estas dos vivencias unidas, pues sabemos que el que ha venido volverá en majestad, que el que ahora nos alegra limitadamente, no por Él sino por nosotros, nos alegrará en aquel día plenamente. ¡Ven! Que estamos alegres y esperanzados.

A partir de la próxima semana, esta petición nos recordará la Navidad, pero ahora, cada día de nuestra vida, “¡ven!” es la expresión confiada del cristiano que, en medio de las dificultades, quiere conocer la alegría del Señor, pero sereno a la vuelta de estos, nos enseña cómo debemos responder también nosotros en tantas circunstancias que encarcelan y amenazan a la alegría que deseamos. No debemos rendirnos a dejar de sentir, a dejar de alegrarnos, a dejar de vivir: al contrario, encontremos nuestra fortaleza repitiendo, a cada latido del corazón, “¡ven!”.

Diego Figueroa



al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
el profecio de la Virgen María, en la Anunciación del Señor

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, nuestro Señor.
Porque la virgen creyó el anuncio del ángel:
que Cristo, por obra del Espíritu Santo
iba a hacerse hombre por salvar a los hombres;
y lo llevó en sus purísimas entrañas con amor.
Así, Dios cumplió sus promesas al pueblo de Israel
y colmó de manera insospechada la esperanza de los otros pueblos.
Por eso, los ángeles te cantan
con júbilo eterno y nosotros nos unimos a sus voces
cantando humildemente tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…

 

Para la Semana

Lunes 13:

Números 24,2-7.15-17a. Avanza la constelación de Jacob.

Sal 24. Señor, instrúyeme en tus sendas

Mateo 21.23-27. El bautismo de Juan, ¿de dónde venía?

Martes 14:

Santa Lucía, vírgen y mártir. Memoria.

Sof 3,1-2.9-13. Se promete la salvación mesiánica a todos los pobres.

Sal 33. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Mt 21,28-32. Vino Juan, y los pecadores le creyeron
Miércoles 15:
San Juan de la Cruz, presbítero y doctor. Memoria.

Isaías 45,6b-8.18.21b-26. Cielos, destilad el rocío.

Sal 84. Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo.

Lucas 7,19-33. Anunciad a Juan lo que habéis vis-to y oído.
Jueves 16:

Isaías 54,1-10. Como a mujer abandonada te vuelve a llamar el Señor.

Sal 29. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Lucas 7,24-30. Juan es el mensajero que prepara el camino del Señor,
Viernes 17:

Is 56,1-3a.6-8. A mi casa la llamarán casa de oración todos los pueblos.

Sal 66. Oh Dios, que te aleben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

Jn 5,33-36. Juan es la lámpara que arde y brilla.
Sábado 18:

Gén 49,1-2.8-10. No se apartará de Judá el cetro.

Sal 71. Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.

Mt 1,1-17. Genealogía de Jesucristo, hijo de David.


Domingo de la 2ª semana de Adviento – 04/12/2016

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

MENSAJE DE ADVIENTO PARA  HOY

Ponerse en pie, subir a la altura, mirar hacia oriente, como recuerda hoy el profeta Baruc en la primera lectura, significa demostrar disponibilidad y empeño para emprender la marcha hacia Dios por los caminos de la justicia y la misericordia. Ponerse en pie es vivir en el dinamismo de la fe, superando pasividades, pacifismos cómodos o sentadas inútiles. El cristiano tiene que ser un signo erguido y visible de la verdad de Dios y de la esperanza nueva. En el Adviento es preciso soñar y desear el esplendor de Dios, que se nos va a mostrar en la luz de su gloria. El Adviento es una experiencia interior, una toma de conciencia de que Dios es el que guía y conduce por la senda de la verdad, al amparo de su cercanía y con la seguridad de su presencia.

La segunda lectura es un mensaje de alegría y confianza. El creyente ha de librarse de tristezas inútiles para crecer en el amor. Porque ha aceptado el Evangelio ha de penetrar continuamente en sus valores fundamentales; y lo ha de hacer confiadamente, es decir, superando apoyos humanos y fiándose totalmente de Dios, para llegar limpio e irreprochable con frutos de justicia al día de Cristo, a la Navidad de siempre.

El Evangelio nos presenta a Juan Bautista predicando en el desierto. Mucho se ha escrito sobre la espiritualidad del desierto, lugar que cambia al hombre interna y externamente. En el desierto se contempla mejor el cielo y se ven mejor las estrellas, pero sobre todo se escucha mejor y se medita el mensaje de lo transcendente.

En el desierto le vino a Juan la palabra de Dios. Por eso es necesario dejar los ruidos mundanos y gritos que desorientan, para vivir una experiencia silenciosa y lograr una escucha atenta a la voz de Dios, que es susurro tenue y exigencia fuerte que trastoca la vida del hombre. El grito del Adviento es esperanzado e inteligible: hay que preparar el camino del Señor y hacer que nuestros caminos sean sus caminos. Para ver la salvación de Dios hay que enderezar lo torcido e igualar lo escabroso. Por eso es oportuno que cada uno analice qué aspectos de su vida debe cambiar, qué cosas debe elevar o rebajar y cuál es el sendero llano por el que debe avanzar. Así facilitaremos la venida de Dios y brillará su verdad y justicia.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 11, 1-10 Sal 71, 1-2. 7-8. 12-13. 17
San Pablo a los Romanos 15, 4-9 San Mateo 3, 1-12

Comprender la Palabra

Cada año, en el segundo domingo de adviento la Iglesia nos invita a preparar los caminos del Señor. Como cada año, la Palabra de Dios nos enseña algo fundamental en la vida, y es que los encuentros importantes se preparan. El corazón no puede afrontar el encuentro con el Señor como cualquier cosa. Si lo hace, no le dará el valor apropiado, algo en su interior le dirá que ese encuentro no es tan importante, que es casual.

Por eso la figura de Juan el Bautista es crucial en este tiempo: nos permite ver la vida no como una suma de azares sino como un camino providente, con principio y final; no como un capricho de incierto final sino como un designio de amorosa salvación. Por eso también la advertencia que trae Juan el Bautista eleva el sentido de este tiempo y reclama de nosotros el fruto de la conversión. Porque el camino que preparamos no es algo ajeno a nosotros, no es algo puramente exterior: Dios quiere afectar, transformar a la persona entera, por eso interiormente también es necesario que el camino se haga en nosotros.

Además, como advierte Juan, este camino reclama constancia: no dura cuatro semanas, pues en realidad no sabemos cuánto dura. La conversión es urgente porque no sabemos el día ni la hora. Por eso, no basta con un tiempo, con un aspecto de nuestra vida, igual que no bastaba a los judíos ser hijos de Abraham: eso se prueba en las obras. Con dos ejemplos muy fuertes expresa Juan Bautista la urgencia, la gravedad del asunto: el hacha y el bieldo. No es un camino fácil, sino duro, constante, esforzado, preparar el corazón para acoger la gracia. O uno es dócil en su corazón para aceptar la propuesta, o no hay forma. El camino se prepara mirando a Cristo, en el espíritu de Cristo Jesús, dice Pablo. Con perseverancia y coraje, porque es más valiente el que acepta tener un corazón dócil que el que, de forma testaruda, se aferra a lo antiguo que ya no vale para no convertirse.

Cristo ha dado comienzo a la obra de la salvación y va a llevarla a término en un movimiento de reunificación, que veíamos el domingo pasado. Por eso, el salmo 71, uno de los que con más frecuencia canta la Iglesia en adviento, nos recuerda que el Señor restablece la justicia con la unidad. Así, Cristo se convierte en bendición universal: “Que él sea la bendición de todos los pueblos”. Si hacemos bien esta preparación, cuando llegue el 1 de enero y cerremos la octava de Navidad, recordaremos esto mismo, pues Cristo se presenta entonces como la bendición que hemos heredado del Padre.

Así, no albergamos dudas: la salvación ya ha comenzado, ya está aquí. Desde su primera venida, la bendición se ha convertido en un movimiento que Dios obra en nosotros hacia Él por medio de su Hijo primogénito, y alcanza su culmen en la vuelta del Señor.

A la luz de esta Palabra podemos preguntarnos acerca de nuestra certeza en las dificultades, aprender a mantener al corazón despierto para recordar la garantía de salvación. ¿Cómo nos preparamos para ir a la iglesia? Vamos a ella poniéndonos en presencia de Dios, o hablando por el móvil, o como si fuéramos a cualquier otro sitio. Los encuentros se preparan… ¿Y para celebrar los sacramentos? Hacer un rato de oración antes de ir a misa o de confesarnos es la mejor forma de preparar el camino al Señor y de acostumbrarnos a afrontar con coraje que el Señor busca cada día nuestro corazón para ofrecernos garantía de salvación.

Diego Figueroa



al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la Virgen María, estirpe escogida de Israel

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Que has constituido a la bienaventurada Virgen María
cumbre de Israel y principio de la Iglesia,
para que todos los pueblos conozcan que la salvación viene de Israel
y que la nueva familia brota del tronco elegido.
Ella, hija de Adán por su condición humana,
reparó con su inocencia la culpa de la madre.
Ella, descendiente de Abrahán por la fe,
concibió en su seno creyendo.
Ella es la vara de Jesé que ha florecido en Jesucristo, Señor nuestro.
Por él, adoran tu majestad los coros de los ángeles,
gozosos en tu presencia.
Permítenos unirnos a sus voces cantando tu alabanza: Santo, Santo, Santo…


A. F

Para la Semana

Lunes 5:

Isaías 35, 1 – 10. Dios viene en persona y os salvará.

Sal 84. Nuestro Señor viene y nos salvará.

Lucas 5,17-26. Hoy hemos visto cosas admirables.

Martes 6:

Isaías 40,1-11. Dios consuela a su pueblo.

Sal 95. Nuestro Dios llega con poder.

Mateo 18,12-14. Dios no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.

Miércoles 7:

San Ambrosio, obispo y doctor. Memoria.

Is 40,25-31. El Señor todopoderoso da fuerza al cansado.

Sal 102. Bendice, alma mía, al Señor.

Mt 11,28-30. Venid a mí todos los que estáis cansados.
Jueves 8:
La Inmaculada Concepción de Santa María Virgen. Solemnidad.

Gén 3,9-15.20. Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer.

Sal 97. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.

Ef 1,3-6.11-12. Nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo.

Lc 1,26-38. Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.
Viernes 9:

Isaías 48,17- 19. Si hubieras atendido a mis mandatos.

Sal 1. El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida.

Mateo 11, 16-19. No escuchan ni a Juan ni al Hijo de hombre.

Sábado 10:

Eclesiástico 48,1-4.9-11. Elías volverá.

Sal 79. Oh, Dios restáuranos, que brille tu rostro y nos salve

Mateo 17,10-13. Elías ya ha venido, y no lo reconocieron.


Domingo de la 1ª semana de Adviento – 27/11/2016

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

EL ADVIENTO TIEMPO PRIVILEGIADO

El tiempo de Adviento-tiempo de la Venida- es uno de los tiempos fuertes del año litúrgico más acentuados tradicionalmente, y quizás con mayores resonancias espirituales.

La reacción del creyente al celebrar la Venida del Señor es, desde luego, la conversión de corazón, pero es también el gozo, la esperanza, la oración, la decisión de salir al encuentro del Señor que viene … Por eso el tiempo de Adviento no es directamente penitencial, y sería equívoco plantearlo como una especie de Cuaresma previa a la Navidad.

Adviento es el tiempo oportuno y privilegiado para escuchar el anuncio de la liberación de los pueblos y de las personas. En él se percibe una invitación a dirigir el ánimo hacia un porvenir que se aproxima y se hace cercano, pero que todavía está por llegar. Tiempo para descubrir que nuestra vida pende de unas promesas de libertad, de justicia, de fraternidad todavía sin cumplir; tiempo de vivir la fe como esperanza y como expectación; tiempo de sentir a Dios como futuro absoluto del hombre…

Reavivamos en él y revivimos la admirable espera de Israel por el Mesías; anticipamos el final de los tiempos aún pendiente y por venir; incrustados en esa línea histórica nuestro presente como encarnación y compromiso. De la mano de los grandes profetas, de los grandes precursores y, ante todo, de Jesús, el hombre para los demás, nos hacemos al camino para acelerar la llegada de una humanidad adulta, transida del Espíritu de Dios y reconciliada con el mundo transformado, con la tierra nueva.

En este periodo del año, evocador y sugerente, recubierto con el dorado otoñal de los paisajes, se puede penetrar muy profundamente en el misterio de la experiencia auténtica y del Dios verdadero. El Dios del Adviento es el que nos empuja siempre hacia algo que se acerca, hacia lo por-venir. El Dios cristiano no es una mera presencia sobre el mundo, como un toldo inmóvil que lo cubriera. Es una promesa de presencia.

En el frontispicio del Adviento de siempre, hay un tríptico central que destaca las figuras eminentes. Sin ellas no hubiera sido posible el Adviento de ayer, ni puede ser entendido, vivido y celebrado el Adviento de hoy. Son, en orden decreciente de importancia (y no de simple cronología) Isaías, el profeta y poeta; Juan, el precursor y testigo; María, la Virgen y Madre, la Reina del Adviento.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 2, 1-5 Sal 121, 1-2. 4-5. 6-7. 8-9
san Pablo a los Romanos 13, 11-14a san Mateo 24, 37-44

de la Palabra a la Vida

Al comenzar el año con este relato del evangelio de Mateo no sabe uno si es conveniente seguir adelante o si mejor nos quedamos como estamos: es más bien pesimista y amenazante la profecía del Señor en el evangelio. “No sabéis en qué día vendrá vuestro Señor” suena a que no vamos a estar bien preparados cuando suceda, a que hay que vivir con miedo.

Sin embargo, la profecía de Isaías, en la primera lectura, es diferente: la visión es constructiva, el Señor va a enseñar a su pueblo, va a ofrecerle de los elementos de guerra, instrumentos para la paz, para la reconstrucción de la ciudad. De esta forma, estas dos lecturas presentan un contraste que es la realidad de la vida y que ilustra perfectamente el tiempo del adviento. Estamos preparándonos para el día del Señor, el día final, y en este día la claridad de la luz del Señor iluminará todas las sombras para poner de manifiesto el poder de Dios. Uno de los prefacios de la misa propios de este tiempo dice: “en aquel día terrible y glorioso pasará la figura de este mundo y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva”. Y esto ya nos ha situado en el tiempo del adviento: la preparación, la venida que esperamos, es la segunda, la definitiva. Aquí no se está hablando del humilde nacimiento del Hijo de Dios en la carne, sino de su venida en gloria y majestad, aquella que decimos en el credo “con gloria, para juzgar a vivos y muertos”. Por eso, las lecturas presentan esa venida terrible y gloriosa, terrible en el evangelio, gloriosa en la profecía.

En el juicio de ese día, seremos llevados a la casa de Dios, y por eso canta el salmo responsorial: “¡vamos a la casa del Señor!” El juicio conlleva un proceso de reunificación: todos los pueblos irán a reunirse con el Señor, y puestos ante Él le alabarán por su justicia. Esta forma de suceder ese encuentro es muy importante: la Iglesia huye de todo individualismo en el seguimiento del Señor, en la espera del Mesías. Y así, la reconstrucción definitiva del pueblo de Dios sucederá en el último día y será un acontecimiento universal, al que todos están convocados. El salmo 121 es, entonces, referencia espiritual del cristiano que entra en el adviento sabiendo lo que busca, sabiendo hacia dónde se dirige y en compañía de quién lo hace. Rezar con él cada día significa no perder la perspectiva de un pueblo que camina guiado por el Señor, presente en medio de nosotros pero a la vez guiándonos a un encuentro pleno con Él. ¿Conozco la alegría del pueblo de Dios, de formar parte de ese pueblo? ¿Percibo cómo avanzamos? ¿Cuál es mi aportación a esa progresión, en ese camino?

Es por eso que el adviento se caracteriza por su alegría profunda: ya ve tan cercano al Señor, con todo su poder, que no puede dejar de cantar cada domingo ¡Aleluya! Esa luz de la aurora que ya intuye se tiene que mostrar claramente, y por eso escucharemos en la nochebuena: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”. Es necesario avanzar como pueblo para ver y para estar alegres. ¿Me dejo acompañar por el pueblo de Dios? ¿Participo en la vida de la Iglesia para ir haciendo crecer esa conciencia de ser miembro de un pueblo? ¿Venzo la decepción y las tinieblas de cada día con la esperanza de la luz que aparece, del día sin ocaso?

Hemos abierto el tiempo que representa el estado natural del cristiano: vigilantes, despiertos, alegres, juntos. No perder estas cualidades es entender el momento en el que vive la Iglesia.

Diego Figueroa



al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal… el prefacio III de adviento

En verdad es justo darte gracias,
es nuestro deber cantar en tu honor himnos de bendición y de alabanza,
Padre todopoderoso, principio y fin de todo lo creado.
Tú nos has ocultado el día y la hora en que Cristo, tu Hijo, Señor y Juez de la historia,
aparecerá, revestido de poder y de gloria, sobre las nubes del cielo.
En aquel día terrible y glorioso pasará la figura de este mundo
y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva.
El mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria
viene ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento,
para que lo recibamos en la fe y por el amor demos testimonio
de la espera dichosa de su reino.
Por eso mientras aguardamos su última venida,
unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo…

 

 

Para la Semana

Lunes 28:

Is 2,1-5. El Señor reúne a todas las naciones en la paz eterna del reino de Dios.

o bien: Is 4,2-6. El vástago del Señor será ornamento para los supervivientes.

Sal 121. Vamos alegres a la casa del Señor.

Mt 8,5-11. Vendrán muchos de oriente y occidente al reino de los cielos.
Martes 29:

Is 11,1-10. Sobre él se posará el espíritu del Señor.

Sal 71. Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente.

Lc 10,21-24. Jesús, lleno de la alegría del Espíritu Santo.
Miércoles 30:
San Andrés, apóstol. Fiesta.

Rom 10,9-18. La fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo.

Sal 18. A toda la tierra alcanza su pregón.

Mt 4,18-22. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron
Jueves 1:

Is 26,1-6. Que entre un pueblo justo, que observa la lealtad.

Sal 117. Bendito el que viene en nombre del Señor.

Mt 7,21-24.27. El que cumple la voluntad del Padre entrará en el reino de los cielos.
Viernes 2:
Is 29,17-24. Aquel día, verán los ojos de los ciegos.

Sal 26. El Señor es mi luz y mi salvación.

Mt 9,27-31. Jesús cura a dos ciegos que creen en Él.
Sábado 3:
San Francisco Javier, presbítero.Memoria.

Is 30,19-21.23-26. Se apiadará a la voz de tu gemido.

Sal 146. Dichosos los que esperan en el Señor.

Mt 9,35-10,1.6-8. Al ver a las gentes, se compadecía de ellas.

 

Domingo de la 34ª semana de Tiempo Ordinario. Jesucristo Rey del Universo – 20/11/2016

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

EL REY DEL UNIVERSO

Con este domingo y la semana que de él depende se concluye el largo Tiempo Ordinario y se clausura el Año Litúrgico. Hoy se nos presenta la grandiosa visión de Jesucristo Rey del Universo; su triunfo es el triunfo final de la Creación. Cristo es a un mismo tiempo la clave de bóveda y la piedra angular del mundo creado.

La inscripción colocada sobre el madero de la Cruz decía: “Jesús de Nazaret es el Rey de los judíos”. Esta inscripción es completada por San Pablo cuando afirma que Jesús es “imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia, reconciliador de todos los seres”.

Parece paradógico que los cristianos nos gloriemos en proclamar Rey a quien muere en la debilidad aparente de la Cruz, que desde este momento se transforma en fuerza y poder salvador. Lo que era patíbulo e instrumento de muerte se convierte en triunfo y causa de vida.

No deja de ser sorprendente volver a leer en este domingo, para celebrar el reinado universal de Cristo, el diálogo entre Jesús y el malhechor que cumpliendo su condena estaba crucificado junto a él. Ante el Rey que agoniza entre la indiferencia de las autoridades y el desprecio del pueblo que asiste al espectáculo del Calvario, suena estremecida la súplica del “buen ladrón”, que confiesa su fe y pide: “acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.

En el trance definitivo y sin trampa de la muerte cobra relieve singular la sinceridad, que reconoce el fracaso y pecado de la vida propia. Antes de mirar al Crucificado, es oportuno volver los ojos a este hombre, dominado por el mal en su vida y modelo de conversión en el instante de su muerte, para aprender la lección necesaria de la conversión sincera y entender o que significa el Reino de Jesús. Y a la vez es oportuno tener presente que no hay que esperar al atardecer de la vida para cambiar.

El Reino nuevo de Cristo, que es necesario instaurar todos los días, revela la grandeza y el destino del hombre, que tiene final feliz en el paraíso. Es un Reino de misericordia para un mundo cada vez más inmisericorde, y de amor hacia todos los hombres por encima de ópticas particularistas. Es el Reino que merece la pena desear. Clavados en la cruz de la fidelidad al Evangelio se puede entender la libertad que brota del amor y se hace realidad “hoy mismo”.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Samuel 5, 1-3 Sal 121, 1-2. 4-5
san Pablo a los Colosenses 1, 12-20 san Lucas 23, 35-43

de la Palabra a la Vida

No da Jesucristo la imagen de rey a la que estamos acostumbrados. Si preguntáramos a un niño, no podría imaginar esa comparación con éxito: este tiene una corona de espinas, una cruz por trono, no viste de forma elegante, sino lleno de heridas, y no aparenta prosperidad y éxito sino sufrimiento y fracaso. Y sin embargo, la liturgia de este domingo, último del año, deja bien claro cómo es este rey nuestro. Hasta tal punto le reconoce como rey, que le escucha decir en una afirmación soberana: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Son innumerables las referencias en toda la Sagrada Escritura que hablan de un rey, desde el Antiguo Testamento, la historia de Israel, y hasta la primera lectura de hoy: El rey en Israel es un pastor elegido por Dios. Así, va a guiar al pueblo que le es confiado. Para poder realizar su función recibe la unción con óleo sagrado. Así, el ungido del Señor hace visible la soberanía de Dios en medio de su pueblo, su interés y preocupación por los suyos, capacitando a uno de su pueblo para que los guíe a todos hacia la verdad y la vida. Por tanto, la función real es una función sagrada, y por su relación peculiar con Dios, en ese rey está la esperanza de un pueblo, que sabe que por él es conducido a la felicidad. Sí, además de todo esto, el rey, tal y como lo presenta Isaías, está llamado a padecer la humillación para constituir definitivamente su reino.

Todo eso encuentra su cumplimiento en Jesucristo. Nuestra mirada, según buscamos en la Escritura y enumeramos características de este rey, se va volviendo irresistiblemente hacia el su camino, eleva su mirada hacia Jerusalén, así la Iglesia va volviendo su corazón hacia Cristo, rey verdadero que viene a hacer justicia a todos los hombres. San Pablo, en la segunda lectura, ya ha desvelado a ese personaje oculto durante siglos, aunque estaba desde el principio junto a Dios.

En el himno de la carta a los colosenses ya podemos ver que el Mesías esperado no era David, sino un descendiente suyo, que tras muerte en cruz conduce todo a la presencia del Padre, recapitula la existencia para que sea puesta ante Dios y le glorifique eternamente. Cristo ha instaurado definitivamente este reino suyo y ahora espera nuestra respuesta mientras guía los corazones de todos para que, misteriosamente, conozcan y alaben a Dios.

Se nos invita, pues, en este domingo, a hacer la experiencia de una vida vivida bajo un Rey, en un pueblo regio, pero bajo un Rey cuyo reino no es de este mundo. Sutilmente, igual que las lecturas nos presentan la preparación, acción y desarrollo de ese Rey y su reino, se va haciendo en la historia según la voluntad de Dios. Solamente los corazones que confían en ese Rey son capaces de ir descubriendo su misterioso movimiento.

Por eso, al acabar el año con esta fiesta, la Iglesia nos pregunta por medio de la Palabra de Dios: ¿Dónde ha asumido Cristo su reinado en mi vida? ¿Cuándo cargar con su cruz me ha hecho ver su poder real? ¿Quién amenaza, en mi existencia, el reinado que Cristo quiere sobre mí para llevarme al Padre? ¿Ejerzo mi participación en ese reinado como ha hecho Cristo, como un servicio al mundo? Al que le reconoce y le alaba, mediante las palabras y el servicio, le dice hoy: “Estarás conmigo en el Paraíso”

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la misa de Cristo Rey

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo
a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
ungiéndolo con óleo de alegría,
para que ofreciéndose a sí mismo
como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz,
consumara el misterio de la redención humana,
y, sometiendo a su poder la creación entera,
entregara a tu majestad infinita un reino eterno y universal:
el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y la gracia,
el reino de la justicia, el amor y la paz.
Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 21:

Apocalipsis 14,1-3.4b-5. Llevaban grabado en la frente el nombre de Cristo y el de su Padre.

Sal 23. Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Lucas 21,1-4. Vio una viuda pobre que echó dos reales.
Martes 22:

Apocalipsis 14,14-19. Ha llegado la hora de la siega, pues la mies de la tierra está más que madura.

Sal 95. El Señor llega a regir la tierra

Lucas 21,5-11. No quedará piedra sobre piedra
Miércoles 23:

Apocalipsis 15,1-4. Cantaba el cántico de Moisés y el cántico del Cordero.

Sal 97. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Lucas 21,12-19. Todos os odiarán por causa mía, pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá.

Jueves 24:
San Andrés Dung-Lac, presbítero, y compañeros, mártires. Memoria.

Apocalipsis 18,1-2.21-23; 19,1-3a. ¡Cayó la gran Babilonia!

Sal 99. Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.

Lucas 21,20-28. Jerusalén será pisoteada por los gentiles hasta que a los gentiles les llegue su hora.

Viernes 25:

Apocalipsis 20,1-4.11-21,2. Los muertos fueron juzgados según sus obras. Vi la nueva Jerusalén que descendía del cielo.

Sal 83. Esta es la morada de Dios con los hombres.

Lucas 21,29-33. Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.

Sábado 26:

Apocalipsis 22,1-7, Ya no habrá más noche, porque el Señor irradiará luz sobre ellos,

Sal 94. Marana tha. Ven, Señor Jesús.

Lucas 21,34-36. Estad siempre despiertos


Domingo de la 33ª semana de Tiempo Ordinario. – 13/11/2016

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

EL DíA DE LA SALVACIóN

Cuando el año litúrgico toca a su fin, somos convocados desde los textos bíblicos de este domingo, a una reflexión escatológica: “llega el día”. Este día no es un día de calendario, sino la hora de Dios, la hora del culto verdadero en espíritu y verdad. No son los cataclismos y desastres cósmicos del final los que deben hacer cambiar nuestra conducta para superar la tibieza espiritual. Siempre es momento oportuno para el cambio, pues siempre es el día propicio, el tiempo apto para honrar el nombre del Señor de los ejércitos y quemar la paja de nuestras infidelidades.

El Señor viene continuamente y es necesario descubrirle presente con actuación salvadora en la historia, por encima de las guerras que continuamente se desatan, los terremotos y hambre que acompañan la vida del hombre, las persecuciones que soporta el creyente. De ahí que no sea fácil vivir con esperanza y perseverar en la fe. Volviendo los ojos a Cristo, que venció al mal en la cruz, el cristiano supera el pánico de la soledad y de la incomprensión y descubre la Buena Noticia del Reino de Dios que se instaura en el mundo. Todos los días son pues, oferta gratuita de salvación.

El anuncio de cruz, malestar y persecuciones es constante en el Evangelio. Durarán hasta el último día. El cristiano renuncia por Cristo a todo y a todos. Su testimonio, en consecuencia, podrá ser perseguido y odiado por un mundo al que pertenece y al que quiere salvar, como lo salvó Cristo. Su vigilancia y continua tensión deberán traducirse en el trabajo diario, que pueda servir de ejemplo y dar al mismo tiempo autenticidad a su testimonio.

La tensión escatológica debe sacudir la indiferencia y somnolencia de una vida demasiado gris. Hay que vivir exigentemente y a Dios no se le contenta sólo con unas plegarias. Dios es el árbitro supremo de la historia. Por eso es estúpido recurrir a la astrología, a la parasicología y a las seudociencias para adivinar el futuro del hombre. Nuestro destino está en manos de Dios y en nuestra libertad. Los signos que Dios pone en la historia son sólo una provocación para nuestra conversión. Nuestro destino último y el del mundo es una empresa de felicidad o de tragedia eterna. Por eso es necesaria la perseverancia. “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Malaquias 3, 19-20a Sal 97, 5-6. 7-9a. 9bc
san Pablo a los Tesalonicenses 3, 7-12 san Lucas 21. 5-19

de la Palabra a la Vida

Aquel Templo que Herodes reconstruyó era sin duda magnífico. Tanto que al salir del mismo con las gentes, algunos se admiraban de tanta belleza, de su enorme solidez. Una solidez capaz de desafiar a los siglos… aparentemente. Jesús advierte a los suyos de que ahí donde lo ven, “no quedará piedra sobre piedra”. Será la ruina del Templo de Jerusalén. Pero esta será solamente el principio: signo primero de la catástrofe final y de la venida gloriosa del Señor.

Con todo, parece que en el evangelio de Lucas quiere el Señor poner las cosas ante los ojos de sus discípulos en su justa medida: no puede uno fiarse del primero que aparezca usando el nombre de Cristo, ni tampoco las guerras y desastres serán definitivos. La redención que se acerca estará marcada por las persecuciones de los cristianos.

San Lucas, que quiere instruir a su comunidad cristiana, anima a los suyos de esta forma a insistir en el anuncio del evangelio, que es la tarea que el Señor encomendó a los discípulos. Y lo hace advirtiéndoles de que ese anuncio supondrá persecución. No hay nada que temer, pues el Señor dispondrá de lo necesario para esa tarea, pero las traiciones serán habituales. Es por esto que el valor de la perseverancia es enorme: porque mientras haya cristianos, estos padecerán la persecución, pero en su constancia se podrá descubrir un signo de la presencia constante de Cristo con los suyos.

Escuchar este evangelio es ,por lo tanto, una invitación a la fe firme, y esta necesita de la escucha de la Palabra de Dios, pues la fe crece en la escucha de la Palabra santa. Si esa Palabra no es acogida en el corazón y comunicada a los hermanos, la desilusión y las deserciones harán mella en los cristianos. Es justamente en esa advertencia donde se sitúa la profecía de Malaquías en la primera lectura: escribe el profeta a una comunidad que ha padecido el exilio pero que ha podido volver a su tierra, y, sin embargo, la desilusión caracteriza la vida de esas gentes.

Seguir al Señor es un camino duro, de idas y venidas, constantes disgustos, amenazas, persecuciones y sufrimientos: “Cosa vana es servir al Señor”. ¿Lo es? Esta es la gran pregunta que se hace el creyente ante la hora de la persecución: ¿Merece la pena? Sufrimos mucho, padecemos injusticias, ni nos animan ni nos defienden… ¿esto merece la pena? Es Malaquías el profeta que anima a los suyos a perseverar, recordándoles que el Señor vendrá para hacer justicia. La tendencia ante las dificultades, ante la persecución, es bajar el nivel, dejarse llevar por todos para que la fe sea más llevadera.

En realidad, nada importante puede desarrollarse sin sufrimiento. Aquella gente experimentaba que su fe y su fidelidad al Señor no daban a su pueblo una alegría terrena. La fe vivida propiamente tiene siempre delante “aquel día”, el momento del juicio, pero nosotros esperamos a menudo un consuelo para el momento. Lo hacemos así en la oración también.

Así pues, las últimas advertencias que el Señor nos da para la vida en este año litúrgico son acerca de la importancia de seguir ahí, de no dejarnos llevar por lo que sucede alrededor y perder la mirada del final de todo. Sin duda, y eso podemos guardar en el corazón hoy, merece la pena seguir al Señor, buscarle cada día, y emplear los sufrimientos y persecuciones que nos toquen, para recordar hasta qué punto no vamos solos, sino que el Señor lo ha vivido antes por nosotros y ahora quiere acompañarnos.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones

De la oración litúrgica a la oración personal…
para orar con María en la clausura del Jubileo de la Misericordia


En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación, darte gracias, Padre santo,
siempre y en todo lugar, y proclamar tu grandeza
en esta memoria de la bienaventurada Virgen María.
Ella es la reina clemente
que, habiendo experimentado tu misericordia de un modo único y privilegiado,
acoge a todos los que en ella se refugian y los escucha cuando la invocan.
Ella es la Madre de la misericordia,
atenta siempre a los ruegos de sus hijos,
para impetrar indulgencia y obtenerles el perdón de los pecados.
Ella esla dispensadora del amor divino,
la que ruega incesantemente a tu Hijo por nosotros,
para que su gracia enriquezca nuestra pobreza y su poder fortalezca nuestra debilidad.
Por él, los ángeles y los arcángeles te adoran eternamente, gozosos en tu presencia.
Permítenos unirnos a sus voces cantando tu alabanza.
Santo, Santo, Santo…




Para la Semana

Lunes 14:


Apocalipsis 1, 1 -4;2,l-5a. Recuerda de donde has caído y arrepiéntete.

Sal 1. Al que salga vencedor le daré a comer del árbol de la vida.

Lucas 18,35-43. ¿Qué quieres que haga por ti? Señor, que vea otra vez.

Martes 15:

Apocalipsis 3,1-6.14-22. Si alguien me abre, entraré y comeremos juntos.

Sal 14. Al que salga vencedor lo sentaré en mi trono, junto a mí.

Lucas 9,1-10. El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido,
Miércoles 16:


Apocalipsis 4, 1 -11. Santo es el Señor, soberano de todo: el que era, es y viene.

Sal 150. Santo, Santo, Santo es el Señor, soberanode todo.

Lucas 19,11-28. ¿Por qué no pusiste mi dinero en el banco?

Jueves 17:

Santa Isabel de Hungría. Memoria.

Ap 5,1-10. El Cordero fue degollado y con su sangre nos compró de toda nación.

Sal 149. Has hecho de nosotros para nuestro Dios un reino de sacerdotes.

Lc 19,41-44. ¡Si comprendieras lo que conduce a la paz!.
Viernes 18:

Apocalipsis 10,8-11. Cogí el libro y me lo comí.

Sal 118. ¡Qué dulce al paladar tu promesa!

Lucas 19,45-48. Habéis convertido la casa de Dios en una cueva de bandidos.

Sábado 19:

Apocalipsis 11,4-12. Estos dos tormento para los habitantes de la tierra.

Sal 143. Bendito el Señor, mi roca.

Lucas 20,27-40. No es Dios de muertos, sino de vivos.


Domingo de la 32ª semana de Tiempo Ordinario. – 06/11/2016

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

LA ESPERANZA ÚLTIMA

Para comprender cuál es la esperanza última que tiene el creyente, hay que partir de textos veterotestamentarios y recorrer el lento y largo camino que, desde la oscuridad, lleva a la luminosa profesión de fe que leemos en el segundo libro de los Macabeos (primera lectura): “Tú, rey malvado, nos arrancas de la vida presente, pero cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para la vida eterna… Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará”.

El Evangelio nos presenta una de las controversias de Jesús con las distintas clases teológicas. Los saduceos, partido aristocrático-conservador, enfrentados sobre todo con los fariseos en lo que respecta a la Resurrección, quieren poner a prueba a Jesús. Pero Jesús, contra el pavor de la muerte, contra la curiosidad morbosa sobre el futuro del hombre, manifiesta la esperanza pascual unida al Dios de la vida. Dios es vida y el que cree en él vive con él y para él. Siempre que celebramos la eucaristía debemos experimentar que Dios vence nuestra mortalidad y siembra en nosotros un germen de inmortalidad. “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.

La vida es un camino, lleno de etapas intermedias, hasta llegar a la definitiva. El presente florecerá en un futuro de gloria. Éste es el gran consuelo y esperanza que Dios nos da.

Si Cristo no resucitó, es vana nuestra fe. En su Resurrección se basa la esperanza de nuestra propia resurrección. Esta esperanza relativiza a todos los cristianos los absolutos de su existencia. Le corrige sus ideas e ideales más inconmovibles. Le pone en cuestión la misma vida. La muerte y el martirio serán el paso a una vida nueva.

El cristiano, que en el bautismo muere con Cristo para resucitar con él, deberá pedir continuamente la esperanza y las fuerzas que necesita para vivir en consecuencia y hasta el fin ese bautismo.

La esperanza relativiza el presente. El cristiano no puede establecer alianzas definitivas que lo distraigan de su camino. Su meta está siempre más lejos.

Pero la esperanza sostiene el presente, lo hace fecundo e importante. La esperanza del futuro estimula y alimenta el empeño en el presente por encima de sus límites, heridas y tensiones. Los cristianos en el mundo son profetas de la vida y de la alegría.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Macabeos 7, 1-2. 9-14 Sal 16, 1. 5-6. 8 y 15
san Pablo a los Tesalonicenses 2, 16-3, 5 san Lucas 20, 27-38

de la Palabra a la Vida

Hemos entrado en la recta final del año litúrgico, se está terminando el ciclo de Lucas. Así nos lo indican los relatos evangélicos de estos domingos, todos llenos de referencias escatológicas, sobre el fin de los tiempos. Es la pedagogía de la Iglesia, madre y maestra, que aprovecha cada final de ciclo para recordarnos que esta vida es también un ciclo que tiene que pasar. Tiene que pasar este tiempo en el que todo se acaba para comenzar el tiempo de la resurrección.

Por eso, la Iglesia no pierde la ocasión de educarnos también acerca de qué sucederá en nosotros cuando ese momento llegue. “Serán como ángeles”, dice el Señor. El misterio sobre la vida de los resucitados es completo, y debe ser acogido con humildad, que es como puede entrarse en el misterio de Dios. Los cuerpos serán transformados, sí, pero no tenemos mucho más. De hecho, Jesús quiere insistir en el evangelio de hoy en el hecho de la resurrección. La Alianza con Dios, tal y como hicieron Abraham, Isaac y Jacob, es para la resurrección: los patriarcas vivieron para Dios, y por eso ahora en ellos la resurrección manifiesta su poder. El “Dios de vivos” nos resucitará en el último día.

Quizás podamos aprender del Señor, que a la hora de responder a los que le interrogan tiene claro dónde fundamentar su respuesta: en la Sagrada Escritura. El Señor, maestro e intérprete de la Escritura, nos enseña que las respuestas que pueden darse a los misterios de Dios encuentran su base en la Palabra de Dios, no en imaginaciones, cuentos o sueños. Dios en la Escritura revela su misterio, o al menos nos abre a él. Así, y esto tiene que ser lo más importante, Jesús quiere fortalecer en nosotros la fe en la resurrección.

Él habría podido utilizar el episodio de los macabeos que escuchamos en la primera lectura de hoy, impresionante testimonio de fe: “El rey del universo nos resucitará para una vida eterna”. Tanto impacta a la Iglesia la fe de aquella familia judía, que nos hace responder a esa lectura con la confesión de fe del salmo: “Al despertar me saciaré de tu semblante”. Cuando nuestro cuerpo duerma el sueño de la muerte, este sueño no será para él destructor, sino reparador: permitirá que, transformados, glorificados, despertemos para la vida eterna, para contemplar eternamente cara a cara al Señor. Sí, Cristo no ha venido para darnos una vida que pasa, sino una vida eterna.

Esto que nos enseña el fin del año litúrgico, nos lo enseña cada día la celebración de la eucaristía. Cristo viene a ella no para darnos algo pasajero, sino aquello que nos transformará cuando se acabe el tiempo. Sólo aquello que haya sido lleno de amor quedará, pues el amor es el principio transformador de Dios, por eso estos domingos nos ofrecen una oportunidad de renovar nuestra fe en la vida eterna, la que Cristo tiene y nos da, pero también lo es para preguntarnos sobre la coherencia de nuestra fe en la resurrección final: ¿soy consciente de lo que va a pasar y lo que no va a pasar cuando llegue el fin? No podemos dejarnos llevar por películas, no por imaginaciones: la Sagrada Escritura es la medida correcta. ¿Vivo mi vida con la mirada puesta también en el fin? Nosotros no podemos dar eternidad, pero podemos recibirla por el amor. ¿Dónde está puesto nuestro amor?

Por último, la inminencia de la muerte acerca a los macabeos a su más preciosa confesión de fe, pero esta no es improvisada, se trabaja y se fortalece en la vida: ¿es mi vida una profesión de fe en la eternidad? Ante experiencias de muerte conocidas cercanas, ¿renuevo mi fe pascual? La serenidad no se improvisa. Es tiempo de aprender a creer en la vida eterna.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones

De la oración litúrgica a la oración personal…
un prefacio para orar en la fiesta de la Virgen María

 

En verdad es justo darte gracias, Padre santo,
fuente de la vida y de la alegría.
Porque en esta etapa final de la Historia
has querido revelarnos el misterio escondido desde siglos,
para que así el mundo entero retorne a la vida y recobre la esperanza.
En Cristo, nuevo Adán, y en María, nueva Eva,
se revela el misterio de tu Iglesia,
como primicia de la humanidad redimida.
Por este inefable don,
la creación entera, con la fuerza del Espíritu Santo,
emprende de nuevo su camino hacia la Pascua eterna.
Por eso, nosotros, unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos a una voz el himno de tu gloria: Santo, Santo, Santo.

 

 

Para la Semana

Lunes 7:
Tit 1,1-9. Establece presbíteros, siguiendo las instrucciones que te di.

Sal 23. Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor.

Lc 17,6. Si siete veces viene a decirte: “lo siento”, lo perdonarás.
Martes 8:
Dedicación de la Basílica de Letrán.

Ez 47,1-2.8-9.12. Vi que manaba agua del lado derecho del templo, y habrá vida dondequiera que llegue la corriente.

o bien: 1Co 3,9c-11.16-17. Sois templo de Dios.

Sal 45. El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada.

Jn 2,13-22. Hablaba del templo de su cuerpo.

Miércoles 9:

Nuestra Señora de la Almudena. Solemnidad.

Zc 2,14-17. Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo.

Sal Jdt 13.18-19. Tú eres el orgullo de nuestra raza.

Ap 21,3-5a. Vi la nueva Jerusalén arreglada como una novia que se adorna para su esposo.

Jn 19,25-27. Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre.

Jueves 10:

San León Magno, papa y doctor. Memoria.

Flm 7,20. Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido.

Sal 145. Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob.

Lc 17,20-25. El reino de Dios está dentro de vosotros.
Viernes 11:

San Martín de Tours, obispo. Memoria.

2Jn 4-9. Quien permanece en la doctrina posee al Padre y al Hijo.

Sal 118. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.

Lc 17,26-37. El día que se manifieste el Hijo del hombre.
Sábado 12:

San Josafat, obispo y mártir. Memoria.

3Jn 5-8. Debemos sostener a los hermanos, cooperando así en la propagación de la verdad.

Sal 111. Dichoso quien teme al Señor.

Lc 18,1-8. Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan.

 

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