Domingo de la 4ª semana de Pascua. – 07/05/2017

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Comentario Pastoral

TRES DEFINICIONES DE CRISTO

El diccionario dice que definir es “fijar con claridad, exactitud y precisión la significación de una palabra o la naturaleza de una cosa”. Hoy, en el evangelio de este cuarto domingo de Pascua, encontramos tres definiciones que hace Cristo de si mismo: es puerta, pastor y aprisco.

La experiencia cotidiana de cada persona está cargada de entradas y salidas de muchos edificios. Tenemos un manojo de llaves para abrir las puertas de nuestros usos y dominios. Pero la puerta no es sólo un vano en la pared o un armazón que protege.

En la Biblia se habla muchas veces de la puerta de la ciudad, que, fortificada, garantiza la seguridad de los ciudadanos. Franquear las puertas del templo significa acercarse a Dios; salvarse es penetrar por la puerta del cielo, que se abre a quien llama desde la fe. Jesús es la puerta de acceso al Padre, la puerta que introduce en los pastores donde se ofrecen libremente los bienes divinos. Los discípulos de Jesús deben ser siempre “puerta” abierta para los demás, y no pared de rebote o muro de choque. Y para que el cristiano aparezca ante el mundo como una “puerta” de entrada; como oferta de salvación, cada creyente tiene la responsabilidad de vaciarse de sí mismo para no ser un obstáculo.

Jesús es el único y buen pastor de la comunidad cristiana. Superando una idea bucólica o despectiva, hay que entender al pastor como el hombre de coraje, de audacia y de prudencia, que camina delante y conoce las ovejas. En lenguaje actualizado, el pastor es el líder y el guía. Desde las catacumbas, los cristianos siempre han reconocido a Jesús como el buen Pastor que da la vida por sus ovejas y muere como “cordero de Dios” para hacerse alimento de su rebaño. Por eso su ejemplo es camino para sus seguidores.

Jesús es también el aprisco del rebaño. En él se encuentra la defensa, el abrigo y el descanso. Él es el Reino de Dios, al que no se entra con astucia, corno los ladrones, ni con violencia, como los salteadores, sino en la fidelidad, en el servicio total, en la paz que es plenitud de bien.

En este domingo la Iglesia celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones- al sacerdocio y ministerios, a la vida misionera, a la profesión de los consejos evangélicos en la N ¡da religiosa o en institutos seculares. Es tarea permanente, pero más que nunca de este día, orar por las vocaciones consagradas: las que hay y las que tendría que haber. Para que sean puerta que abren el acceso a Dios y buenos pastores, como Jesús, para su pueblo.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Hechos de los apóstoles 2, l4a. 36-41 Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5.
san Pedro 2, 20-25 san Juan l0, 1-10

de la Palabra a la Vida

A pesar de no ser un lenguaje “actual” ni tampoco un ejemplo habitual de nuestra vida cotidiana, todos los que escuchamos a Jesús hablar acerca de que Él es un buen pastor y que nosotros somos sus ovejas, no nos sentimos heridos, sino al contrario, acogidos, cuidados, en paz con ese ejemplo.

Que Jesús se denomine a sí mismo “buen pastor” va precedido por el evangelio que se proclama hoy en el que explica, ampliamente, que Él es la puerta de las ovejas. Bien, tampoco es un ejemplo al que nos encontremos acostumbrados. Sin embargo, también podemos entenderlo: Quien entra por Jesús encontrará la salvación, porque otros han venido buscando su propia gloria, pero Cristo ha venido para hacer la voluntad del Padre. Por eso, Cristo es la puerta por el que tiene que entrar quien quiera recibir su salvación.

Así, san Pedro advierte en el día de Pentecostés sobre la importancia de esta única puerta verdadera, que pide la conversión y el bautismo. Ahora sí: la fe en Jesús tiene un signo que nos lo acerca, que nos lo hace accesible, que es el bautismo. Este, que es la puerta de los sacramentos, concede el don de la vida eterna de Cristo. El tiempo pascual es el tiempo bautismal por excelencia: las aguas consagradas en la noche de Pascua permanecen abiertas durante la Cincuentena para que los hijos de Dios entren por ellas al redil del buen pastor. Es por esto que nosotros no podemos dejar de hacer memoria del bautismo en este tiempo: si la imagen del buen pastor ha sido tomada desde muy antiguo como una de las que se emplean para hablar de la vida eterna, una vida de descanso, de auténtica armonía, en Cristo somos bautizados para entrar en la vida eterna.

Bien, pero, ¿y hasta que podamos verdaderamente “descansar”? ¿qué supone ese bautismo en nuestro día a día? En la segunda lectura, san Pedro nos advertía de forma clara, pues el padecimiento, como oveja, como “cordero llevado al matadero” del buen pastor, ha curado nuestras heridas. Nos toca morir a nuestros pecados y vivir en la justicia, pues así es como Cristo ha obrado muriendo por nuestros pecados. He aquí la vida nueva puesta en obra: si en la celebración de la Iglesia recibimos la vida nueva, la gracia, es a continuación, en la vida cotidiana, donde esta gracia invisible se hace visible por nuestra renuncia al pecado. El Señor ha abierto para nosotros las puertas a una vida como la suya, y lo ha hecho abriendo las puertas de la gracia: la bondad y la misericordia del Señor nos llaman a una exigencia de vida nueva, no como antes.

Así podemos ver cómo la conversión cuaresmal prepara para una conversión que dura toda la vida, que es la propia del bautizado que, por la acción interna de la gracia, va transformando toda su existencia, sus criterios, sus decisiones, se va viendo llamado por el Señor a pasar por Él, que es la puerta, y a confiar en su camino. Porque sí, el camino del que sigue a Cristo, buen pastor, es un camino que requiere un abajamiento constante. ¿Acepto la propuesta de seguimiento del Señor?.

Al igual que el domingo pasado, con los de Emaús, Cristo se muestra en la Pascua como el que no deja de acompañar al hombre, como el que sabe por dónde debe llevarlo y hacerlo avanzar. Quizás es buen momento para que su acompañamiento asuma un protagonismo en mi vida que va más allá de edades y proyectos.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal:
El prefacio de la Virgen María del Cenáculo

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque nos has dado en la Iglesia primitiva
un ejemplo de oración y de unidad admirables:
la Madre de Jesús, orando con los apóstoles.
La que esperó en oración la venida de Cristo
invoca al Defensor prometido con ruegos ardientes;
y quien en la encarnación de la Palabra
fue cubierta con la sombra del Espíritu,
de nuevo es colmada de gracia por el Don divino
en el nacimiento de tu nuevo pueblo.
Por eso la Santísima Virgen María,
vigilante en la oración y fervorosa en la caridad,
es figura de la Iglesia
que, enriquecida con los dones del Espíritu,
aguarda expectante la segunda venida de Cristo.
Por él, los ángeles y los arcángeles te adoran eternamente,
gozosos en tu presencia.
Permítenos unirnos a sus voces cantando tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…

 

 

Para la Semana

Lunes 8:

Hechos 11,1-18. También a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida.

Sal 141. Mi alma tiene sed de ti, Dios vivo.

Juan 10, 11 -1 S. El buen pastor da la vida por las ovejas.
Martes 9:

Hechos 11,19-26. Se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles al Señor Jesús.

Sal 86. Alabad al Señor, todas las naciones.

Juan 10,22-30. Yo y el Padre somos uno.

Miércoles 10:
San Juan de Ávila, presbítero y doctor. Memoria.

Hechos 12,24-13,5a. Apartarme a Bernabé y a Saulo.

Sal 66. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

Juan 12,44-50. Yo he venido al mundo como luz.
Jueves 11:

Hechos 13,13-25. Dios sacó de la descendencia de David un salvador.

Sal 88. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

Juan 13,16,20 El que recibe a mi enviado me recibe a mí.
Viernes 12:

Hechos 13,26-33. Dios ha cumplido la promesa resucitando a  Jesús.

Sal 2. Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy

Juan 14,1-6. Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.
Sábado 13:

Hechos 13,44-52. Sabed que nos dedicamos a los gentiles.

Sal 97. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Juan 14,7-14. Quien me ha visto a mi ha visto al Padre.


Domingo de la 3ª Semana de Pascua – 30/04/2017

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Comentario Pastoral

RECONOCER A CRISTO EN LA ALEGRÍA DE LA FE

E1 evangelista San Lucas habla de dos discípulos de Emaús, comentarista solitario de los hechos acaecidos en Jerusalén. Pero cuántos discípulos de Emaús han existido a lo largo de la historia: los caminantes en soledad por las múltiples calzadas de la vida, los pensadores aislados que rumían ilusiones perdidas. Los pesimistas miopes ante los acontecimientos que configuran el misterio de la existencia. Los discípulos de Emaús, de quienes habla el evangelio de este tercer domingo de Pascua, están tristes porque creían muerto a Cristo; muchos cristianos de hoy están tristes a pesar de creerlo vivo y haber proclamado su resurrección en la Noche Santa.

Es un misterio que Dios camine al lado del hombre, sin darse a conocer de entrada. No deja de ser sorprendente que Cristo esté cerca de cada uno en el mismo momento en que se deplora su ausencia. Jesús va de camino con todos.

La tristeza y el pesimismo se esgrime como razón evidente y natural ante las dificultades de la vida y ante los forasteros que se acercan para plantear cuestiones como si viviesen en la utopía o en la luna. Y se manifiestan argumentos que no convencen: “algunas mujeres vinieron diciendo… algunos de los nuestros fueron también al sepulcro… pero a él no le vieron”

Es verdad que el creyente necesita la explicación de las Escrituras para poder creer lo anunciado, es decir, ver la historia del pasado cumplida en el presente. Cuando se recibe limpiamente la iluminación de la Palabra de Dios se supera la radical necedad y torpeza humana.

La conversación del camino a Emaús se concluye con una invitación a compartir la mesa del atardecer. El compañero todavía desconocido, que había impresionado a los dos discípulos por la autoridad y conocimiento con que hablaba de las Escrituras, bendijo, partió y dio el pan. La Palabra se hizo comida, sacramento, y el amigo hasta entonces visible se hace invisible desde este momento. Los que habían visto sin conocer, ahora conocen sin ver. No son los ojos de la cara, sino los de la fe los que permiten ver resucitado a Cristo.

Se levantaron y desandaron el camino para ir al encuentro de los demás y comunicarles que habían reconocido a Jesús en el gozo de la fracción del pan. Solamente desde la experiencia pascual se puede entender la Palabra que se cumple en la Eucaristía.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33 Sal 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11
San Pedro 1, 17 – 21 San Lucas 24, 13-35

de la Palabra a la Vida

No se puede dar testimonio de la resurrección de Jesucristo sin la Sagrada Escritura, pues es esta la que da el primer testimonio de la resurrección de Jesucristo. La Iglesia, que sabe esto bien, ha dedicado cuarenta días intensos a orar con la Palabra de Dios. Nos ha alimentado durante la Cuaresma con el pan de la Palabra de Dios, para que ahora en la Pascua, sucedido el misterio de gloria, valoremos lo que hemos recibido y, con certeza, lo vivamos en la alegría correspondiente.
Lo que Cristo enseña a los discípulos de Emaús mientras van de camino es esto: que no se puede entender lo que Cristo ha hecho, lo que Cristo es, sin llevar en lo profundo del corazón la Palabra de Dios.

El camino que aquellos dos discípulos realizaban lo hacemos tan a menudo nosotros en la vida, ese camino que, ante lo que nos ha superado, ante lo que no ha salido según nuestra expectativa, no se aferra a la Palabra de Dios sino al lamento, a la decepción… Pero Cristo se manifiesta ante ellos como se ha manifestado a lo largo de toda la historia: Él es el que nos acompaña. Pacientemente nos acompaña. Su compañía puede parecernos unas veces más activa que otras, más clara que otras, pero es indudable. Sólo requiere que no nos dejemos llevar por lo aparente, por lo sensible, por lo inmediato, para que seamos capaces de descubrir su presencia permanente escuchándonos, animándonos, explicándonos. De hecho el que nos ha acompañado en su Palabra, nos acompaña ahora para hacer que la entendamos.

El apóstol Pedro es el exponente claro de esto mismo. Pedro ha aprendido lo que Cristo ha hecho con los dos de Emaús, lo que tantas veces hizo con los Doce. Pedro ha aprendido que Cristo explica las Escrituras de una forma muy peculiar: haciéndoles ver que estas hablan de Él y de su Pascua. Solamente con esa forma de fe pueden interpretarse los libros escritos con fe, y así hace Pedro en la primera lectura, cuando toma el Salmo 15 y lo interpreta como referido a la Pascua del Señor. No era de David de quien hablaba, que murió y no resucitó, sino que hablaba de Cristo. Igualmente, en la segunda lectura, cuando toma toda la tradición del cordero pascual y del profeta Isaías para explicar que Jesús, en la cruz, ha cumplido plenamente lo que anunciaban los corderos. Así, Cristo ha acompañado a su pueblo por la Palabra. En verdad, en el relato de los dos de Emaús, se nos estaba anunciando cómo aprender a leer la Escritura, cómo estamos de necesitados de, en tantas ocasiones, no dejarnos vencer por el desánimo o la falta de fuerzas, sino confiar en la Palabra que se nos ha dado como alimento. La Iglesia nos sigue dando esa Palabra cada día, nos pone en ese camino para que no nos dejemos ahogar por nuestras decepciones, sino que seamos capaces de descubrir a Cristo que nos acompaña.

La Iglesia ha aprendido como Pedro, y sólo espera de nosotros esa actitud de querer escuchar, de querer acoger, de querer cambiar y de querer contar, tal y como hicieron los de Emaús. El resucitado nos acompaña, con su Palabra y con su Sangre, como nos dice hoy la Liturgia de la Palabra, pero la cuestión ha de ser cómo afrontamos nosotros la decepción. Si nosotros aceptamos salir de nuestras cosas a la voz de la Palabra de Dios. Porque, si no lo hacemos, siempre pensaremos que estamos solos, que no nos queda esperanza, que sálvese quien pueda. Pero si aceptamos escuchar la Buena Noticia… entonces todo tiene color, aunque para que así sea yo tenga que vencer mis propias resistencias.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal:
El prefacio de la Virgen María, fuente de la luz y de la vida

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque estableciste, por un don de tu amor,
que en los sacramentos de la Iglesia
se realizaramísticamente lo que se había cumplido en la Virgen María:
la Iglesia da a luz en la fuente del Bautismo
a nuevos hijos concebidos virginalmente por la fe y el Espíritu;
una vez nacidos, los unge con el aceite precioso del Crisma,
para que el Espíritu Santo, que colmó de gracia a la Virgen,
descienda con sus dones sobre ellos;
y además prepara cada día la Mesa a sus hijos,
para alimentarlos con el Pan bajado del cielo,
que la Virgen María dio a luz para vida del mundo, Jesucristo, Señor nuestro.
Por él,
los ángeles y los arcángeles te adoran eternamente,
gozosos en tu presencia.
Permítenos unirnos a sus voces cantando tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 1:

Hechos 6,8-15. No lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba.

Sal 118. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.

Juan 6,22-29. Trabajad no por el alimento que parece sitio por el alimento que perdura para la vida eterna.

Martes 2:
San Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia. Memoria.

Hechos 7,51-8,1 a. Señor Jesús, recibe mi espíritu.

Sal 30. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu

Juan 6,30-35. No fue Moisés, sino que es mi Padre el que da el verdadero
Miércoles 3:
San Felipe y Santiago, apóstoles. Feria.

Hechos 8,1b-8. Al ir de un lugar a otro, iban difundiendo el Evangelio.

Sal 18. A toda la tierra alcanza su pregón.

Juan 6,35-40. Esta es la voluntad del Padre; que todo el que ve al Hijo tenga vida eterna,

Jueves 4:
San José María Rubio, presbítero. Memoria.

Hechos 8,26-40. Siguió su viaje lleno de alegría.

Sal 65. Aclamad al Señor, tierra entera.

Juan 6,44-51. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.

Viernes 5:

Hechos 9,1-20. Es un instrumento elegido por mi para dar a conocer mi nombre a los pueblos.

Sal 116. Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.

Juan 6,52-59. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

Sábado 6:
Hch 9,31-42. La Iglesia se iba construyendo y se multiplicaba animada por el Espíritu Santo.

Sal 115. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Jn 6,60-69. ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.


Domingo de la 2ª Semana de Pascua – 23/04/2017

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Comentario Pastoral

¿HAY QUE CREER SOLO EN LO QUE SE TOCA?

En este domingo que clausura la octava de Pascua, volvemos los ojos al apóstol Tomás, el escéptico, el incrédulo, el terco, el modelo de los realistas, de todos los pesimistas, de los que desconfían cuando las cosas salen bien. Santo Tomás es, como muchos hombres modernos, un existencialista que no cree más que en lo que toca, porque no quiere vivir de ilusiones; un pesimista audaz que no duda en enfrentarse con el mal, pero que no se atreve a creer en la dicha. Para él, y para otros muchos, lo peor es siempre lo más seguro.

Pienso que lo que más conmueve, lo que hacen tan fraternal al apóstol Santo Tomás en su violenta resistencia. Porque ha sufrido más que nadie en la pasión del Maestro, no quiere arriesgarse a esperar. Le pasó lo que le ocurre al hombre moderno: el que no tiene ilusión en la vida, es un iluso lleno de ilusiones. En este tiempo en que vivimos en que se cree tan poco, en el que abundan tantos ateos y agnósticos, es cuando más se sufre por la falta de fe. Quizá sufrir por no creer es una forma discreta, humilde, trágica, desgarradora, leal, de empezar a creer.

El apóstol Tomás puso unas condiciones muy exigentes para creer en la resurrección: “si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. Jesús acepta estas exigencias con tierna docilidad: ‘Tomás, mete tu dedo … mete tu mano … no seas incrédulo, sino creyente”. Y Tomás se sintió completamente conmovido, porque nunca se había imaginado que Cristo atendiese un deseo tan difícil y absurdo. El peor castigo que se puede dar a quien no quiere creer es concederlo aquello que se pone como condición indispensable para llegar a la fe.

El “credo” de Santo Tomás es tan breve como sincero y espontáneo: “Señor mío y Dios mío”. Oración tan viva sólo puede pronunciarse de rodillas, con emoción. Los creyentes de todos los siglos siempre le han agradecido este hermoso y deslumbrante acto de fe.

Y conviene sacar conclusiones. Es preciso no ser tan testarudos y admitir el testimonio fraterno; es conveniente no exigir pruebas, no sea que nos veamos obligados a pasar por los agujeros de los clavos y la lanza, para después encontrarnos con Cristo resucitado. La Fe es una conquista, una iluminación, una experiencia nueva, una declaración gozosa, un anuncio pascual: “Hemos visto al Señor”.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Hechos de los apóstoles 2, 42-47 Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24
san Pedro 1, 3-9 san Juan 20, 19-31

de la Palabra a la vida

Los tres ciclos dominicales mantienen como evangelio del segundo domingo de Pascua el relato de la aparición del Señor a Tomás y a los otros once para llamarlos a la fe. ¡Qué importante sería, para aquellos que habían recibido la fe en el bautismo la noche de Pascua volver a la iglesia el siguiente domingo y escuchar de labios del Señor: “Dichosos los que crean sin haber visto”! Sin duda, ellos mismos se reconocerían en aquellas palabras y podrían recibir la alegría del Resucitado, el sello a su fe recién nacida.

La confirmación de su fe, por tanto, la concede la Iglesia: al participar de los sacramentos, el creyente se da cuenta de que la Iglesia le está acogiendo y ofreciendo su propia fe. El pasaje evangélico de hoy no es, entonces, la anécdota acerca de cuándo creyó Tomás, sino de cómo la fe de Tomás es, ciertamente, la fe que la comunidad ya tiene, que ha recibido antes al ver al Señor. La fe personal se descubre en toda su amplitud solamente cuando se la reconoce como parte de una fe mayor que es la fe de la Iglesia, que la misma comunidad ha dado, ha ofrecido misteriosamente al que la recibe.

De ahí que la vivencia de la alegría pascual tenga su marco precioso en la primera lectura, tomada del libro de los Hechos de los apóstoles. Cuatro elementos manifiestan la unidad del creyente con la comunidad que Jesús ha comenzado. En esos cuatro elementos se verifica el vínculo del creyente con la comunidad que cree lo mismo, y en ellos se fortalece: “Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones”. La unidad que Jesús pide al Padre en Jn 17 se manifiesta en estos cuatro signos en los que la comunidad está unida al Cristo que la ha fundado. La escucha de la palabra de los apóstoles es esencial porque ellos han sido, como relata el evangelio, los testigos de la resurrección. Por eso, en la escucha de la palabra el cristiano no se entretiene, no está en otras cosas: la Escritura da testimonio de la resurrección de Cristo, y aquellos que tenían tan cercano el acontecimiento pascual fundante, nos dan un ejemplo inmenso a nosotros, que lo necesitamos recordar sin aquellos que lo vieron.

Esa experiencia pascual es el fundamento de la vida en común. Así de claro lo dice Hechos, pero a la vez así de duro: los cristianos no están unidos con los que se llevan bien, con lo que se caen simpáticos o los que piensan en todo como yo. Lo que nos une es una misma fe pascual. Y el darse a otros, el compartir, el animar, el poner lo que uno tiene en común es, entonces, consecuencia, de la experiencia de la resurrección de Cristo, que comparte su vida eterna con nosotros. Por eso, tan concreta como es la fe en la resurrección del Señor, lo debe ser la comunión de bienes, materiales e inmateriales. Esa comunión lo es del pan “único y partido”. En ese gesto de partir el pan, la Iglesia ha visto la eucaristía. Esa fracción fortalece la comunión de los miembros. Por eso, el II domingo de Pascua es una invitación que la Iglesia nos hace contemplar la comunidad que ha nacido del misterio pascual, de la muerte y resurrección de Cristo. No es un grupo como otros, pues contiene en sí la vida del Resucitado, que no es uno como otros.

¿Cómo es mi experiencia de Iglesia? ¿Me reconozco en la comunión de esos cuatro elementos? ¿Pongo mi fe personal a la luz de la fe eclesial, para que la ilumine y fortalezca? ¿Valoro la palabra de los testigos de la resurrección, los sucesores de los apóstoles, como para dejar que esa fe eduque la mía? Si no somos capaces de encontrarnos en esos cuatro aspectos, o si no ponemos nuestra fe a la luz del Magisterio de los obispos, corremos el riesgo -grande, muy grande- de correr en vano por el camino del Señor y su unidad.

Diego Figueroa



al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal:
El prefacio de la fiesta de san Isidoro de Sevilla (26 de abril)

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
Porque nos concedes la alegría
de celebrar hoy
la fiesta de san Isidoro,
y fortaleces a tu Iglesia
con el ejemplo de su vida,
la abundancia de su doctrina
y la luz de su saber:
de este modo
la instruyes con su palabra
y la proteges con su intercesión.
Por eso,
nos asociamos al júbilo de los coros celestiales
y, llenos de su misma alegría,
proclamamos tu gloria, diciendo:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 24:

Hechos 4,23-31, Al terminar la oración, los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios.

Sal 2. Dichosos los que se refugian en ti, Señor.

Juan 3,1-8. El que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios.
Martes 25:
San Marcos, evangelista. Fiesta

1Pe5,5b-14. Os saluda Marcos, mi hijo.

Sal 88. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

Marcos 16,15-20. Proclamad el Evangelio a toda la creación.
Miércoles 26:
San Isidoro, obispo y doctor. Fiesta

1Co 2,1-10. Vuestra fe se apoye en el poder de Dios.

Sal 118. Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero.

Mateo 5,13-16. Vosotros sois la luz del mundo.
Jueves 27:

Hechos 5,27-33. Testigo de esto somos nosotros y el Espíritu Santo.

Sal 33. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.

Juan 3,31-36. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano.

Viernes 28:

Hechos 5,34-42. Salieron contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre del Señor.

Sal 26. Una cosa pido al Señor: habitar en su casa.

Juan 6,1-15. Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron.

Sábado 29:
Santa Catalina de Siena, virgen y doctora, patrona de Europa. Fiesta

1 Juan 1,5-2,2. La Sangre de Jesús nos limpia los pecados.

Sal 102. Bendice, alma mía, al Señor.

Mateo 11,25-30. Has escondido estas cosas a los sabios y las has revelado a la gente sencilla.


Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor: Misa del día – 16/04/2017

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Comentario Pastoral

EL GOZO DE LA PASCUA

La alegría que cantan las campanas, los aleluyas que resuenan en el templo son signos claros del gozo nuevo de este día bendito de Pascua. No somos cristianos por el hecho de creer en el pecado, en la cruz, en el sufrimiento y en la muerte, somos cristianos porque creemos en el perdón, en la alegría, en la liberación, en la resurrección, en la Vida. El corazón de nuestra fe es una esperanza de que toda prueba se transforma en gracia, toda tristeza en alegría, toda muerte en resurrección.

Pascua es la experiencia de que no estamos en el mundo como encerrados en un sepulcro, de que os ha liberado de la losa que reducía la existencia a oscuridad y esclavitud. Pascua es luz, gozo, vida nueva.

Para muchos la cuestión difícil no está en saber si tienen fe en la resurrección, sino en saber si sienten deseo de resucitar y si tienen ganas de vivir. Lo esencial no es resucitar dentro de diez, de veinte o de cincuenta años, sino vivir ahora como resucitados. Pascua significa que podemos resucitar, que podemos experimentar una vida nueva. El cristiano no cree en la vida futura, sino en la vida eterna, que ha comenzado ya, que se vive desde ahora.

Para que la Pascua sea una realidad plena se debe aceptar la muerte de esa roza de la propia alma en la que se está demasiado vivo: intereses, temores, tristezas, egoísmos. Y hay que resucitar en esa zona en la que estamos demasiado muertos: resucitar a la fe, a la esperanza, al perdón, al amor, a la paz, a la alegría. La comunión pascual es no absolutizar el pan de esta vida, para poder saborear el pan de la otra vida, pan de justicia, de sinceridad, de entrega, de fraternidad. No hay que celebrar solamente la resurrección que aconteció hace dos mil años, sino hay que intentar que la Pascua sea fiesta actual en la resurrección de los cristianos, que atestiguan ante el mundo que es posible morir y resucitar.

La gran prueba de que Cristo ha resucitado, de que Cristo vive es que su amor vive, que hay personal y comunidades que viven de su vida y que aman con su amor.

Es más fácil rezar ante un crucifijo que entre una imagen de la resurrección de Cristo. El que solamente conoce la cruz nos ha dado el paso hacia la pascua. La religión cristiana es la religión de la apertura a Dios y a los demás, de la alegría. La religión cristiana no es la religión de la ausencia, de la guardia ante la tumba vacía, sino religión de la presencia y de la resurrección.



Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43 Sal 117, 1-2. l6ab-17. 22-23
Colosenses 3, 1-4 san Juan 20, 1-9

de la Palabra a la Vida

“El día en que actuó el Señor”, tal y como canta el Salmo 117 e interpreta la Iglesia desde los primeros discursos en Hechos, es el día de Pascua. Es el día en el que el Padre ha infundido en Cristo el don del Espíritu para que el Hijo resucitara, el primero de todos. Porque “actuó el Señor”, los neófitos, recién bautizados, se alegran y pueden participar en la celebración sacramental de la Iglesia, pueden recibir el santo bautismo. A partir de ahora, ellos como bautizados, con el resto de los bautizados, tienen que tomar conciencia de que lo que hizo Cristo no quedó perdido en la noche de los tiempos: “ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba”. El bautismo supone participar de la muerte y resurrección de Cristo, ser criaturas nuevas.

El paso a ser nuevas criaturas que vemos en ellos por el bautismo, lo vemos directamente por la resurrección de Cristo en los discípulos, en el evangelio y en la primera lectura: desde hoy, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos acompañará cada día del tiempo de Pascua, para que podamos contemplar este misterio de transformación por obra de la gracia.

Si, en la noche de Pascua, la Iglesia ha insistido en el hecho de la resurrección, en la mañana de Pascua nos invita a reflexionar sobre lo que ello supone. De forma análoga a lo que hacemos en la Nochebuena y la Navidad, la noche es para vivir el misterio, la mañana para la reflexión sobre lo vivido. Y la reflexión nos pone ante los discípulos que no habían entendido aún lo que decía la Escritura acerca de la resurrección. El apóstol, a quien Jesús tanto quería, no tiene problema en no disimular lo más mínimo esta ceguera.

Por eso, podemos echar una mirada aquí también, y una mirada esperanzada, a nuestra propia fe: vivieron con Jesús, le escucharon, contemplaron sus milagros, sus alusiones a la Pascua… tampoco habían entendido aún las Escrituras tal y como Él se las explicaba… hasta entrar en el misterio de la noche de Pascua. De hecho, en realidad, no creyeron hasta que no vieron, aunque fueron a ver el sepulcro vacío. ¡Que necesitados estamos constantemente de entrar en la noche de Pascua, de experimentar ese proceso de muerte y resurrección que Cristo anuncia! ¡Qué necesitados de escuchar, de escuchar, de escuchar en la celebración de la Iglesia! ¿Para qué? Para que seamos capaces de entender el misterio de Cristo unido a nosotros por el bautismo.

Pero podemos acercarnos a otro misterio importante: todo esto sucede en “el primer día de la semana”. He aquí el fundamento de nuestra celebración dominical. La semana comienza con el día del acontecimiento con el que la historia comienza y con el que se hace nueva. El domingo, la Iglesia celebra el día en que todo ha sido renovado, el día en que todo ha recibido su dirección definitiva, su sentido último. Los niños en catequesis, los adultos en nuestra vida cristiana, tenemos que vivir la referencia dominical. Perdida esta, da igual lo que celebremos, porque el domingo hace referencia a nuestra identidad. Y esto sí que lo vieron los apóstoles. El domingo no fue casual, fue fundamental, y por eso los encuentros desde
ahí y cada domingo. La Pascua de Cristo fue motivo de celebración como Pascua semanal. No de un rato de celebración, sino de un día especial. “Santificar las fiestas” ya tenía su sentido nuevo: celebrar el domingo, del cual la misa es lo principal, aunque nunca lo único.
¿Se diferencia mi sábado de mi domingo sólo en la misa? ¿En qué medida marca el domingo la semana que comienza para mí? ¿Es día de fiesta, de memoria de la Pascua? Es “el día en que actuó el Señor, nuestra alegría y nuestro gozo”. Cuidemos de esta alegría que hemos recibido como un gran tesoro: en ella está el poder de transformarnos según lo que hoy celebramos.

Diego Figueroa

 



al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal… el prefacio de la Virgen María en la resurrección del Señor

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias
siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque en la resurrección de Jesucristo, tu Hijo,
colmaste de alegría a la santísima Virgen
y premiaste maravillosamente su fe:
ella había concebido al Hijo creyendo,
y creyendo esperó su resurrección;
fuerte en la fe contempló de antemano
el día de la luz y de la vida,
en el que, desvanecida la noche de la muerte,
el mundo entero saltaría de gozo
y la Iglesia naciente, al ver de nuevo a su Señor inmortal,
se alegraría entusiasmada.
Por él, los ángeles te cantan con júbilo eterno,
y nosotros nos unimos a sus voces cantando humildemente tu alabanza…

 

 

Para la Semana

Lunes 17:

Hechos 2,14.22-23. A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.

Sal 15. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Mateo 28,815. Comunicad a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán.
Martes 18:

Hechos 2,36-41. Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en nombre de Jesucristo.

Sal 32. La misericordia del Señor llena la tierra.

Juan 20,1 1-18. He visto al Señor y ha dicho esto.
Miércoles 19:

Hechos 3,1-10. Te doy lo que tengo: en nombre de Jesús, levántate y anda.

Sal 104. Que se alegren los que buscan al Señor.

Lucas 24,13-38, Lo habían reconocido al partir el pan
Jueves 20:

Hechos 3,11-26. Matasteis al autor de la vida; pero Dios lo resucitó de entre los muertos.

Sal 8: Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es
tu nombre en toda la tierra!

Lucas 24,35-48. Así está escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día.
Viernes 21:

Hechos 4,1-12. No hay salvación en ningún otro.

Sal 117. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.

Juan 21,1-14. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Sábado 22:

Hechos 4,13-21. No podemos menos de contar lo que hemos visto y oído.

Sal 117. Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.

Marcos 16,9-15. Id al mundo entero y predicad el Evangelio.


Domingo de Ramos. Comienza la Semana Santa – 09/04/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

LOS SIGNOS DEL DOMINGO DE RAMOS

Es el último domingo de Cuaresma, que sirve de pórtico a la Semana Santa. La liturgia y la piedad popular se unen en la síntesis de este día, verdadera celebración dominical de la Pasión y, a la vez, conmemoración de la entrada de Jesús en Jerusalén. El título del domingo “de Ramos en la Pasión del Señor” revela bien el carácter paradójico y de contraste que asocia el triunfo de la entrada con el drama de la pasión. Importa, pues, reflexionar brevemente sobre los “signos” que pone de relieve la liturgia para comprender su significado.

1. La reunión. El primer signo es el de una reunión inhabitual en el exterior de la Iglesia. Es una convocatoria de los fieles que debe resaltar por su carácter festivo y popular.

2. El desarrollo. A diferencia de otros domingos, el de Ramos tiene un desenvolvimiento original y pedagógico para introducir en la dinámica del misterio pascual: bendición de los ramos,proclamación de la entrada solemne en Jerusalén, procesión a la iglesia, lectura de la Pasión, para terminar en la Eucaristía del Resucitado.

3. Los ramos. Como indican las oraciones de bendición, los ramos son destinados ante todo a festejar a Cristo Rey, y a aclamar el triunfo de Cristo. Habría que resaltar con algún gesto festivo, por ejemplo levantando los ramos uniformemente en algunos momentos del canto, su significado de aclamación. El altar o la cruz podrían estar adornados con algunos ramos.

4. La cruz. En torno a ella se reúnen los fieles. Podría ser una cruz grande, artística, bella, que sería llevada por varias personas, adultos y niños.

5. La procesión. Es una de las raras veces que este gesto colectivo se propone a los cristianos en domingo. Si no es posible realizar la procesión con toda la asamblea, al menos debe hacerse con alguna representación de sus componentes: niños, jóvenes, adultos, ancianos, religiosas, etc. Es la procesión litúrgica más significativa de toda la Semana Santa. Y para que salga bien debe prepararse con interés.

6. La Pasión. Es parte muy importante de la celebración. Puede ayudar a su recta proclamación la diversidad de lectores, las diferentes actitudes de la asamblea, las aclamaciones cantadas en algunos momentos.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 50, 4-7 Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24
san Pablo a los Filipenses 2, 6-11 san Mateo 27, 11-54

de la Palabra a la Vida

A finales del siglo IV, una peregrina a Tierra Santa relata la procesión que se lleva a cabo en Jerusalén cuando, el domingo previo a la Pascua del Señor, se conmemora la entrada del Señor en medio de palmas y alabanzas: el obispo, a la manera de Cristo, va montado en un asno, y es aclamado como al Señor en el evangelio. Este relato da a conocer una antigua costumbre que, poco a poco, empieza a ser imitada en toda la Iglesia. Así, ese domingo queda marcado por la entrada de Jesús en Jerusalén, reconocido como el Mesías liberador de su pueblo, el Hijo de David.

Los niños, igualmente, abren sus bocas para cantar y aclamar al Señor, que viene, y eso da lugar a que, por ejemplo, en España, con aquellos que van a ser bautizados en la noche de Pascua, se realicen dos ritos -por aquel entonces- prebautismales: el Effetá, donde se signan los labios de los catecúmenos para que se empleen para alabar a Dios, y la entrega del símbolo de la fe, que tendrán que profesar en la noche pascual. En Roma, y como preparación a la semana Santa, se leía el relato de la Pasión del Señor.

Valgan sólo estos detalles para entender ligeramente nuestra celebración y la Liturgia de la Palabra de hoy: en ella, las lecturas son una preparación clara para los misterios que se van a celebrar, pero la procesión inicial es un claro homenaje a Cristo Rey: el que viene, el que entra en Jerusalén, el agua de la vida, la luz del mundo, la vida eterna, entra aclamado en la Ciudad Santa para ser Rey, lo que sucederá de una forma misteriosa, pues no quitará de su trono a nadie sino que tendrá el suyo propio en una cruz de madera.

Siguiendo el orden de los evangelistas que se leen cada año, este año nos toca escuchar la Pasión según san Mateo. Para Mateo, además, como sabemos, Cristo es el nuevo Moisés, el verdadero liberador de su pueblo, el auténtico pastor de Israel. Las referencias, además, son constantes al salmo 22, que termina con la promesa de un reino que se extiende con una Alianza nueva, que Jesús va a sellar en su sangre. Por eso, Cristo es presentado en el relato evangélico a la luz de la fe, en relación con la Iglesia que va a nacer de esa Alianza.

Para los catecúmenos, el Misterio Pascual es presentado en estas lecturas, misterio del que va a nacer para ellos la vida eterna. Todo llega a su momento culminante, y escuchar estos relatos supone, como para nosotros, una invitación a entrar en el misterio, que se encuentra sintetizado en la lectura de san Pablo a los filipenses: el que se abajo será ensalzado. El sacramento bautismal será también entrar en ese misterio de abajamiento y elevación del agua, en la vida.

¿Y la Iglesia? ¿Y nosotros? Hemos vivido estas celebraciones tantas veces que podríamos pensar que no sucede nada nuevo, que ya conocemos los ritos, que es como siempre… Si hemos vivido la Cuaresma en la presencia del Señor, guiados por su Palabra, si hemos hecho ese camino de fe y hemos ido creciendo en la confianza en el Señor, si hemos confesado que Él es nuestro único Señor, entonces ahora sólo podemos pedir tener también nosotros “los mismos sentimientos de Cristo Jesús”. Que esa comunión se realice en la celebración de los misterios. ¿Cómo voy a vivir la Pasión de Cristo y el nacimiento de la Iglesia? ¿Qué tiempo voy a dedicar cada día a acompañar al Señor por Jerusalén, preparando y celebrando su Pascua? El misterio de la liturgia nos introduce en un misterio que luego tiene que ser acogido y vivido fuera de la iglesia, en casa, en el trabajo. Tengamos un espíritu bien dispuesto, sin trabas, deseoso de dejarse llevar por lo importante: nada tiene en estos días el peso y la fuerza que las celebraciones litúrgicas. Nada puede prepararse y vivirse mejor que ese tiempo.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal… el prefacio de la Virgen María, madre de la reconciliación

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias
y proclamar tus maravillas en todo y por todas las cosas.
Por tu inmensa bondad, no abandonas a los que andan extraviados,
sino que los llamas para que puedan volver a tu amor:
tú diste a la Virgen María, que no conoció el pecado,
un corazón misericordioso con los pecadores.
Éstos, percibiendo su amor de madre,
se refugian en ella implorando tu perdón;
al contemplar su espiritual belleza,
se esfuerzan por librarse de la fealdad del pecado,
y, al meditar sus palabras y ejemplos,
se sienten llamados a cumplir los mandatos de tu Hijo.
Por él, los ángeles te cantan con júbilo eterno,
y nosotros nos unimos a sus voces cantando humildemente tu alabanza…

 


Para la Semana

Lunes 10:
Lunes santo

Isaías 42,1-7. No gritará, no voceará por las calles.

Sal 26. El Señor es mi luz y mi salvación.

Juan 12,1 -11. Déjala, lo tenia guardado para el día de mi sepultura
Martes 11:
Martes santo

Isaías 49,1-6. Te hago luz. de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.

Sal 70. Mi boca contará tu salvación, Señor

Juan 13,21-33,36-38. Uno de vosotros me va a entregar … No cantará el gallo antes de que trie hayas negado tres veces.

Miércoles 12:
Miércoles santo

Isaías 50,4-9. No me escondí el rostro ante ultrajes.

Sal 68. Señor, que me escuche tu gran bondad el día de tu favor.

Mateo 26,14-25. El Hijo del hombre se va, como está escrito pero, ¡ay del que por quien es entregado!

Jueves 13:
Jueves santo

Éxodo 12,1-8.11-14. Prescripciones sobre la cena pascual.

Sal 115. El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo

1 Corintios 11.23-26, El cáliz que bendecimos es la comunión de ¡a sangre de Cristo.

Juan 13,1-15, Los amó hasta el extremo
Viernes 14:
Viernes santo. Celebración de la Pasión del Señor

Isaías 52,13-53,12, El fue traspasado por nuestras rebeliones.

Hebreos 4,14-16; 5,7-9. Aprendió a obedecer y se ha convenido para todos los que le obedecen en autor de salvación.

Juan 18,1-19,42. Lo crucificaron, y con él a otros dos.

Sábado 15:
Sábado santo. Vigilia Pascual

Génesis 1,1-2,1 Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno,

Sal 103. Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

o bien: Sal 32. La misericordia del Señor llena la tierra.

Génesis 22,1-8 El sacrificio de Abrahán. nuestro padre el, la fe.

Sal 15. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Éxodo 14,15-51.1. Los israelitas en medio del mar a pie enjuto

Salmo: Éx 15,1-18. Cantaré al Señor, sublime es su victoria

Isaías 54,5-14. Con misericordia eterna te quiere el Señor, tu redentor.

Sal. 29. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Isaías 55,1-11 Venid a mí y viviréis. Sellaré con vosotros alianza perpetua,

Sal Is 12,2-6. Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación.

Baruc 3,9-15.32-4.4. Caminad en la claridad del resplandor del Señor.

Sal 18. Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

Ezéquiel 36,16-28. Derramaré sobre vosotros agua pura y os daré un corazón nuevo,

Sal 41. Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío

Romanos 6,3-11. Cristo una vez, resucitado de entre los muertos, ya no muere más,

Sal 117. Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 24,1-12. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

 

Domingo de la 5ª semana de Cuaresma. – 02/04/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

¿QUIÉNES SON LOS MUERTOS?

El evangelio de la resurrección de Lázaro, texto tradicional en los formularios litúrgicos de Cuaresma, sirve de punto de referencia para analizar los sectores muertos que existen en la vivencia de la fe y en la práctica religiosa de los cristianos. Hay muchos puntos cerrados al Espíritu en la vida creyente, hay muchas desesperanzas en el testimonio de los bautizados, hay muchos brotes mortecinos de egoísmo comparables a la frialdad sepulcral.

Cristo sabía que su amigo Lázaro estaba gravemente enfermo, pero que esta enfermedad no acabaría en la muerte, sino que serviría para gloria de Dios. No deja de sorprender el contraste existente entre nuestra manera de pensar y la de Cristo, entre nuestro vocabulario y el suyo. Llamamos muerte a la enfermedad, al dolor, a la pobreza, a todo aquello que conduce a la muerte física. Sin embargo Cristo la llama “sueño”; por eso va a despertar a su amigo.

Hoy somos invitados a reflexionar sobre la muerte verdadera, de la que nos habla claramente San Pablo. Se trata de la muerte fruto del pecado, muerte de la que Cristo no nos puede resucitar sin nuestra propia voluntad. Hay muchos vivientes que andan como muertos, porque les falta el Espíritu que da la verdadera vida. Hay muchos que soportan enfermedades irreversibles, que aceptan la cruz del desprendimiento total, la muerte física, sabiendo desde la fe que es camino de resurrección y de vida eterna.

Jesús llegó tarde. Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Alguno de sus discípulos pensó que lo único que podía hacer el Maestro era dar a sus hermanas un conmovido pésame. Por eso no se extrañó de que el amor hacia el amigo muerto provocase sollozos y llanto. Jesús no era un hombre impasible; la fe no hace perder al cristiano la auténtica sensibilidad.

Junto a la tumba del amigo fallecido suenan solemnes las palabras de Jesús: “quitad la losa”, es decir, quitad lo que separa, lo que aísla. E inmediatamente pronuncia la acción de gracias al Padre. ¡Qué gran ejemplo el de Cristo: dar gracias al comienzo sin esperar al final! Todos debemos escuchar el grito de Jesús que nos manda salir fuera del sepulcro y nos llama a superar la rigidez, el inmovilismo, la frialdad, las ligaduras terrenas y la esclavitud del pecado para vivir como resucitados.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Ezequiel 37, 12-14 Sal 129, 1-2. 3-4ab. 4c-6. 7-8
san Pablo a los Romanos 8, 8-11 Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45

de la Palabra a la Vida

La revelación bautismal más explícita la encontramos en este quinto domingo, punto culminante de la catequesis previa al bautismo: “Yo os haré salir de vuestros sepulcros”: la promesa de Dios a su pueblo encuentra su realización cuando Cristo saca del sepulcro a un hijo del pueblo de Israel. ¿Cómo no iba a resonar en nosotros, en las palabras del profeta, la acción de Cristo con su amigo Lázaro? Si del seno de una madre somos engendrados a la vida natural, del seno de la madre Iglesia, de la fuente bautismal, somos engendrados a la vida sobrenatural, la vida eterna.

Por eso, Jesús advierte: “Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mí no morirá para siempre”, que entronca con las enseñanzas previas que hemos recibido: “Yo soy el agua viva”, “Yo soy la luz del mundo”, reclama ahora la profesión de fe: “Tú eres el Mesías”. Ante una declaración solemne como la que hace Cristo antes de resucitar a Lázaro no caben anbigüedades: O eres Dios y puedes devolver la vida, o no lo eres y no puedes devolverla. No hay trucos lingüísticos ni nada parecido.

El catecúmeno llega ante la profesión de fe en su tercer escrutinio: Si confiesa como las hermanas de Lázaro, “si crees, verás la gloria de Dios”. Esto es lo que tiene que reconocer, que el bautismo va a suponer que el que ha nacido para la muerte, que el que ha recibido una vida caduca, por pura gracia es salvado, por pura gracia recibe una llamada, un grito del Mesías para vivir para siempre. En Lázaro es aún un revivir temporal, pues nadie resucita a la vida eterna hasta que Cristo lo hace, pero ya se ha manifestado el poder que tiene.

Para el catecúmeno es impresionante esta declaración, pero no lo es menos para la Iglesia, pues los cristianos escuchan que las palabras del Señor le sirven para decir del catecúmeno: “Tu hermano resucitará” ¿Es eso lo que creemos de los bautizados? ¿Creemos que por el bautismo los hermanos resucitarán? Es, sin duda, la afirmación que el cristiano puede ofrecer al mundo hoy. Ante la muerte y todo lo que significa “la cultura de la muerte”, el cristiano tiene una palabra que no está vacía sobre la vida, y es que lo que nosotros creemos es que Cristo, nuestro hermano, ha resucitado. Que verdaderamente ha resucitado.

Si, en este quinto domingo de Cuaresma, somos capaces de confesar, de esperar que nuestro hermano Cristo resucitará, tal y como celebramos en el misterio, en la noche pascual, entonces podemos adentrarnos decididamente en la Semana Santa. La intensa lección de la resurrección de Lázaro alcanza a todos. El diálogo con Marta y María se convierte en un diálogo con la Iglesia, que ha recibido del Señor ese poder de dar vida eterna en los sacramentos. ¿Crees que tu hermano, Cristo, resucitará, que ha resucitado una vez para siempre? Pues entra en las aguas del bautismo, recibe la vida que tiene Cristo. Un hijo de Adán va a resucitar, y todos con Él. La Iglesia se alegra esperanzada, pues se ha unido a Cristo, su esposo, y goza de los mismos bienes que Él.

La resurrección de Lázaro es el signo del restablecimiento de la creación en su esplendor primero. Todo, desde la propia vida, va a ser renovado en Cristo, pero antes de que suceda, en Lázaro se nos anuncia, y en cada cristiano se nos anuncia… ninguno por mérito propio, luego todos por don divino, han sido llamados “desde lo hondo”, de lo profundo del pecado, hasta la vida nueva. ¿Miro a los cristianos como hermanos, como signos de la vida nueva que Cristo nos da? ¿Alabo el Señor por los nuevos hijos? La enseñanza eclesial es aquí importante: ¿Mi relación con los cristianos es de hermanos, o es algo más lejano, más casual?

Si con intensidad meditamos en todo lo que aquí se confiesa, estamos en camino para entrar con el Señor en Jerusalén, ya a las puertas, en Betania.

Diego Figueroa

 




al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal… el prefacio de la Virgen María, confiada como madre a los discípulos

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias
siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque junto a la cruz de Jesús,
por voluntad suya se establece, entre la Virgen y los fieles discípulos,
un fuerte vínculo de amor:
María es confiada como madre a los discípulos,
y éstos la reciben como herencia preciosa del Maestro.
Así, será para siempre la madre de los creyentes,
que encontrarán en ella refugio seguro.
Ella ama al Hijo en los hijos,
y éstos, escuchando los consejos de la Madre,
cumplen las palabras del Maestro.
Por él, los ángeles y los arcángeles te adoran eternamente,
gozosos en tu presencia.
Permítenos unirnos a sus voces cantando tu alabanza…

 


Para la Semana

Lunes 3:

Daniel 13,1-9,15-17,19-30.33-62, Ahora tengo que morir siendo inocente.

Sal 22. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.

Juan 8,1 -11, El que esté sin pecado que tire la primera piedra,

Martes 4:

Números 21,4-9. Los mordidos por serpientes quedarán sanos al mirar a la serpiente de bronce.

Sal 101. Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti.

Juan 8,21-30. Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy.
Miércoles 5:

Daniel 3,14-20,91-92,95. Dios envió a su ángel a librar a sus siervos.

Salmo: Dn 3,52-56. A ti gloria y alabanza por los siglos.

Juan 8,31-42. Si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres.
Jueves 6:

Génesis 17,3-9. Te hago padre de muchedumbre de pueblos.

Sal 104. R. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

Juan 8,51-59. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensandi ver mi día.
Viernes 7:

Jeremías 20,10-13. El Señor es mi fuerte defensor.

Sal 17. En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó.

Juan 10,31-42. Intentaron detenerle, pero se les escabulló de las manos.
Sábado 8:

Ezéquiel 37,21-28. Los haré una sola nación.

Jer 31-10-13. El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.

Juan 11,45-57- para reunir a los hijos de Dios dispersos.


Domingo de la 4ª semana de Cuaresma. – 26/03/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

INTERROGANTES DESDE LA EXISTENCIA DEL MAL

Ante e1 mal, ante la muerte, la enfermedad, la radical deficiencia física, muchos hacen actual la pregunta de los discípulos a Cristo, que se lee en el evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma: ¿,Quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?

Las desdichas e invalideces que sufren los hombres son un gran problema sobre el que se ha discutido mucho desde la ciencia y desde la religión. Cuando el hombre nace con taras físicas es difícil explicar el mal. Se dice que el mal es consecuencia del pecado y basta abrir los ojos para ver la prosperidad de muchos pecadores y la desgracia de personas realmente buenas. Además constatamos con frecuencia que los pecadores duermen con sueño beatífico, propio de los justos, mientras que los buenos y santos están a veces atormentados por el remordimiento y los escrúpulos. Es preciso reconocer que la razón humana se encuentra sin argumentos satisfactorios en este ámbito.

La hipótesis de que los hijos padecen el castigo de sus padres es antiguo testamentaria y tiene dificultades casi insalvables. ¿Por qué los hijos de los borrachos heredan una gran carga de miserias, mientras que el hijo del asesino está libre de ellas?

La explicación que da Cristo es la única válida: el mal y la tara de nacimiento solamente han sido autorizados por Dios para que se manifieste su gloria. El pecado del ciego de nacimiento es el de todos los hombres, el original; nacemos con limitaciones, somos ciegos.

El aparente remedio casero, y no milagro, de hacer barro con la saliva y ungir los ojos es enormemente expresivo. La saliva que proviene de la lengua es como la sustancia de la palabra, que mezclándose con el polvo de la tierra se aplica para liberar de oscuridades y producir la luz. Dice el evangelista San Juan: “La Palabra era la luz de los hombres”.

Cristo pide al ciego que vaya a lavarse a la piscina de Siloé. Es toda una enseñanza sobre el bautismo, que exige una decisión personal. El ciego se lavó y vió; y comenzó su misión de atestiguar que ve, para consternación de quienes hacen los esfuerzos más cómicos y ridículos por negar la evidencia. Cuando adquiere la segunda y más profunda visión de la fe, entonces se produce verdaderamente el milagro.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Samuel 16, lb. 6-7. 10-13a Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6
san Pablo a los Efesios 5, 8-14 san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

de la Palabra a la Vida

“Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. Así de contundente se expresa Cristo ante el ciego de nacimiento. Ya está san Juan jugando con esos dos niveles de comprensión; la ceguera física del que han encontrado por el camino, pero todos somos ciegos de nacimiento, hemos nacido cegados por el pecado y necesitamos ser lavados para poder ver, necesitamos ser iluminados para poder no fiarnos de las apariencias, como decía Dios al profeta en la primera lectura, y reconocer la presencia de Dios que ilumina al mundo. En esa tensión y en esa intensidad se desarrolla todo este capítulo nueve. El hombre por sí mismo no puede nada, no ve nada, sólo pura apariencia. Pero la luz de la fe le permite reconocer la verdad de lo que es el mundo, reconocer la presencia poderosa de Dios.

Así, como en la samaritana del domingo pasado, en el ciego de nacimiento se representa al género humano, ciego por el pecado de Adán y Eva. Ahora, el colirio de la fe abre nuestros ojos para que recibamos la luz. Jesús realiza un signo en presencia de todos al untar los ojos del ciego con barro, signo que se acompaña de una afirmación: “Yo soy la luz del mundo”. Si “Yo soy” es el nombre de Dios en el libro del Éxodo, Jesús se está presentando ante los hombres como el Dios, el único Dios verdadero, que ha venido para iluminar a los que estábamos en tinieblas. Vuelve a aparecer como el que se hace el encontradizo, y lo hace para dar al hombre lo que por sí mismo no puede darse.

Podemos caminar por cañadas oscuras, que el Señor con su cayado nos guía hacia lugares más apacibles. Así, la luz de Cristo se convierte en la luz que nos ilumina: “Cristo será tu luz”, decía san Pablo en la segunda lectura. Quien se deja iluminar por Cristo se convierte en hijo de la luz (cf. Ef 5,8s).

Para el catecúmeno, la catequesis con este evangelio, unida al segundo de los escrutinios, era evidente, y queda totalmente expresada con el agua del bautismo, que unida al barro del que está hecho el hombre dan origen a un hombre nuevo, que puede ver con la luz de la fe. El Señor ha iluminado al que había nacido a la vida natural, para poder recibir la luz sobrenatural: ahora está en condiciones de reconocer en el mundo la presencia de Cristo, que se ha hecho el encontradizo y le ha buscado, de tal forma que pueda reconocerlo como su Señor y postrarse ante Él. La sensibilidad con la que Juan dibuja a este ciego que ha comenzado a ver, su búsqueda y defensa de Jesús le hacen ver al catecúmeno, y nos hacen ver a nosotros, cómo Dios busca al hombre.

En la Cuaresma, mientras los hijos de Adán, los hijos de Eva, avanzamos por el desierto, una luz nos guía, la luz de Cristo. En la profunda oscuridad de la noche, Cristo viene por pura misericordia a iluminarnos. ¿Puede acaso brotar del corazón del hombre otra cosa que no sea humildad y agradecimiento? ¡Qué importante es volver una y otra vez sobre el don del bautismo para no caer en el pecado y en el alejamiento de Dios! ¡Qué regalo hace la Cuaresma a la Iglesia, a cada creyente, para que no crea que puede avanzar por el camino de la vida por un lugar que no sea el que Cristo ilumina! La ceguera que el resplandor de Cristo produce se va aclarando en la vida de la Iglesia, siempre en el misterio, siempre por la palabra de Cristo y la alabanza a Cristo.

Por eso no nos hace ningún mal volver la mirada hacia los catecúmenos de la Iglesia, sino que, al contrario, ellos nos permiten a los bautizados redescubrir el poder de esa luz. ¿Queremos seguir siendo iluminados por ella? ¿Aceptamos que el Señor nos saque de la oscuridad en que vivimos a veces para iluminarnos con su luz maravillosa? Estamos preparando ya claramente la Vigilia Pascual: el agua, la luz… sólo Cristo puede ofrecerse como Vida en la vida

Diego Figueroa

 



al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal… el prefacio de la Virgen María, junto a la cruz del Señor (II)

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
Porque, para reformar al género humano
has querido, con sabiduría infinita,
que la nueva Eva estuviera junto a la cruz del nuevo Adán,
a fin de que ella,
que por obra del Espíritu Santo fue su Madre,
por un nuevo don de tu bondad, comparta su pasión;
y los dolores que no sufrió al darlo a la luz,
los padeciera, inmensos al hacernos renacer para ti.
Por eso,
con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria…

 

 

Para la Semana

Lunes 27:

Isaías 65,17-21. Ya no se oirán gemidos ni llantos.

Sal 29. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

Juan 4,43-54. Anda, tu hijo está curado.

Martes 28:

Ezequiel 47,1-9.12. Vi que manaba el agua del lado derecho del templo, y habrá vida dondequiera que llegue la corriente.

Sal 45. El Señor del universo está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Juan 5,1-3.5-16. Al momento aquel hombre quedó sano.
Miércoles 29:

Isaías 49,8-15. He constituido alianza con el pueblo para restaurar el país.

Sal 144. El Señor es clemente y misericordioso

Juan 5,17,30. Lo mismo que el Padre resucita los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.

Jueves 30:

Éxodo 32,7-14, Arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo.

Sal 105. Acuérdate de nosotros, por amor a tu pueblo.

Juan 5,31-47. Hay uno que os acusa: Moisés, en quién tenéis vuestra esperanza.
Viernes 31:

Sábado 2,1 a. 12-22. Lo condenaremos a muerte ignominiosa.

Sal 33. El Señor está cerca de los atribulados.

Juan 7,1-2.10.25-30. Intentan agarrar a Jesús el justo, para matarlo, pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.

Sábado 1:

Jeremías 11, 18-20. Yo, como cordero manso, llevado al matadero.

Sal 7. Señor, Dios mío, a tí me acojo.

Juan 7,40-53. ¿Es que de Galilea va a venir el Mesías?


Domingo de la 3ª semana de Cuaresma – 19/03/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

LAS ENSEÑANZAS DE LA SAMARITANA

La Samaría es desde la antigüedad una tierra prohibida, una tierra de descreídos y de heréticos. Jesús llega a esta región, despreciada por los judíos, para revelar el secreto de su mesianidad a una mujer de costumbres fáciles, al tiempo que trastorna el concepto tradicional del templo en un país de cismáticos.

Jesús en un mediodía caluroso tiene sed y pide de beber. Es significativo que Cristo, que ha venido a dar y darse, muchas veces pida algo. Antes de nacer pide el “sí” a su madre. A Juan le pide que le bautice; a los apóstoles que le sigan. A Leví un puesto en la mesa. Pide un asno para entrar en Jerusalén y una habitación para celebrar la pascua. Su último grito en la cruz, “tengo sed”, es una petición. La lección que hay que sacar es clara: Cristo pide algo antes de devolver con creces. Todos podemos dar un vaso de agua.

El agua que ofrecen todos los pozos que se encuentran por los caminos del mundo solamente llegan a calmar de momento la sed del hombre. Cristo no quita valor al agua del pozo de Jacob, sino que se limita a poner de relieve su insuficiencia. Cristo no condena las aguas de la tierra, sino que ofrece el agua que salta hasta la vida eterna. La samaritana, que sólo piensa en el agua para la cocina y el lavado, es ahora la que pide: “Señor, dame esa agua; así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla”. Un agua de esa clase es una bicoca. Pero Jesús exige una sinceridad y conversión previa antes de dar el agua del evangelio. Hay que confesar nuestros falsos maridajes; es decir, la engañosa estabilidad, la ligereza que no comunica alegría, la desilusión raquítica del corazón para poder decir: “Señor, veo que eres un profeta”.

Y la samaritana se olvida del agua, del pozo, del cántaro. Ahora la preocupa el culto a Dios, después de darse cuenta de lo estéril que es darse culto a sí misma. Y Cristo le descubre que por encima de los montes sagrados, lo que el Padre busca es adoradores en espíritu y verdad. A la región exterior, a la teología de superficie que le presenta la samaritana, responde con la religión del espíritu, con la teología de las profundidades divinas. Dios no quiere hipocresías religiosas, sino el corazón del hombre, entregado libremente y con adhesión total.

Y la “buena nueva” de la presencia del Mesías es anunciada por los labios de una pecadora, que se limita a conducir a Jesús a sus paisanos, ofreciéndoles su propio doloroso testimonio: “Me ha dicho todo lo que he hecho”.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Éxodo 17, 3-7 Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9
san Pablo a los Romanos 5, 1-2. 5-8 san Juan 4, 5-15. M-26, 39a. 40-42

de la Palabra a la Vida

Los evangelios de los próximos tres domingos sólo se entienden si no perdemos de vista que el tiempo de Cuaresma es para la Iglesia no sólo penitencial (para los ya bautizados) sino también catecumenal (para los que serán bautizados en la vigilia pascual). Durante los próximos domingos se nos da a la Iglesia una catequesis que no viene nada mal sobre el bautismo. El bautizado se encuentra en el sacramento con Cristo, y es necesario prepararlo para ese misterio. Son las tres catequesis tradicionales sobre el bautismo que encontramos en el evangelio según san Juan. En el bautismo, y para toda la vida, Cristo es agua, luz y vida. El que es bautizado recibe el agua de la vida, agua que lava del pecado y calma en el neófito la sed de Dios que ha reconocido en su interior. Recibirá la luz de la fe que le ilumine y le permita ver lo que el pecado ha cegado. Recibirá el don de la vida eterna, a la que se nace por la acción del Espíritu.

El encuentro de Jesús con la samaritana, por tanto, nos advierte de que en el bautismo es saciada la sed del que viene al agua; no al pozo de Sicar, sino a Cristo. Él es el pozo del que brota el agua de la vida eterna; Él, que ya estaba prefigurado, en la roca de la que brota el agua que calma la sed del pueblo de Israel en Mará y Meribá.

Según el estilo propio de san Juan, el relato va en una doble línea de comprensión: la mujer está hablando sobre la sed humana y Jesús sobre la sed de Dios. Y es así porque Cristo ha buscado el encuentro con la samaritana. Cristo ha salido al encuentro de la humanidad pecadora para calmar su sed de Dios oportunamente, no con el pecado sino con la gracia de Dios. Cristo viene a los caminos de los hombres, acepta fatigarse y tener sed como nosotros para poder así hacerse el encontradizo y charlar con nosotros. No quiere darnos cualquier cosa: Cristo comunica la gracia, por ser el mediador, entrega la comunión con Dios: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones”: como si de agua del pozo se tratara, san Pablo emplea el ejemplo del agua, tan querido como vemos en la tradición de la Escritura, para anunciar a los cristianos lo que Cristo ha dado en su encuentro con nosotros. Su gracia que calma nuestra sed: mientras que el pecado, lejos de calmarla la vuelve más cruda, más intensa, el agua de la gracia nos consuela de verdad.

¿Quién puede no verse reflejado en esa mujer samaritana, que cree que va a dar a Cristo lo que este necesita, y a cambio se va a encontrar con el don vivo que ella anhela en su corazón? Aquellos catecúmenos, al escuchar la historia de la samaritana antes de abandonar el templo, podían ver cómo a ellos se les anunciaba que iban a recibir el agua viva. Israel pedía agua a Dios para calmar su sed natural, la samaritana, y con ella la Iglesia, y en ella cada uno de nosotros, le pedimos agua a Cristo para que calme nuestra sed sobrenatural, nuestra sed del Dios vivo.

La gracia de Cristo, su agua viva, hará del cristiano que la reciba un templo vivo: ya no hará falta ir al monte Sión o al Garizín para adorar a Dios. El bautizado puede hacerlo allá donde decida para bien de Dios, no buscándose a sí mismo, sino a Dios, ya esté en el templo, en la calle o solo en su casa; sano y fuerte como un roble o débil y enfermo, postrado en cama. Ese es el culto “en espíritu y en verdad”, el que hacemos por acción del Espíritu Santo, no al margen de la Iglesia, sino en la Iglesia, pues por ella comunica Cristo el don del Espíritu.

La Iglesia, como samaritana, busca calmar la sed de los demás, busca dar a conocer al Señor que le ha dicho todo sobre ella: ¿quién no quiere ese conocimiento de gracia? Esta segunda parte de la Cuaresma nos incita a volver sobre el bautismo que un día se nos regaló, porque aunque busquemos de multiples formas, y conviene reconocerlas, sólo Cristo calma nuestra sed, sed del Dios vivo.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal… el prefacio de la Virgen María, en la Anunciación del Señor

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, nuestro Señor.
Porque la virgen creyó el anuncio del ángel:
que Cristo, por obra del Espíritu Santo
iba a hacerse hombre por salvar a los hombres;
y lo llevó en sus purísimas entrañas con amor.
Así, Dios cumplió sus promesas al pueblo de Israel
y colmó de manera insospechada la esperanza de los otros pueblos.
Por eso, los ángeles te cantan
con júbilo eterno y nosotros nos unimos a sus voces
cantando humildemente tu alabanza…

 

Para la Semana

Lunes 20:
san José, esposo de la Virgen María. Solemnidad.

2Sam 7,4-5a. 12-14a. 16. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre.

Sal 88. Su linaje será perpetuo.

Rom 4,13.16-18.22. Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza.

Mt 1,16.18-21.2a. José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.

o bien: Lc 2,41-51a. Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.

Lucas 4,24-30. Jesús, al igual que Elías y Elíseo, no ha sido enviado en beneficio exclusivo de los judíos.

Martes 21:

Daniel 3,25-34-43. Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde.

Sal 24. Señor, recuerda tu misericordia.

Mateo 18,21-35. Si cada cual no perdona de corazón a su hermano, tampoco el Padre os perdonará.
Miércoles 22:

Deuteronomio 4,1.5-9. Poned por obra los mandatos.

Sal 147. Glorifica al Señor, Jerusalén.

Mateo 5,17-19. Quien cumpla y enseñe será grande.
Jueves 23:

Jeremías 7,23-28. Aquí está la gente que no escuchó la voz del Señor su Dios.

Sal 94. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: “No endurezcáis vuestro corazón”.

Lucas 11, 14-23. El que no está conmigo, está contra mí.
Viernes 24:

Oséas 14,2-10. No volveremos a llamar Dios a la obra de nuestras manos.

Sal 80. Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz.

Marcos 12.28b-34. El Señor, nuestro Dios, es el único Señor y lo amarás.
Sábado 25:
Anunciación del Señor. Solemnidad.

Is 7,10-14.8,10b. Mirad: la virgen está encinta.

Sal 39. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Hb 10,4-10. Así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí: para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad.

Lc 1,26-38. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo.


Domingo de la 2ª semana de Cuaresma – 12/03/2017

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Comentario Pastoral

LA BLANCA TRANSFIGURACIÓN

Aunque en Cuaresma se utiliza el color morado en las vestiduras litúrgicas, sin embargo, apoyados en el relato evangélico que se lee hoy, se puede decir que es un domingo de color blanco. Lo blanco evoca la inocencia, la alegría, la admiración. Es color de vida y de luz, opuesto al negro, color de tinieblas y de luto. Es significativo que el color blanco, con referencia a Cristo, no aparece durante su vida terrena, excepto en el momento privilegiado de la transfiguración; “sus vestidos se volvieron blancos como la luz” cuando en la cumbre del Tabor desveló su gloria. En esta teofanía, similar a la del Sinaí, Cristo brilló con luminosidad nueva. Los que serían testigos de la agonía en la noche negra de Getsemaní son los que ahora ven su gloria resplandeciente y blanca.

En múltiples pasajes bíblicos se habla de la “gloria” de Dios que se manifiesta en la creación, en el éxodo, en el templo de Jerusalén. Pero donde aparece verdaderamente la gloria de Dios es en la persona de Cristo, resplandor de la gloria del Padre, que un día al final de los tiempos, vendrá con gloria y majestad a juzgar y salvar. La gran catequesis de la Cuaresma nos recuerda que Cristo ha ascendido a la gloria de los cielos, donde vive glorificado, después de la pasión.

Al monte Tabor se lo compara normalmente con el Sinaí, donde la irradiación fulgurante de Jahvé coronaba la montaña y volvió radiante el rostro de Moisés. Pero el monte de la Transfiguración hace referencia también al Calvario. Son dos cimas de glorificación, a las que hay que ascender. Quién quiera contemplar, como Pedro, Santiago y Juan, la gloria de Dios, tiene que subir como Cristo al Calvario de la fidelidad y de la entrega. La cruz es la gloria del cristiano.

Para que el hombre pueda transfigurarse y resplandecer tiene que escuchar al Hijo predilecto de Dios. Toda la Cuaresma es una escucha intensa de la Palabra que salva; imitando a San Pedro, el cristiano debería exclamar: ¡qué hermoso es vivir este tiempo de gracia y renovación, para bajar al valle de lo cotidiano pertrechados de una gracia y fuerza nueva! Así un día podrá subir al definitivo Tabor de los cielos después de haber caminado por la vida manifestando en todo la gloria de Dios.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Génesis 12, 1-4a Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22
san Pablo a Timoteo 1,8b-10 san Mateo 17, 1-9

de la Palabra a la Vida

Para que el que ha entrado en la Cuaresma con buen ánimo, con decisión, no se venga abajo, y para que el que ha entrado en la Cuaresma de mala manera, con dejadez o debilidad, no quiera dejar correr el tiempo, el segundo domingo de este tiempo nos permite, como a Moisés desde el monte Nebo, pero con la certeza del éxito final, ver la tierra prometida, el triunfo de Cristo.

La gloria que descubre a los suyos en el Tabor es la prenda de la herencia que les espera. Ya en Cristo se hace visible lo que espera a los que perseveren en la Cuaresma de la vida con Él. La bendición que Abraham recibe en la primera lectura ya se ve en Cristo en el evangelio. ¡Qué preciosa pedagogía de la Madre Iglesia! No quiere que nadie agache la cabeza, que nadie se rinda a pesar de la experiencia constante de la prueba y de la debilidad: por eso ya nos deja ver, como hace el Señor con Pedro, Santiago y Juan, lo que sucederá al final. La bendición ya es real, ya ha sido mostrada a la Iglesia.

Nos toca, por tanto, en este domingo luminoso, situarnos en la perspectiva correcta, la de los tres apóstoles, y acoger la revelación que desde la montaña el Señor nos hace. Sí, Cristo se va a servir del tiempo de Cuaresma para compartir con su esposa, la Iglesia, un gran secreto, el de su divina naturaleza, el de su victoria final. Busca de esta manera hacer crecer la intimidad y la confianza entre uno y otra. Así, no es sólo lo que nos muestra el Señor, sino la razón profunda de hacerlo, la inmensa confianza que pone en nosotros y que nos permite afrontar las pruebas de cada día con el secreto, guardado en el corazón, del inmenso poder de Dios. Tenemos la carta ganadora, y eso nos hace jugar con seguridad y confianza. La cruz que espera al Señor no será un obstáculo que
impida la victoria final, sino parte del camino triunfal.

Por eso san Pablo anima a los cristianos a tomar parte en los duros trabajos del evangelio. Es a la Iglesia a la que grita el apóstol: “¡Toma parte!”. Es como si le dijera: “Yo me he visto deslumbrado por la gloria de esa victoria, por eso, no dejes de tomar parte por ella”. Es su forma de decir al cristiano de hoy que merece la pena pasar por todas las dificultades que sea necesario si es por el anuncio del evangelio, por la victoria de Cristo. El salmo responsorial nos invita a una respuesta positiva y constante. Quiere fomentar en la Iglesia el deseo de participar con el Señor en su salvación.

Abraham ya ha mostrado, lleno de fe, el camino de confianza por el que se puede seguir al Señor. La Cuaresma es llamada a seguir en ese camino de confianza. ¿Agradezco la revelación que Dios me hace de su victoria? Igual me viene bien, como a los discípulos, en momentos de prueba o de dificultad. ¿Me doy cuenta de la relación profunda que el Señor me ofrece con este misterio de luz en medio de la oscuridad?

A menudo los cristianos vivimos nuestra relación con Dios no desde la confianza, sino desde el miedo, desde el recelo. Y eso nos resta libertad para elegir al Señor, para aceptar su propuesta misteriosa de cada día. Eso hace que ocultemos el hacer de Dios. ¡Toma parte sin miedo!

¿He entrado ya en la Cuaresma? ¿He puesto ya el corazón? Ahora es el momento: ¡toma parte! El camino no es cómodo, sólo lo será el final. No se montan tiendas, no se para uno, no se detiene a descansar, nada de eso es ahora. Ahora toca implicarse en el misterio de revelación y entrega de Cristo a la humanidad.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal… el prefacio de la Virgen María, junto a la cruz del Señor (I)

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
Porque en tu providencia estableciste que la Madre
permaneciera fiel junto a la cruz de tu Hijo,
para dar cumplimiento a las antiguas figuras,
y ofrecer un ejemplo nuevo de fortaleza.
Ella es la Virgen santa que resplandece como nueva Eva,
para que así como una mujer contribuyó a la muerte
así también la mujer contribuyera a la vida.
Ella es la misteriosa Madre de Sión
que recibe con amor materno a los hombres dispersos,
reunidos por la muerte de Cristo.
Ella es el modelo de la Iglesia Esposa, que, como Virgen intrépida,
sin temer las amenazas ni quebrarse en las persecuciones,
guarda íntegra la fidelidad prometida al Esposo.
Por eso, unidos a los coros angélicos, te aclamamos llenos de alegría…


Para la Semana

Lunes 13:

Deuteronomio 9,4b- 10. Nosotros hemos pecado, hemos cometido iniquidad.

Sal 78. Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados.

Lucas 6,36-38. Perdonad, y seréis perdonados.
Martes 14:

Is 1,10.16-20. Aprended a obrar bien, buscad el derecho.

Sal 49. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

Mt. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.
Miércoles 15:

Jeremías 18,18-20. Venid, lo heriremos con su propia lengua.

Sal 30. Sálvame, Señor, por tu misericordia.

Mateo 20,17-28, Lo condenaron a muerte.
Jueves 16:

Jeremías 17,5-10. Maldito quien confía en el hombre: bendito quien confía en el Señor.

Sal 1.Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.

Lc 16,19-31. Recibiste tus bienes, y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.
Viernes 17:

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28. Ahí viene el soñador, vamos a matarlo.

Sal 104. Recordad las maravillas que hizo el Señor.

Mt 21,33-43. 45-46. Este es el heredero: venid, lo matamos.
Sábado 18:
Miqueas 7,14-15.18-20. Arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos.

Sal 102. El Señor es compasivo y misericordioso.

Lucas 15,1-3.11-32. Este hermano tuyo estaba muerto y ha resucitado.

Domingo de la 1ª semana de Cuaresma – 05/03/2017

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Comentario Pastoral

LAS TENTACIONES DE SIEMPRE

El famoso escritor católico Graham Greene ha dicho: “El cristiano, al igual que cualquier hombre , reside en un territorio limítrofe entre el Bien y el Mal, en una zona de salteamiento”. Es verdad que la libre decisión está en la raíz de nuestra historia. La Cuaresma que acaba de comenzar es momento apto para reconquistar el sentido de la propia libertad, de la propia grandeza y del peligro de las dos posibilidades que se nos ofrecen. La Cuaresma es tiempo oportuno para madurar humana y cristianamente.

Tentación es todo lo que puede apartarnos, en un momento concreto, del camino trazado por Dios. La tentación es una proposición o insinuación revestida de bondad, que aparece como una liberación, una puerta abierta hacia las obras fáciles, hacia la satisfacción del propio yo.

Al recordar las tentaciones de Cristo, que son las nuestras, es oportuno observar que las insinuaciones del diablo, a excepción quizá de la tercera, no constituyen ningún disparate manifiesto, ni ninguna maldad en sí mismas: manifestarse al pueblo, obrar milagros, evitar el mal… Todo aparece en un plano de gran naturalidad y de cierta bondad humana. Incluso parece escogido exprofeso para entrar en la línea de la vocación mesiánica. De hecho Cristo, más adelante, se manifestará al pueblo, multiplicará los panes, hará milagros y se esconderá de los judíos que le buscan.

La “tentación de los panes” se resuelve con la adhesión a la Palabra de Dios, que es verdadero alimento del espíritu. La “tentación del templo” se resuelve con el rechazo de la pseudoreligión, que en vez de servir a Dios, pretende servirse de Dios. La “tentación del monte” se resuelve con el rechazo del poder opresivo y egoísta y con la aceptación del verdadero señorío de Dios. Tres tentaciones que en vez de producir magia, infidelidad y orgullo producen en Jesús fe, amor y abandono en el proyecto divino. En esta biografía espiritual de Jesús se puede y se debe encuadrar nuestra biografía.

Cristo venció la tentación primera del mesianismo terrenista; el cristiano no debe estar ligado a la materialidad de las cosas. Cristo venció la tentación segunda del mesianismo taumatúrgico; el cristiano debe liberarse de un concepto de religión mágico y publicitario. Cristo venció la tentación tercera del mesianismo político; el cristiano debe liberarse de la idolatría del bienestar y del poder.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7 Sal 50, 3-4. 5-6a 12-13. 14 y 17
san Pablo a los Romanos 5, 12-19 san Mateo 4, 1-11

de la Palabra a la Vida

Con la llegada de la Cuaresma, la Iglesia nos ofrece un camino de maduración muy serio, en el que buenamente podemos discernir la temperatura espiritual de nuestro corazón si somos capaces de, más allá de las formas y costumbres de este tiempo, descubrir una llamada del Señor a ser nuestro único Señor. Esto es lo que está en juego durante cuarenta días. Es por eso que el camino nos es presentado desde el principio: son las tentaciones de Jesús en el desierto. Seguir a Jesús no es algo casual, no es pasearse: consiste en avanzar por las heridas que el tentador ha dejado en nosotros para descubrir la presencia misericordiosa de Dios llevándonos a su curación propia.

La Cuaresma de san Mateo, la que celebramos este año, busca centrar nuestro corazón en Cristo. Y lo busca porque no lo está suficientemente: Adán y Eva son la prueba de ello. No solamente es que nuestro corazón no está puesto plenamente en el Señor, sino que, además, somos conscientes de que avanzamos por un largo desierto, “este valle de lágrimas”, decimos en la Salve. El pecado de Adán y Eva ha llevado a la humanidad a avanzar por un camino de conversión, en el que el corazón va acogiendo nuevamente a Dios y va reconociendo su primacía sobre nuestra vida.

Por eso el salmo 50 nos acompaña durante este tiempo: la conversión se realiza desde la experiencia de la misericordia de Dios antes que desde el buen hacer del hombre. Mientras estamos llamados a la conversión (sí, ciertamente, durante toda esta vida y hasta el último de nuestros días), avanzamos como Adán y Eva, como nuestros padres del pueblo de Israel, por el desierto. Sin embargo, sabemos bien por medio de quién nos llega la justificación. Sabemos bien por medio de quién alcanzamos la tierra prometida. Edén no es un imposible, Edén es Jesucristo. Por eso la elección de la segunda lectura de hoy: San Pablo no tiene dudas, podemos esperar en Jesucristo.

La prueba de que así es son las tentaciones en el desierto. Adán y Eva sucumbieron, pero Cristo ha superado la prueba. Donde Adán perdió, un hijo de Adán vence. El hombre ya no está determinado al pecado, sino que obra con libertad gracias a Cristo, de manera que puede elegir el bien. A partir de la escena de las tres tentaciones, la humanidad va a vivir, como Cristo, en constante oposición al Tentador. Aunque la victoria de Cristo que hoy comienza a fraguarse en las tentaciones, se manifestará definitiva en la cruz, en el Misterio Pascual. Allí podremos decir que la Cuaresma ha terminado, entraremos en el tiempo de la Pascua. Por eso la Cuaresma es un tiempo de penitencia que tiene la mirada en el horizonte pascual.

No tiene sentido pasar por alto la Cuaresma, porque esto haría perder el sentido de la cruz. Cuando rechazamos el tiempo penitencial, cuando eludimos el arrepentimiento profundo, el dolor del corazón por los pecados, la penitencia profunda del corazón, nos privamos de aprender a valorar la cruz. El camino entre el pecado de Adán y la salvación de Cristo es largo, no lo anulemos, no lo olvidemos.

En este camino, el evangelio nos muestra hoy también dónde está nuestro consuelo, nuestra fortaleza: en la acción del Espíritu Santo. Aquel que soplaba sobre las aguas en la creación, que fue insuflado al hombre creado por Dios, a Adán, conduce al hijo de Adán al desierto. El Espíritu nos fortalece en desierto y nos ilumina para que nuestras respuestas sean acertadas, propias de los que siguen a Cristo. ¿Quién guía mis respuestas? ¿Soy capaz de entrar en el camino cuaresmal como un camino en el que se produzcan cambios en mí no para hoy, sino para siempre?

El Espíritu Santo no elimina la Cuaresma, sino que manifiesta la compañía y el poder de Dios en ella. Aprendamos la lección del poder del Señor: su victoria humilde en las tentaciones es nuestro día a día, si confiamos en Él.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal… el prefacio de la Virgen María, discípula del Señor

Señor, Padre santo.
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
Cuya Madre, la gloriosa Virgen María,
con razón es proclamada bienaventurada,
porque mereció engendrar a tu Hijo
en sus entrañas purísimas.
Pero con mayor razón es proclamada aún más dichosa,
porque, como discípula de la Palabra encarnada,
buscó solícita tu voluntad y supo cumplirla fielmente.
Por eso, con todos los ángeles y santos,
te alabamos, proclamando sin cesar: Santo, Santo, Santo.


Para la Semana

Lunes 6:

Lev. 19,1-2.11-18. Juzga con justicia a tu conciudadano.

Sal 18. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.

Mt 25, 31-46. Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.
Martes 7:

Is 55,10-11. Mi palabra hará mi voluntad.

Sal 33. El Señor libra de sus angustias a los justos.

Mt 6,7-15 Vosotros rezad así.
Miércoles 8:

Jon 3,1-10. Los minivitas se convirtieron de su mala vida.

Sal 50. Un corazón quebrantado y humillado, tú, Dios mío, no lo desprecias.

Lc 11,29-32. A esta generación no se le dará más signo que el signo de Jonás.
Jueves 9:

Est 14,1.3-5.12-14. No tengo otro auxilio fuera de ti, Señor.

Sal 137. Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor.

Mt 7,7-12. Quien pide recibe
Viernes 10:

Ez 18,21-28. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado y no que se convierta de su conducta y que viva?

Sal 129. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

Mt 5,20-26. Vete primero a reconciliarte con tu hermano.
Sábado 11:

Dt 26,16-19. Serás el pueblo santo del Señor.

Sal 118. Dichoso el que camina en la ley del Señor.

Mt 5,43-48. Sed perfectos como vuestro Padre celestial.


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