Domingo de la 8ª semana de Tiempo Ordinario. – 26/02/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

“NO ESTÉIS AGOBIADOS”

Cinco veces, en el texto evangélico de este octavo domingo del tiempo ordinario, sale la palabra “agobiarse”. Me parece que no es anecdótico esta insistencia-invitación a una reflexión monográfica sobre el tema que es de perenne actualidad.

El agobio aparece con mil rostros y vestidos diferentes como compañero inseparable en la vida del hombre. “Estoy agobiado y triste”, “estoy cansado de la vida”, “estoy cansado de la vida”, “estoy abrumado por tantas preocupaciones” “he perdido la tranquilidad”, son frases que se escuchan con demasiada frecuencia. Muchos arrastran un corazón vendado, que no conoce la alegría y la paz.

Y te llaman ingenuo e idealista por no pisar la arena de la verdad, si dices o gritas que vale la pena vivir, que siempre hay razones para no desesperar y convertirse a la alegría. ¿Es miope el que se atreve a predicar la alegría cristiana como remedio salvador para los que andan agobiados por las cosas de aquí abajo?.

El corazón de muchos, como un desván en desorden está atestado de cosas ingratas almacenadas desde años, que al irse deteriorando silenciosa e implacablemente, llenan de negra suciedad el interior. Lo que más agobia no es lo que se ve o recibe del exterior, sino lo malo que está dentro de uno y fermenta y se pudre. ¿Por qué no enfrentarse con los agobios que son fruto de la envidia que corroe, del miedo al fracaso, del egoísmo que se manifiesta en venganza, de la duda que nos esteriliza, de las lamentaciones del pasado, etc….?

No están reñidas con el evangelio las preocupaciones justas: las del pan que hay que comprar, el porvenir que hay que preparar, la educación que hay que dar, la justicia y la paz que hay que ganar, los hombres que hay que amar, el mundo que hay que salvar.

La búsqueda del Reino de Dios, es una búsqueda serena y confiada de lo esencial, sin agobios. Sin fe es difícil soportar nada. Con Dios es fácil encontrar sentido a todo. El creyente está convocado a una gran y múltiple actividad en todos los órdenes, pero sin intranquilidad y agobios paganos que desvíen de la opción por Dios para caer en la del dinero.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 49, 14-15 Sal 61, 2-3. 6-7. 8-9ab(R.: 6a)
san Pablo a los Corintios 4, 1-5 san Mateo 6, 24-34

de la Palabra a la Vida

Con este relato evangélico se interrumpe el sermón de la montaña ante la llegada inminente de la Cuaresma. Hoy también encontramos elementos ya empleados por Mateo en las semanas anteriores. Elementos opuestos: despreciar y dedicarse, odiar y amar…la escucha de las Bienaventuranzas conlleva una actitud necesaria y otra reprobable sobre cada circunstancia de la vida.

Es por eso que el Señor vuelve a mirar al corazón para advertirnos acerca de los peligros que nos acechan en su seguimiento: El apego a las riquezas es incompatible con el Reino de Dios. Por tanto, quien quiera vivir en el Reino de Dios, no sólo en el cielo, sino aquí ya en la tierra, tendrá que soltar amarras de cualquier riqueza que dé seguridad a su corazón. No es que Dios busque esa exclusividad por celos, sino porque sabe que todo lo demás no puede satisfacer un corazón que ha sido creado por y para Dios.

Hay que tener el valor de vender las perlas de la colección, aquellas que mostramos orgullosamente al mundo, para poder recibir la perla de más valor, la que más resplandece.

La prioridad de esa elección se fundamenta en la confianza en el que la propone, en la firmeza de Cristo y de nuestra decidida actitud con Él.

Por eso el Señor enseña a los discípulos sobre la importancia de no agobiarse con las preocupaciones mundanas, especialmente aquellas dos más significativas, el alimento y el vestido. La vida es más valiosa que el alimento y el cuerpo que el vestido. Dios, que sabe lo que necesitamos, provee para lo más importante.

Caeríamos en una comprensión simplista del evangelio si lo interpretáramos como una invitación a la pereza, a no hacer nada, a sentarnos sin más a esperar que todo nos venga llovido del cielo. La espera cristiana es activa y debe ser proactiva. Así es la del padre, que sabe lo que necesitan sus hijos y quiere prepararlos para dárselo. Esa laboriosidad, en relación con el Padre, sostenida por el Padre, es la que Cristo quiere enseñarnos. La verdadera laboriosidad supone primero una escucha. En la escucha descubrimos que no hacemos solos, que la vida, el trabajo, la familia o cualquier ocupación, no es una batalla a combatir en soledad, sino de la mano del Padre. Lo contrario es vivir en un agobio estéril. La imagen de los lirios, vestidos con la belleza de su sastre, el Dios creador, superior a la gloria de Salomón, nos recuerda quién ha de obrar y a quién hemos de buscar en el día a día.

¿Buscamos glorias fugaces? A menudo nuestra autocomplacencia se puede camuflar de paz en Dios y hacernos vanidosos en vez de humildes. Por eso necesitamos escuchar a Dios, para no caer en el engaño de la belleza que nos viste cuando en realidad no es así. El Señor nos advierte por eso de la necesidad de ir por la vida aprendiendo a confiar en Dios Padre, esa búsqueda creyente, lejana a la propia de los gentiles: el aplauso de los demás, la alabanza y el reconocimiento de los que me rodean…

“Vosotros buscad el Reino de Dios y su justicia”. Porque los que tienen hambre y sed de la justicia, quedarán saciados. Esa justicia no es algo ajeno a Dios: sería absurdo que Jesús planteara al hombre una forma de vida al margen de su Padre. Esa justicia contiene la relación honesta del hombre con Dios, en la que el hombre pone su confianza en la acción de Dios y Dios da al hombre el amor que transforma el mundo.

Nos viene bien escuchar estas cosas antes de entrar en la Cuaresma: en ella se nos va a explicar que hemos elegido -y elegimos- muchas riquezas que no son Dios, que nos confiamos en ellas…y que el Señor va a mostrarnos el brillo de su amor para que no confundamos lo auténtico con lo aparente.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal… el prefacio de la Virgen María, madre de la divina providencia

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.

Porque en tu providencial designio, la bienaventurada Virgen María,
por obra del Espíritu Santo, engendró al Salvador del mundo.
En Caná de Galilea intercedió ante su Hijo por los esposos,
para que realizara el primero de su signos:
el agua se enrojeció, los comensales se alegraron
y los discípulos creyeron en el Maestro.

Ahora, entronizada como reina a la derecha de su Hijo,
atiende las necesidades de toda la Iglesia
y es para cada uno de nosotros,
confiados a ella por Jesucristo en la cruz,
dispensadora de gracia y madre providente.

Por eso, con los ángeles y los santos
te cantamos, el himno de alabanza diciendo sin cesar:

 

Para la Semana

Lunes 27:

Eclo 17,24-29. Vuélvete al Altísimo y reconoce los juicios de Dios.

Sal 31. Alegraos, justos, y gozad con el Señor.

Mc 10,17-27. Vende lo que tienes y sígueme.
Martes 28:

Eclo 35,1-12. Quien guarda los mandamientos ofrece sacrificios de comunión.

Sal 49. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

Mc 10,28-31. Recibiréis en este tiempo cien veces más, con persecuciones y en la edad futura, vida eterna.
Miércoles 1:

Jl 2,12-18. Rasgad los corazones y no las vestiduras.

Sal 50. Misericordia, Señor: hemos pecado.

2Cor 5,20-6,2. Reconciliaos con Dios: ahora es tiempo favorable.

Mt 6,1-6.16-18. Tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará.
Jueves 2:

Dt 30,15-20. Hoy te pongo delante bendición y maldición.

Sal 1. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.

Lc 9,22-25. El que pierda su vida por mi causa la salvará.
Viernes 3:

Is 58,1-9a. Este es el ayuno que yo quiero.

Sal 50. Un corazón quebrantado y humillado, tú, Dios mío, no lo desprecias.

Mt 9,14-15. Cuando se lleven al esposo, entonces ayunarán.
Sábado 4:

Is 58,9b-14. Cuando partas tu pan con el hambriento…brillará tu luz en las tinieblas.

Sal 85. Enséñame Señor, tu camino, para que siga tu verdad.

Lc 5,27-32. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan.


Domingo de la 7ª semana de Tiempo Ordinario – 19/02/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral
EL AMOR A LOS ENEMIGOS

El amor cristiano no es la sola unión de los esposos, ni el ardor de los amantes, ni el acuerdo de los amigos, ni la predilección de los prójimos, sino el amor total que llega incluso a poder amar a los enemigos. Es un amor que no se queda en la dulce y confortable efusión del corazón, ni se reduce a un intercambio de beneficios, sino que se convierte en don y abandono total, rompiendo las coordenadas lógicas de los comportamientos humanos.

El amor cristiano no es un simple afecto, porque si lo fuera no podría ser objeto de un mandamiento, ya que no se puede tener afecto verdadero por obediencia. El amor que es objeto del mayor mandamiento de la ley nueva no pertenece al mero reino de la sensibilidad, sino al de la voluntad. No es simple sentimiento, sino virtud.

El odio siempre empequeñece, porque aísla, reduce y endurece los límites; mientras que el amor engrandece y abre horizontes. El límite del amor cristiano no es el “yo”, sino “los demás”, no son sólo los amigos, sino incluso los enemigos. No es una resta, sino una multiplicación. Es un amor infinito, que no se queda en las consideraciones de la justicia. Porque la justicia devuelve ojo por ojo y diente por diente y mal por mal, a fin de obtener un equilibrio e impedir que el desorden lo arrolle todo; mientras que el amor perfecto que nos pide Cristo paga el bien con el bien y el mal con el bien.

Es fácil amar a los prójimos y tener compasión con los que pasan hambre y estar abierto al desconocido que pasa a nuestro lado o vive lejos, pero que nos va a importunar solamente un momento. Pero existe un hombre más difícil de amar que el pobre y el extranjero: es el enemigo que hace daño, ataca y escarnece. Amarlo es exponerse al ridículo, a la ruina, incluso a la muerte.
Quien es capaz de este amor se acerca a la perfección del “Padre que está en el cielo y hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos”. Es, en verdad, un amor difícil y arriesgado, que exige un gran dominio de los sentimientos. Es un fuego purificador y un sacrificio, que en vez de causar la muerte, insufla una vida nueva, plena de gozo, que nadie puede arrebatar. Los cristianos podemos hacer realidad lo que parece utopía.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Levítico 19, 1-2.17-18 Sal 102,1-2.3-4.8 y 10. 12-13
san Pablo a los Corintios 3, 16-23 san Mateo 5, 38-48

de la Palabra a la Vida

Si Jesús no ha venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud, también el amor que abría la Ley de Dios tiene que llegar con Cristo a su plenitud. Es entonces, con el evangelio de hoy, como las preciosas palabras, tan sugerentes y llenas de misericordia, de las Bienaventuranzas, se convierten en un auténtico dardo que se dirige directamente a lo más profundo del corazón. La ley del talión, ya escrita en el antiguo código de Hammurabi, 1800 años a.C. y en la ley romana, no está mal para aquellos tiempos: pretendía claramente evitar una venganza excesiva, que cada uno se tomara la justicia por su mano en cada afrenta, que así la justicia y el castigo fueran proporcionales a la culpa cometida.

Y sin embargo, Jesús viene a ofrecer la plenitud de la ley, hasta tal punto que va a superar la anterior ley con una propuesta escandalosa: “Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen”. Esta plenitud consiste en que Jesús no reclama a sus discípulos una actitud pasiva ante el mal sufrido, sino una colaboración activa: dar más de lo que se nos pide, de lo que se nos quita… ¿Qué sentido puede tener semejante actitud? ¿Qué plenitud puede ser al que coge lo nuestro, no sólo ponérselo fácil, sino contribuir con él? Sin duda que el alcance que tiene esta afirmación de Jesús en el evangelio de hoy es nuestro corazón. Jesús no busca promulgar una ley, no ofrece una norma de tipo legal, sino que quiere que el corazón del hombre pueda plantearse las injusticias que padece según el espíritu de las Bienaventuranzas. Jesús quiere que el hombre tenga la capacidad de poder desprenderse de lo suyo de forma gratuita y generosa, pues así nos da nuestro Padre del cielo.

Así puede parecernos una injusticia excesiva para nuestra vida, para nuestro corazón… y sin embargo, Jesús está con esta propuesta preparando un misterio en el que esto ha sucedido absolutamente: su propia pasión, en la que ha perdonado y dado la vida por los que le crucificaban. A nosotros no nos ha acompañado la milla que le pedíamos, sino muchas más: Él no sólo nos ha perdonado, sino que nos ha llevado al cielo con Él. Está claro, Jesús nunca va a pedirnos algo que Él no haya puesto por obra primero. Lo que Él dibuja con esta perfección del amor, lo vive totalmente en la cruz.

Es por eso que la clave de lectura de todo este discurso que estamos haciendo domingo a domingo es este amor al prójimo que Jesús propone. Un amor que se manifiesta en que somos capaces de interceder por el que nos persigue o nos quiere mal. Volvemos al principio: ¿por qué nos pide eso? Porque eso es lo que ha hecho Él en la cruz. Aquí ya se ve claramente la plenitud de ese amor, la perfección de la justicia que Jesús pide a sus discípulos, que no son conscientes todavía de lo que se les está pidiendo.

Jesús quiere que el hombre desarrolle plenamente las potencias de su corazón, en el que Él infunde el don del Espíritu Santo. Sí, sólo el Espíritu Santo permite amar así, permite acoger de esa forma el amor que Dios nos tiene y que quiere que nosotros tengamos. Es el amor que hace de nosotros sal y luz, que nos manifiesta como sus discípulos, que recibimos por medio de los sacramentos, los cuales quizás tengamos que aprender a vivir de otra forma, más conscientes de la milla extra que el Señor nos está acompañando, y de para qué lo está haciendo. ¿Veo el camino que el Señor hace conmigo? ¿Veo el camino que me queda por recorrer? ¿Dónde, a quién, tengo que comenzar a ofrecer ese amor perfecto que Dios pone en mi vida?

Las bienaventuranzas se cumplen en nosotros sólo cuando este amor está plenamente acogido y cuando estamos dispuestos a padecer cada día el misterio de la cruz con Cristo, donde Él nos ha dado ese amor perfecto.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la Virgen María, salud de los enfermos

En verdad es justo darte gracias
y deber nuestro glorificarte, Padre santo.
Porque la santa Virgen María,
participando de modo admirable en el misterio del dolor,
brilla como señal de salvación y de celestial esperanza
para los enfermos que invocan su protección;
y a todos los que la contemplan,
les ofrece el ejemplo de aceptar tu voluntad
y configurarse más plenamente con Cristo.
El cual, por su amor hacia nosotros,
soportó nuestras enfermedades y aguantó nuestros dolores.
Por él, los ángeles y los arcángeles y todos los coros celestiales
celebran tu gloria, unidos en común alegría.
Permítenos asociarnos a sus voces cantando humildemente tu alabanza:
Santo, Santo, Santo..

 

Para la Semana

Lunes 20:
Eclo 1,1-10. Antes que todo fue creada la sabiduría.

Sal 92. El Señor reina, vestido de majestad.

Mc 9,13-28. Tengo fe, pero dudo, ayúdame.

Martes 21:

Eclo 2,1-13. Prepárate para las pruebas.

Sal 36. Encomienda tu camino al Señor, y Él actuará.

Mc 9,29-36. El Hijo del hombre va a ser entregado. Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos.
Miércoles 22:
La Cátedra del Apóstol san Pedro. Fiesta.

1Pe 5,1-4. Presbítero como ellos y testigo de los sufrimientos de Cristo.

Sal 22. El Señor es mi pastor, nada me falta.

Mt 16,13-19. Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos.
Jueves 23:
San Policarpo, mártir. Memoria.

Eclo 5,1-10. No tardes en volverte al Señor.

Sal 1. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.

Mc 9,40-49. Más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo.
Viernes 24:

Eclo 6,5-17. Un amigo fiel no tiene precio.

Sal 118. Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos.

Mc 10,1-12. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Sábado 25:

Eclo 17,1-13. Dios hizo al hombre a su imagen.

Sal 102. La misericordia del Señor sobre sus fieles dura siempre.

Mc 10,13-16. El que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.


Domingo de la 6º semana del Tiempo Ordinario. – 12/02/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral
CRISTO Y LA LEY NUEVA

En este domingo sexto del Tiempo Ordinario, con plena verdad, se hace canto oracional en la boca de los creyentes los primeros versículos del salmo 118. que es un elogio de la ley compuesto por un judío piadoso. Este salmo, transido de profunda espiritualidad y belleza, es la perla del Salterio. Al cantarlo hoy como salmo responsorial en la Misa se proclama de nuevo que la verdadera Felicidad nace en la fidelidad a Dios, que manifiesta su voluntad por medio de la ley.

Cristo es el intérprete y promulgador definitivo de la ley nueva, al poner de relieve las exigencias profundas de la voluntad de Dios, que él ha venido a cumplir y dar plenitud, “hasta la última letra o tilde”. Sin quedarse en las minucias, nos enseña que para pertenecer al “reino” hay que vivir en fidelidad y coherencia total con la voluntad de Dios. La serie de antítesis que se leen en el Evangelio de hoy, son un ejemplo claro de cómo hay que actualizar la voluntad divina para alcanzar la salvación.

Las antítesis sobre el homicidio y la reconciliación están centradas den la preocupación y necesidad del perdón y del amor fraterno, que son la base y el vértice de la verdadera liturgia. Jesús exige que el cristiano n o acceda al culto, expresión perfecta de la armonía con Dios, si antes no ha recompuesto totalmente la armonía con su prójimo. Es muy interpelante esta indicación, pues pueden darse muchos particularismos egoístas, claras divisiones, incluso odios sutiles, en nuestras asambleas eucarísticas.

La segunda antítesis se refiere al adulterio y al escándalo. Llevando el matrimonio a la totalidad de su donación y la pureza a su rigor profundo interior, Jesús pone el acento en la conciencia y en la decisión. El verbo “desear” es una maquinación de la voluntad, una opción personal, que puede ser un acto negativo.

La tercera antítesis concierne al problema del divorcio. Cuando el matrimonio es signo de la unidad del amor de Dios adquiere todo su esplendor de donación total y gozosa.

La última antítesis hace referencia a los juramentos, que en una sociedad de cultura oral eran el símbolo de las relaciones interprofesionales y políticas. La absoluta sinceridad y la verdad deben ser la norma de la comunicación intraeclesial. Siempre será necesaria la sabiduría cristiana, que nos alcanza la verdadera libertad y nos permite caminar por el gozoso sendero de la ley de Dios.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Eclesiástico 15, 16-21 Salmo responsorial Sal 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34 ( R.: Ib)
san Pablo a los Corintios 2, 6-10 san Mateo 5, 17-37

de la Palabra a la Vida

A veces no nos resulta fácil tomar conciencia de la novedad que las palabras de Jesús contenían para los que las escuchaban, no valoramos el impacto que provocaban: ¿Cómo puede alguien venir a enmendar la Ley que Dios dio a Moisés? ¿Quién puede venir a completar la Ley del Deuteronomio, quién tiene semejante autoridad? La expresión “Habéis oído… pero yo os digo…” producía daño en el corazón de los maestros de la Ley, en la fe de cualquier judío piadoso que escuchaba a Jesús. Hay que abrir bien el corazón para aceptar que Jesús es Dios, que nos dice palabras de Dios, y que nos saca de la forma de vivir la vida que habíamos vivido hasta ahora.

Jesús reclama una justicia mayor a la de escribas y fariseos. La Escritura tiene que ser interpretada, y Jesús se muestra aquí como el verdadero intérprete de la Palabra Divina. No es la primera vez: ya en el desierto, en las tentaciones, Jesús y el Demonio se enfrentaron en un duelo sobre quién interpretaba auténticamente la Sagrada Escritura. Ahora manifiesta su autoridad no ante ángeles, sino ante los hombres, asumiendo a pesar de todo el escándalo que esto producía, un escándalo que pone a los discípulos ante la advertencia de la primera lectura y del salmo responsorial, pues el Sirácida ofrece la misma enseñanza que el Deuteronomio… hay dos caminos, la vida y la muerte, pero sólo uno es caminar en la voluntad del Señor. Esa plenitud de la Ley que Jesús anuncia es el verdadero alcance de las antítesis que componen el evangelio de hoy. Jesús es el único camino para alcanzar la verdad, y su palabra es la plenitud de la Ley, perennemente válida. No, la Ley no pierde su valor, sino que adquiere todo él cuando Jesucristo la ilumina con su ejemplo y su palabra.

Por eso, a partir de ahora será grande el que observe hasta el más pequeño de los mandamientos. He ahí la plenitud: si Cristo ofrece la plenitud de la Ley, cumplir esa Ley llegará hasta lo más pequeño, y por eso la justicia de sus discípulos ha de ser mayor, ha de ser la justicia de las bienaventuranzas que escuchábamos el domingo pasado y que no debemos perder de vista en todos estos domingos.

Es por esta mirada plena que para acceder al sacrificio es necesario haberse reconciliado con el hermano, pues el enfado es una forma de homicidio, que requiere la total reconciliación para participar en la ofrenda que nos ha reconciliado con Dios. Igualmente, al unir el sexto y el noveno mandamientos, Jesús advierte de la necesidad de desterrar todo lo que haya de pecaminoso en el corazón del hombre, pues es el corazón la fuente del deseo. Y en su explicación de la alianza matrimonial Jesús no deja lugar a la duda: lo que Dios quiso desde el principio fue una Alianza estable, irrompible. Así la ha establecido Él mismo con nosotros, y sólo así la nuestra podrá recordar y reflejar la suya.

Qué tarea constante, por tanto, pero necesaria, la que Jesús encomienda a los suyos: sólo plenamente unidos al Señor podremos ser sus discípulos, y ciertamente el camino es exigente. Sin embargo, no equivoquemos la perspectiva: Jesús no nos ha puesto en peor situación que la que tenían nuestros padres. Al contrario, nos ha concedido el don de la gracia, la comunión con Él, para que la plenitud de la Ley no nazca de nuestras fuerzas sino de su amor, no sea alcanzable por nuestra autosuperación sino por su gracia, no sea fruto de nuestra potencia sino de la del Espíritu Santo.

Acoger el discurso de Jesús es posible para quien ha abierto su corazón a la gracia y ha transformado su corazón de piedra en corazón de carne, abriendo así la plenitud de Dios a nuestra vida, una ventana que mira desde la perfección divina a la acogida humana de su amor y de su sabiduría.

Diego Figueroa

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la Virgen María, madre y maestra espiritual

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno,
y alabar, bendecir y proclamar tu gloria
en la memoria de santa María, siempre Virgen.
Que, asociada íntimamente al misterio de Cristo,
no cesa de engendrar nuevos hijos con la Iglesia,
a los que estimula con amor y atrae con su ejemplo,
para conducirlos a la caridad perfecta.
Ella es modelo de vida evangélica, de ella nosotros aprendemos:
con su actitud nos invita a contemplar tu Palabra,
y con su corazón nos mueve a servir a los hermanos.
Por eso, con todos los ángeles y santos,
te alabamos, proclamando sin cesar:
Santo, Santo, Santo…

 

Para la Semana

Lunes 13:
Gn 4,1-15.25. Caín atacó a su hermano Abel y lo mató.

Sal 49. Ofrece al Señor un sacrificio de alabanza.

Mc 8,11-13. ¿Por qué esta generación reclama un signo
Martes 14:
San Cirilo, monje, y san Metodio, obispo, patronos de Europa. Fiesta.

Hch 13,46-49. Sabed que nos dedicamos a los gentiles.

Sal 116. Id al mundo entero y proclamad el evangelio.

Lc 10,1-9. La mies es abundante y los obreros pocos.
Miércoles 15:
Gn 8,6-13.20-22. Miró Noé y vio que la superficie estaba seca.

Sal 115. Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.

Mc 8,22-26. El ciego quedó curado, y veía con toda claridad.
Jueves 16:
Gn 9,1-13. Pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra.

Sal 101. El Señor, desde el cielo, se ha fijado en la tierra.

Mc 8,27-33. Tú eres el Mesías. El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho.
Viernes 17:
Gn 11,1-9 Voy a bajar y a confundir su lengua.

Sal 32. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

Mc 8,34-9,1. El que pierda su vida por mi y por el evangelio la salvará.
Sábado 18:

Hb 11,1-7. Por la fe sabemos que la palabra de Dios configuró el universo.

Sal 144. Bendeciré tu nombre, Señor, por siempre.

Mc 9,1-13. Se transfiguró delante de ellos.


Domingo de la 5ª semana de Tiempo Ordinario – 05/02/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral
EL SABOR Y LA LUMINOSIDAD CRISTIANA

La sal y la luz, el sabor y la luminosidad transforman respectivamente la masa de una comida y la espesura de las tinieblas. Desde el Evangelio de este quinto domingo ordinario a los creyentes se nos recuerda que debemos conservar el sabor genuino del Credo sin atenuarlo en la indiferencia; y que nuestro empeño misionero debe ser brillante sin ocultaciones cobardes.

La sal se aplica a las heridas, en una medicina rudimentaria, para cauterizarlas o desinfectarlas; eliminando los microbios, preserva los alimentos de la descomposición. Si el creyente es la sal de la tierra debe poseer esta inalterada fuerza de transformación y de purificación que conduce a la humanidad a las esencias y valores genuinos, pues aporta al mundo el sabor de fe, la purificación de esperanza, la fuerza del amor transformante.

La sal es sustancia que no se puede comer por si sola, pero que da gusto a los alimentos y solo es menester una pequeña cantidad para hacer agradable toda la comida. Su gusto es irreemplazable, por eso si pierde su sabor nada existe que pueda dar a la sal el gusto salado. De ahí que sea fácil concluir que el discípulo de Jesús ha de dejarse impregnar de la sal del Evangelio para encontrar el gusto por la vida y el sabor de la eternidad. ¿Qué es la sal sin sabor? Es el hombre que ignora los ‘porqués’ fundamentales de la existencia humana, el cristiano que ha perdido la sabiduría (sabor) del Evangelio. Hay que recuperar siempre el sabor del saber cristiano.

El simbolismo de la luz es de importancia capital en el lenguaje religioso y bíblico. Pensemos, nada más abrir el primer libro de la Biblia, que la separación de la luz de las tinieblas fue el primer acto del Dios creador, que tenía la luz como vestido y se manifestaba entre el brillo cegador de relámpàgos y fuego.

Hoy vuelve a cobrar actualidad el pasaje de lsaías: “El pueblo que caminaba en tinieblas, vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló”. Desde que la luz de Dios habita entre nosotros, desde la iluminación que estalló en la noche de Belén, todos los caminos de los hombres se han iluminado. Ya no hay que dar pasos titubeantes por sendas tenebrosas. Si nacer es “ver la luz del mundo, renacer en el bautismo es haber visto la luz de Dios”.

La misión y obra de Cristo es iluminadora. Él es la luz del mundo y su palabra es claridad. En este mundo tecnificado, en que se encienden y apagan tantas luces, en medio de la ciudad que brilla con la luz inventada por los hombres, paradójicamente se multiplican muchas oscuridades y no se logra disipar sombras y tinieblas interiores. Para poder contemplar los colores del mundo hay que tener la luz de los “hijos de Dios”. Solamente Cristo reanima nuestros titubeantes resplandores y su palabra nos permite vivir en la claridad de su cercanía.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Isaías 58, 7-10 Sal 111, 4-5. 6-7. 8a y 9
san Pablo a los Corintios 2, 1-5 Mateo 5, 13-16

de la Palabra a la Vida

El discurso de las bienaventuranzas continúa con esta breve advertencia que escuchamos en el evangelio de hoy, y que advierte de la necesidad de que los discípulos no dejen de ser lo que son si no quieren que su misión cambie y los resultados no sean los que Dios espera: La sal no puede desvirtuarse. La sal es la fe que Jesús ha infundido en los discípulos, y si esta se pierde… entonces «ser arrojado fuera» es una expresión que hace referencia al juicio de Dios, a aquel que no ha hecho lo que Dios esperaba. El discípulo tiene que acoger en el corazón que, en adelante, vive para llevar a cabo la misión de Jesús en beneficio de los hombres. Como la sal sirve para otros alimentos, los discípulos tendrán que hacer frente a una misión para bien de la humanidad.

Por eso, todas las obras que el discípulo realice en su vida tienen influencia a estos efectos: salan la ofrenda de la vida, es decir, la convierten en una ofrenda no fugaz sino duradera. Es la fe en el Señor el condimento que hace que nuestras decisiones y acciones, que nuestros pensamientos y palabras, puedan presentarse delante del Señor para que Él las bendiga y las haga agradables al Padre. Nuestras acciones, entonces, se vuelven cruciales si el discípulo en ellas apuesta por el Señor. Ya la primera lectura nos presentaba esta sabiduría divina: si partes tu pan, si hospedas, si vistes… es decir, ante determinadas acciones, “romperá tu luz como la aurora”. Cuando destierres, cuando partas, cuando sacies… harás visible la fe invisible que tienes en Dios. “El justo brilla en las tinieblas como una luz”, que la Iglesia repite en el Salmo, es el reconocimiento de la enseñanza de Cristo. La luz de Cristo se ha comunicado a los discípulos, ha iluminado sus corazones, pero para que esa luz pueda “verse” es necesario obrar siguiendo la enseñanza del Maestro, obrar desde la fe.

Así, lo que aplicaba la Palabra de Dios a la sal, lo aplica también para la luz. La creación, que comienza con la luz que se hace visible en la tiniebla, continúa avanzando en cada acción creyente de la humanidad. El discípulo se convierte en creador cuando obra con fe, con fe en Jesucristo, pero en realidad está siendo partícipe en una creación nueva, según la fe, según Cristo. Toma un valor decisivo en la vida del discípulo el enfrentamiento contra la omisión: cuando dejamos de hacer algo que la fe ha iluminado en nuestro corazón, la creación se detiene, la tiniebla avanza, la oscuridad nos vence y nos atemoriza hasta conseguir que no hagamos. Hemos ocultado la luz bajo el celemín y no hemos permitido, no ya nuestro buen obrar, sino tampoco que alumbre a otros, que otros puedan ver.

Podemos pensar en muchos momentos que al no hacer algo bueno que Dios dicta a nuestro corazón “no pasa nada”. En realidad, no pasa nada… bueno. No olvidemos aquello que el amo reprocha al siervo que ha escondido su talento, en la parábola acerca del final de los tiempos (cf. Mt 25,25). Cuando uno deja de dar luz, deja de ser luz. Es así como la fe se apaga en nosotros. La fe que hemos recibido, que estamos contentos y convencidos de tener, se alimenta de buenas acciones, de actos de fe que nos mueven a obrar como Dios quiere, siendo luz en el mundo y sal de la tierra. La liturgia de la Iglesia nos mueve a obrar según nuestra fe.

Celebrar la misa, participar en la oración de las horas, anima a que nuestra vida elija ser sal y luz. Es para eso. ¿Soy consciente de que algo se mueve en mí para obrar según Dios? ¿Acepto esa vocación de discípulo que puede dar alegría a mi corazón, o reniego de esas buenas obras y dejo que se vaya apagando mi fe? En realidad, aquel que es consciente de que sus acciones iluminan a otros, sólo puede humildemente dar gracias a Dios por tanta generosidad, por compartir la tarea de la creación con nosotros en nuestra vida.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la Virgen María, madre y medianera de la gracia

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
A quien, verdadero Dios y verdadero hombre,
constituiste único Mediador, viviente siempre para interceder por nosotros.
En tu inefable bondad
has hecho también a la Virgen María Madre y colaboradora del Redentor,
para ejercer una función maternal en la Iglesia:
de intercesión y de gracia, de súplica y de perdón,
de reconciliación y de paz.
Su generosa entrega de amor de madre
depende de la única mediación de Cristo y en ella reside toda su fuerza.
En la Virgen María se refugian los fieles que están rodeados de angustias y peligros,
invocándola como madre de misericordia y dispensadora de la gracia.
Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo…

 

 

Para la Semana

Lunes 6:

Génesis 1,1-19. Dijo Dios, y así fue.

Sal 103. El Señor goce con sus obras.

Marcos 6,53-56. Los que le tocaban se ponían sanos.

Martes 7:

Génesis 1,20-2,4. Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.

Sal 8. ¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Marcos 7,1-13. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferrarnos a la tradición de los hombres,
Miércoles 8:

Gn 2,4b-9.15-17. El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín del Edén.

Sal 103. Bendice, alma mía, al Señor.

Mc 7,14-23. Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre.
Jueves 9:

Gn 2,18-25. Dios presentó la mujer al hombre. Y serán los dos una sola carne.

Sal 127. Dichosos los que temen al Señor.

Mc 7,24-30. Los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños.
Viernes 10:
Santa Escolástica, virgen. Memoria.

Gn 3,1-8. Seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal.

Sal 31. Dichoso el que está absuelto de su culpa.

Mc 7,31-37. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.
Sábado 11:

Gn 3,9-24. El Señor lo expulsó del jardín del Edén, para que labrase el suelo.

Sal 89. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Mc 8,1-10. La gente comió hasta quedar satisfecha

 

Domingo de la 4ª semana de Tiempo Ordinario – 29/01/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral
LAS OCHO DESCONCERTANTES FELICIDADES
(BIENAVENTURANZAS)

Las Bienaventuranzas fueron predicadas por Jesús desde la altura de la montaña, que baja hasta el lago de Tiberiades. Las Bienaventuranzas para ser dichas y ser escuchadas exigen un plano alto, y comportan las exigencias de una ascensión; por eso no son predicadas en la horizontabilidad del llano.

1 . La felicidad de la pobreza en el espíritu. Es disponibilidad de despojo y de renuncia, para no quedarse en lo inmediato y buscar lo transcendente.

2. La felicidad del saber sufrir. Es manifestación de aguante interior, de serenidad y mansedumbre. Dios es el que reivindica y defiende.

3. La felicidad del llanto. La felicidad de las lágrimas lavan los ojos para ver el consuelo de la ternura de Dios. No son lágrimas de tristeza o melancolía, sino de fe

4. La felicidad del hambre y de la sed. Desde la experiencia de las necesidades del cuerpo, hay que descubrir el hambre y la sed de justicia, que es el alimento del alma y significa la voluntad de Dios.

5. La felicidad de la misericordia. Significa caridad reciproca y activa, significa perdón. Esta bienaventuranza se opone al materialismo y positivismo farisaico.

6. La felicidad de la limpieza. El que quiera ver a Dios que lave su corazón sucio para que pueda contemplar en lo profundo de su interior el valor de lo eterno.

7. La felicidad de la paz. Los pacíficos no son los tranquilos, sino los que hacen la paz, quienes la componen a partir del desorden, quienes la crean desde el caos.

8. La felicidad de la persecución. El creyente sabe que la vida no es fácil, que la fidelidad al Evangelio exige muchas renuncias. El Reino de los cielos bien vale cualquier persecución.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Sofonías 2, 3; 3, 12-13 Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10
san Pablo a los Corintios 1, 26-31 Mateo 5, 1-12a

de la Palabra a la Vida

Cuando el Señor ya ha constituido un grupo que le sigue, Mateo sitúa este impresionante discurso que dura del capítulo 5 al 7 de su evangelio. Lo pueden escuchar y acoger, como advierte la primera lectura, los humildes. Aquellos que estén dispuestos a escuchar y aprender, a guardar esa palabra en el corazón como el que guarda una ley que le salva la vida.

Sí, porque así es como se entiende este relato: Mateo presenta un retrato que tiene su fundamento en la liberación de Israel, que ha atravesado el Mar Rojo, ha contemplado el poder salvador de Dios en la noche, y camina, guiado por Moisés, al encuentro del Señor, que le va a dar la Ley de la Alianza pactada. Ahora, aquellas doce tribus se encuentran representadas y superadas por los Doce, que escuchan atentamente a un maestro muy especial, que se sienta para enseñar, como aquellos grandes rabinos, porque este maestro no va a transmitir una ley de otro, como hizo Moisés: este nuevo Moisés va a transmitir su propia Ley. Él se refiere al Padre, pero puede dictar su Ley. Un nuevo Moisés que da una nueva Ley. Una nueva Ley que, además, dibuja la silueta del que la pronuncia; fácilmente podemos ver cómo Él la cumple y la encarna. Es por esto que esta alianza la sellará además -lo sabemos- con su propia sangre, no con la de animales.

En este contexto de renovación, de novedad, pero una novedad fundada en continuidad con el pueblo de Israel, Cristo va a ofrecer al nuevo Israel, la Iglesia, un mensaje fundante: el grupo de los que siguen al Señor es el grupo de los bienaventurados, de los felices. ¿Por qué? Porque, con humildad, han acogido la Palabra que, como germen, hace crecer un corazón nuevo y una vida nueva.

Ciertamente, no serán muchos los que acepten estas palabras difíciles, este mensaje paradójico que comienza con las bienaventuranzas, que serán objeto de desprecios, de burlas, e incluso que buscarán ser reinterpretadas para hacerlas más fáciles. Pero solamente tomadas tal cual se nos proclaman ofrecen la felicidad del Señor, de la vida del Reino de Dios.

Durante los próximos domingos iremos escuchando estos tres capítulos, sentados a los pies del Maestro para acoger su palabra. Es importante que vengamos con el corazón bien dispuesto o se nos hará imposible acoger esta nueva ley. Los pobres en el espíritu, nos advierte el salmo, heredarán lo que el Señor tiene preparado: el resto de Israel, que advertía ya la primera lectura. San Pablo profundiza también, en la segunda lectura, en esta idea: “lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar a lo fuerte”. O venimos con la actitud de querer ser lo débil del mundo pero lo fuerte para Dios, o lo que vamos a escuchar no producirá efecto bueno en nosotros, al contrario, hará crecer el rencor o el rechazo.

El mensaje, propiamente, de hoy, es una presentación del Reino de los cielos: este Reino ha llegado con Cristo y es así. Este Reino ya ha comenzado, por eso la alegría plena que se manifestará cuando el Reino se implante plenamente, es una alegría que ya está presente en quien vive así: se puede experimentar en la pobreza, la persecución, incluso en el llanto. Cristo no ha vivido su misión tristemente. El Hijo de Dios no es un triste. Ha vivido y enseñado a acoger felizmente esta forma de vida, con algunas virtudes pasivas y otras activas, todas ellas aquí se viven sólo en germen, como un principio de lo que será en el cielo. Es por eso que es impensable afrontar o elegir unas y no otras: las virtudes no existen sin la persona que las encarna. Tenemos que desearlas todas. Caminemos, entonces, estos meses, con este deseo profundo de ser transformados por la Palabra y el ejemplo que Cristo, nuestro maestro, nos enseña.

Diego Figueroa

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la Virgen María, modelo de esperanza sobrenatural

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación celebrarte con las más grandes alabanzas,
Señor, Padre santo, que generosamente entregaste a Jesucristo al mundo
como autor de la salvación,
y le diste también a María como modelo de sobrenatural esperanza.
Porque tu humilde esclava, confió en ti plenamente:
creyendo en tu palabra,
concibió y alimentó al Hijo del hombre, anunciado por los profetas;
y, entregada por entero a la obra de la salvación,
fue hecha madre de todos los hombres.
Pero a la vez ella, fruto excelso de la redención,
es también hermana de todos los hijos de Adán,
que, caminando hacia la liberación plena,
miran a María como señal de esperanza segura y de consuelo,
hasta que amanezca el día glorioso del Señor.
Por eso,
unidos a los coros angélicos, te aclamamos llenos de alegría:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 30:


Hebreos 11,32-40. Por medio de la fe subyugaron reinos. Dios tiene preparado algo mejor para nosotros.

Sal 30. Sed fuertes y valientes de corazón los que esperáis en el Señor.

Marcos 5,1-20. Espíritu inmundo, sal de este hombre.

Martes 31:
San Juan Bosco. Memoria.

Hebreos 12,1-4. Corramos la carrera que nos toca, sin retirarnos.

Sal 21. Te alabarán, Señor, los que te buscan.

Mateo 5,21-43. Contigo hablo, niña, levántate.
Miércoles 1:

Hb 12,4-7.11-15. Dios reprende a los que ama.

Sal 102. La misericordia del Señor dura siempre para los que cumplen sus mandatos.

Mc 6,1-6. No desprecian a un profeta más que en su tierra.
Jueves 2:
Presentación del Señor. Fiesta.

Mal 3,1-4. Entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis.
o bien:

Heb 2,14-18. Tenía que parecerse en todo a sus hermanos.

Sal 23. El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria.

Lc 2,22-40. Mis ojos han visto a tu Salvador.
Viernes 3:

Hebreos 13,1 –8. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y, siempre.

Sal 26. El Señor es mi luz y mi salvación

Marcos 6,14-29. Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado.
Sábado 3:

Hebreos 13,15-17.20-21. Que el Dios de la paz, que hizo subir de entre los muertos al gran pastor, os ponga a punto en todo bien.

Sal 22. El Señor es mi pastor, nada me falta.

Marcos 6,30-34. Andaban como ovejas sin pastor.


Domingo de la 3ª semana de Tiempo Ordinario – 22/01/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

LAS LLAMADAS DE DIOS

La Biblia es la historia de las llamadas de Dios a los hombres. Basándonos en el texto principal de la vocación de los primeros apóstoles, que se lee en el evangelio de este tercer domingo ordinario, podemos volver a escuchar la invitación al seguimiento de Jesús de Nazaret; invitación que se actualiza hoy a la orilla del lago de nuestra propia existencia. ¿A qué somos convocados? ¿Cuáles son los matices y exigencias de esta llamada personal y comunitaria?

Somos llamados a dejar las redes, mejor dicho, a desenredamos de tantas cosas adjetivas, de tantos afanes inútiles, para vivir centrados en lo sustantivo e importante. Dejar las redes significa también capacidad de desprendimiento, espontaneidad en la aceptación de una vocación superior, que es experiencia nueva y aventura religiosa.

Somos llamados a abandonar, si es necesario, la barca de nuestra seguridad y de nuestra obsesiva subsistencia. Esto exige disponibilidad para emprender nuevas singladuras que van más allá del agua cercana de nuestro entorno familiar. Abandonar la barca es compromiso para dejar lo movedizo, caminando por la tierra firme de la fe.

Somos llamados a ser pescadores de hombres, es decir, a entender la primacía de las personas, a buscar relaciones profundas, a tener experiencias fraternas, a dejar de pescar lo ordinario.

Somos llamados a “ver una luz grande” como dice Isaías en la primera lectura. La luz siempre, es símbolo de Dios. El brillo inconfundible de lo divino es una oferta continua de salvación y liberación de nuestras tinieblas esclavizantes. La luz de Dios es una llamada a la coherencia de la fe, por eso se cuela por todos los rincones, descubre nuestras limitaciones y mezquindades, exige cambios en nuestra existencia cristiana.

Somos llamados a “acrecentar la alegría”, porque son muchas y fastidiosas las tristezas miopes de la existencia humana cuando no se tiene fe. La alegría cristiana es un contrapunto a los ridículos goces terrenos.

Somos llamados a la unidad, según nos recuerda San Pablo. Para ponerse de acuerdo y no estar divididos, hay que tener un mismo pensar y sentir. No basta haber abandonado la violencia y las discordias. No es suficiente superar enfrentamientos. Es poco tener respeto. Hay que llegar al amor sin límites.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Isaías 8, 23b-9, 3 Sal 26, 1. 4. 13-14
san Pablo a los Corintios 1, 10-13. 17 Mateo 4, 12-23

de la Palabra a la Vida

Los territorios de Zabulón y Neftalí, que habían sufrido algunos de los más violentos y tristes episodios de las gueras con los asirios, se convierten en testigos de la aparición del Mesías en medio de ellos. Zabulón y Neftalí, la misma Cafarnaúm, reunían a judíos y paganos por igual debido al comercio de la zona: a todos los pueblos les aparece el Señor. Zabulón y Neftalí, en tinieblas, reciben la presencia de la luz, “una luz grande”.

El tiempo ordinario hace que aquellos que se habían alejado de Dios, que estaban viviendo en la oscuridad, puedan reconocer la luz del Mesías y seguirlo. Sí, porque Cristo aparece no solamente para ofrecer una luz al pueblo, sino para que el pueblo acoja el deseo de vivir en esa luz, de seguirla “por donde quiera que vaya”. Y es así porque, para el profeta Isaías que anuncia esa luz grande para estos territorios, la luz es la llegada de un nuevo y gran rey para Israel y para todos los pueblos.

Los principios de la misión evangelizadora de Cristo son las primeras luces del día, las luces del alba, que producen la esperanza de un día soleado y tranquilo, lleno de paz: el que viene a anunciar el Reino de Dios trae la paz. Ahora podemos escucharle y acoger su Palabra en paz. tanto es así que, en esos albores de la misión de Cristo, unos pescadores son llamados a colaborar con Él. Su misión no será fácil, podrán esforzarse en medio de las tinieblas, como el pescador lucha contra el mar en la noche, pero los frutos dependerán del Maestro.

La Iglesia, que escucha la llamada a los pescadores, se siente rápidamente llamada con ellos: el anuncio del Reino, el tiempo ordinario, comienzan con la luz de Cristo llamando a seguirle. En medio de nuestra vida, este Rey que aparece pide la fe no sólo para creer en Él, sino para seguirle. Sin duda, una respuesta afirmativa, como la de Pedro y Andrés, Santiago y Juan, nos hará decir cada día de nuestra vida que “el Señor es mi luz y mi salvación”, que si le seguimos, “¿quién me hará temblar?”. a la luz de Cristo las tinieblas, del pasado y del presente se aclaran, y nos lanzan a un futuro esperanzador, un futuro de brega, de combate constante para que se cumpla la voluntad de Dios en nuestra vida y en la de todos los hombres, pero un futuro que se puede afrontar confiadamente por la presencia del Señor, luz de todos los pueblos, de los judíos y de los gentiles.

De alguna forma, también en nuestra vida nosotros hemos experimentado que el Señor ha ido apareciendo, como una luz que suavemente amanece creando en el corazón una sensación de paz y de seguridad, de firmeza, pero a la vez que nos advierte de que hay que empezar a hacer, que hay que moverse…La belleza de esas luces a la orilla del lago de Galilea son difíciles de olvidar para quien ha peregrinado a la Tierra del Señor, pero más difícil de olvidar es cómo esa luz ha quedado impresa en nuestra vida por la presencia del Señor, que nos mira y nos llama: “Venid conmigo”. Es una invitación que nos llama a la fe, que sólo desde una humilde fe puede ser acogida y respetada en su profunda intención.

Si, ahora la luz de Cristo ilumina nuestra orilla, nuestra esperanza, nuestra vida: ¿qué haremos? ¿Dónde somos capaces de reconocer la llamada del Señor en nuestra vida? Cuando venimos a la celebración de la Iglesia, casi que nosotros nos situamos a su lado, en su orilla: ¿Experimento su llamada, por la Palabra y la Eucaristía, sobre mi vida? ¿Experimento cómo ilumina, suavemente, mis dificultades, para acoger su voluntad? ¿Sigo el camino de los pescadores? Porque sí, su respuesta es la que tiene que ser también la mía, la nuestra.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la Virgen María, mujer nueva

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque a Cristo, autor de la nueva Alianza,
le diste por Madre y asociada a la Virgen santa María,
y la hiciste primicia de tu nuevo pueblo.
Pues ella, concebida sin pecado y colmada de tu gracia,
es en verdad la mujer nueva y la primera discípula de la nueva Ley.
Ella es la mujer alegre en tu servicio, dócil a la voz del Espíritu Santo,
solícita en la fidelidad a tu Palabra.
Ella es la mujer dichosa por su fe,
bendita en su Hijo y ensalzada entre los humildes.
Ella es la mujer fuerte en la tribulación,
firme junto a la cruz del Hijo y gloriosa en su salida de este mundo.
Por eso,
con todos los ángeles y santos, te alabamos, proclamando sin cesar:
Santo, Santo, Santo…

 

 

Para la Semana

Lunes 23:
San Ildefonso, obispo. Fiesta.

Sab 7,7-10.15-16. Quise más la sabiduría que la salud y la belleza.

Sal 18. Los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Lc 6,34-39. ¿Por qué me llamáis “Señor, Señor” y no hacéis lo que digo?.
Martes 24:

Hb 10,1-10. Aquí estoy, ¡oh Dios! para hacer tu voluntad.

Sal 39. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Mc 3,31-35. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.
Miércoles 25:
La conversión de san Pablo. Fiesta.

Hch 22,3-16. Levántate, recibe el bautismo que, por la invocación del nombre de Jesús, lavará tus pecados.

Sal 116. Id al mundo entero y proclamad el evangelio.

Mc 16,15-18. Id al mundo entero y proclamad el evangelio.
Jueves 26:
Santos Timoteo y Tito, obispos. Memoria

2Tim 1,1-8. Refrescando la memoria de tu fe sincera.

Sal 95. Contad las maravillas del Señor a todas las naciones.

Mc 4,21-25. El candil se trae para ponerlo en el candelero. La medida que uséis, la usarán con vosotros.
Viernes 27:

Hb 10,32-29. Soportásteis múltiples combates. No renunciéis, pues, a vuestra valentía.

Sal 36. El Señor es quien salva a los justos.

Mc 4,26-34. Echa simiente, duerme, y la semilla va creciendo sin que él sepa cómo.
Sábado 28:
Santo Tomás de Aquino. Memoria.

Hb 11,1-2.8-19. Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.

Salmo. Lc 1,69-75. Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo.

Mc 4,35-40. ¿Quién es éste? Hasta el viento y las aguas le obedecen.


Domingo de la 2ª semana de Tiempo Ordinario – 15/01/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral
EL CORDERO DE DIOS

Este domingo da comienzo al tiempo ordinario, es decir, a las treinta y cuatro semanas en las que no se celebra ningún misterio particular, sino el conjunto de la historia de la salvación. Estos domingos “verdes” (calificados así por el color litúrgico que se utiliza) son una celebración repetida del misterio de la Pascua.

En el evangelio que hoy se proclama aparece Juan Bautista dando testimonio de Jesús. La imagen de Juan con el brazo extendido y el dedo apuntando a Cristo (“Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”) es teológicamente más expresiva que aquella en que aparece con la concha en la mano, bautizando en las riberas del Jordán. Aquí encontramos ya un primer tema sugerente: a ejemplo de Juan, el creyente ha de ser para todos una mano amiga y un dedo indicador de lo transcendente en un mundo de tantos desorientados, donde la increencia va ganando adeptos. Juan identificó a Cristo; los bautizados tendremos que ser en medio de la masa identificadores y testimonio de fe cristiana. Juan, porque conoció antes a Cristo, lo anunció; los cristianos hemos de tener experiencia profunda de quién es Jesús, para testimoniarlo. Para poder reconocer a Cristo, antes hay que haberlo visto desde la fe.

Jesús es el Cordero, el Siervo de Dios, que quita y borra el pecado del mundo. Es todo un símbolo de paz, de silencio, de docilidad, de obediencia. Isaías define al Mesías como cordero que no abre la boca cuando lo llevan al matadero y que herido soporta el castigo que nos trae la paz. Con la muerte del Cordero inocente, que puso su vida a disposición de Dios para liberar a los hombres de la esclavitud del pecado, se inaugura la única y definitiva ofrenda grata al Padre del cielo. A imitación de Jesús, el cristiano debe ser portador de salvación y liberador de esclavitudes que matan. En la pizarra de la sociedad actual, en la que se escriben y dibujan a diario con trazos desiguales tantas situaciones injustas y violentas, la fe y el amor del creyente han de ser borrador de los pecados de los hombres. Esta capacidad de limpieza religiosa purifica los borrones de la increencia estéril, que achata la óptica existencial.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 49, 3. 5-6 Sal 39, 2 y 4ab. 7-8a. Sb-9. 10
san Pablo a los Corintios 1, 1-3 Juan 1, 29-34

de la Palabra a la Vida

Claramente, las lecturas de este domingo ofrecen una continuidad con las del domingo pasado. Vuelve a aparecer el Siervo de Yahveh en la primera lectura -el domingo pasado escuchamos el primer canto del Siervo y este domingo el segundo- y vuelve a aparecer el bautismo del Señor en el evangelio -el domingo pasado como relato y este domingo como reflexión-.

Las palabras de Juan en este evangelio son explicadas por las de la profecía de Isaías. La unción espiritual que ha recibido Jesús en el bautismo ha hecho que Juan recordara la profecía de Isaías: “Mirad a mi siervo, sobre Él he puesto mi Espíritu”, siervo que restablecerá la paz siendo “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. El hebreo tiene una palabra que encontramos aquí, talya, que significa tanto siervo como cordero.

Nuevos horizontes se abren para saber quién es Jesús: El siervo de Dios es el cordero de Dios: El cordero de Dios ha recibido el Espíritu de Dios, profetizaba Isaías, y el siervo de Dios es entonces el que quita el pecado del mundo. Ahora se entiende mejor hasta dónde llega el abajamiento de Cristo, que lo va a poner al servicio de los hombres, un servicio hasta el extremo, hasta morir por ellos, para ser así “luz de las naciones”. Cristo va a comenzar su misión del Reino, y lo va a hacer siendo ya reconocido como el Ungido por Dios, el enviado del Padre para que todos sean hijos.

Y la Iglesia, que ha comenzado su tiempo ordinario, tiempo de seguimiento de Cristo, debe guardar en el corazón a quien sigue: El Ungido es el que se abaja para vivir como siervo de Dios y morir como Cordero de Dios. Ese movimiento de Cristo tiene una motivación clara: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Con la fuerza del Espíritu y la comunión con la voluntad del Padre, el Hijo lleva a cabo su misión entre los hombres. Aquellos que reconozcan a Jesús, siguiendo el ejemplo de san Juan en el evangelio, habrán de hacerlo guardando en lo profundo del corazón estos mismos elementos: que no se anuncia el evangelio por las propias fuerzas, sino por la acción del Espíritu Santo; que no se realiza esta tarea en función de nuestra visión o piedad, sino en la comunión y voluntad del Padre, siendo así discípulo del Señor.

Queda claro, entonces, lo que el Espíritu Santo hace en nosotros: nos eleva hasta Dios abajándonos entre los hombres. Solamente viviendo como siervos de Dios, anunciando su Palabra y haciendo su voluntad, poniendo ésta por encima de la nuestra, solamente aceptando una entrega de la vida como ha hecho el cordero inmaculado, el Espíritu Santo ofrecerá todo su potencial y toda su alegría en nosotros y en nuestro corazón, y nos ayudará a llevar a cabo esa misión como Cristo y con Cristo. ¿Qué esperamos nosotros del Espíritu de Dios que no sea ponernos en comunión, hacernos, a Cristo muerto y resucitado?.

El seguimiento de Cristo se hace dejando que el Espíritu del Señor nos transforme, pero nos transforma según la forma de Cristo. Él quita el pecado del mundo, lo arranca de nuestra vida, para que nuestro corazón le siga libremente. Nosotros también podemos experimentar en nuestra vida lo que Juan reconoció junto al río. Él quita el pecado del mundo. La fuerza de ese encuentro nos anima a seguirle por el camino de la vida, por el tiempo ordinario. ¿Es esa la conciencia que tenemos de la acción del Espíritu, del compromiso que recibe el que abre su corazón al don de Dios? ¿Participo en la celebración eucarística aceptando, como Cristo en el Jordán, ser siervo de Dios? ¿Acepto entonces, que cuando la muerte y resurrección se hacen presentes en mi vida son un guiño al seguimiento de Cristo? El tiempo ordinario nos marcará el camino del que seguimos y según el modelo de su entrega humilde.

Diego Figueroa

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la Virgen María, fuente de la salvación

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación darte gracias,
Padre santo, siempre y en todo lugar,
y proclamar tu grandeza en esta celebración de la gloriosa Virgen María.
Porque ella, cubierta por la sombra del Espíritu Santo,
concibió de modo inefable a tu Palabra encarnada,
Jesucristo, fuente del agua viva,
donde los hombres apagan la sed de comunión y de amor.
También la Iglesia ofrece a todos los fieles
la fuente santa de la salvación que brota del costado de Cristo,
fuente que conserva fecunda y pura, en los sacramentos,
para que se llenen del Espíritu
y encuentren a Cristo Salvador los que con fe beben de ella.
Por él, los ángeles y los arcángeles y todos los coros celestiales
celebran tu gloria, unidos en común alegría.
Permítenos asociarnos a sus voces
cantando humildemente tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 16:

Hebreos 5,1-10. A pesar de ser Hijo, aprendió a obedecer.

Sal 109. Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

Marcos 2,18-22. El novio está con ellos.

Martes 17:
San Antonio, abad. Memoria.

Hebreos 6,10-20. La esperanza que se nos ha ofrecido es para nosotros como ancla segura y fuerte.

Sal 110. El Señor recuerda siempre su alianza.

Marcos 2,23-28. El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado.
Miércoles 18:

Hebreos 7,1-3.15-17, Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec.

Sal 109. Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec.

Marcos 3,1-6. ¿Está permitido en sábado salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?
Jueves 19:

Hebreos 7,25-8,6. Ofreció sacrificios de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.

Sal 39: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Marcos 3,7-12. Los espíritus inmundos gritaban: “Tú eres el Hijo de Dios”, les prohibió que les diese a conocer.
Viernes 20:

Hebreos 7,25-8,6. Ofreció sacrificios de una vez para siempre, ofreciéndose a si mismo.

Sal 84. La misericordia y la fidelidad se encuentran.

Marcos 3,7-12. Los espíritus inmundos gritaban: “Tú eres el Hijo de Dios”, les prohibió que les diese a conocer.
Sábado 21:
Santa Inés, virgen y mártir. Memoria.

Hebreos 9,2-3.11-14. Usando su propia sangre ha entrado en el santuario una vez para siempre.

Sal 46. Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas.

Marcos 3,20-2 1. Su familia decía que no estaba en sus cabales,


Domingo . El Bautismo del Señor – 08/01/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral
¿BAUTIZAR A LOS NIÑOS?

La fiesta del Bautismo del Señor que concluye el tiempo de Navidad, es Epifanía del comienzo de la vida pública de Jesús y de su ministerio mesiánico. Jesús de Nazaret bajó al Jordán como si fuese un pecador (“compartió en todo nuestra condición humana menos en el pecado”), para santificar el agua y salir de ella revelando su divinidad y el misterio del nuevo bautismo. El Espíritu de Dios descendió sobre él y la voz del Padre se hizo oír desde el cielo para presentarle como su Hijo amado.

El Bautismo es puerta de la vida y del reino, Sacramento de la fe, signo de incorporación a la Iglesia, vínculo sacramental indeleble, baño de regeneración que nos hace hijos de Dios. El Bautismo es el gran compromiso que puede adquirir el hombre. Y los compromisos verdaderos surgen en la libertad y en la decisión responsable de los adultos. Por eso, al recordar el Bautismo de Jesús en edad adulta, más de uno se puede plantear el sentido del Bautismo de los niños. ¿Se puede bautizar a un niño que aún está privado de responsabilidad personal? ¿Se le puede introducir en la iglesia sin su consentimiento? Estos interrogantes igualmente provocan una cascada de preguntas: “¿Quién nos pidió permiso para traernos a la existencia? ¿Por qué tuve que nacer en un ambiente y en unas condiciones determinadas de cultura y de clima? ¿Por qué he nacido en esta familia concreta que me dejará una huella propia?” Etc… Es el juego de la vida y el misterio de la existencia. Al hombre siempre le queda la aceptación, la respuesta y la aportación posterior.

La Iglesia, que ya desde los primeros siglos bautizó también a los niños, siempre entendió que los niños son bautizados en la fe de la misma Iglesia, proclamada por los padres y la comunidad local presente. Lo que la Iglesia pide a los padres y padrinos no es que comprometan al niño, sino que se comprometan ellos a educarlos en la fe que supone el Bautismo. En el Bautismo la Iglesia da un voto de confianza, hace nacer a la vida de Hijo de Dios, siembra una semilla, hace un injerto, pone un corazón nuevo, que tendrá que crecer, desarrollarse y latir por propia cuenta y bajo personal responsabilidad algún día. Con el Bautismo, la Iglesia nos sumerge en la corriente de salvación, como se puede recoger un recién nacido abandonado en la calle fría, para llevarlo a un hogar caliente, sin esperar a preguntar al niño, cuando sea mayor, si quería que se le hubiese salvado y ayudado, porque entonces sería demasiado tarde.

¿Por qué no dar a un niño, nacido en un hogar cristiano, la simiente de la vida cristiana? El cultivo de esa simiente de fe será necesario sobre todo, hasta que esa nueva vida llegue a la autocomprensión y autoresponsabilidad. La Iglesia, pues, bautiza a los niños con esperanza de futuro, contando con una comunidad cultivadora y garante de la fe cristiana.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Isaías 42, 1-4. 6-7 Sal 28, 1a y 2.3ac-4.3b y 9b-10
Hechos de los apóstoles 10,34-38 san Mateo 3, 13-17

de la Palabra a la Vida

En unos pocos versículos, el evangelio de hoy contiene dos conversaciones: la primera se desarrolla entre Juan el Bautista y Jesús. “Está bien que se cumpla toda justicia”. Aquel que se ha abajado asumiendo una humanidad, tiene que sumergirse en las aguas para anunciar que “toda justicia” conlleva, misteriosamente, que el justo sea sumergido también en la muerte. Su abajamiento tiene que ser total, para que también la humanidad total sea redimida en esa muerte.

Pero no va a estar solo, ni va a realizar ese misterio de la muerte abandonado del Padre: el segundo diálogo es, en realidad, una declaración: “Mi Hijo amado”, que abre la puerta a una manifestación de la Santa Trinidad: el que unge, el Ungido y la unción. El Hijo amado es anticipado, en la primera lectura, en la historia, por “Mi siervo, a quien prefiero”.

El siervo volverá a ser el protagonista el domingo próximo, por eso podemos fijarnos hoy en qué supone el misterio del baño bautismal de Cristo en el Jordán. El Jordán, ese pequeño y pobre río de Israel, nada comparable al Tigris y al Eúfrates, al Nilo junto al que vivió el pueblo de la Alianza… ese pequeño río va a sepultar al Hijo de Dios. Toda la fuerza de la divinidad va a entrar en el agua para que se cumpla toda justicia. El Hijo de Dios va a ser sepultado a las afueras de Jerusalén después de una horrenda tortura, así anuncia su entrada en las aguas, pero también en el bautismo de Cristo encontramos el anuncio de cómo va a ser realizada la salvación de la humanidad. Lo creado, aunque débil y corruptible, va a contener la fuerza de la divinidad. Cristo entra en las aguas y les comunica un poder: “el poder de santificar”, nos dice la liturgia de la Iglesia. En el misterio del Bautismo de Jesús, Cristo deja un poder en la creación, para que la creación sea santificada y así volver a su creador. El Padre, que quiere recapitular todo en Cristo, dona el Espíritu a lo que Él ha creado, para que así se ponga en comunión con Cristo y vuelva al Padre.

El hombre contempla, entre espantado y admirado, a Cristo en el Jordán, porque allí ha dejado su vestido de gloria, de tal forma que todo el que entre en las aguas pueda recibir ese vestido que Cristo ha dejado allí. Y así, revestidos de gloria, poder entrar al banquete de bodas apropiadamente, sin miedo a ser expulsados de allí. El abajamiento de Cristo en las aguas lo prepara a Él para comenzar la misión del anuncio del Reino, y además deja al alcance del hombre la gracia que recibirá el que acepte participar y vivir en ese reino.

Por eso, “el Señor bendice a su pueblo con la paz”, que cantábamos en el Salmo: porque el Señor ha querido prolongar en nosotros su gloria, en el Cuerpo la santidad de la Cabeza, dar en herencia la bendición de su primogénito a todos sus hijos. Ahora, la voz del Señor aparece en verdad potente y magnífica. Si ya apareció con fuerza y poder sobre las aguas del Mar Rojo para obtener la liberación de un pueblo, pero la muerte de otro, ahora aparece magnífica, por encima del aguacero, para que todos los pueblos sean salvados por la muerte de su Hijo amado. Moisés e Israel contemplan, en el Bautista, con devoción, el misterioso plan de Dios, que grandiosamente ha preparado la salvación de los hombres aceptando el sacrificio, la entrega del Siervo de Dios.

Su inmersión en las aguas es mi salvación, pero se realiza en mi vida cuando yo acepto también sumergirme en la muerte de Cristo, cuando la vida me pide entrar en las aguas de la muerte a mí mismo: ahí obtengo un premio doble, porque ahí escucho al Padre reconocerme su hijo amado, y ahí recibo el don santificador, la vida eterna.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
El Prefacio de la Virgen María de Caná

En verdad es justo darte gracias,
y deber nuestro glorificarte, Padre santo,
en esta celebración de la gloriosa Virgen María.
Ella, atenta con los nuevos esposos, rogó a su Hijo
y mandó a los sirvientes cumplir sus mandatos:
las tinajas de agua enrojecieron,
los comensales se alegraron,
y aquel banquete nupcial simbolizó el que Cristo ofrece a diario a su Iglesia.
Este signo maravilloso
anunció la llegada del tiempo mesiánico,
predijo la efusión del Espíritu de santidad,
y señaló de antemano la hora misteriosa
en la que Cristo se adornó a sí mismo con la púrpura de la pasión
y entregó su vida en la cruz por su esposa, la Iglesia.
Por él, los ángeles y los arcángeles te adoran eternamente,
gozosos en tu presencia.
Permítenos unirnos a sus voces cantando tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 9:

Hb 1,1-6. Dios nos ha hablado por el Hijo.

Sal 96. Adorad a Dios, todos sus ángeles.

Mc 1,14-20. Convertíos y creed la Buena Noticia.
Martes 10:

Hb 2,5-12. Dios juzgó conveniente perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación.

Sal 8. Diste a tu Hijo el mando sobre las obras de tus manos.

Mc 1,21-28. Le enseñaba con autoridad.
Miércoles 11:

Hb 2,14-18. Tenía que parecerse en todo a sus hermanos para ser compasivo y pontífice fiel.

Sal 104. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

Mc 1,29-39. Curó a muchos enfermos de diversos males.
Jueves 12:

Hb 3,7-14. Animaos los unos y los otros mientras dure este “hoy”.

Sal 94. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: “No endurezcáis el corazón”.

Mc 1,40-45. La lepra se le quitó y quedó limpio.
Viernes 13:

Hb 4,1-5.11. Empeñémonos en entrar en aquel descanso.

Sal 77. No olvidéis las acciones de Dios.

Mc 2,1-12. El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.
Sábado 14:

Hb 4,12-16. Acerquémonos con seguridad al trono de gracia.

Sal 18. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.

Mc 2,13-17. No he venido a llamar justos, sino pecadores.


Domingo Octava de Navidad. Santa María, Madre de Dios – 01/01/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

LO NUEVO DE DIOS Y LO VIEJO DEL HOMBRE

Después de la oscuridad larga de la nochevieja, tan cargada de euforias y brindis, brota espontáneo en la luz del primer día de enero el deseo de un “Feliz Año”. Cada día del año que hoy estrenamos es una oportunidad para ascender un peldaño en la vivencia del amor, de la alegría y la esperanza. Hoy es día propicio para soñar un mundo nuevo, habitado por hombres nuevos; un mundo en progreso, más fraterno, que se rejuvenece por los caminos de la paz, que son fruto de la justicia.

La Navidad de Dios liberó al hombre de la noche del error y del pecado y lo sacó al día, a la verdad, a la vida. A la luz de Dios encarnado el hombre pudo ver su propia figura y comprender el valor exacto de las cosas. En Jesucristo nace el “hombre nuevo”, el hombre de la paz, de la esperanza, de la alegría, del trabajo, de la libertad, del diálogo y del amor: el hijo de Dios. El “hombre nuevo” es aquel que no envejece, porque el espíritu no tiene calendario y la edad verdadera solamente se mide por los días vividos en gracia.

En estos días en que una marea de ternura sacude la tierra y se da tregua al odio y a la infidelidad, nace con fuerza nueva la paz cristiana, que es el equilibrio interior en la amistad con Dios. La paz es conquista de todos los días del año, de los primeros y de los últimos, de los viejos y de los nuevos. La paz es un don y un programa; hay que merecerla y querer recibirla, pues no es simple ausencia de violencia, sino plenitud de bien.

Es muy significativo que el año comience litúrgicamente con la fiesta de Santa María, Madre de Dios. En un mundo en que abundan los solitarios y muchos hogares están faltos de calor, el cristiano toma conciencia, en este día inaugural, de que no está huérfano y tiene Madre. Su primer acto de fe en el Año Nuevo es creer que María es la Madre, siempre Virgen, de Dios hecho hombre en Jesucristo. La verdad de la maternidad divina unida a la maternidad espiritual de los hombres es un motivo de gozo incesante y comprometedor. Al poner bajo su protección nuestra vida, le confiamos los dolores, gozos y gloria de cada jornada del año que empieza. Como devotos sencillos, pletóricos de sensibilidad sobrenatural, reconocemos que el único camino para ir a Cristo es María, camino de felicidad verdadera que nos libera de la vulgaridad de la apatía e indiferencia. ¡Feliz año nuevo, de la mano de Santa María la Virgen!.


 

Palabra de Dios:

Números 6. 22-27 Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8
San Pablo a los Gálatas 4, 4-7 San Lucas 2, 16-21

de la Palabra a la Vida

Ocho días después del nacimiento del Salvador, ocho días después de aquella noche buena de su natividad, Jesús es circuncidado y recibe el nombre que el ángel en sueños le había revelado a José. Durante una octava hemos contemplado al niño más bien a la expectativa, entre promesas y oráculos.

Pero ahora empezamos a maravillarnos y a acoger en el corazón todo lo que sucede: “Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús”, dice el evangelio de hoy. A los ocho días de su nacimiento, por tanto, el niño derrama su primera sangre, sangre que manifiesta su humanidad recibida de María, sangre que “contiene” su divinidad por ser el Verbo de Dios, sangre que anuncia de forma profética la que será derramada para a realizar “una alianza nueva y eterna” por todos los hombres en los días de su pasión y muerte. Verdaderamente, este niño puede llamarse Jesús, pues por el derramamiento de esa sangre “Dios salva”. Es un recién nacido, pero ya empieza a cumplirse lo que de Él anunciaron los profetas.

Este misterio podría tenernos entretenido en la contemplación durante todo el día: el que nació al principio de la octava, al final de la misma manifesta para qué ha nacido, para establecer una alianza nueva en su sangre. ¿Acaso podemos recibir alegría mayor? Ciertamente, este niño está dispuesto a morir por nosotros cuando es aún un pequeño ¿Acaso podemos recibir bendición mayor? La bendición es la salvación, pero la bendición se manifiesta en la descendencia. Este niño, de la descendencia de David, es la bendición esperada por los pueblos. Por eso, ¿acaso podemos pensar en otra bendición al escuchar la bendición de Aarón en la primera lectura? El Señor protege a su pueblo y le concede la paz mostrándonos al “príncipe de la paz”. La bendición no es un deseo, no es un gesto, es ni más ni menos que Cristo. Nuestra bendición es Jesucristo, “que es el Salvador que los hombres esperaban”.

¿Qué mejor proyecto en este tiempo nuevo que ser bendecidos por Cristo, que preparar el corazón para acoger y recibir su divinidad en nuestra pobre humanidad? La salvación se ha hecho presente entre nosotros, y así nos introduce en una vida nueva, en un tiempo nuevo, en un año nuevo: Sí, el año no es el 2017, es Cristo. En Él, todo es salvación y gracia. El que crea una alianza nueva hace también nueva nuestra vida. Cristo es el año nuevo en el que vivir, en el que movernos, en el que sentirnos bendecidos y amados por Dios. Así, el deseo “feliz año nuevo” se transforma en la certeza “feliz año en Cristo”.

Y aún no hemos introducido la fiesta de hoy: Santa María, Madre de Dios. Así la reconoció el concilio de Éfeso, en el año 431. Si Cristo se ha revelado como el que es verdadero Dios y verdadero hombre, con dos naturalezas perfectas unidas en la única persona del Verbo encarnado, la Madre no puede serlo de una naturaleza -la humana- pero no de la otra, pues no hay dos personas en Cristo, sino una. El que derrama su sangre es el Salvador: María es Madre, entonces, del Salvador que derrama su sangre, cuya maternidad virginal la Iglesia ha visto prefigurada en la escena de Moisés ante la zarza ardiente: la zarza ardía, pero no se consumía, y así María fue Madre, pero no dejó de ser Virgen por ello.

¿Qué bendiciones buscamos en la vida? ¿Qué bendiciones deseamos recibir más que al mismo Cristo? ¿Viviremos este día como un día perdido entre sueños y resacas, o sabremos vivirlo acogiendo la bendición heredada? María es modelo de quien ha acogido esa bendición. La Madre de Dios contempla, feliz, al Salvador, Hijo de Dios, que como hijo de los hombres, derrama su sangre por la humanidad entera.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la Virgen María, templo de la gloria de Dios

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
En el nombre de Jesús se nos da la salvación,
y ante él se dobla toda rodilla
en el cielo, en la tierra y en el abismo.
Pero has querido, con amorosa providencia,
que también el nombre de la Virgen María
estuviera con frecuencia en los labios de los fieles;
éstos la contemplan confiados, como estrella luminosa,
la invocan como madre en los peligros
y en las necesidades acuden seguros a ella.
Por eso, Señor, te damos gracias
y proclamamos tu grandeza cantando con los ángeles:
Santo, Santo, Santo…

 


Para la Semana

Lunes 2:
San Basilio y san Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia. Memoria.

1Jn 2,22-28. Lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros.

Sal 97. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Jn 1,19-28. En medio de vosotros hay uno que
no conocéis.
Martes 3:
1Jn 2,29-3,6. Todo el que permanece en Dios, no peca.

Sal 97. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Jn 1,29-34. Este es el Cordero de Dios.
Miércoles 4:
1Jn 3,7-10. No puede pecar, porque ha nacido de Dios.

Sal 97. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Jn 1,35-42. Hemos encontrado al Mesías.
Jueves 5:
1Jn 3,11-21. Hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos.

Sal 99. Aclama al Señor, tierra entera.

Jn 1,43-51. Tú eres el Hijo de Dios, el Rey de Israel.
Viernes 6:
Epifanía del Señor. Solemnidad

Is 60,1-6. La gloria del Señor amanece sobre tí.

Sal 71. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.

Ef 3,2-3a.5-6. Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos de la promesa.

Mt 2,1-12. Venimos de Oriente a adorar al Rey.

Sábado 7:
1Jn 3,22-4,6. Examinad si los espíritus vienen de Dios.

Sal 2. Te daré en herencia las naciones.

MT4,12-17.23-25. Está cerca el reino de los cielos.


Domingo – Octava de Navidad. Solemnidad de la Natividad del Señor – 25/12/2016

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

CREER EN LA NAVIDAD

No todos los que celebran la Navidad creen en ella y actualizan su vivencia y sentido profundo. Muchos se quedan en fiestas familiares, en recuerdos infantiles, en costumbres cristianas conservadas sociológicamente. Hay personas a quienes la Navidad les produce tristeza, y por eso soportan estas fiestas resignadamente.

La primera Navidad de la historia tuvo su origen en el corazón de una noche de invierno, cuando Israel llevaba tanto tiempo esperando al Mesías, que ya había dejado de esperar. Los sumos pontífices y letrados del país, consultados por Herodes, quizá lo sabían tan bien todo, que era como si no lo supiesen. Y los habitantes de Jerusalén y de Belén dormían tranquilos, bien cobijados en la indiferencia y el aburrimiento. Incluso la gente piadosa y buena, como Simeón y Ana, tenían miedo de morir sin haber visto la luz de las naciones y la gloria de Israel.

Creer en la Navidad es celebrar el nuevo nacimiento, no sofocar a los recién nacidos, no pisotear todo brote de gozo y esperanza. En Navidad cada hombre y cada mujer es llamado a nacer de nuevo, a creer en algo que parece inverosímil, pero que es necesario: que todos somos capaces de renacer, que es posible el gozo nuevo de sentirse por dentro nueva criatura. Por eso, el nacimiento que tanto debe alegrarnos hoy no es sólo el del niño Jesús, sino también el nuestro.

De muy poco sirve que Cristo haya nacido hace dos mil años si hoy no nace nada nuevo en nosotros. De nada nos sirve que él haya predicado el Evangelio hace dos mil años si hoy no creemos verdaderamente en la Palabra hecha carne. Si la ternura de Dios se manifestó hace dos mil años, es para que los hombres nos amemos más y mejor.

Abramos los ojos a la luz de la Navidad. Pongámonos en pie y caminemos hacia Belén para experimentar la cercanía y presencia de Dios en medio de nosotros. Vivamos la fiesta con la sencillez interior de la fe. Celebremos el amor divino que nace constantemente en nuestro mundo. Creamos que el amor de Dios, vivo como una persona, aparentemente débil como un niño, fuerte como una vida nueva, es lo que verdaderamente nos salva.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Isaías 52, 7-10 Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6
Hebreos 1, 1-6 San Juan 1. 1-18

de la Palabra a la Vida

Sencillamente es inaudito. Contemplar a Dios cara a cara es sencillamente inaudito. Es algo que supera todos los deseos del hombre, todo lo bello que el hombre pueda imaginar. ¿Qué es lo más bello que nunca hayamos visto? ¿Qué es lo más bello que querríamos ver, que soñamos contemplar? La Iglesia nos ofrece en el día de Navidad esta profecía de Isaías porque los que han estado vigilantes, tal y como se nos pidió durante el adviento, ahora contemplan al Señor cara a cara y cantan la gloria de Dios. ¿Qué menos que cantar su gloria ante semejante espectáculo? El brazo del Señor, poderoso, ya no es una imagen, es una realidad. Ya no hace referencia a una fuerza invisible, sino a un poder visible. Visible y paradójico, porque lo lleva un recién nacido, débil, indefenso. Pero es tan poderoso que es el mensajero que anuncia la paz. Sí, es inaudito. Requiere de la fe y de la ayuda de la Palabra de Dios para poder confesarlo.

Por eso, la Iglesia nos invita a no pasar por alto el más mínimo detalle. Mal haríamos si en este día festivo no dedicáramos un tiempo reposado, entre comidas y celebraciones familiares, a releer estas lecturas y contemplar el poder misterioso del Señor. La Iglesia nos invita a ello con estas lecturas. Si anoche, en la nochebuena, lo que la Liturgia de la Palabra nos proponía era el relato histórico del encuentro del Señor con los pastores, la luz que iluminó a los pecadores, en el día de navidad es diferente: ahora, nos dice la Iglesia, toca reflexionar sobre lo sucedido. ¿A quien hemos conocido? ¿A quién hemos visto con nuestros ojos? Y como consecuencia, ¿eso qué supone en nuestra vida, supone algo? Poder ver al señor cara a cara es una consecuencia de su Encarnación y su Natividad. Su presencia entre nosotros no es un deseo o un recuerdo, es personal. Por eso, todo aquel que anduvo por aquellos caminos, en aquellos tiempos, pudo encontrar al Señor. Y aquellos que, como los pastores y los magos, fueron a buscarlo, se maravillaron al contemplar al Señor. No lo veían algunos privilegiados de una familia o de otra, de una ciudad o de otra: de todas partes fueron y lo vieron. Por eso la Iglesia canta durante toda la octava de Navidad que “los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios”. Ya se intuye en su nacimiento su victoria. ¿No es acaso una victoria para nosotros que el Hijo de Dios haya venido a nuestro bando, como uno de nosotros?

Pero la gran reflexión sobre la Encarnación y nacimiento del Hijo de Dios es la carta a los Hebreos. En ella se reflexiona sobre el sacerdocio de Jesucristo, no obtenido en herencia, por descendencia de la tribu de Leví, sino porque Dios así lo ha querido. El eternamente engendrado por el Padre, nace en el tiempo de una Madre Virgen: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”.

Y es que esta fiesta supone esto para nosotros: El Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, la Palabra que Dios ha pronunciado y que ya no necesita pronunciar ninguna más, se ha encarnado por amor a nosotros para que nosotros recibamos el ser hijos por adopción, recibamos “gracia tras gracia”. El evangelio, el prólogo del evangelio según san Juan, que escuchamos tres veces en toda la Navidad, nos descubre esto: Dios baja a los hombres para que, al unirse a nosotros, nosotros subamos con Él. Lo que sucede en Navidad es que Dios se une a nosotros para siempre por su Espíritu, en nuestra carne, y así nosotros, por el poder de ese Espíritu, somos santificados, llegamos hasta Dios. Esta es la finalidad de lo que ha sucedido hoy. Dios no viene para nada. Comparte nuestra humanidad para darnos su divinidad. Es un negocio admirable, que supera todo lo que el hombre puede desear, lo más bello que podamos imaginar: no es que podamos ver a Dios, es que nace para que nos hagamos uno con Él. Gocemos con la Palabra que se nos proclama, disfrutemos del misterio para el que hemos nacido.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


De la oración litúrgica a la oración personal…
el prefacio de la Santa María Madre de Dios

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque por un admirable misterio y por un inefable designio,
la santa Virgen concibió a tu Unigénito
y llevó encerrado en sus entrañas al Señor del cielo.
La que no conoció varón es madre, y después del parto permanece virgen.
Se gozó, en efecto, de dos gracias:
se admira porque concibió virgen,
se alegra porque alumbró al Redentor.
Por él, los ángeles te cantan con júbilo eterno
y nosotros nos unimos a sus voces
cantando humildemente tu alabanza:
Santo, Santo, Santo…

 

Para la Semana

Lunes 26:
San Estéban, protomártir. Fiesta.

Hch 6,8-10;7,54-60. Veo el cielo abierto.

Sal 30. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

Mt 10,17-22. No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre.
Martes 27:
San Juan, apóstol y evangelista. Fiesta

1Jn 1,1-4. Os anunciamos lo que hemos visto y oído.

Sal 96. Alegraos, justos, con el Señor.

Jn 20,2-8. El otro discípulo corría más que Pedro y llegó primero al sepulcro
Miércoles 28:
Los santos inocentes, mártires. Fiesta.

1Jn 1,5-2,2. La Sangre de Jesús nos limpia los pecados.

Sal 123. Hemos salvado la vida, como un pájaro de la trampa del cazador.

Mt 2,13-18. Herodes mandó matar a todos los niños en Belén.
Jueves 29:

1Jn 2,3-11. Quien ama a su hermano permanece en la luz.

Sal 95. Alégrese el cielo, goce la tierra.

Lc 2,22-35. Luz para alumbrar a las naciones.
Viernes 30:
La Sagrada Familia: Jesús, María y José. Fiesta.

Eclo 3,2-6.12-14. El que teme al Señor honra a sus padres.

Sal 127. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Col 3,12-21. La vida de familia vivida en el Señor.

Mt 2,13-15.19-23. Coge al niño y a su madre y huye a Egipto.
Sábado 31:

1Jn 2,18-21. Estáis ungidos por el Santo y todos vosotros lo conocéis.

Sal 95. Alégrese el cielo, goce la tierra.

Jn 1,1-18. El Verbo se hizo carne.


septiembre 2017
L M X J V S D
« Ago    
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
252627282930