Domingo de la 23ª semana de Tiempo Ordinario. – 04/09/2016

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Comentario Pastoral

PENSAMIENTOS Y EXIGENCIAS DEL CRISTIANO

Pensar es vivir, por eso supone -como la vida- esfuerzo y riesgo. Quien no piensa se autodestruye. Es importante pensar con sabiduría, es decir, pensar bien para vencer el mal y alcanzar la verdadera grandeza.Sin embargo, continuamente constatamos lo difícil que es pensar sabiamente, lo trabajoso que es superar nuestros radicales desconocimientos. El pasaje del libro de la Sabiduría que hoy se lee nos recuerda que apenas conocemos las cosas terrenas, que estamos llenos de pensamientos mezquinos y razonamientos falibles.

En el hombre mismo y en sus limitaciones surge la dificultad de entender las cosas celestes y descubrir los designios divinos. Lo trascendente nunca se puede abaratar, ni el misterio se aclara con respuestas superficiales; por eso, cuando se saben plantear las grandes “preguntas” vitales con honradez, se rastrean las cosas celestes sin prejuicios y se escudriñan las intenciones de Dios con alma limpia, se alcanza la verdadera sabiduría que es la fe. Bien sabemos que la voluntad de Dios no se conoce por simples esfuerzos intelectuales. El cristiano, aunque está enraizado en la tierra, penetra en el mundo de lo divino por la sabiduría del Espíritu, que viene de arriba. De ahí que sus pensamientos sean más altos y mejores, porque están cargados de fe, esperanza y amor.

Todo cristiano debe pensar con frecuencia en las exigencias que comporta ser discípulo de Jesús y seguir sus huellas. La rutina de la vida nos hace olvidadizos y desmemoriados para las condiciones del seguimiento evangélico, que han de ser entendidas siempre en un plano positivo, no como pérdida, sino como ganancia.

Las exigencias que nos recuerda el texto evangélico de este domingo, texto verdaderamente interpelante, se concretan en dos verbos: posponer y renunciar. La fidelidad a Cristo exige primacía, es decir, si es necesario hay que posponer incluso a la propia familia, cuando la atadura de los afectos impide la vivencia cristiana.

El seguimiento de Jesús ha de valorarse como supremo bien; por eso, no es de extrañar que haya que renunciar a otros bienes, que en óptica cristiana han de ser entendidos como inferiores, aunque los criterios valorativos terrenos los exaltan como absolutos y definitivos. Para poderse llenar de Dios, hay que vaciarse de las cosas mundanas.

Andrés Pardo

 



Palabra de Dios:

Sabiduría 9, 13-18 Sal 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17
Filemón 9b-10. 12-17 san Lucas 14, 25-33

de la Palabra a la Vida

La adquisición de un corazón sensato, la sensatez, la sabiduría que proviene del Espíritu Santo… ciertamente, la inteligencia que Cristo espera de sus discípulos, la que Él quiere inculcarles, es el gran misterio que hay que aprender. Sí, es un misterio, no se aprende en los libros, no se memoriza sin más: “Quién no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío”. La sabiduría del que sigue a Cristo es la sabiduría de la cruz. Aquel que quiera salir de casa para agradar al Señor, para vivir en la Iglesia, pero no coja lo imprescindible, no podrá hacer ese camino. Hará otro. Pero se quedará lejos de seguir al Señor.

Por eso, antes de decidir seguirle cada día, uno tiene que tener la seguridad de haber cogido bien fuerte la cruz, el elemento imprescindible para aprender la sabiduría divina. La sabiduría de la cruz hace que todo lo demás vaya detrás de Dios. Hasta los seres más queridos, los bienes más aceptados, todo debe ser relacionado con nosotros en función de lo que Dios diga, no de lo que el discípulo razone o calcule.

La Iglesia, que ha aprendido a seguir así al Maestro, quiere ayudarnos con el rezo del Salmo 89: Cuando uno levanta la mirada y contempla lo inalcanzable de la creación, el poder del creador, y se da cuenta de que, en medio de tanta inmensidad, está protegido por Dios; cuando uno advierte de la seguridad que Dios concede al hombre a pesar de su pequeñez en el cosmos… entonces toma conciencia de que sólo Dios hace que esto sea refugio para nosotros, que sólo Dios es verdadero refugio. Y ese cobijo lo ha recibido el hombre bajo el árbol de la cruz. En él hay sombra para el descanso, una referencia para la vida.

Por eso, tan prudente y sabio como calcular soldados para la batalla, tan inteligente como hacer cálculos para construir una torre, es seguir al Señor abrazado al misterio de la cruz. Avanzar con la cruz es hacer de la vida un camino de servicio, de entrega propia, lejos del calor del mundo, del aplauso. Pero avanzar con la cruz supone tener la llave que abre el misterio de nuestra existencia. ¿Quién conoce el designio de Dios? Ya advertía la primera lectura: “Apenas conocemos las cosas terrenas, ¿quién rastreará las del cielo?” Nosotros no podemos por nosotros mismos decir: Dios quiere esto, quiere lo otro. Solamente Él puede revelarlo, y solamente lo hace a quien, como Él, vive abrazado a la cruz. No está en nuestras manos conocer el profundo designio de Dios si no está en nuestras manos la cruz de Cristo.

La celebración de la Iglesia es siempre comunión con el misterio pascual, con Cristo muerto y resucitado. En ella el cristiano ha de crecer en el valor de confiar en el Señor, confiar en su camino. “La estancia donde reposa la Iglesia es el Cuerpo de Cristo”, decía san Ambrosio. Es en el altar donde encontramos refugio. Refugio, que no escondite: la comunión con la cruz de Cristo, que se hace en la Eucaristía, abre los ojos a reconocer el misterioso hacerse cada día del plan de Dios. ¿Descubro en la Iglesia el plan de Dios sobre mi vida? ¿Calculo, con la Iglesia y los sacramentos, acerca de mi batalla de cada día? ¿Sé poner la cruz de Cristo lo primero, por delante de otros amores, de otros deseos, de otros proyectos? ¿Qué lugar ocupa la sabiduría de la cruz en mis decisiones sobre mí o sobre mi familia o amigos? Nos queda camino, en muchas ocasiones no vemos bien el horizonte… entonces la cruz es el faro que nos ratifica en la correcta decisión, luz que el mundo no puede ver.

Diego Figueroa

 



al ritmo de las celebraciones


8 de septiembre: Natividad de la Virgen María

Esta fiesta de origen oriental, situada en el calendario nueve meses después de la Concepción Inmaculada de la Virgen (8 de diciembre) nos sitúa en los principios de nuestra salvación: “hemos recibido las primicias de la salvación por la maternidad de la Virgen María”.

La liturgia de la Palabra nos recuerda la profecía de Miqueas que escuchamos en la Natividad del Señor acerca de Belén de Efrata, aquella que los sacerdotes del Templo recuerdan a Herodes en la escena de los Magos. En ella se habla del momento en el que la madre dé a luz: la referencia a la madre y al Salvador que esperan de ella justifica esta lectura. Esa referencia se concreta en la historia en María, y es por eso que el evangelio es la genealogía de Mateo, en el que se recuerda que “de María nació Jesús, llamado Cristo”, y que la Virgen “dará a luz un hijo y le pone por nombre Emmanuel”.

En María la Iglesia contempla, incluso desde su nacimiento, lo que el Padre contemplaba: a la Madre de Dios. Su venida milagrosa al mundo solo anuncia lo que después sucederá igualmente cuando ella dé a luz al Mesías.

 

Diego Figueroa

 

Para la Semana

Lunes 5:

1 Corintios 5,1-8. Quitad la levadura vieja, porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual, Cristo.

Sal 5. Señor, guíame con tu justicia.

Lucas 6,6-11. Estaban al acecho para ver si curaba en sábado.

Martes 6:

1 Corintios 6,1,11. Un hermano tiene que estar en pleito y además entre no creyentes.

Sal 149. El Señor ama a su pueblo

Lucas 6,12-29. pasó la noche orando. Escogió a doce y los nombró egoístas
Miércoles 7:

1 Corintios 7,25-31. ¿Estás unido a una mujer? No busques la separación. ¿Estás libre? No busques mujer.

Sal 44. Escucha, hija, mira: inclina el oído.

Lucas 6,20-26. Dichosos los pobres; ¡ay de vosotros, los ricos!
Jueves 8:

Natividad de la Santísima Virgen María. Fiesta.

Miq 5,1-4a. El tiempo en el que la madre dé a luz.

o bien:

Rom 8,28-30. A los que había escogido, Dios los predestinó.

Sal 12. Desbordo de gozo con el Señor.

Mt 1,1-16.18-23. La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo.

Viernes 9:
Santa María de la Cabeza, esposa de san Isidro. Memoria.

1 Corintios 9,16-19.22b-27. Me he hecho todo a todos, para ganar a algunos.

Sal 83. ¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!

Lucas 6,39-42, ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?

Sábado 10:

1 Corintios 10,14-22, Aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

Sal 115. Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.

Lucas 6,43-49. ¿Por qué me llamáis “Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?


Domingo de la 22ª semana de Tiempo Ordinario. – 28/08/2016

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Comentario Pastoral

LA VERDADERA HUMILDAD

Nuestra sociedad es muy sensible a los ambientes sociales en los que proliferan las fiestas y banquetes. Cierta prensa exalta ostentaciones de prestigio personal, de presunción y vanidad. Quien no busca los primeros puestos es un infeliz, porque pierde la oportunidad de codearse con los que salen en portada de revista. Se tacha de ingenuo a quien denuncia tanta hipocresía y notoriedad facilona. ¿No sería mejor una sociedad que aceptase a las personas más por lo que son que por los puestos que ocupan, más por sus bondades y virtudes que por sus apariencias y relumbrones?.

¡Qué oportuno es el evangelio de este domingo! Los hombres buscamos siempre sobresalir para ser invitados y tenidos en cuenta, nos parecemos a los fariseos del tiempo de Jesús que apetecían honras exteriores y soñaban con destacarse de la plebe. El egoísmo puede cegarnos de soberbia e impedirnos ver a los que son más dignos. La autojustificación y la arrogancia nunca son buena consejeras.

Los fariseos (¿nosotros?) se ponían en los primeros puestos de los banquetes para mirar, observar, pasar revista, descalificar a los demás. Se convertían en jueces creyendo que así no eran juzgados. Cuántas veces las cenas y comidas son mentideros y ocasiones que menosprecian a los inferiores socialmente y que rompen la convivencia e igualdad de todos.

Los que somos invitados por Cristo a su mesa deberíamos poseer la virtud del “último puesto”, que nos hace reconocer sinceramente que nuestro “curriculum vitae” no es notable, incluso contradictorio. Ante Dios no valen pretensiones ni suficiencias, sino coherencia y humildad. La invitación nos llega no por merecimientos humanos, sino por gracia.

La humildad cristiana no consiste en cabezas bajas y en cuellos torcidos, sino en reconocer que debemos doblegar el corazón por el arrepentimiento, para que nuestra fe no sea pobre, nuestra esperanza coja y nuestro amor ciego.

La humildad es la regla para la participación en la mesa del Reino. La verdadera grandeza del hombre se mide por su riqueza interior y humana, es decir, por su capacidad de amar. La humildad no es masoquismo, sino el justo conocimiento de sí mismo para ocupar exactamente el propio lugar

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29 Sal 67, 4-5ac. 6-7ab. 10-11
Hebreos 12, 18-19. 22-24a san Lucas 14, 1. 7-14

de la Palabra a la Vida

El Tiempo Ordinario ofrece a la Iglesia la oportunidad de ir aprendiendo del Señor mientras caminamos con Él. Un día una lección, otro día la siguiente… como buen maestro, va engarzando lo que el discípulo debe guardar en su corazón y así configura su vida con la del Señor. Sin embargo, hay enseñanzas que son capitales en este camino. La de hoy es una de ellas. El Señor, que anunciaba en los domingos anteriores dispersón, división, para después reunir, para formar un solo pueblo, nos enseña en la Liturgia de la Palabra de este domingo cual es la actitud necesaria para ser recogido: la humildad de dejarse recoger por el Señor, de aprender y de aceptar lo que el Maestro enseñe y diga, o uno corre el riesgo de, como decía el Señor en el evangelio del domingo pasado, no estar tan cerca como cree, sino lejos. En eso consiste el acto de humildad: en que me dejo recoger, acepto ser recogido.

Esta humildad aparece dibujada en los dos ejemplos que el Señor explica en el evangelio de hoy: el del puesto de los invitados a un banquete y el de los que merecen ser invitados. Ciertamente, no busca Cristo ofrecer un tratado de buenas maneras, o de cómo aparentar, no es más fiel al Señor el que ocupa el último banco en asambleas e iglesias por egoísmo o tibieza que el que ocupa el primero por amor. El empeño del discípulo ha de ser aceptar ser llevado: “cuando seas mayor, otro te ceñirá y te llevará donde no quieras”. El discípulo manifiesta ser adulto no cuando elige o decide lo que quiere hacer con razonamientos propios, sensatos, piadosos, pero en los que hace decir a Dios “sí” o “no”, sino cuando se pone a la escucha, cuando, lejos de marcarse el camino, obedece humildemente al plan de Dios. La disponibilidad del espíritu es contraria a la autosuficiencia y a la cabezonería. El discípulo se deja situar allí donde el Señor decida, como encontramos tantas veces en el libro de los Hechos de los Apóstoles. No decide por un día de alta o de baja autoestima, sino por la confianza en el inmenso amor que Dios, su Padre, le tiene. Ese amor de Dios es el que le descubre el precioso valor de su vida y de la misión que el Padre le encomienda, cada día, en cada circunstancia.

Por eso, aquel que vive confiando en Dios podrá recibir “una lluvia copiosa”. La consecuencia para los que, en el pueblo de Israel, mantuvieron la fe en Dios, fue entrar en una tierra, en una casa, preparada por Dios para los pobres, la tierra prometida. La figura de los pobres de Yahveh, aquellos que tenían como único bien la confianza en el Señor, se ve iluminada por los discípulos en el evangelio: ellos tienen que heredar esa actitud de vivir ansiosos por recibir no otra cosa que la Palabra de Dios.

“Subir más arriba”, por tanto, no es cosa que, para nosotros, deba realizarse en este mundo. Si aquí hemos sido confiados como para abajarnos, al llegar al final de nuestra vida, donde no podamos nada, escucharemos del anfitrión: “Amigo, sube más arriba”. En la celebración de la Iglesia, en un banco o en otro, o mejor aún, en aquel en el que podamos percibir bien lo que se nos da, el cristiano recibe la gracia que, como un susurro, le dice al corazón: “sube más arriba”. Es la gracia, no el mundo, quien tiene que elevarnos. Es la gracia la que mueve el corazón a la gratuidad del segundo ejemplo del evangelio, el del banquete. Y es la humildad la que hace que el corazón acepte todo ese camino y pueda seguir por la vida verdaderamente a Cristo.

Diego Figueroa

 



al ritmo de las celebraciones


29 de agosto: Martirio de san Juan Bautista

Ofrecemos un texto de la liturgia Mozárabe para la oración, que compara la figura de Juan con la de Cristo: precursor desde su concepción y hasta su martirio.

“Señor Jesucristo, has restablecido con tu gracia a los hombres de poca fe y te has manifestado a ellos con constantes pruebas.

Te anunció el santo doctor Juan, tan incomparable por su santidad como por sus singulares enseñanzas él ofrecía la fuente del bautismo a los sedientos, pero sin dejar lugar a las dudas proclamaba tu inminente venida.

Él bajó al agua para purificar a los cuerpos, pero eras tú el esperado para redimir las almas de los hombres.

Por su voz conocimos que tú, Señor, eres el Unigénito, manifestado en un cuerpo de carne, de quien nos dijo: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Juan es aquel a quien diste un nombre antes de su concepción, a quien llenaste con el Espíritu Santo antes de su nacimiento, el que con su concepción puso fin a la esterilidad de su madre y con su nacimiento desató la lengua de su padre.

Te pedimos, Señor, que te dignes aceptar y bendecir esta nuestra oblación, tal como te complaciste en bendecir la ofrenda de tu siervo el justo Abel. Amén”.


Diego Figueroa

 

Para la Semana

Lunes 29:
El martirio de san Juan Bautista. Memoria.

1 Corintios 2,1-5. Os anuncié el misterio de Cristo crucificado.

Sal 118. ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

Mc 6,17-29. Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista.

Martes 30:
1 Corintios 2, 10b- 16. A nivel humano, uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios; en cambio, el hombre de espíritu tiene un criterio para indagarlo todo.

Sal 144. El Señor es justo en todos sus caminos.

Lucas 4,31-37. Sé quien eres: el Santo de Dios.
Miércoles 31:

1 Corintios 3,1-9. Nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros campo de Dios, edificio de Dios.

Sal 32. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió
como heredad.

Lucas 4,38-44. También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado.
Jueves 1:

1 Corintios 3,18-23. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.

Sal 23. Del Señor es la tierra y cuanto la llena.

Lucas 5,1-11. Dejándolo todo, lo siguieron.
Viernes 2:
San Gregorio Magno (540-604), prefecto de Roma, nuncio, teólogo, papa.

1 Corintios 4,13. El Señor pondrá al descubierto los designios del corazón.

Sal 36. El Señor es quien salva a los justos

Lucas 5,33-39. Llegará el día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán.

Sábado 3:

1 Corintios 4,6b-15. Hemos pasado hambre y sed y falta de ropa.

Sal 144. Cerca está el Señor de los que lo invocan.

Lucas 6,1-5. ¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?


Domingo de la 21ª semana de Tiempo Ordinario. – 21/08/2016

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Comentario Pastoral

ESFORZARSE POR LA SALVACIÓN

La salvación siempre supone esfuerzo, decisión, conversión continua. El Reino que se nos promete es para los valientes, animosos y alentados. Para salvarse no basta con estar inscrito en el registro parroquial, ni haber entrado una vez a la Iglesia por medio del bautismo, sin querer entrar todos los días por la puerta estrecha de la fidelidad al mensaje evangélico y del compromiso personal.

Las puertas de la gracia se abren de par en par, pero son estrechas, pues la oferta de perdón y salvación supone y exige adelgazar en nuestra cobardía y egoísmo. Nuestro verdadero salvoconducto o pasaporte no es aquel que dice: “católico de toda la vida” ó “bautizado de niño”, sino la hoja de servicios de cada día que con borrones testimonia nuestra actitud personal de conversión y esfuerzo por superar el pecado.

No nos vale decir al Señor que “hemos comido y bebido contigo…”pues este argumento solamente puede significar que hemos conocido a Jesús, pero no hemos transformado nuestra vida bajo las exigencias de su llamada.

Lo más consolador del evangelio de este domingo es que “los últimos serán los primeros”. Estamos a tiempo. No hay lugar para el desánimo. Tenemos puesto reservado para sentarnos a la mesa en el Reino de Dios, si practicamos la justicia. Lo que importa es avanzar por el camino estrecho que nos lleva a la salvación.

Toda la liturgia de este domingo es un canto a la salvación universal, al amor infinito de Dios que no conoce barreras raciales, políticas ni sociales; a la misteriosa riqueza escondida en el corazón de cada hombre justo, invitando al diálogo, al respeto mutuo, a la comunión.

Todos debemos temer la frase terrible de Cristo: “No sé quiénes sois”, aunque hayamos enseñado en su nombre y celebrado los ritos en su memoria. No hay que olvidar las palabras de extrema dureza que abundan en el Evangelio.

En la otra vida quedará confirmado el alejamiento de Dios que uno ha buscado voluntariamente en ésta. Y los que parecían últimos precederán a los que se creían primeros.

Andrés Pardo

 

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 66, 18-21 Sal 116, 1. 2
Hebreos 12, 5-7. 11-13 san Lucas 13, 22-30

de la Palabra a la Vida

Sólo hace una semana escuchábamos que el Señor no había venido a traer paz sino división. Esa división, de hecho, era el camino para la paz. Hoy la paz es sustituida por otra expresión que habla de la unión con Cristo: reunificación. “Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua”, profetiza Isaías. “Vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios”, anuncia Cristo a sus discípulos. Él mismo es el punto de reunión, la causa y el destino de la reunificación es la victoria de Cristo, y a participar en esa victoria vendrán de cerca y de lejos.

Es más, muchos que pueden parecer que están lejos, en realidad están cerca (“últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”) y entrarán al sitio preparado para ellos. La referencia a la puerta estrecha es una forma más de anunciar que Cristo va a reunir a los suyos en su casa. Incluso cuando el Señor envía a sus discípulos a salir a anunciar el evangelio por el mundo, tal y como canta el Salmo responsorial, la intención del Señor es clara: reunir a gentes de todos los pueblos. No se entiende salir de casa si no es para hacer regresar a otros, si no es para ofrecer el calor de la casa del Padre a todos los que están a la intemperie, en cualquier punto del espacio y del tiempo.

Es por esto que el anuncio de Jesús y de los suyos es “católico”: se dirige a todos los hombres de todos los pueblos, a todos a los que el Señor ha hecho sus hermanos. Por eso, el anuncio del Señor en el evangelio de hoy trasluce una experiencia eclesial muy fuerte: ser cristiano supone una experiencia en la que uno se reconoce llamado, atraído por Cristo a sentarse a su mesa, venga yo desde donde venga. Alguien ha venido desde la casa de Dios a llevarme a sentar a su mesa. Alguien que además me ha mostrado el camino, Cristo, y la puerta, estrecha. Cristo revela a un Dios que viene a buscarnos, que no conoce límite en su ilusión y en sus esfuerzos por llevarnos consigo. Pero que espera un corazón agradecido ante su deseo. Espera una respuesta que valore el abajamiento del Hijo de Dios para llamarnos hermanos.

No hay lugar donde se manifieste esta conciencia como la celebración litúrgica de la Iglesia. Llamados de todas las naciones, de cerca y de lejos. Si vivimos agradecidos, si experimentamos que hemos sido llamados por pura gracia, si participamos convencidos de que Dios nos ha llamado a integrarnos así en su familia, entonces veremos en esa liturgia el germen de lo que Cristo profetiza en el evangelio. Quien cree viendo lo poco, podrá disfrutar viviendo en lo mucho. La celebración de los hermanos con el Padre que los convoca es siempre un momento festivo, feliz, en el que todos pueden sentirse identificados, en el que el cristiano puede empezar a gozar de la catolicidad evangélica. El pueblo sacerdotal que anuncia Isaías alabará a Dios tal y como haya hecho en la liturgia, si la fe le permite ver lo que verá. ¿Me alegro de que otros sean atraídos conmigo hacia Dios? ¿Deseo la reunión de toda la humanidad en presencia del Padre? ¿Vivo la celebración litúrgica como promesa de esa reunión final?

La prenda de lo que Cristo anuncia en el evangelio de hoy es la Iglesia, pero también en ella solamente viviendo como hermanos nosotros seremos signo de lo que estamos llamados a ser, de la reunión final que Cristo promueve en su Espíritu cada día.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


24 de agosto: San Bartolomé, apóstol

La falta de datos sobre la vida de san Bartolomé nos ofrece una oportunidad para reflexionar acerca de lo que significa la llamada de los Doce. Los Doce son los pilares sobre los que el Señor ha querido sostener la Iglesia: así los presenta el libro del Apocalipsis: “doce basamentos que llevaban doce nombres, los de los apóstoles del Cordero”. Ellos han sido llamados para proclamar la gloria del reinado de Cristo (salmo responsorial) y así ofrecer la salvación para todos los hombres (oración colecta). El evangelio del día presenta la llamada a Bartolomé, también Natanael, en el evangelio según san Juan.

Lo que los apóstoles anuncian es lo que han visto, pues han podido compartir con el Señor, pero también lo que el Señor les ha prometido que verán, “veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar”. Por eso nuestra fe se sostiene sobre la columna de lo que ellos vieron. En los apóstoles la Iglesia festeja su catolicidad y encomienda al Señor ser reunida toda entera bajo un único cayado, el de Cristo el Señor.


Diego Figueroa

 

Para la Semana

Lunes 22:
Santa María Virgen, reina. Memoria.

2 Tesalonicenses 1,1-5.11b-12. El Señor es glorificado en vosotros y vosotros en él.

Sal 95. Contad las maravillas del Señor a todas las naciones.

Mateo 23,13-22. ¡Ay de vosotros, guías ciegos!
Martes 23:
2Tesalonicenses 2,1-3a.14-17. Conservad las tradiciones que habéis aprendido.

Sal 95. El Señor llega a regir la tierra.

Mateo 22,23-26. Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello.
Miércoles 24:
San Bartolomé, apóstol. Fiesta.

Ap 21,9b-14. Doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero.

Sal 144. Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado.

Jn 1,45-51. Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.
Jueves 25:
1 Corintios 1,1-9. Por él habéis sido enriquecidos en todo.

Sal 144. Bendeciré tu nombre, por siempre, Dios mío, mi rey.

Mateo 14,42-51. Estad preparados.
Viernes 26:
Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, virgen, patrona de la ancianidad. Memoria.

1 Corintios 1,17-25. Predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los hombres, pero para los llamados Cristo, sabiduría de Dios.

Sal 32. La misericordia del Señor llena la tierra

Mateo 25,1-13. ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!
Sábado 27:
Santa Mónica. Memoria

1 Corintios 1,26-31. Dios ha escogido lo débil del mundo.

Sal 32. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

Mateo 25,14-30. Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor.


Domingo de la 20ª semana de Tiempo Ordinario. – 14/08/2016

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Comentario Pastoral

EL RIESGO DEL TESTIMONIO

Aceptar con todas las consecuencias la misión de ser profeta y portavoz de Dios es una dura carga, llena de incomprensiones y de riesgos. Porque mantener la fidelidad a Dios es más difícil que ser fiel a los hombres. El profeta de todos los tiempos ha sufrido persecuciones y desconocimiento de los más cercanos. Le pasó a Jeremías, porque hablaba claro; por eso quisieron hundirle en el lodo del aljibe, para ahogar su palabra. Y le pasó a Jesús, que soportó la cruz y la oposición de los pecadores, renunciando al gozo inmediato. Es un aviso para los cristianos en los momentos de lucha o desánimo.

Aceptar a Jesús nos lleva a ser presencia contestataria en medio de la sociedad y dentro de la propia familia. El seguimiento de Cristo puede suponer en el cristiano continuidad de sufrimientos, de conflictos, separaciones, enemistades.

Cuando se medita la frase de Jesús en el evangelio de este domingo. “Yo he venido a prender fuego en el mundo”, se comprende que hay que anunciar el Evangelio con calor y pasión, sin tibiezas. Con palabras tibias contribuimos a mantener medianías y situaciones difusas.

Siempre el cristiano ha de testimoniar el valor profundo de la paz, que no es comodidad, aceptación de la injusticia o simple convivencia perezosa. Porque Cristo luchó por la verdadera paz, que es la defensa del hombre, murió víctima de la violencia. Quien sufre por amor al Crucificado debe ver en ello una ratificación de la rectitud de su fe y del camino de su vida.

La palabra de Dios es fuego que quema nuestra frialdad, fuerza que nos lanza al futuro, energía que nos mueve a correr, levadura que hace explotar la masa de nuestra hipocresía.

La fidelidad a la Palabra de Dios comporta una lucha contra sí mismo y contra las estructuras injustas y pecadoras que nos asedian. Por eso es necesaria, la perseverancia, para no caer en la enfermedad típica de nuestro tiempo, que se llama superficialidad. El creyente debe ser fiel, vigilante y decidido.

La Palabra de Dios es fuente de comprensión del sentido de la vida y de la historia, con el riesgo de soportar la cruz sin miedo a la ignominia.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Jeremías 38, 4-6. 8-10 Sal 39, 2. 3: 4. 18
Hebreos 12, 1-4 San Lucas 12, 49-53

de la Palabra a la Vida

“La paz os dejo, mi paz os doy”, dice Jesús en su despedida de los discípulos en el evangelio según san Juan. La paz es un fruto de la Pascua, por eso escuchamos ese pasaje el VI domingo del tiempo pascual. La paz de Cristo es un don que Él concede, el Espíritu Santo, pero es también una tarea que debe ser realizada en colaboración con el que acepta el don. Instaurar esa paz requiere ser signo de contradicción; requiere, aun con las mejores intenciones y con las mejores maneras, una división, un discernimiento, una decisión. Como cada persona va acogiendo o rechazando la fe de manera individual, según su propio corazón, así se va estableciendo esa división.

Por eso Jeremías aparece en la primera lectura como signo de contradicción: hay que darle muerte por lo que dice y hace, y sin embargo, hay que salvarle de la muerte por la verdad de lo que ha dicho y hecho. Así se entiende también la advertencia del Señor en el evangelio: “No he venido a traer paz, sino división”. Sí, porque no todo el mundo va a tomar la misma decisión ante Cristo, y una decisión tomada en lo profundo del corazón, sea la que sea, se distanciará en la vida de la de otros. Nuestras acciones revelarán que aceptamos o que rechazamos a Cristo. Ciertamente, el Señor ha venido a ser luz en la tiniebla, ha venido a iluminar lo que estaba a oscuras, y eso supone un discernimiento serio que ha de darse en el interior del discípulo, en lo profundo de la conciencia, pero también en la misma sociedad, como sucede con Jeremías en la primera lectura, y en la célula más importante de la misma sociedad como es la familia, en el ejemplo que pone el Señor en el evangelio: en una misma familia, cada miembro decidirá sobre su fe en Cristo según su corazón, y eso creará divisiones con total seguridad.

Y, ¿cuál es el criterio más profundo e importante para decidir sobre Jesús? En realidad, ese criterio lo dibuja Jeremías en la primera lectura: es su muerte. Ante su muerte, incluso muchos que desearon que esta sucediera, se retraen, cambian de opinión, piden su vida reconociendo la verdad que anunciaba. La muerte, no del profeta, que no sucede, sino la de Cristo, que sí se da, será el elemento decisivo: el misterio pascual ha de iluminar la decisión de cada hombre. Jesús no es un líder intocable, no es un personaje ante el que no haya libertad de decisión. Jesús ha pasado por la muerte a la vida eterna, y esto debe ser aceptado cuando, en nuestro corazón, la vida nos pide también a nosotros que se realice el misterio pascual, esto es, negarnos a nosotros mismos, dar muerte a nuestros caprichos, planes o deseos, y dejar que se haga la voluntad del Padre misteriosamente. En mis decisiones, ¿cuáles son producto de mi fe en el misterio pascual de Cristo? ¿cuáles evitan que se renueve en mí la Pascua de Cristo? Esa división trae Cristo, esa división bien elegida conduce a la paz.

En su liturgia, la Iglesia busca animarnos a elegir seguir a Cristo. Quiere provocar esa división, ese discernimiento que nos lleve a desear sólo lo que Dios desea, incluso cuando otros a mi alrededor no elijan así, incluso cuando, en la familia o en la sociedad, se establezcan divisiones por la fe en el nombre de Cristo. Por eso, la oración del Salmo responsorial: “Señor, date prisa en socorrerme” busca precisamente esto, que el creyente tome conciencia de que tomando la difícil decisión del seguimiento de Cristo no va a encontrarse solo en la división, sino sostenido por la paz y el consuelo de Jesucristo, el Espíritu Santo.

Diego Figueroa

al ritmo de las celebraciones


15 de agosto: La Asunción de la Virgen María, solemnidad

Una de las fiestas más antiguas que celebra la Iglesia sobre la Virgen es esta de la Asunción de María, su muerte y elevación en cuerpo y alma al cielo, sin conocer la corrupción del sepulcro, como debía ser en quien tampoco había conocido la corrupción del pecado. Esa antigüedad de la fiesta se pone de manifiesto en el hecho de que se celebre con dos formularios eucológicos, uno para la víspera (la tarde del domingo 14 la misa no es la del domingo, sino la de la víspera de la Asunción) y otro para el día de la fiesta.

El de la víspera presenta a María bajo la silueta del Arca de la Alianza que es introducida en la tienda: así, también María, que llevó en su seno la nueva Alianza, ahora es introducida en la tienda celeste. Por eso es dichoso el vientre que llevó a Cristo, el Arca que ensalza la mujer del evangelio. En las lecturas de la misa del día, María es reconocible en la figura de la mujer vestida de sol del Apocalipsis: ella está en el cielo y allí comparte la victoria de su Señor, una victoria que le viene de Cristo, pues como ella misma canta en el Magnificat, el evangelio del día, “el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”. Aprovechemos también para la oración la rica eucología de este día: en ella la Iglesia se alegra al contemplar en María lo que ella misma espera ser.

 


Diego Figueroa

 

Para la Semana

Lunes 15:
La Asunción de la Virgen María. Solemnidad.

Ap 11,19a;12,1.3-6a.10ab. Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal.

Sal 44. De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

1Cor 15,20-27a. Primero Cristo, como primicia; después, todos lo que son de Cristo.

Lc 1,39-56. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí; enaltece a los humildes.
Martes 16:

Ez 28,1-10. Eres hombre y no dios; te creías listo como los dioses.

Salmo: Dt 32,26-28.30.35-36. Yo doy la muerte y la vida.

Mt 19,23-30. Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.
Miércoles 17:
Ez 34,1-11. Libraré a las ovejas de sus fauces, para que no sean su manjar.

Sal 22. El Señor es mi pastor, nada me falta.

Mt 20,1-16. ¿Vas a tener tu envidia porque yo soy bueno?
Jueves 18:
Ez 36,23-28. Os daré un corazón nuevo y os infundiré mi espíritu.

Sal 50. Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará de todas vuestras inmundicias.

Mt 22,14. A todos los que encontréis, convidadlos a la boda.
Viernes 19:
Ez 37,1-14. Huesos secos, escuchad la palabra del Señor. Os haré salir de vuestros sepulcros, casa de Israel.

Sal 106. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Mt 22,34-40. Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo.
Sábado 20:
San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia. Memoria

Ez 43,1-7a. La gloria del Señor entró en el Templo.

Sal 84. La gloria del Señor habitará en nuestra tierra.

Mt 23,1-12. No hacen lo que dicen.

 

Domingo de la 19ª semana de Tiempo Ordinario. – 07/08/2016

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Comentario Pastoral

VIGILANTES DESDE LA FE

Estar en vela significa renunciar al sueño de la noche. Se suele renunciar al sueño para prolongar el trabajo, para cuidar a un enfermo, para evitar ser sorprendido por el enemigo. Por eso estar en vela es lo mismo que ser vigilante, luchar contra el torpor y la negligencia a fin de conseguir lo que nos proponemos.

El cristiano vive en vigilia para estar pronto a recibir al Señor cuando llegue, ya sea entrada la noche o de madrugada. Todos sabemos que los trabajos de día son más activos, que en la luz estamos más despreocupados. Sin embargo, por la noche instintivamente nos situamos en actitud más expectante, agudizamos el oído ante cualquier ruido, somos más sensibles ante cualquier destello de luz. De ahí que ser vigilante es siempre un trabajo comprometido y responsable, sobre todo cuando hay que vivir en la noche sin ser de la noche.

Mal se puede vigilar si la lámpara de la fe está apagada o escasea el aceite de la esperanza. La alerta supone atención a lo primordial y despego de lo accesorio; exige también sobriedad, es decir, renuncia a los excesos nocturnos. Y no hay que ser vigilante solamente un día, sino todos, pues el cristiano es el hombre perseverante que espera siempre el retorno del Señor. Y porque la vigilancia es el modo de vivir en cristiano, debe estar acompañada de oración, para no sucumbir a la tentación que nos aparte de beber el cáliz, como Cristo en la noche de Getsemaní, o que nos insensibilice en el sopor y sueño de una lánguida existencia.

La llamada a estar atentos, a no perder la gran noche de la liberación, a no ilusionarse porque “el patrón tarda en venir” nos introduce en uno de los temas fundamentales de la experiencia cristiana, que es tensión, movimiento, espera, vigilancia.

Frente a un cristianismo somnoliento y despreocupado, el Señor nos convoca a vivir con fe despierta, cordial, sensible, palpilante. Vigilar es esperar. El amor nos mantiene despiertos en nuestro camino terreno y nos orienta hacia la esperanza.

Creer es esperar y amar. La salvación no se nos da en tranquila posesión, sino en promesa.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Sabiduría 18, 6-9 Sal 32, 1 y 12. 18-19. 20 y 22
Hebreos 11, 1-2. 8-19 san Lucas 12, 32-48

de la Palabra a la Vida

Nos sorprende en pleno verano esta memoria de la Pascua de Israel que hace hoy la primera lectura. Cuando el Señor pasó provocando “la salvación de los creyentes y la perdición de los enemigos”, Israel ya no tuvo duda de ser el pueblo elegido por Dios, “el pueblo que el Señor se escogió como heredad”, por medio del cual el Señor iba a mostrar su grandeza a todos los pueblos, con semejante victoria sobre el poderoso Egipto (Ex 12,29-30). Aquella noche, Israel tenía que esperar el paso del Señor “con la cintura ceñida”, vigilante, para salir a caminar al desierto nada más ser llamado.

Así, con “la cintura ceñida y la lámpara encendida” es como el administrador fiel espera encontrar a su criado. Velando. Siempre atento a su llegada, en la noche, para servirle. Los discípulos que el Señor ha elegido, aquellos que ha puesto al frente de los que le siguen, han de ser también fieles y solícitos. Fieles significa unidos a su Señor, unidos a la voluntad de su Señor, y por tanto dispuestos a que se haga no la voluntad propia, sino la de Cristo. Solícitos significa prestos, no perezosos ni vencidos ante la tentación de omitir la voluntad de Cristo, de dejarla para luego porque “el amo tarda”.

Ser la heredad del Señor, haber sido llamados de la noche a la luz, de la esclavitud a la libertad del siervo de Dios, significa reconocerse mirados por el Señor, favorecidos por el Todopoderoso, pero supone también que saben lo que el amo quiere, que ellos son los que tienen que llevar a cabo el plan de Dios. En la medida en la que sean fieles y solícitos recibirán los premios eternos. En la medida en que sean egoístas y holgazanes recibirán “muchos azotes”, el justo castigo.

Porque sí, ese final del pasaje evangélico resulta inquietante para los que, como nosotros, cristianos, llamados por el Señor en el evangelio y miembros de la Iglesia hoy, no dudamos de ser los que hemos recibido “lo mucho”. Ciertamente, el Señor busca la manera de motivar a los suyos para que sean administradores fieles y solícitos.

Participar en la celebración de la Iglesia es tener certeza de haber recibido esta llamada, y es una constante motivación para que la gracia que Dios nos da la administremos oportunamente en beneficio de nuestros hermanos. La liturgia de la Palabra es, cada día, una constante provocación para que no nazca en nosotros el ir a lo nuestro, el dejar para más tarde las cosas de Dios, el mirar a los hermanos como personajes molestos a los que no tengo que atender. Es en la escucha de la Palabra de Dios donde el cristiano reconoce que tiene que estar preparado, que el Señor viene, que otros reclaman mi atención y mi servicio.

La Carta a los Hebreos nos ofrece hoy ese precioso “elogio de la fe” que desgrana paso a paso la fe de Abraham: Él escuchó la voz del Señor y se convirtió en administrador de su llamada. La fe nos mueve a responder. La fe que nace de la escucha. Con Abraham comienza esa elección divina que se sella en la Pascua. Con la Pascua de Cristo que nos es entregada comienza a hacerse nuestra elección a la hora de administrar lo que recibimos de Dios.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


9 de agosto: Santa Teresa Benedicta de la Cruz,virgen y mártir, doctora de la Iglesia

Edith Stein es presentada por la liturgia de la Palabra del día 9 como la virgen prudente que se desposa en matrimonio perpetuo con el Esposo. Ella ha mantenido la lámpara encendida de la búsqueda de la verdad hasta dar en su vida con el Señor y entregarle confiadamente su existencia, desde la fenomenología hasta el campo de concentración de Auschwitz, en el ámbito del conocimiento por la razón, y en la respuesta de la fe, siendo por ello un modelo para Europa, de la que es también copatrona. Ella es la princesa que vestida como tal entra a la presencia del Rey, de forma misteriosa, ante el martirio.

En su conversión y su llamada al convento carmelita de Echt, respondió a la llamada del Señor a esos desposorios en los que descubre la sabiduría de la cruz. Esta aparece reflejada en la oración colecta de la misa. En ella se presenta también el ejemplo de Edith Stein como modelo de contemplación que lleva a la presencia de Dios, donde la visión de Dios es plena.


Diego Figueroa

 

Para la Semana

Lunes 8:
Santo Domingo de Guzmán, presbítero. Memoria.

Ezequiel 1,2-5.24-28c. Era la apariencia visible de la gloria del Señor.

Sal 148. Llenos están el cielo y la tierra de su gloria.

Mateo 17,22-27. Lo matarán, pero resucitará. Los hijos están exentos de impuestos.
Martes 9:
Santa Teresa Benedicta de la Cruz, virgen y mártir, patrona de Europa. Fiesta.

Os 2,16b.17b.21-22. Me casaré contigo en matrimonio perpetuo.

Sal 44. Escucha, hija, mira: inclina el oído.

Mateo 25,1-13. ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!
Miércoles 10:
San Lorenzo, diácono y mártir. Fiesta.

1Corintios 9,6-10. Al que da de buena gana lo ama Dios.

Sal 111. Dichoso el que se apiada y presta.

Juan 12,24-26. A que me sirva, mi padre lo premiará.
Jueves 11:
Santa Clara, virgen. Memoria.

Ezequiel 12,1-12. Emigra a la luz del dio, a la vista de todos.

Sal 77. No olvidéis las acciones de Dios.

Mateo 18,21-19,1. No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Viernes 12:
Ezequiel 16,1-15,60.63, Tu belleza era completa con las galas con que te atavié; y te prostituiste.

Sal: Is 12,2-6. Ha cesado tu ira y me has consolado.

Mateo 19,3-12. Por los tercos que sois permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero, al principio, no era así.
Sábado 13:
Ezequiel 18,1-10 13b,30-32, Os juzgaré a cada uno según su proceder.

Sal 50. Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

Mateo 19,13-15. No impidáis a los niños acercarse a mi; de los que son como ellos es el reino de los cielos.


Domingo de la 18ª semana de Tiempo Ordinario – 31/07/2016

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Comentario Pastoral

RICOS ANTE DIOS

La primera lectura de este domingo comienza con la célebre reflexión, tantas veces repetida: “Vaciedad sin sentido, todo es vaciedad”. ¿Qué saca el hombre de todo su trabajo y de los afanes con que trabaja bajo el sol?”. Se pueden tener muchas cosas y estar vacío por dentro. Se puede ser humanamente rico y espiritualmente pobre. El egoísmo de acumular y llenar bien los propios graneros nos puede dejar vacíos ante Dios.

En el Evangelio, Jesús utiliza un lenguaje parecido al del antiguo sabio de Israel, al condenar la voluntad explícita de querer solamente almacenar para uno mismo, olvidándose de lo fundamental: la urgencia y necesidad de ser rico ante Dios. Es oportuno volver a recordar que el ideal, el sueño dorado del hombre no debe ser la posesión y acumulación de los bienes de la tierra. “Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”.

Hay un hecho muy importante, el hombre al morir no puede llevarse ninguno de sus bienes materiales. Esto significa que no debe pasarse la vida reuniendo tesoros para sí mismo como única obsesión-preocupación-tranquilidad-felicidad, pues en el momento más inesperado (esta misma noche puede sernos arrebatado todo) la vida se escapa de nuestras manos. Pensar solamente en la riqueza material con desprecio y marginación de la riqueza espiritual es un grave error, pues los bienes terrenos han de ser entendidos y usados en la perspectiva y valoración de los bienes celestiales.

En la relativización de la objetiva pequeñez de las mayores cosas que podamos hacer encuentra San Pablo la flecha que le da sentido: “Apuntad a los bienes de arriba; encended en vuestros trabajos la chispa creadora, renovando la imagen del Creador que sois hasta llegar a conocerlo”.

Hay que saber relativizar el presente y todas las cosas, comprendiendo su finitud y sus límites. Todos somos invitados a redimensionar la idolatría materialista o capitalista de los bienes económicos considerados como valor-vértice de la vida, ante los que se sacrifica todo. Es necesario recomponer una auténtica escala de valores.

El proyecto de vida del cristiano no es el de “amasar riquezas para sí”, sino el de crear con gozo para los demás.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23 Sal 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17
San Pablo a los Colosenses 3, 1-5. 9-11 San Lucas 12, 13-21

de la Palabra a la Vida

Tanto la pregunta del autor del Eclesiastés, “¿qué saca el hombre de sus trabajos?”, como la de Jesús en el evangelio, “¿de quién será lo acumulado?”, sitúan al oyente ante una cierta crisis que debe saber resolver. ¿Para qué vale el esfuerzo de cada día? ¿Cuál es el fruto del trabajo? Dicho de otra forma: si cosas tan importantes como estas pasan, ¿qué es lo que permanece, lo que merece la pena? El verdadero fruto no es lo que el hombre se queda aquí, no salta a la vista: lo que permanece es lo que se da al Señor.

Por eso, la Iglesia saca la conclusión correcta que le hace pedir en el Salmo “un corazón sensato”. Un corazón capaz de calcular qué es lo que se renueva y qué es lo que se seca. El símil campestre se aplica entonces a las cosas valiosas de la vida. Lo que de verdad cuenta no puede ser como la hierba, no puede ser “vanidad de vanidades”, no puede ser conservado por la codicia humana. Todo lo que el hombre puede almacenar “humanamente” hablando es cosa pasajera, en la que no podemos poner nuestra seguridad. Es necesario almacenar “divinamente”, es decir, encontrando riquezas que se amasan para Dios.

Por eso las lecturas de hoy son enormemente provocadoras: no trabajamos para veranear, no nos esforzamos para ir de vacaciones, no es esa su principal motivación. Que podamos descansar en el verano, ir a la montaña o a la playa, no es importante si no hemos almacenado durante el año para Dios. Tan importante como trabajar durante la vida es saber para quién se vive.

La parábola del hombre rico que tiene una gran cosecha es una invitación a recordar que, lo mismo en una vida llena de éxitos que en una que acumula fracasos, esta noche nos van a exigir la vida, es decir, estamos en las manos del Señor. Por eso, no conviene llenarla de cosas vanas, sino de aquello que, llegados ante el Señor podamos dejar caer de nuestras manos en las suyas, como la esposa y el esposo se entregan arras al contraer matrimonio. ¿Qué pondremos nosotros en las manos del Señor cuando este nos reclame la vida?

Acumular bienes es vanidad, entregar amor es almacenar aquello que, en palabras de san Pablo, “no pasa nunca”. La vida es un camino de amor, durante el cual no debemos confundir los objetivos ni actuar con frivolidad. Si lo acumulado no es fruto del amor, será como hierba que se seca, “pasará”. Cristo no ha venido a poner paz cuando los hermanos se pelean y se enfrentan, a menudo dolorosamente y para toda la vida, por herencias o dineros: el cristiano ya sabe que todo eso vale menos que el amor, por eso recuerda que lo demás es pasajero, todo vanidad.

Sólo hay una fuerza capaz de convertir lo pasajero en eterno, y es el amor, el Espíritu Santo. Por eso, en la celebración de la liturgia, la Iglesia invoca el don del Espíritu Santo para que lo que es pasajero, el pan y el vino, se convierta en eterno, Cuerpo y Sangre de Cristo, y así haga eterno también al que lo recibe. El don de Cristo, el don de su amor, hace que ya no todo sea vanidad. En la celebración, la Iglesia quiere enseñarnos a discernir cuantas cosas que consideramos importantes en realidad son hierba que se seca, vanidad y cuales merecen la pena porque son transformadas por la gracia. Poniendo el corazón en lo eterno, dejaremos pasar sensatamente aquello que no tiene peso para alcanzar la vida eterna.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


6 de agosto: Transfiguración del Señor

Guiados por el prefacio propio de la fiesta, podemos asomarnos al misterio que la Iglesia celebra: en este prefacio encontramos el misterio y su sentido: Sucede que Cristo manifiesta su gloria a Pedro, Santiago y Juan, y que lo hace a través de su propio cuerpo. Su cuerpo es instrumento de comunicación de la luz de Dios, y la Luz que vela, aparece, se manifiesta a los “testigos predilectos”.

El sentido de este misterio es doble: a los apóstoles los fortalece ante la Pasión, de tal forma que al ver a Cristo padecer no olviden quién es en realidad, no olviden la luz que oculta misteriosamente; a la Iglesia la alienta en su esperanza, pues puede contemplar en la Luz que sale de ese cuerpo, la misma Luz que ella tendrá al final de los tiempos: es así porque Cristo es la Cabeza del Cuerpo, la Iglesia. Es el destino que espera a los hijos de Dios, que queda en el Tabor confirmado, tal y como recoge también la oración colecta.

La primera lectura se puede tomar del libro de Daniel o bien de la segunda carta de Pedro (una en todo caso, dos solamente cuando cae en domingo). En este año C en el que nos encontramos, el pasaje evangélico que se proclama es el de san Lucas.

Diego Figueroa

 

Para la Semana

Lunes 01:
San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor. Memoria.

Jeremías 28,1-17. Ananías, el Señor te ha enviado, y tú has inducido al pueblo a una falsa confianza

Sal 118. Instrúyeme, Señor, en tus leyes.

Mateo 14,13-21. Alzó la mirada al ciclo, pronunció la bendición y dio los panes a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente.

Martes 02:
Jeremías 30,1-2.12-15.18-22, Por la muchedumbre de tus pecados te ha tratado así, Cambiaré la suerte de las tiendas de Jacob.

Sal 101. El Señor reconstruyó Sión y apareció en su gloria.

Mateo 14,22-36, Mándame ir hacia ti andando sobre el agita.
Miércoles 03:
Jeremías 31,1-7. Con amor eterno te amé.

Salmo: Jer 31,10-13. El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.

Mateo 15.21-28. Mujer, qué grande es tu fe.
Jueves 04:
San Juan María Vianney, presbítero.Memoria.

Jeremías 31,31-34. Haré una alianza nueva y no recordaré sus pecados.

Sal 50. Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

Mateo 16,13-23. Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos.
Viernes 05:

Nah 2,1.3; 3,1-3.6-7. Ay de la ciudad sangrienta.

Salmo: Dt 32,35-36.39.41. Yo doy la muerte y la vida.

Mt 16,24-28. ¿Qué podrá dar un hombre para recobrar su vida?
Sábado 06:
Transfiguración del Señor. Fiesta

Daniel 7,9-10.13-14. Su vestido era blanco como la nieve
o

2 Pedro 1,16-19, Esta voz del ciclo la oímos nosotros.

Sal 96. El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.

Lucas 9,28b-36. Moisés y Elías hablaban de su muerte.

 

Domingo de la 17ª semana de Tiempo Ordinario. – 24/07/2016

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Comentario Pastoral

LA ORACIÓN PERSEVERANTE

El tema de la oración vuelve a tomar fuerza y actualidad en este domingo. Es conmovedor el diálogo que sostiene Abrahán con Dios para tratar de lograr el perdón de Sodoma, la ciudad impura. La palabra diálogo es clave para entender el significado y las exigencias de la plegaria cristiana. Ciertamente, si la oración no fuera más que un monólogo del hombre consigo mismo, no sería preciso orar, pero la plegaria auténtica es un diálogo que se realiza en presencia consciente delante de Dios. Este diálogo surge desde la fe, la pobreza, la reflexión, el silencio y la renuncia del hombre.

Cuando se ora de verdad se sale de uno mismo para abandonarse en Dios con ánimo generoso, con simplicidad inteligente, con amor sincero. Orar es pensar en Dios amándole, expresar verdaderamente la vida. La oración es camino de comunión con Dios, que nos lleva a la comunión y el diálogo con los hombres. La oración más que hablar es escuchar; más que encontrar, buscar; más que descanso, lucha; más que conseguir, esperar. Rezar es estar abiertos a las sorpresas de Dios, a sus caminos y a sus pensamientos, como quien busca aquello que no tiene y lo necesita. Así la oración aparece como regalo, como misterio, como gracia.

En el Evangelio, la parábola del amigo inoportuno nos recuerda que Dios se deja siempre conmover por una oración perseverante. Por eso la tradición orante de la Iglesia es una tradición de peticiones y súplicas, que manifiesta la actitud de abrirse confiadamente a la presencia, el consuelo, el apoyo y la seguridad que solamente pueden venir de Dios. Siempre la petición ha de estar unida a la alabanza y a la profesión de fe y amor en la esperanza.

Hoy se nos propone una espléndida catequesis sobre la oración. La plegaria es el alma de la existencia histórica de Jesús y de los cristianos; debe ser constante, espontánea, sincera, personal como la de Abrahán y la del amigo inoportuno. La oración es contemplación de Dios, abandono místico, experiencia de lo infinito; debe estar liberada de sentimentalismos y de monotonía. La oración cristiana supone siempre la escuela de la Palabra. Todos los modelos de oración quedan sublimados por el que nos dejó Cristo en el Padrenuestro.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Génesis 18, 20-32 Sal 137, 1-2a. 2bc-3. 6-7ab. 7c-8
San Pablo a los Colosenses 2, 12-14 San Lucas 11, 1-13

de la Palabra a la Vida

Hoy nuevamente Abraham protagoniza el pasaje del Antiguo Testamento que proclama la Iglesia. Hay una familiaridad hacia el Señor, una relación entrañable entre el patriarca y Dios que hacen de la escena casi una conversación íntima que nos es descubierta. La decisión de Dios y la intercesión de Abraham, sereno, humilde, sabio. En él encontramos actitudes que nos parecen más propias de Dios, que Dios le ha dado para que lleve a cabo su misión. Por el contrario, Dios parece tener que aprender de la paciencia de Abraham. De forma magistral, el Génesis se sirve de Dios y del hombre para mostrar todos los atributos divinos, aquellos que Dios ofrece.

Esa sabia y paciente perseverancia de Abraham la encontramos en el evangelio en el amigo importuno de la parábola. Recibirá los tres panes, sabe bien el amigo que los recibirá, por su insistencia, no caprichosa sino confiada. Los recibirá también porque conoce sin duda la bondad del amigo al que llama, la generosidad del que parece -sólo parece- dormir y no querer saber nada del que pide.

La Iglesia ha aprendido a ser así ante su Señor. Así es como el Señor la ha enseñado a ser y a actuar. Por eso, se apropia de las palabras del Salmo en las que dibuja su actitud: “Cuando te invoqué me escuchaste, acreciste el valor en mi alma”. ¿Quién, quién ha invocado al Señor y ha sido escuchado? ¿Quién le ha llamado, inoportunamente, en la noche, desde el sepulcro, para bien de los amigos? ¿Quién ha tratado de convencerlo para salvación de los pecadores, como aquellos de Sodoma? En los tres casos, la respuesta es Jesucristo. Las cualidades para ser mediador, para ser negociador de Abraham, con Dios, no son más que un anuncio de ese gran negociador, excelso intermediario, que es Jesús. Él ha obtenido perdón y gloria, vida y alimento para bien de los suyos.

No es que Dios Padre no quisiera concederlo, el Hijo no ha tenido que arrancar el perdón y la vida al Padre, que no quería darlo: el Hijo ha mostrado, como hombre, el deseo y el plan del Padre, Dios eterno. Dios suscita en el corazón de los hombres los buenos deseos, los sentimientos de amor, que hay eternamente en Él, para que veamos que en la comunión con Dios este concede al hombre su inmensa voluntad de amor y salvación para nosotros. Así, la intercesión de Cristo es sublime, porque Él es Dios y hombre. La de los hombres siempre será imagen de la de Cristo.

Por eso, la comunión con Cristo es necesaria para que nuestra intercesión no sea caprichosa o equivocada, sino siempre según el Mediador, Cristo Jesús. La Liturgia de la Iglesia se convierte aquí, una vez más, en Madre y Maestra para sus hijos. ¿Qué pide la Iglesia en la liturgia? ¿Qué pedimos cuando celebramos la misa, cuando escuchamos una Plegaria Eucarística, en Laudes o en Vísperas? Es la Iglesia la que quiere enseñar a sus hijos, la que quiere imitar a Dios que pone en nosotros los deseos de la intercesión, enseñando qué pedir, por qué bien interceder. No basta la buena voluntad, pues la Palabra de Dios nos enseña hoy que la comunión es necesaria. Es esa intimidad con el Señor la que nos revelará como dirigirnos a Dios. Cuando el creyente vive en comunión con Dios, entonces adquiere todo su sentido el consejo del Señor: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá”.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


25 de julio: Santiago apóstol, patrono de España, solemnidad

El martirio del apóstol Santiago, primero de los Doce que derrama su sangre por el nombre de Cristo, marca profundamente las lecturas de esta fiesta: La primera es, precisamente, la que da noticia de su muerte; el evangelio, en cambio, es el anuncio de Cristo de que Santiago, como los otros, iba a beber el cáliz de la Pasión del Señor.

Es por eso que san Pablo afirma en la segunda lectura que los discípulos de Cristo llevan en su cuerpo la muerte de Cristo, y en él, un tesoro en vasijas de barro: la fragilidad de los discípulos, manifestada en su ambición en el relato evangélico, no es obstáculo suficiente para que el anuncio del evangelio haya llegado a todos los pueblos. Este es el tema del Salmo: el anuncio de la Palabra de Dios es una bendición que, desde el Padre, se hace extensiva a todos los pueblos, incluso los más lejanos.

Estos pueblos lejanos son los que visitó Santiago, las tierras de España, para traer la buena noticia del Evangelio. Es por eso que la Iglesia en España se encomienda a su patrocinio: Aprovechemos este día para poner ante Dios a nuestro país y a sus ciudadanos

 


Diego Figueroa

 

Para la Semana

Lunes 25:
Santiago Apóstol, patrono de España. Solemnidad.

Hch 4,33;5,12.27-33;12,2. El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago.

Sal 66. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

2Cor 4,7-15. Llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús.

Mt 20,20-28. Mi cáliz lo beberéis.

Martes 26:
San Joaquín y Santa Ana, padres de la Virgen María. Memoria.

Jer 14,17-22. Recuerda, Señor, y no rompas tu alianza con nosotros.

Sal 78. Líbranos, Señor, por el honor de tu nombre.

Mt 13,36-43. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo.
Miércoles 27:

Jer 15,10.16-21. ¿Por qué se ha vuelto crónica mi llaga? Si vuelves, estarás en mi presencia.

Sal 58. Dios es mi refugio en el peligro.

Mt 13,44-46. Vende todo lo que tiene y compra el campo.

Jueves 28:
San Pedro Poveda Castroverde, presbítero y mártir. Memoria.

Jer 18,1-6. Como está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano.

Sal 145. Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob.

Mt 13,47-53. Reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Viernes 29:
Santa Marta. Memoria.

Jer 26,1-9. El pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor.

Sal 68: Que me escuche tu gran bondad, Señor.

Jn 11,19-27. Creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.

o bien:

Lc 10,38-42 Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas.
Sábado 30:
Jer 26,11-16.24. Ciertamente me ha enviado el Señor a vosotros, a predicar estas palabras.

Sal 68. Escúchame, Señor, el día de tu favor.

Mt 14,1-12. Herodes mandó decapitar a Juan, y sus discípulos fueron a contárselo a Jesús.


Domingo de la 16ª semana de Tiempo Ordinario. – 17/07/2016

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Comentario Pastoral

HOSPITALIDAD DESDE LA FE

En el camino del hombre Dios se le hace encontradizo y huésped. La primera lectura bíblica de este domingo nos recuerda a Abrahan, ofreciendo la hospitalidad a Dios, que se le muestra bajo las apariencias de tres extranjeros que van de paso. Con un amor limpio los acoge, los saluda, los venera, les ofrece comida; por eso la escena termina con una promesa de vida. No olvidemos que la hospitalidad tiene mucho de sagrado y que cuando se da de verdad se recibe mucho más.

En el Evangelio Jesús se detiene para descansar en casa de sus amigos de Betania. Marta nos recuerda al samaritano del domingo anterior; María es signo de lo primero y fundamental para la acción caritativa: la escucha de Jesús. El servicio de Marta y la escucha de María son dos aspectos armónicos y complementarios de la única vida del cristiano.

En un mundo inhóspito, en que hay tantos recelos, suspicacias y miedos de abrir la puerta, es conveniente meditar sobre las exigencias de una hospitalidad desde la fe. Todos hubiéramos acogido con toda prontitud y alegría a Jesús, si hubiese querido físicamente quedarse en nuestra casa, del mismo modo que lo hizo en Betania. Sin embargo nos resulta bastante difícil acogerlo en la verdad misteriosa de su Palabra. En cada eucaristía siempre tenemos la ocasión maravillosa de dar hospitalidad a la Palabra que se nos proclama (que es Cristo), de ser discípulos del Maestro, de escuchar la verdad que fortalece la fe, centra la esperanza y purifica el amor. Así podremos después servir a los hermanos, acoger siempre a todos con amabilidad.

Para alcanzar la hospitalidad que nos hace ver a los otros como hermanos es necesario escuchar la Palabra, bien sea entre los rumores de la ciudad o bien en el silencio de la casa. La ley o norma fundamental que debe regular nuestra vida, para tener abierto el canal de comunicación y acogida con lo infinito, no es algo lejano y exterior a nosotros. Es más bien algo que nos empuja desde dentro a desprendernos de nuestros intereses y amar a Dios y a los demás.

Cristo alabará la actitud de María, que antepone a cualquier otra preocupación la de oír al Maestro. A ejemplo suyo, como los discípulos de los rabinos, debemos estar siempre dispuestos a oír la Palabra (“el misterio escondido desde los siglos”) y a cumplirla.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Génesis 18, 1-10a Sal 14, 2-3ab. 3cd-4ab. 5
san Pablo a los Colosenses 1, 24-28 san Lucas 10, 38-42

de la Palabra a la Vida

“Señor, no pases de largo”. La sentida petición de Abraham, que ha reconocido en ese misterioso huésped la presencia de Dios, en esas tres personas la visita del Señor, se corresponde con el deseo de todo hombre de que aquello que, habiendo aparecido de forma gratuita y consoladora, nos abre la puerta a que lo divino no se aleje de nosotros sino que se quede: Viniendo a nosotros, en realidad nos introduce en una vida mejor, especial, de comunión eterna con lo divino. El pacto con Dios no es para algún momento: si es verdadero pacto con Dios, puede hacerse palpable en cualquier momento de nuestra vida. Solo requiere la atención de reconocerlo. He ahí un nuevo signo de la fe de Abraham. Señor, quédate, “ya que has pasado junto a tu siervo”.

La hospitalidad de Abraham con el Dios misterioso se revela plenamente en la hospitalidad de Marta y María con el Dios encarnado. A Cristo se le sirve -Marta- y se le escucha -María-. ¿Quién quiere decir, gritar, anunciar en su vida que Dios le ha visitado? ¿Alguien tiene intención de hacer público que Dios ha pasado junto a él, no por compromiso, sino como el que “ha visitado y redimido a su pueblo”? Entonces póngase a servir y escuchar a Dios.

Pero la Iglesia es llevada por Cristo en su revelación a un nivel todavía mayor. Este no ha venido sólo a visitarnos, ha venido a invitarnos a su casa. Su visita, su aparición, es un paso querido y previo a abrirnos las puertas de su casa, las puertas de la casa del cielo, “la casa de mi Padre”, en la gloria.

Por eso la Iglesia, al escuchar de la visita de Dios y de la hospitalidad de los hombres, suspira al cielo en el Salmo: “¿Quién puede hospedarse en tu tienda?” Aquel canto del pueblo de Israel, con el que se acercaba al monte santo, a la ciudad de Jerusalén, al Templo en el que Dios habitaba, ha recibido todo su sentido con la Encarnación del Hijo de Dios. Y el que puso su tienda entre nosotros, quiere llevarnos a la tienda que tiene en la Santa Trinidad. La Iglesia ha captado el matiz: Quien acoge a Cristo, será acogido por Cristo.

¿Cómo acoger al que está en el cielo? ¿Cómo poder aceptar la invitación que se nos ofrece? En sus palabras: “Lo que hicisteis con uno de estos, mis humildes, conmigo lo hicisteis”. Si el domingo pasado, en el evangelio del buen samaritano, ya podíamos ver lo buen pagador que es Cristo, hoy el Señor renueva su propuesta.

En realidad, su propuesta es una puerta abierta en cada hombre, en cada hermano, pero que hoy la Iglesia aprende en la Liturgia. Es en la celebración de la Iglesia donde nosotros participamos creyendo que Cristo viene a lo nuestro, a lo que nosotros hacemos, a lo que cantamos o rezamos…en realidad, en la celebración somos nosotros los que nos hospedamos en su tienda, somos nosotros los que, por la acción de la gracia, encontramos abiertas las puertas del cielo, y comenzamos a disfrutar de la acogida de Dios en la gloria.

Reconocerse invitado en la liturgia de la Iglesia es fundamental para vivir la vida con espíritu agradecido, no soberbio ni vanidoso. Señor, Marta y María te acogieron en su casa y aprendieron, en el servicio y en la escucha, que lo importante es aquello que nos hace dignos de ser acogidos en tu tienda. ¿A quién y cómo acojo yo? ¿Con qué condiciones? ¿Recibo a Cristo sirviendo a otros, escuchando la Palabra de Dios? Porque, Señor, puede hospedarse en tu tienda, en el cielo, quien como Tú, “practica la justicia”, te acoge hoy, en el misterio.

Diego Figueroa

 



al ritmo de las celebraciones


23 de julio: Santa Brígida de Suecia, patrona de Europa, fiesta

La comunión con Cristo permite conocer los misterios de Cristo, y entre estos, ningunos más profundo que los que tienen que ver con su Pasión. Esta es la idea que la Palabra de Dios quiere resaltar de la vida de santa Brígida de Suecia, Patrona de Europa y celebrada, por tanto, como fiesta. Lo mismo desde antes de su matrimonio, que en él, que después de enviudar, santa Brígida quiso ser, por medio de la caridad y la penitencia, el sarmiento unido a la vid. Los monasterios que funda buscan fortalecer esa misma unión “en todo momento” (Salmo responsorial). Es esa unión la que la ha llevado a conocer en profundidad los misterios de la Pasión de Cristo: “has manifestado a santa Brígida secretos celestiales mientras meditaba la Pasión de tu Hijo”, dice la oración colecta para manifestar esta misma comunión.

Es un día también para poner a la Europa en que vivimos bajo la protección de esta santa. Ella vivió y ayudó a otros a vivir unida a Cristo crucificado, muerto y resucitado. Europa se esfuerza hoy por separarse de esa unión espiritual, de ese vínculo con la raíz que le permite dar fruto. Por eso, el ejemplo de santa Brígida nos enseña la diferencia entre un sarmiento que quiere vivir unido a la vid, y por eso es podado y da fruto abundante, y un sarmiento que busca separarse de la vid, con lo que ya no sirve para nada.

Diego Figueroa

 

 

Para la Semana

Lunes 18:
Miqueas 6,1-4.6-8. Te han explicado, hombre, lo que Dios desea de ti.

Sal 49. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios

Mateo 12,38-42. Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará
Martes 19:
Miqueas 7,14-15.18-20. Arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos.

Sal 84. Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Mateo 12,46-50. Señalando con la mano a los discípulos dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos”.
Miércoles 20:
Jeremías 1, .4-10. Te nombré profeta de los gentiles.

Sal 70. Mi boca contará tu salvación, Señor.

Mateo 13,1-9. Cayó en tierra buena y dio grano.
Jueves 21:
Jeremías 2,1-3.7-8.12-13. Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron aljibes agriegados.

Sal 35. En ti, Señor, está la fuente viva.

Mateo 13,10-17. A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.
Viernes 22:
Santa María Magdalena. Memoria

Jeremías 3,14-17. Os daré pastores a mi gusto; acudirán a Jerusalén todos los paganos.

Salmo: Jer 31,10-13. El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.

Juan 20,1.11-18. Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?
Sábado 23:
Santa Brígida, religiosa, patrona de Europa. Fiesta.

Gálatas 2,19-20. Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.

Sal 33. Bendigo al Señor en todo momento.

Juan 15,1-8. El que permanece en mí y yo en Él, ese da fruto abundante.

 

Domingo de la 15ª semana de Tiempo Ordinario. – 10/07/2016

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Comentario Pastoral

¿QUIÉN ES MI PRÓJIMO?

En el camino de la vida el hombre se pregunta quien es su prójimo y la Palabra de Dios le responde que el problema es otro: hacerse y sentirse en todo circunstancia próximo y prójimo de los demás. La maravillosa parábola del buen samaritano, que se lee en este domingo, es un reflejo de cómo hay que vivir en concreto la ley del amor a Dios y a los hombres.

Conviene recordar que Dios ha sido el primero que se ha hecho próximo al hombre a través de su palabra y de la manifestación de su poder. La Biblia está salpicada de diálogos con el hombre ya desde las primeras páginas del Génesis. Pero sobre todo Dios se ha hecho próximo en su Hijo, mediador único y universal, de quien proviene todo y es fuente del amor misericordioso del Padre. Cristo es el verdadero Buen Samaritano, que antes de enseñar la parábola, la hizo realidad en su vida acogiendo a todos, amando a los pobres, perdonando a los pecadores, defendiendo a los marginados, curando a los enfermos, salvando hasta entregar la última gota de su sangre en la cruz.

En un mundo en que se acercan las distancias y se incrementan a todos los niveles las comunicaciones, muchos hombres no logran estar próximos a otros porque las actitudes interiores diversas no van en consonancia con la proximidad física. ¡Cuántos están solos en medio del barullo de la gran ciudad! Reciben codazos al andar entre la multitud y no reciben ninguna muestra de amor

En nuestro lenguaje cristiano casi solo empleamos, contradictoriamente, la palabra prójimo para designar al lejano, al que pasa hambre en Etiopía o vive marginado en el subdesarrollo de una selva. Hay que tener los ojos del corazón bien abiertos para ver en el camino de la vida al que sufre, al que nos necesita, al que es víctima de cualquier tipo de injusticia. No demos rodeos, no preguntemos quién es nuestro prójimo, sino demostremos que estamos próximos a todos.

Toda la liturgia de la Palabra es un canto al amor cristiano, porque el amor es posible, no es un sueño ni una evasión ni una utopía humana. El amor cristiano no se desarrolla sobre objetos, sino sobre personas; es dinámico, no se reduce a palabras, sino a obras y nos lleva a la plena comunión con Dios heredando la vida eterna. La raíz de todo amor es el amor divino manifestado en la creación y en la redención.

Andrés Pardo

 

 

 

Palabra de Dios:

Deuteronomio 30, 10-14 Sal 68, 14 y 17. 30-31. 33-34. 36ab y 37
san Pablo a los Colosenses 1, 15-20 san Lucas 10, 25-37

de la Palabra a la Vida

Dios ha querido que las indicaciones más importantes que haya podido darle al hombre en toda su historia se guardaran en el lugar más protegido del mundo. El más secreto. En lo profundo del corazón. Allí donde solamente Él puede entrar, ha dejado para nosotros una ley para nuestra vida que, si cumplimos, nos hará felices. Allí ha puesto también, y pone cada día, las fuerzas necesarias para cumplir esa ley: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”. Allí, en lo profundo de nuestro corazón, quiere Él que entremos a buscarla. No está en un monte lejano, en las profundidades del mar, o en un lugar inaccesible. Está donde nadie más que nosotros puede ir y buscar. Hasta tal punto es así que nos advierte el Salmo: “Miradlo, los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y vivirá vuestro corazón”. En la búsqueda del Señor, en la búsqueda de su Palabra, nuestro corazón se fortalece y vive. Así se entiende lo principal que la Liturgia de la Palabra nos enseña hoy. El mandamiento está, dice san Pablo, “cerca de ti, en tu boca y en tu corazón. Esta palabra es el mensaje de fe que predicamos” (Rm 10,8).

El segundo paso nos lo enseña la parábola del buen samaritano que Jesús explica a un letrado en el evangelio. Ese mandato que Dios pone en lo profundo del corazón se manifiesta en la relación con el prójimo: una relación que se establece en el ámbito de la misericordia. No estaría de más aprovechar estos momentos del verano para releer la bula Misericordiae Vultus.

Esa palabra de misericordia que habita en el corazón es una misericordia que se pone en acto cuando salimos al encuentro del que sufre y le auxiliamos. Y eso no es algo extraño a nosotros, pues el mismo Cristo ha ejercido esa misericordia con nosotros. Él ha sido el extraño, el samaritano, que ha salido al encuentro de los hombres, heridos de muerte por el pecado, y nos ha rescatado dándonos una fuerza que no teníamos: el vino de la esperanza y el aceite del consuelo. El don del Espíritu Santo es ese paño con el que Cristo nos ha curado de las heridas y nos ha llevado a la posada de la Iglesia, donde somos cuidados hasta que el Señor vuelva.

La liturgia de la Iglesia, en un prefacio precioso especialmente indicado para este día dice así: “(Cristo) en su vida terrena, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal. También hoy, como buen samaritano, se acerca a todo hombre que sufre en su cuerpo o en su espíritu, y cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza. Por este don de tu gracia, incluso cuando nos vemos sumergidos en la noche del dolor, vislumbramos la luz pascual en tu Hijo, muerto y resucitado”. La Iglesia contempla en el buen samaritano a nuestro salvador, y por la oración pone en nuestro corazón la capacidad para cumplir el mandato “anda, ve y haz tú lo mismo”.

Cuanto más descubramos el misterio de nuestra salvación en nuestra vida, más en lo profundo nos gritará Cristo el mandato que nos salva. Busquemos ser cristianos que no pasan de largo, que no miran de reojo al que sufre, porque Cristo no ha pasado con prisa, sino que se ha entregado con mimo por nosotros.

Diego Figueroa

 

 

al ritmo de las celebraciones


San Benito abad, patrono de Europa. Fiesta

La celebración de los santos patronos de Europa -San Benito es el patrono principales considerada en la Iglesia siempre como fiesta, con lecturas propias, con Gloria en la misa y Te Deum en el Oficio de Lecturas.

Desde la fundación de Monte Casino y con la Regla que escribe, se convierte en evangelizador de Europa. La familia benedictina, distinguida como su padre por el amor a la celebración de los misterios, el cuidado de la liturgia a la que nada debe anteponerse (“su alabanza está siempre en mi boca”, reza el Salmo en la misa del día, y la referencia al “servicio divino”, del que habla la oración colecta), extiende el monacato por todo el Occidente que produce frutos de santidad y evangelización rápidamente (de ahí el evangelio de la fiesta: “los que me habéis seguido recibiréis cien veces más hermanos…”).

La oración colecta del día propone para los cristianos un camino de seguimiento de Cristo con libertad de corazón, tal y como san Benito enseñó a sus muchos discípulos. Un corazón que sabe dirigirse a Dios se encuentra preparado para no dejarse arrastrar por nada más. La Europa que Benito apadrina necesita volver a poner a Cristo lo primero en el corazón para no dejarse arrastrar por todo lo demás. A él encomendamos su crecimiento y su conversión a Dios.

 


Diego Figueroa

 

 

Para la Semana

Lunes 11:
Prov 2,1-9. Presta atención a la prudencia.

Sal 33. Bendigo al Señor en todo momento.

Mt 19,27-29. Vosotros, los que me habéis seguido, recibiréis cien veces más.
Martes 12:
Is 7,1-9. Si no creéis, no subsistiréis.

Sal 47. Dios ha fundado su ciudad para siempre.

Mt 11,20-24. El día del juicio le será más llevaderoa Tiro y a Sidón que a vosotras.
Miércoles 13:
Is 10,5-7.13-16 ¿Se envanece el hacha contra quien la blande?

Sal 93. El Señor no rechaza a su pueblo.

Mt 11,25-27. Has escondido estas cosas a los sabios y se las ha revelado a la gente sencilla.
Jueves 14:
Is 26,7-9.12.16-19. Despertarán jubilosos los que habitan en el polvo.

Sal 101. El Señor desde el cielo se ha fijado en la tierra.

Mt 11,28-30. Soy manso y humilde de corazón.
Viernes 15:
San Buenaventura, obispo. Memoria.

Is 38,1-6.21-22.7-8. He escuchado tu oración, he visto tus lágrimas.

Salmo: Is 38,10-12.16. Señor, detuviste mi alma ante la tumba vacía.

Mt 12,1-8. El Hijo del hombre es señor del sábado.
Sábado 16:
Nuestra Señora del Carmen. Memoria

Miq 2,1-5. Codician los campos y se apoderan de las casas.

Sal 9. No te olvides de los humildes, Señor.

Mt 12,14-21. Les mandó que no lo descubrieran. Así se cumplió lo que dijo el profeta.

 

Domingo de la 14ª semana de Tiempo Ordinario. – 03/07/2016

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Comentario Pastoral

PREGONEROS DE LA PAZ

Los textos de este domingo están en la clave del camino de Jesús hacia Jerusalén para cumplir su misión mesiánica. El camino de Jesús es el camino de los cristianos. Por eso él, que era el Enviado de Dios, envía a setenta y dos discípulos. Este número tiene su importancia, pues debe ser interpretado como explícita significación de universalidad. Según el modo de pensar de los antiguos setenta y dos eran los pueblos que habitaban la tierra.

El envío de Jesús es universal, el anuncio de su Reino es para todos, su salvación alcanza a la humanidad entera. Todo cristiano es enviado al mundo para predicar el Evangelio no solo con palabras, sino con los gestos y las actitudes que dan credibilidad: la pobreza, el desinterés, la renuncia, que más que virtudes son signos de la disponibilidad hacia el don de la salvación que Dios ofrece a todos y que debemos traspasar a los demás.

Lo primero que hay que comunicar es la paz. En un mundo crispado, en una sociedad agresiva, en ni) ambiente violento la oferta de paz es siempre válida y actual. El hombre pacífico es el más valiente, porque crea una convivencia más estable y transforma el interior violento de las personas. La principal tentación del cristiano es abandonar su misión pacificadora, ya que no ve frutos inmediatos ni resultados notorios en la sociedad que tiene otra escala de valores y otra moral. No hay que cambiar de anuncio, ni de slogan, ni de casa. La constancia es la prueba de que se cree verdaderamente en el hombre, incluso en el que oprime, aplasta o mata. Necesariamente el testimonio cristiano es una pacificación total, en estar siempre abierto al diálogo, para liberar de fatigas y de opresiones violentas. La paz, como el Reino de Dios, siempre está cerca.

Los 72 discípulos volvieron alegres. La alegría es la atmósfera en que está bañada la vida de los que siguen a Jesús. Es una alegría particular, pero auténtica, pues se llega a ella a través de la cruz, como proclama San Pablo con orgullo en la epístola.

El creyente es siempre misionero, pregonero de la paz. La Iglesia está siempre en permanente estado de misión. El misionero es el hombre de la Palabra, que anuncia la salvación integral, la alegría, el amor de Dios. La misión cristiana es un carisma, no una operación de promoción sociopolítica.

Andrés Pardo

 

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 66, 10-14c Sal 65, 1-3a. 4-5. 16 y 20
an Pablo a los Gálatas 6, 14-18 san Lucas 10, 1-9

de la Palabra a la Vida

El anuncio que el profeta Isaías hace a su pueblo en la primera lectura no se dirige a los deportados de Israel, aquellos que en el exilio esperaban el momento de volver a la tierra de sus padres. Es más posible que ese anuncio se dirigiera a aquellos que ya regresaron del exilio y, de nuevo en Jerusalén, se esforzaban cada día por reconstruir el país, entre las dificultades internas y las amenazas externas.

En esa situación el profeta les dice: ¡Alegraos! “¡Festejad a Jerusalén los que por ella llevasteis luto!”. La alegría viene motivada porque el Señor les dará la paz, la fecundidad, el consuelo, que volverá a hacer de ellos algo grande. Mejor aún, algo nuevo: “Voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva”.

Esa situación de felicidad para Israel sirve a la Iglesia para interpretar y proponernos el evangelio de hoy: ¿Cuál tiene que ser la razón de la alegría de los discípulos que han sido enviados a profetizar el Reino de Dios y han vuelto? Responde el Señor: “no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”. La alegría no viene porque han vencido en su lucha, sino porque ellos son el principio de algo nuevo, aquellos que serán ciudadanos del cielo. Ahora sí que se cumple la profecía de Isaías. Estos son los que tienen más razón para alegrarse, porque ellos forman la nueva Jerusalén. No está en los éxitos particulares de unos u otros la felicidad. Está en el Reino nuevo que están instaurando, aunque aún no lo vean.

Por eso cuando la Iglesia se reúne cada domingo, lo hace para descubrir aquello que los discípulos aún no veían en el evangelio: “Venid a ver las proezas del Señor, las maravillas que hace en favor de los hombres”, nos dice el Salmo. La Iglesia se encuentra y cada domingo proclama, anuncia, las maravillas de Dios en el anuncio de su Palabra. También en el don maravilloso de la Eucaristía. En tercer lugar, agradece a Dios las proezas que hace con su brazo en nuestra vida. Así, mostrándonos lo que Dios hace aquí y allí, en nuestra vida y en el cielo, su poder entre los hombres de ayer y de hoy, su dominio sobre la historia para siempre, nos anima a no buscar aquí un éxito que a menudo no sucede. Si lo vemos, bien, pero si no, no nos engañemos: alegraos porque vuestra vida evangélica hace que vuestros nombres ya estén inscritos en el cielo.

En nuestra confesión de la Palabra de Dios, en nuestro trabajo por el evangelio, en nuestra vida de discípulos, nuestros nombres están en el cielo con letras de oro. La felicidad eterna se trabaja y se realiza a veces entre pequeñas felicidades terrenas, temporales, pero a veces no.

Puede ser buen momento para preguntarnos qué es lo que nos consuela en la vida, si los consuelos momentáneos o los eternos prometidos, si los que vemos y palpamos, o los que no podemos intuir pero sí creer. Nuestro trabajo por la Palabra de Dios se hace cada día, pero lo que construimos no tiene por qué verse aquí: está en el cielo nuevo por el que trabajaron los discípulos.

Diego Figueroa

 



al ritmo de las celebraciones


Sobre las Misas votivas en el Misal Romano

El tiempo ordinario es también apropiado para el uso de estos formularios de misas, en los que mostrar nuestra devoción a determinados santos o a Cristo, y que en los tiempos fuertes no podemos usar (IGMR 376). Así nos advierte el Misal: “Las Misas Votivas de los misterios del Señor, o en honor de la bienaventurada Virgen o de los Ángeles o de cualquier Santo, o de todos los Santos, pueden celebrarse de acuerdo con la piedad de los fieles, en las ferias durante el año, aunque ocurra una memoria libre. Sin embargo, no pueden celebrarse como votivas las Misas que se refieren a los misterios de la vida del Señor o de la bienaventurada Virgen María, exceptuada la Misa de la Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María, porque la celebración de ellos está relacionada con el curso año litúrgico” (IGMR 375).

Así por ejemplo, no por meditar o pasar un día de retiro sobre la encarnación o la navidad, es causa para celebrar la misa de esos días, reservada para el 25 de marzo o 25 de diciembre.

El volver sobre estas misas votivas que aparecen en el Misal Romano es utilizar un recurso en el tiempo ordinario para profundizar, por medio de la eucología, en algún aspecto del misterio de Dios del que puedan hacer referencia las lecturas de cada día.


Diego Figueroa

Para la Semana

Lunes 4:
Os 2,16.17b-18.21-22. Me casaré contigo en matrimonio perpetuo.

Sal 144. El Señor es clemente y misericordioso.

Mt 9,18-26. Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, y vivirá.
Martes 5:
Os 8,4-7.11-13. Siembran viento y cosechan tempestades.

Sal 113B. Israel confía en el Señor.

Mt 9,32-38. La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos.
Miércoles 6:
Os 10,1-3.7-8.12. Es tiempo de consultar al Señor.

Sal 104. Buscad continuamente el rostro del Señor.

Mt 10,1-7. Id a las ovejas descarriadas de Israel.
Jueves 7:
Os 11,1-4.8c-9. Se me revuelve el corazón.

Sal 79. Que brille tu rostro, Señor, y nos salve.

Mt 10,7-15. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.
Viernes 8:
Os 14,2-10. No volveremos a llamar Dios a la obra de nuestras manos.

Sal 50. Mi boca proclamará tu alabanza, Señor.

Mt 10,16-23. No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre.
Sábado 9:
Is 6,1-8. Yo, hombre de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos.

Sal 92. El Señor reina, vestido de majestad.

Mt 10,24-33. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo

 

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