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Domingo de la 3ª semana de Tiempo Ordinario. – 21/01/2018

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Comentario Pastoral

EL EVANGELIO DE MARCOS

Hoy comienza a leerse el evangelio de Marcos, que es el correspondiente al ciclo litúrgico asignado para este año. Durante una treintena de domingos se proclamará lo más fundamental de este segundo evangelio, el más breve y menos sistemático, pero rico en vivacidad para los hechos esenciales, narrados por un testigo ocular cualificado. Con San Marcos, intérprete y discípulo de San Pedro, se pasa del Evangelio predicado oralmente por los apóstoles y memorizado por las primeras comunidades cristianas, al Evangelio escrito.

San Marcos escribe únicamente para presentar con realismo el misterio de la persona y de la obra de Jesús, reuniendo todo en torno a tres grandes títulos cristológicos: Hijo de Dios, Mesías, Hijo del hombre. Ningún evangelista subraya tan frecuentemente la humanidad exquisita y genuina de Jesús, el Hijo de Dios, el Mesías glorioso y humilde.

Los destinatarios de este evangelio, escrito antes del año 70, son claramente cristianos de cultura romana. En el texto existen latinismos y es evidente la preocupación por explicar los usos y costumbres judías y por precisar los lugares geográficos o traducir palabras arameas. Relatando un gran número de milagros de Jesús, San Marcos quiere demostrar a los romanos, gente de acción más que de pensamiento, que Jesús es el más fuerte, porque está dotado de la omnipotencia del Dios viviente y personal.

El comienzo del evangelio de hoy coincide con el inicio de la predicación de Jesús, sus primeras palabras son estas: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios, convertíos y creed la Buena Noticia”. En esta breve frase se advierten dos situaciones: una situación objetiva, referente al tiempo, que manifiesta que el Reino está presente; y otra subjetiva, que depende del hombre y de su libertad: la necesidad de la conversión. Con la venida de Jesús la historia universal ha entrado en su fase definitiva de plenitud. Para entrar en la salvación el hombre debe cambiar su mentalidad, su actitud moral; debe convertirse y así unirse personalmente al misterio de Cristo.

No hay conversión del corazón sin adhesión en la fe. Si es preciso, hay que dejar las redes o al padre, como nos narra San Marcos la vocación de los primeros discípulos. Nunca el propio trabajo, ni lo que es base del sustento diario, ni la sociedad que nos rodea, ni la propia familia debe ser obstáculo para el evangelio. El Reino de Dios es una aventura misteriosa, que obliga a abandonar lo que se tiene y exige una respuesta incondicional. El tiempo es breve, el momento es apremiante; la llamada, urgente y decisiva.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Jonás 3, 1-5. 10 Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9
san Pablo a los Corintios 7, 29-31 san Marcos 1, 14-20

de la Palabra a la Vida

Hace un mes escuchábamos cómo Juan el bautista empleaba en el evangelio la misma palabra que el Señor hoy: “conversión”. El bautista nos invitaba a preparar los caminos como conversión para la venida del Señor. Viene este y nos invita a la conversión para… ¿para qué? La conversión a la que Cristo nos llama en el evangelio de hoy es necesaria para una consecuencia de la fe, como una forma de expresar la fe: “Convertíos y creed” es una propuesta de Jesucristo a no perder el tiempo después de decirle que creemos en Él, que creemos que es el Señor o que le queremos más que nada. La conversión conlleva ser discípulos, tal y como hace Jesús en el evangelio de hoy, y conlleva una vida santa, como encontramos en la invitación a la conversión a los minivitas en la primera lectura.

Ya lo veíamos en los anteriores domingos: ese seguimiento de Cristo se hace como escucha a una palabra y en obediencia a ella. Por eso, hoy podemos aprender el versículo que hemos repetido una y otra vez en el salmo responsorial y llevarlo a casa, al trabajo, cuando salgamos de casa, de paseo, o cuando experimentemos en nuestro interior el deseo de independencia, de rebelión, de ir a lo nuestro, de perder la caridad: “Señor, enséñame tus caminos”. Enséñame, Señor. Esta petición es ante todo una petición confiada, y por lo tanto valiente. Tenemos tanto que aprender, tantas cosas que nuestro corazón cree saber pero aún no sabe. Si echamos un vistazo rápido al tiempo de discipulado que los doce tienen con el Señor, encontraremos que los momentos de conflicto, de dolor, de equivocación o de división, surgen cuando los doce no quieren ser enseñados, o creen saber más incluso que el Maestro.

Por eso, para recorrer el camino del Tiempo Ordinario, para recorrer el camino de los discípulos de Jesús, es necesario aceptar ser discípulos, ser enseñados. Convertirse es aceptar pasar de ir por la vida dando lecciones a escuchar y aprender. Nuestro corazón adulto y autosuficiente se tiene que rebelar tantas y tantas veces… es entonces cuando conviene repetir: “Señor, enséñame tus caminos”.

Como no siempre es fácil, el salmo responsorial nos ofrece otra ayuda para que esa conversión que pide el Señor se dé en nosotros: en él encontramos la forma de dirigirse al Señor, de definirlo. El Señor tiene “ternura”, “misericordia”, “bondad”, “es bueno y recto”. Eso significa que es merecedor de nuestra confianza.

De hecho, el salmo nos presenta dos características que vamos a encontrar en los discípulos, que van a ser necesarias para poder ser discípulos de Jesús, pues este enseña su camino a los pecadores y a los humildes. El Señor ha venido a llamar a los pecadores, a los enfermos y no a los sanos, es decir, a los que se reconocen pecadores, y se convierten con humildad. No nos sobra ningún día recordar quién puede seguir al Señor: “los pecadores y los humildes”.

Para poder participar en la celebración de la eucaristía, en los sacramentos, en el encuentro con Cristo en la confesión, sólo podemos reconocernos pecadores y además ir con actitud humilde, dispuestos a escuchar y a aprender, para poder convertirnos… o nos quedaremos por el camino. Ante esa tentación, no dudemos, repitamos una y mil veces para convertirnos: “Señor, enséñame tus caminos”.

Diego Figueroa

 



al ritmo de las celebraciones


Algunos apuntes de espiritualidad litúrgica

Teniendo siempre presente la oración de Jesús: “cómo tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que ellos sean una sola cosa en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21), la Iglesia invoca en cada Eucaristía el don de la unidad y de la paz. El mismo Misal Romano -entre las Misas por diversas necesidades- contiene tres formularios de Misa “por la unidad de los cristianos”. Esta intención aparece también en las preces de Liturgia de las Horas.

Dada la diversa sensibilidad de los “hermanos separados”, también las expresiones de la piedad popular deben tener presente el criterio ecuménico. De hecho “la conversión del corazón y santidad de vida, juntamente con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y con razón puede llamarse ecumenismo espiritual”. Un especial punto de encuentro entre los católicos y los cristianos pertenecientes a otras Iglesias y Comunidades eclesiales es la oración en común, para impetrar la gracia de la unidad y para presentar a Dios las necesidades o preocupaciones comunes, y para darle gracias e implorar su ayuda. “La oración común se recomienda especialmente durante la “Semana de oración por la unidad de los cristianos”, o en el tiempo entre la Ascensión y Pentecostés”. Se han concedido indulgencias a la oración por la unidad de los cristianos”.

(Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 182)

 


Para la Semana

Lunes 22:
San Vicente, diácono y mártir. Memoria.

2 Samuel 5,1 7.10. Tú serás el pastor de mi pueblo, Israel.

Sal 88,20.21-22.25-26. Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán.

Marcos 3,22 30. Satanás está perdido.
Martes 23:
San Ildefonso, obispo. Fiesta.

2 Samuel 6,12b 15.17 19. Iban llevando David y los israelitas el arca del Señor entre vítores.

Sal 18. Los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Marcos 3,31 35. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.
Miércoles 24:

2Sam 7,4-17. Estableceré después de ti un descendiente tuyo, y consolidaré su reino.

Sal 88. Le mantendré eternamente mi favor.

Mc 4,1-20. Salió el sembrador a sembrar.
Jueves 25:
La conversión de san Pablo. Fiesta

Hch 22,3-16. Levántate, recibe el bautismo que, por la invocación del nombre de Jesús, lavará tus pecados.

Sal 116. Id al mundo entero y proclamad el evangelio.

Mc 16,15-18. Id al mundo entero y proclamad el evangelio.
Viernes 26:
Santos Timoteo y Tito, obispos. Memoria.

2 Samuel 11,1 4a.5 10a.13 17. Me has despreciado, quedándote con la mujer de Urías.

Sal 50. Misericordia, Señor, que hemos pecado.

Marcos 4,26 34. Echa simiente, duerme y la semilla va creciendo sin que él sepa cómo.
Sábado 27:

2 Samuel 123 7a.10 17. ¡He pecado contra el Señor!

Sal 59. Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

Marcos 4,35 41. ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!


Domingo de la 2ª semana de Tiempo Ordinario. – 14/01/2018

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Comentario Pastoral

DESCUBRIR LA PROPIA VOCACIÓN

Las páginas más bellas y sugestivas de la Biblia son aquellas que nos presentan la vocación de hombres concretos que han tenido papel importante en la historia de la salvación: Abrahán, Moisés, Samuel, David, Isaías, etc. Las escenas de la vocación revelan a Dios en su majestad y en su misterio, y al hombre en su verdad, en su aceptación. Toda vocación bíblica es una elección por parte de Dios para una misión histórica particular.

La primera lectura que se lee hoy es un expresivo ejemplo de la llamada personal de Dios y de su diálogo con el hombre. Por tres veces, durante la noche, el joven Samuel oye una voz que lo llama, pero no sabe de dónde viene. Ayudado por el viejo sacerdote Elí, descubre la llamada decisiva del Señor y responde con prontitud y disponibilidad; “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”.

Es paralela la llamada de los primeros discípulos de Cristo, que nos narra el evangelio. Importa constatar una vez más que la iniciativa de la llamada parte de Cristo; es fruto de un ansia y de un interés que el hombre tiene en el corazón: ¿Qué buscáis?; es un descubrimiento progresivo: “venid y lo veréis”. En el itinerario de toda vocación se deben considerar siempre los binomios fundamentales: buscar encontrar y seguir permanecer.

La alegría que Andrés ha experimentado al encontrar a Jesús y reconocer en él al Mesías, la hace partícipe a su hermano Simón, llevándole hasta el Maestro. Este encuentro entre Jesús y Simón está iluminado por la mirada de amor y de predilección con la que Cristo acoge al nuevo discípulo, al que cambia el nombre para significar su misión particular en la Iglesia: ser roca sólida, estable y fundamental.

Es, pues, necesario descubrir la propia vocación, la “verdad interior” que Dios nos ha dado. Realizarse como persona depende de la capacidad que cada uno tiene para discernir el proyecto divino escrito en lo profundo del corazón humano. La vocación cristiana es el riesgo gozoso de llegar a ser creaturas nuevas con nombre nuevo en beneficio de todos.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Samuel 3, 3b-10. 19 Sal 39, 2 y 4ab. 7. 8-9. 10
san Pablo a los Corintios 6, l3c-15a. 17-20 san Juan 1, 35-42

de la Palabra a la Vida

El misterio del bautismo de Cristo que celebrábamos el domingo pasado intenta la Iglesia que sea el día que nos introduce también en el Tiempo Ordinario en el que vivimos ya hasta que llegue el Miércoles de ceniza. Es por eso que las lecturas que hoy se nos presentan, a la vez que nos recuerdan este misterio del Jordán nos inician en la vida pública de Cristo, algo, paradójicamente, nada “ordinario”.

Cristo va a comenzar su vida pública invitando a otros a entrar en una relación con Él. Para poder seguirle por el camino es necesario reconocer en Él al siervo de Dios, al cordero de Dios que se sumerge en las aguas de la muerte para obtener la vida eterna, el perdón para los suyos. El que era reconocido en el Jordán como “siervo” hoy lo es como “cordero”: una misma palabra hebrea se esconde detrás de ambas, con lo que podemos ver cómo desde Juan y hasta los discípulos, todos reconocen en Cristo que el Espíritu de Dios se ha posado sobre Él, que cumple las Escrituras, que hay en su vida un elemento sacrificial que de alguna forma se manifestará, y también que seguirle, quedarse con Él, supone entrar en ese misterio suyo.

La vida cristiana es un seguimiento de Cristo que ha fascinado a los discípulos, a los rudos pescadores, que han encontrado algo nuevo en Él, algo que no son dotes humanos diferentes, llamativos, casi “televisivos”, sino que es algo que tiene que ver con Dios. Ellos tendrán que reconocerle -lo hará Pedro- como Mesías. Quien lo reconozca como Dios podrá reconocer también una llamada especial de su parte, como la que hace Dios en el misterio del templo a Samuel, en la primera lectura: “Habla, que tu siervo escucha”. Cristo será el siervo que escucha la voluntad del Padre, el siervo que escucha, durante toda su vida y hasta el misterio de la cruz. Los discípulos son llamados a escuchar del Maestro que ha escuchado.

He aquí una preciosa característica del Tiempo Ordinario: es tiempo para que los discípulos escuchen. ¿Voy a ponerme a la escucha? ¿Voy a atender a la Palabra de Dios con esa confianza con la que lo hace Samuel? Podremos descansar como él si también en nosotros se da esa confianza en el Señor: Él hará que, si atendemos, brote de nuestros labios “un cántico nuevo”, una vida nueva. La vida siguiendo al Señor es siempre una vida nueva. ¿Qué vamos a encontrar en Jesús? ¿Qué vamos a encontrar en este Tiempo Ordinario? Un cántico nuevo.

Un canto que brota de nosotros desde nuestra debilidad, como hace Cristo, que al mostrarse como corderillo manso no va a mostrar sino la confianza en el Padre. ¿Cómo voy a aceptar la experiencia de la debilidad? ¿Cómo voy a aceptar pagar por otros, perdonar, padecer la injusticia? El testimonio cristiano brotará de nosotros en todas esas circunstancias, pero sólo si no lo improvisamos, sólo si estamos dispuestos a estar “con Él”, como aquellos discípulos del evangelio.

Ya está claro: ¿para qué queremos este tiempo? Para experimentar también nosotros la debilidad de Cristo. Suena tan mal, pero hace tanto bien… es el cántico nuevo. Lo vamos a contemplar hacer milagros, curar, enfrentarse… pero en ese poder se manifiesta una debilidad que también nosotros tenemos que vivir, en feliz obediencia no al mundo, no a nosotros mismos, sino a la voluntad del Padre.

Diego Figueroa

 



al ritmo de las celebraciones


Algunos apuntes de espiritualidad litúrgica

Fuera de los tiempos que poseen su característica propia, quedan en el ciclo anual, 33 ó 34 semanas en que no se celebra ningún aspecto particular del misterio de Cristo. Con todo, también se celebra en ellas el mismo Misterio de Cristo en su plenitud, especialmente el domingo. Este período se llama tiempo “durante el año”.

El tiempo “durante el año” comienza el lunes siguiente al domingo que cae después del 6 de enero y se continúa hasta el martes anterior a la Cuaresma, inclusive: comienza nuevamente el lunes después del domingo de Pentecostés y se acaba antes de las primeras vísperas del primer domingo de Adviento.

Por esta causa, se usa una serie de formularios para los domingos y ferias de este tiempo, que se encontrarán en el Misal y en la Liturgia de las Horas.

(Normas universales del año litúrgico y del calendario, 43-44)

 

 

Para la Semana

Lunes 15:

1 Samuel 15,16 23. Obedecer vale más que un sacrificio, El Señor te rechaza como rey.

Sal 49. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.

Marcos 2,18 22. El novio está con ellos.
Martes 16:


1 Samuel 16,1 13. Ungió Samuel a David en medio de sus hermanos, y, en aquel momento, lo invadió el espíritu del Señor.

Sal 88. Encontré a David mi siervo.

Marcos 2,23 28. El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado.

Miércoles 17:

1 Samuel 17.32 33.37.40 51. Venció David al filisteo con la honda y una piedra.

Sal 143. Bendito el Señor, mi roca.

Marcos 3,1 6. ¿Está permitido en sábado salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?
Jueves 18:

1 Samuel 18,6 9; 19,1 7. Mi padre Saúl te busca para matarte.

Sal 55. En Dios confío y no temo.

Marcos 3,7 12. Los espíritus inmundos gritaban: “Tú eres el Hijo de Dios”, pero él les prohibía que le diesen a conocer.

Viernes 19:

1 Samuel 24,3 21. No extenderá la mano contra él, porque es el ungido del Señor.

Sal 56. Misericordia, Dios mío, misericordia.

Marcos 3,13 19. Fue llamando a los que él quiso y los hizo sus compañeros.
Sábado 20:

2 Samuel 1,1 4.11 12,19.23 27. ¡Cómo cayeron los valientes en medio del combate!

Sal 79,2-3.5-7. Que brille tu rostro, Señor, y nos salve.

Marcos 3,20 21. Su familia decía que no estaba en sus cabales.

 

Domingo de la 2ª semana de Navidad. Epifanía del Señor – 07/01/2018

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Comentario Pastoral

ELOGIO DEL BAUTISMO

Sobre el Bautismo se han escrito muchos libros desde una óptica teológica, litúrgica, espiritual y pastoral: no es de extrañar, pues toda la vida cristiana se construye, se desarrolla y se consuma a partir del bautismo.

Los Padres de la Iglesia escribieron páginas imborrables basándose en los ritos de la liturgia bautismal y comentando las palabras de la Escritura que los inspiran. Quizá uno de los más bellos textos, que data del siglo cuarto, corresponde a San Gregorio Nacianceno. Volver a leer y meditar hoy este venerable y maravilloso texto es beber el agua más pura de la tradición de la Iglesia. Su síntesis sobre el bautismo es difícilmente superable: “El bautismo es un resplandor para las almas, un cambio de vida, el obsequio hecho a Dios por una conciencia bondadosa. El bautismo es una ayuda para nuestra debilidad.

El bautismo es el desprendimiento de la carne, la obediencia al Espíritu Santo, la comunión con el Verbo, la restauración de la criatura, la purificación del pecado, la participación de la cruz, la desaparición de las tinieblas. El bautismo es un vehículo que nos conduce hacia Dios, una muerte con Cristo, el sostén de la fe, la perfección del espíritu, la llave del reino de los cielos, el cambio de la vida, el fin de nuestra esclavitud, la liberación de nuestras cadenas, la transformación de nuestras costumbres. El bautismo es el más bello y el más sublime de los dones de Cristo.

Nosotros lo llamamos don, gracia, bautismo, unción, iluminación, vestido de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo que hay de más precioso. Don, porque se confiere a aquellos que nada aportan; gracia, porque se da incluso a los culpables; bautismo, porque el pecado queda sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real como son los ungidos; iluminación, porque es luz brillante; vestido, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y porque es manifestación del señorío de Dios”.

En las palabras antecedentes, plenas de simbolismo, de espiritualidad y de hondura teológica, queda patente la importancia y el valor del bautismo cristiano, que es anuncio eficaz de la salvación que nos ha sido ofrecida por pura iniciativa de Dios.

Hoy todos los bautizados deberíamos recordar que Jesús descendió hasta las aguas del Jordán y recibió el bautismo de Juan, para que nosotros podamos subir y alcanzar la liberación del mal por medio de la efusión purificadora del Espíritu.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

San Juan 4,11-18 Sal 71, 1-2. 10-11. 12-13
san Marcos 6, 45-52

de la Palabra a la Vida

En su breve relato del bautismo de Jesús en el Jordán, san Marcos dibuja un relevo en la misión, en la que el testigo pasa de Juan a Cristo por la unción en el Jordán. Juan ha terminado prácticamente su misión: “viene otro…”. Ese otro es Cristo, que recibió el bautismo en oración y con Él el don del Espíritu, para poder decir de Él lo que el profeta Isaías anunciaba en la primera lectura: “Mi siervo, mi elegido, sobre el que he puesto mi Espíritu”.

A partir de ahora, de hecho, el bautismo será eso: recepción del don del Espíritu. Si Juan por el agua invitaba a la conversión, Jesús por el agua y el Espíritu transforma al hombre, por acción divina. El Espíritu que da testimonio del Mesías, que reconoce, desde el principio del evangelio, quién es Jesús y a qué viene, marcará a los hijos de Dios para que vivan una vida nueva. De esta forma, no es solamente que el Espíritu actúe en nosotros en nuestro bautismo y que hoy sea un día oportuno para dar gracias infinitas a Dios por semejante don, sino que también Cristo recibe el don del Espíritu que le capacita para la misión, para ser el siervo de Dios.

Cristo ofrece en las aguas santificación a los hombres y estos pueden responder con una vida nueva. En ella, “mi fuerza y mi poder es el Señor”, no es mi acción, no es mi planificación, no es mi astucia o mi memoria, sino que es el Señor. Es más, “él fue mi salvación”, no lo fue mi perfección, ni mi inteligencia ni mi buen hacer, sino que lo fue el Señor.

Nuestra vida se encuentra en adelante marcada por el bautismo de Cristo, en el que se ha despojado de su poder para dárnoslo a los hombres, pero de tal forma que sólo es accesible para nosotros si reconocemos de dónde viene. Por eso, del mismo modo que Jesús acoge su misión salvadora mesiánica de forma pública en el Jordán, el hombre está llamado desde su bautismo a reconocer la función mesiánica de Cristo.

En su bautismo representa visiblemente que Él va a cargar, por el don del Espíritu, con los pecados de todos, y que estos le van a conducir a la muerte. Jesús no acepta su entrega salvadora al final de su misión, en Getsemaní, como algo que aparece por sorpresa: Jesús entra en las aguas del Jordán para manifestar que acoge la muerte expiatoria, obediente al Padre, para nuestra salvación. El consentimiento libre, humilde, humano, de Cristo encuentra aquí el reflejo del sí de su madre al ángel. El Hijo no es que haya aprendido a obedecer, es que ha aprendido de su madre. Cuando la Iglesia entra en la celebración litúrgica se sumerge con ese mismo espíritu en las aguas del Jordán: allí asume con humildad y por la gracia la misión salvadora del mundo, su colaboración en la obra de Cristo.

¿Puedo experimentar yo también mi deseo de entregarme como Cristo cuando celebro la liturgia en la Iglesia? ¿Puedo reconocer que recibo el don del Espíritu en los sacramentos para participar de su entrega? En su bautismo Cristo manifiesta su capacidad para acoger la voluntad del Padre. La que ha acogido durante treinta misteriosos y ocultos años.

Ahora, en la celebración de la Iglesia, yo soy llamado a hacer lo mismo, para ello se me da el Espíritu Santo. El Mesías se manifiesta ante el mundo como el que salva a los hombres introduciéndolos en su misterio, en su obra salvadora.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


Algunos apuntes de espiritualidad litúrgica

Los misterios del Bautismo del Señor y de su manifestación en las bodas de Caná están estrechamente ligados con el acontecimiento salvífico de la Epifanía.

La fiesta del Bautismo del Señor concluye el Tiempo de navidad. Esta fiesta, revalorizada en nuestros días, no ha dado origen a especiales manifestaciones de la piedad popular. Sin embargo, para que los fieles sean sensibles a lo referente al Bautismo y a la memoria de su nacimiento como hijos de Dios, esta fiesta puede constituir un momento oportuno para iniciativas eficaces, como: el uso del Rito de la aspersión dominical con el agua bendita en todas las misas que se celebran con asistencia del pueblo; centrar la homilía y la catequesis en los temas y símbolos bautismales.

(Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 119)

 

Para la Semana

Lunes 8:

1Sam 1,1-8. Su rival insultaba a Ana, porque el Señor la había hecho estéril.

Sal 115. Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.

Mc 1,1-14. Convertíos y creed la Buena Noticia.
Martes 9:

1Sam 1,9-20. El Señor se acordó de Ana y dio a luz un hijo, Samuel.

Salmo: 1Sam 2,1-8. Mi corazón se regocija por el Señor, mi Salvador.

Mc 1,21-28. Le enseñaba con autoridad.
Miércoles 10:

1Sam 3,1-10.19-20. Habla, Señor, que tu siervo escucha.

Sal 39. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Mc 1,29-39. Curó a muchos enfermos de diversos males.
Jueves 11:

1Sam 4,1-11. Derrotaron a los israelitas y el arca de Dios fue capturada.

Sal 43. Redímenos, Señor; por tu misericordia.

Mc 1,40-45. La lepra se le quitó y quedó limpio.
Viernes 12:

1Sam 8,4-7.10-22a. Gritaréis contra el rey, pero Dios no os responderá.

Sal 88. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

Mc 2,1-12. El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.
Sábado 13:

1Sam 9,1-4.17-19;10,1a. Ese es el hombre de quien habló el Señor; Saúl regirá a su pueblo.

Sal 20. Señor, el rey se alegra por tu fuerza.

Mc 2,13-17. No he venido a llamar justos, sino pecadores.


Domingo Octava de Navidad. La Sagrada Familia – 31/12/2017

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Comentario Pastoral

MARIDOS, MUJERES E HIJOS

La celebración litúrgica de la Sagrada Familia no puede reducirse a una conmemoración o a un recuerdo piadoso de una familia que triunfó allí donde muchas otras han fracasado. No puede ser simple contemplación de una familia para tomarla como modelo, ya que todos los hijos no son buenos como Jesús, ni todas las madres son comprensivas como María, ni todos los padres son acogedores como José. Pero es una fiesta de gran utilidad, que explica y hace resplandecer el significado profundo del amor familiar humano. De hecho Dios, a través de la Sagrada Familia, ha dado a todos la posibilidad de encontrar su grandeza y de caminar por la vía de la perfección.

La profecía de Simeón a María, que se lee en el evangelio de la Misa, “una espada la traspasará el alma”, expresa y resume las vicisitudes de dolor y sufrimiento no sólo de la Virgen, sino de las familias cristianas y de toda la humanidad. Pero desde la tiniebla del dolor se pasa a la luz del sentido redentor de la vida.

Frente a muchas contestaciones sociológicas y políticas, la fiesta que celebramos recordando a la Familia de Nazaret es una invitación a examinar la situación de nuestras familias desde la experiencia luminosa de la familia de Jesús. No se puede reducir la vida familiar a los problemas actuales de la pareja, perdiendo de perspectiva la apertura a los valores trascendentes. La familia debe ser siempre un signo transparente del diálogo Dios-hombre.

Maridos, mujeres e hijos son la estructura de la familia; el compromiso moral de cada uno debe hacerse desde una óptica común pero con diferencias específicas. Es verdad que todo debe analizarse según las nuevas coordenadas socio-culturales, para superar una vaga pastoral de la familia. Incluso las tensiones generacionales pueden ser consideradas no como mero fenómenos patológicos, sino como estímulos creativos. Todos tienen derecho a la palabra y todos deben ser capaces de escuchar, porque ninguno tiene respuestas definitivas. Para alcanzar la verdadera libertad humana hay que tratar a los otros como sujetos responsables y no como meros objetos.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14 Sal 127, 1-2. 3. 4-5
Colosenses 3, 12-21 San Lucas 2, 41-52

de la Palabra a la Vida

En los días en los que la Iglesia celebra el nacimiento de su Salvador, se ha insertado modernamente esta fiesta de la Sagrada familia que amplía de forma maravillosa e inesperada la grandeza del misterio que saboreamos: Dios ha querido nacer en el seno de una familia humana, ha querido tener una familia humana, para que la humanidad tenga una familia en Dios. Dios no salva individualidades aisladas, sino que salva haciendo parte de su familia. Él mismo se ha insertado en el seno de un matrimonio precisamente para que la humanidad que ha recibido de María sea inserta en la familia trinitaria. ¡Maravilla de las maravillas, Dios en una familia humana! Maravilla, en realidad, la voluntad divina, que acepta este milagro para que el hombre pueda estar en la familia divina.

Así, el admirable intercambio sobre el que los padres de la Iglesia tanto han escrito con la espiritualidad propia de estos días, absortos ante el Dios que se hace hombre para que el hombre se haga Dios, queda enriquecido en este “intercambio familiar”, que se da no para unos días o unas semanas, sino para la eternidad: Cristo nunca dejará ya de ser un hombre, al que siempre podremos referir a una familia humana, y nosotros ya no seremos tampoco separados de Dios, seremos para siempre parte de su familia.

Las mismas palabras del salmo adquieren una nueva dimensión: ¿cómo se acuerda Dios de su alianza eternamente? Haciendo una familia. La alianza, y así entendemos bien la alianza matrimonial, es el espacio que un hombre y una mujer crean para formar una familia feliz, fecunda, para siempre. La alianza con Dios es el espacio por el cual Él mismo nos introduce en su familia, de tal forma que lo que sucedió en un momento de la historia, en Belén de Judá, cambia, nos ofrece un destino nuevo a todos nosotros para siempre: una familia en el cielo, un hogar eterno, feliz, de comunión. El Dios que ha unido el cielo con la tierra en la Navidad (ya los ángeles con su canto nos anunciaban esa unión), ahora nos invita a asumir nuestra parte feliz de esa unión: ¡tenemos una gran familia!¡una familia que nos quiere!¡una familia que quiere acogernos siempre! Lo mismo a nivel personal que eclesial, podemos experimentar cómo esta fiesta nos anima a entrar en Dios con la misma confianza con la que Él mismo ha entrado en una familia humana.

Pero, ¿cómo afrontar, mientras llegamos a esa casa familiar, las relaciones con nuestra familia de la tierra? A eso se encargan de responder la primera y la segunda lectura. Son consejos que tienen una misteriosa intención también: reflejar el amor en la Sagrada familia. Buscan que mi experiencia familiar me acerque a mi familia divina. Las preguntas brotan inevitables: ¿cómo hago yo esto, cómo muestro a mi familia humana el amor de mi familia divina? ¿pongo ese amor, respondo con esas actitudes de amor, humildad, confianza, entrega, que manifiestan la unidad de Dios en nosotros?

Sí, es verdad, sabemos bien del sufrimiento hoy de tantas familias, de las dificultades en tantas y tantas casas que quieren ser auténticos hogares: no olvidemos las tribulaciones que también Jesús vivió con su familia en la tierra. Él sabe bien lo que se sufre para ser feliz en tantas ocasiones, por eso a la sagrada familia podemos encomendar en este día a todas las familias que sufren cualquier padecimiento: también ellas están llamadas a ser felices con la familia de la Trinidad eternamente, por el nacimiento de Cristo.

Diego Figueroa

 

mejorar las celebraciones


Algunos apuntes de espiritualidad litúrgica

El 1 de Enero, Octava de la Navidad, la Iglesia celebra la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. La maternidad divina y virginal de María constituye un acontecimiento salvífico singular: para la Virgen fue presupuesto y causa de su gloria extraordinaria; para nosotros es fuente de gracia y de salvación, porque “por medio de ella hemos recibido al Autor de la vida”.

La solemnidad del 1 de Enero, eminentemente mariana, ofrece un espacio particularmente apto para el encuentro entre la piedad litúrgica y la piedad popular: la primera celebra este acontecimiento con las formas que le son propias; la segunda, si está formada de manera adecuada, no dejará de dar vida a expresiones de alabanza y felicitación a la Virgen por el nacimiento de su Hijo divino, y de profundizar en el contenido de tantas fórmulas de oración, comenzando por la que resulta tan entrañable a los fieles: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores”.

En Occidente el 1 de Enero es un día para felicitarse: es el inicio del año civil. Los fieles están envueltos en el clima festivo del comienzo del año y se intercambian, con todos, los deseos de “Feliz año”. Sin embargo, deben saber dar a esta costumbre un sentido cristiano, y hacer de ella casi una expresión de piedad. Los fieles saben que “el año nuevo” está bajo el señorío de Cristo y
por eso, al intercambiarse las felicitaciones y deseos, lo ponen, implícita o explícitamente, bajo el
dominio de Cristo, a quien pertenecen los días y los siglos eternos (cfr. Ap 1,8; 22,13).

Con esta conciencia se relaciona la costumbre, bastante extendida, de cantar el 1 de Enero el himno Veni, creator Spiritus, para que el Espíritu del Señor dirija los pensamientos y las acciones
de todos y cada uno de los fieles y de las comunidades cristianas durante todo el año.
(Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 115-116)

 


Para la Semana

Lunes 1:
Santa María, Madre de Dios. Solemnidad.

Núm 6,22-27. Invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.

Sal 66. El Señor tenga piedad y nos bendiga.

Gál 4,4-7. Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer.

Lc 2,16-21. Encontraron a María y a José, y al niño. A los ocho días, le pusieron por nombre Jesús.
Martes 2:
San Basilio y san Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia. Memoria.

1Jn 2,22-28. Lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros.

Sal 97. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Jn 1,19-28. En medio de vosotros hay uno que no conocéis.
Miércoles 3:

1Jn 2,29-3,6. Todo el que permanece en Dios, no peca.

Sal 97. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Jn 1,29-34. Este es el Cordero de Dios.
Jueves 4:

1 Juan 2,18-21. Estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo conocéis.

Juan 1,1-9. La Palabra se hizo carne.
Viernes 5:

1Jn 3,11-21. Hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos.

Sal 99. Aclama al Señor, tierra entera.

Jn 1,43-51. Tú eres el Hijo de Dios, el Rey de Israel
Sábado 6:
Epifanía del Señor. Solemnidad.

Is 60,1-6. La gloria del Señor amanece sobre ti.

Sal 71. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.

Ef 3,2-3a.5-6. Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos de la promesa.

Mt 2,1-12. Venimos de Oriente a adorar al Rey.


Domingo – Comienza La Navidad – 24/12/2017

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Comentario Pastoral

EL ADVIENTO DE MARÍA

La Navidad no se improvisa, hay que prepararla. Los afanes no pueden reducirse a preparativos ambientales de nacimientos, árboles, villancicos, luces, turrones y christmas. Es también necesaria una preparación interior con sensibilidad espiritual, activa; este es el sentido y la finalidad del Adviento que estamos viviendo.

El primer y mejor Adviento de la historia fue vivido por María durante nueve meses en expectación del parto del Salvador. Por obra del Espíritu la Palabra fue creciendo en sus entrañas hasta la gran manifestación de la Navidad. A ejemplo de María hay que vivir consecuentemente en Adviento, en expectación, dejándonos guiar por el Espíritu de Dios que obra maravillas en el interior.

María nos encubre a Dios en Adviento para descubrirnoslo en la realidad pletórica y nueva de la Navidad. El “sí” de María hizo posible la primera venida del Salvador; por eso ella es la que siempre le precede. ¡Qué consolador es saber que Dios viene siempre a través de María!

La Virgen del Adviento es la virgen joven de la anunciación, que se estremece ante el mensaje del ángel. Es la joven madre que aprende a amar a su hijo sintiéndole crecer dentro de sí. Es la creyente dócil que acepta los planes de Dios y encarna dentro de sí la Palabra por obra del Espíritu. Es la mujer, de la esperanza que, desde el silencio de Nazaret, se prepara a entregar al mundo la salvación, hecha carne en Jesús.

Cuando aguardamos la venida del Redentor levantamos los ojos hacia su Madre para llenarnos de gozo y de gratitud sincera. María es la puerta del cielo y la estrella del Adviento. Ella es claridad eterna que ilumina con luz de estrella prodigiosa las tinieblas de nuestro desconcierto.

Por eso desde hace mil años la Iglesia Universal en estos días canta esta antífona, que es una de las más conmovedoras plegarias: “Madre del Redentor, virgen fecunda / puerta del cielo siempre abierta, / estrella del mar / ven a librar al pueblo que tropieza / y quiere levantarse. / Ante la admiración de cielo y tierra, / engendraste a tu santo Creador, / y permaneces siempre virgen. / Recibe el saludo del ángel Gabriel,/ y ten piedad de nosotros, pecadores”.

María nos abre las puertas de la Navidad, preparadas por Isaías y el Bautista. Esperemos como ella la venida del Señor: con alegría y sobre todo con gracia.

Andrés Pardo

 


Palabra de Dios:

Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16 Sal 88, 2-14-5. 27 y 29
san Lucas 1,67-79

de la Palabra a la Vida

La inminencia de la celebración de la Natividad del Señor se advierte fácilmente en estas lecturas que hoy proclama la Iglesia. La promesa que David recibe de parte de Dios y de labios del profeta se cumplirá en su descendiente María, ella, descendiente de la casa de David, será el templo dorado, bellísimo, que contenga la presencia divina del Señor de un modo inefable, no en tablas de piedra, sino con una carne como la nuestra. La imagen de María en su respuesta confiada al ángel contiene el cumplimiento de todas las promesas antiguas, una de ella la de la primera lectura de hoy.

Por eso, sí, la Iglesia nos anima a volver hoy nuestra mirada al pasado para poder creer en lo que va a suceder en el presente. Sí, mañana contemplaremos su gloria, pero lo haremos si hemos creído firmemente que lo anunciado sucede, si en la memoria de tantos santos profetas y reyes, en las palabras de anuncio divinas, somos capaces de reconocer la silueta que a lo lejos y desde la ventana -diría el Cantar de los cantares- se nos atisba hoy. El fundamento de lo que creemos se ha ido asentando a lo largo de la historia, y todo el peso de las promesas y de los sucesos penden de
un hilo fino y bello: la propuesta del ángel a la virgen María. El peso del plan misterioso se pone en las manos de una joven nazarena. Si hoy no somos capaces de estremecernos ante el misterio de la voluntad de Dios, pues pocos días a lo largo del año este se muestra con tanta fuerza, ya todo resultará “lo de siempre”, “normal”.

Si a lo largo de este Adviento hemos seguido de cerca a la figura de la virgen María, ahora esta alcanza su belleza mayor, pues donde David, su padre, experimentó la negación de Dios, María recibe ahora, no por su poder, por su riqueza o por sus victorias, sino por su humilde fe, la confirmación, el sí de Dios que la invita a ofrecer su propio sí. Ella, que nos ha enseñado a esperar, que engarza en una inmensa cadena de creyentes que empieza en Abraham, ante esta respuesta y a partir de ella, va a conocer la soledad del creyente, la experiencia de soledad tan fuerte que acompaña en tantas ocasiones al creyente, aún sabiéndose parte de una historia milagrosa.

El ángel contiene y hace presente toda la historia del plan de Dios, de su aparecer ante los hombres y con ellos, por eso su marcha, su acción de dejarla sola, la pone en esa situación de incomprensión para el mundo que nos supera totalmente: ¿Cómo explicar haber recibido tan inefable don? ¿cómo dar fruto en tanto pequeñez? Con dos palabras se puede explicar, una la del salmo: “eternamente”. No es sólo que Dios conforte a los suyos y les ilumine, es que lo va a hacer siempre.

La segunda la pronuncia el ángel: “para Dios nada hay imposible”. La experiencia de la fe es la de quien contempla que Dios lleva a cabo lo imposible. Lo imposible supera los cálculos y la imaginación humana. Lo imposible es una invitación no a rebelarse o a reducir la fe a casualidades, sino a creer. María creyó, por eso hoy se nos anuncia la gloria de Dios y mañana la contemplaremos envuelta en pañales.

El fruto de la fidelidad de María no se veía, pero ello lo sabía y se mantuvo fiel. La Iglesia quiere aprender hoy de ella, y aunque no contempla frutos de santidad en tantas ocasiones, busca mantenerse fiel. Sigamos adelante, pues ella nos ha enseñado a creer y nos ha enseñado a saber.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


Algunos apuntes de espiritualidad litúrgica

La Iglesia desea que todos los fieles participen en la noche del 24 de Diciembre, a ser posible, en el Oficio de Lecturas, como preparación inmediata a la celebración de la Eucaristía de medianoche. Donde esto no se haga, puede ser oportuno preparar una vigilia con cantos, lecturas y elementos de la piedad popular, inspirándose en dicho oficio.

En la Misa de medianoche, que tiene un gran sentido litúrgico y goza del aprecio popular, se podrán destacar:
– al comienzo de la Misa, el canto del anuncio del nacimiento del Señor, con la
fórmula del Martirologio Romano;
– la oración de los fieles deberá asumir un carácter verdaderamente universal, incluso, donde sea oportuno, con el empleo de varios idiomas como un signo; y en la presentación de los dones para el ofertorio siempre habrá un recuerdo concreto de los pobres;
– al final de la celebración podrá tener lugar el beso de la imagen del Niño Jesús por parte de los fieles, y la colocación de la misma en el nacimiento que se haya puesto en la iglesia o en algún lugar cercano.
(Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 110-111)

 

Para la Semana

Lunes 25:
Natividad del Señor. Solemnidad

Is 52,7-10. Verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.

Sal 97. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Heb 1,1-6. Dios nos ha hablado por el Hijo.

Jn 1,1-18. La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

Martes 26:
San Esteban, protomártir. Fiesta.

Hch 6,8-10; 7,54-60. Veo el cielo abierto.

Sal 30. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

Mt 10,17-22. No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre.
Miércoles 27:
San Juan, apóstol y evangelista. Fiesta

1Jn 1,5-2,2. Os anunciamos lo que hemos visto y oído.

Sal 96. Alegraos, justos, con el Señor.

Jn 20,1a.2-8. El otro discípulo corría más que Pedro y llegó primero al sepulcro.
Jueves 28:
Los santos inocentes, mártires. Fiesta.

1Jn 1,5-2,2. La Sangre de Jesús nos limpia los pecados.

Sal 123. Hemos salvado la vida, como un pájaro de la trampa del cazador.

Mt 2,13-18. Herodes mandó matar a todos los niños en Belén.
Viernes 28:

1 Jn 2,3-11. Quien ama a su hermano permanece en la luz.

Sal 95. Alégrese el cielo, goce la tierra.

Lc 2,22-35. Luz para alumbrar a las naciones.
Sábado 29:

1Jn 2,12-17. El que hace la voluntad de Dios permanece siempre.

Sal 95. Alégrese el cielo, goce la tierra.

Lc 2,36-40. Hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.


Domingo de la 2ª semana de Adviento – 10/12/2017

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Comentario Pastoral

EL DESIERTO DEL ADVIENTO

Si nos basamos en el comienzo del evangelio de San Marcos, que se lee en este domingo, hay razón suficiente para afirmar que el tema del desierto no es ajeno al espíritu del Adviento. De Juan se dice que era “una voz en el desierto”.

Para nuestra mentalidad actual el desierto es un lugar inhóspito, nada atrayente, donde uno puede morir de sed y de soledad o perderse a causa de la arena o del viento que borra todos los caminos. Sin embargo, el pueblo de Dios tuvo una experiencia muy diferente. En el desierto se sintió salvado, guiado, liberado. Allí Dios le configuró como pueblo suyo, le habló, le alimentó y le mostró su amor.

En realidad el desierto hace referencia al lugar misterioso donde Dios y el hombre se encuentran frecuentemente. En el desierto las tentaciones provocan testimonios de fe, la soledad se cambia en plenitud, la sed se convierte en anhelo, el hambre genera una oración confiada.

En el Adviento de 2017, como en todos, se hace necesario escuchar la voz y el mensaje del Bautista. Necesitamos ir al desierto para escuchar palabras auténticas por encima de los gritos de la vida cotidiana. Ya apenas creemos nada, porque las palabras que siguen aumentando los diccionarios parece que solo sirven para la poesía. Es preciso salir del torbellino de los reclamos publicitarios y del vértigo de las distracciones para encontrar momentos y espacios de sosiego que ayuden a valorar el sentido de nuestra existencia y el valor de nuestros afanes.

Hay que descubrir los desiertos actuales que propician el encuentro con Dios: desiertos de silencio para la escucha y la meditación; desiertos de soledad que reconfortan y animan a una vida mejor, desiertos de consuelo espiritual para superar las lamentaciones inútiles.

Para que no fracase nuestro Adviento hay que ir a los desiertos indispensables de la vida cristiana, que afinan nuestra esperanza, porque “el Señor no tarda” y debe encontrarnos “en paz con él, santos e inmaculados”.

A propósito del desierto, volvemos a leer hoy estos insuperables versos de Isaías: “En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que los montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 40, 1-5. 9-11 Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14
san Pedro 3, 8-14 san Marcos 1,1-8

de la Palabra a la Vida

La conversión. En el principio del Adviento volvemos a escuchar, como si de la Cuaresma se tratara, de conversión. Así como las tierras se allanan, es necesario que se allane el corazón del hombre para que pueda recibir al que viene en nombre del Señor, al Verbo encarnado que, sentado a la derecha del Padre, viene misteriosamente “en cada hombre y en cada acontecimiento” a nuestra vida. La conversión que aceptamos que se dé en nosotros condiciona nuestra posibilidad de esperar.

Por eso, podemos entender las palabras del profeta en la primera lectura puestas en labios de Juan en el evangelio como una respuesta: si sabemos que Dios viene, tenemos que esperar. Dios tiene la iniciativa en toda historia, y la humanidad, cada uno de nosotros, encuentra en la conversión la forma apropiada de esperar. De creer, también. Esperamos la venida de Dios a nuestra vida convirtiéndonos, cambiando, allanando caminos, mejorando… pero eso no se acepta si no hay un constante espíritu de vigilancia. ¿Vigilar en el desierto? ¿Qué vigilancia, qué atención requiere de nuestra parte la vida en el desierto, es decir, en ambientes inhóspitos, incómodos, fuera de casa, de la rutina diaria? Juan el bautista tiene palabras misteriosas, hace peticiones que no resultan lógicas. Bien sabemos que el Señor se presenta en el desierto, como un león, como una fiera, entre otras fieras, para ofrecer vida verdadera. El anuncio de Juan consiste en que el día del Señor llegará, llegará, y por eso san Pablo advierte en la segunda lectura: no sólo hay que vigilar para cada día, sino que hay que vigilar porque no sabemos cuál será el último día, en el que Cristo vendrá con toda su potencia. ¡Qué piadosa ha de ser vuestra vida si de verdad creéis y esperáis que Cristo vuelva! Sólo una vida vigilante, piadosa, en constante atención y mejora, que se deja transformar por Dios, será capaz de mostrar a otros, de anunciar con obras, con hechos, que el Señor va a volver y estamos alegres.

El Adviento es un tiempo muy alegre. En él, como hace Juan hoy, se nos recuerdan las razones para esperar: hay una palabra que es fiable. La mía no lo es, la nuestra a duras penas es una palabra fiable, pues tantas veces no hacemos lo que decimos… pero del Señor, la palabra es fiable, y eso es motivo de alegría. Una palabra sobresale entonces entre otras, una palabra está viva, colorida, fresca, entre la monotonía y sequedad del desierto, es la palabra del Señor. Entre palabras vacías, entre desiertos en nuestra vida, entre todo lo que ha escapado de nuestras manos y nos hace recordar lo que hemos perdido, Juan anuncia que tenemos que mirar hacia delante porque tenemos una esperanza firme, y por eso tenemos que convertirnos. Ahora, justo ahora. En el Adviento aprende el cristiano a mirar hacia el futuro. La Palabra de Dios en Adviento es terriblemente pedagógica por eso, porque nos hace mirar al pasado para que podamos aprender a
esperar el futuro. No miramos al mañana sin fundamento, no esperamos una probabilidad matemática que saque nuestro número de la suerte, sino que tenemos la certeza de la Palabra de Dios. Juan ya lo ha comprobado, y por eso da testimonio.

Celebrar con la Iglesia el segundo domingo de Adviento es aprender a esperar al Señor cada día, ilusionados: si viene en los sacramentos, pobres signos, si viene en la Iglesia que se reúne, cuerpo complejo de santos y pecadores, si viene en su poderosa palabra, a veces temblorosa e incomprensible… es que no va a fallarnos. Podemos pedirte que nos muestres tu misericordia, como en el salmo: no es una petición desconfiada, es la certeza de Juan, es la certeza de la Iglesia, la certeza de tu amor.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


Algunos apuntes de espiritualidad litúrgica

El Adviento es tiempo de espera, de conversión, de esperanza: – espera-memoria de la primera y humilde venida del Salvador en nuestra carne mortal; espera-súplica de la última y gloriosa venida de Cristo, Señor de la historia y Juez universal; – conversión, a la cual invita con frecuencia la Liturgia de este tiempo, mediante la voz de los profetas y sobre todo de Juan Bautista: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 3,2); – esperanza gozosa de que la salvación ya realizada por Cristo (cfr. Rom 8,24-25) y las realidades de la gracia ya presentes en el mundo lleguen a su madurez y plenitud, por lo que la promesa se convertirá en posesión, la fe en visión y “nosotros seremos semejantes a Él porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3,2).

La piedad popular es sensible al tiempo de Adviento, sobre todo en cuanto memoria de la preparación a la venida del Mesías (…) A la piedad popular no se le escapa, es más, subraya llena de estupor, el acontecimiento extraordinario por el que el Dios de la gloria se ha hecho niño en el seno de una mujer virgen, pobre y humilde. Los fieles son especialmente sensibles a las dificultades que la Virgen María tuvo que afrontar durante su embarazo y se conmueven al pensar que en la posada no hubo un lugar para José ni para María, que estaba a punto de dar a luz al Niño (cfr. Lc 2,7).

(Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 96-97)

 

Para la Semana

Lunes 11:
Santa Maravillas de Jesús, virgen. Fiesta

Ca 8,6-7. Es fuerte el amor como la muerte.

Sal 44. Llega el Esposo; salid a recibir a Cristo, el Señor.

Lc 10,38-42. María ha escogido la parte mejor.
Martes 12:

Isaías 40, 1 11. Dios consuela a su pueblo.

Sal 95. Nuestro Dios llega con poder.

Mateo 18,12 14. Dios no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.
Miércoles 13:
Santa Lucía, virgen y mártir. Memoria

Isaías 40,25 31. El Señor da fuerza al cansado y acrecienta el vigor del inválido.

Sal 102. Bendice, alma mía, al Señor.

Mateo 11,28 30. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.

Jueves 14:
San Juan de la Cruz, presbítero y doctor de la Iglesia. Memoria.

Isaías 41,13-20. Yo soy tu libertador, el Santo de Israel.

Sal 144. El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.

Mateo11,11-15. No ha nacido uno más grande que Juan el Bautista.
Viernes 15:

Isaías 48,17 19. Si hubieras atendido a mis mandatos.

Sal 1. El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida

Mateo 11, 16 19. No escuchan ni a Juan ni al Hijo de hombre.

Sábado 16:
Santa Eulalia de Mérida (s. III), virgen, martirizada a los doce años.

Eclesiástico 48,1 4.9 11. Elías volverá para reconciliar y restablecer las tribus de Israel.

Sal 79. Oh, Dios restaúranos, que brille tu rostro y nos salve.

Mateo 17,10 13. Elías vendrá y lo renovará todo. Ha venido y no lo reconocieron.


Domingo de la 3ª semana de Adviento – 17/12/2017

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Comentario Pastoral

“ALLANAD EL CAMINO DEL SEÑOR”

Posiblemente Juan Bautista, vestido con piel de camello y con rostro austero y curtido por el sol y el viento del desierto, asustaba a los niños que le veían. Y al hablar de penitencia y de conversión, impresionaba a los mayores. Pero, a pesar de todo, la gente le seguía y hacía caso, porque se daba cuenta de que era un hombre sincero, que no se buscaba a sí mismo. En el evangelio de este tercer domingo de Adviento, se lee la respuesta que dió a los sacerdotes y levitas que le preguntaban “quién era”: Yo no soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta; soy “la voz que grita en el desierto: allanad el camino del Señor”. Juan es la voz libre, sincera, testimonial, anunciadora, exigente, que vale la pena escuchar.

Juan nos lo recuerda: la vida es un camino. Debe ser camino transitable, sin baches, llano; camino con rumbo y destino. Nosotros lo entendemos cuando, al ver que alguien en el plano moral no obra rectamente, afirmamos que no va por buen camino. Aunque es verdad que el simbolismo real del camino no significa para nosotros hoy lo mismo que para los peregrinos medievales a Compostela o los nómadas de Oriente.

Desde que Abrahám se puso en camino para responder a la llamada de Dios, comenzó una inmensa aventura para el hombre creyente: reconocer y seguir los caminos desconcertantes de Dios. El “éxodo” israelita es el ejemplo privilegiado; un largo caminar por el desierto condujo al pueblo elegido desde el Egipto de la esclavitud a la tierra prometida. El mar mismo se abrió y se hizo camino de liberación. Después de esta dura experiencia de marcha, que fue la gran prueba de fidelidad a Dios, el pueblo llega al lugar de reposo y de dicha.

Al quedar Israel instalado en la tierra prometida, debe seguir caminando por el camino del Señor, que es la ley y los preceptos de la alianza. Desobedecer la ley es extraviarse, entrar en una senda que lleva a la catástrofe. Por eso la ruta de la salvación es siempre camino de conversión y de vuelta a Dios.

Cuando Juan grita la necesidad de hacer llano el camino del Señor, está señalando a Cristo, que es el camino, la verdad y la vida. Cristo ha sido el que nos ha franqueado el camino definitivo de vuelta al Padre, enseñándonos con su obediencia y su muerte la ruta de la resurrección. Por eso los cristianos sabemos que hallar el recto camino es encontrarnos con la persona de Jesús.

“Allanar el camino del Señor” es emprender una marcha de conversión hacia Cristo, que viene a nosotros.

Andrés Pardo

 

 

Palabra de Dios:

Isaías 61,1-2a.10-11 Lc 1, 46-48. 49-50. 53-54
san Pablo a los Tesalonicenses 5,16-24 san Juan 1, 6-8. 19-28

de la Palabra a la Vida

La Iglesia quiere llevarnos a una sintonía tal con aquellos que esperaban al Mesías en el desierto que nos propone para hoy un evangelio en el que vemos a Jesús lo mismo que lo veían ellos: nada. Todas las miradas para aquellos que quieran ver algo, que busquen respuestas de alguna forma en su vida, tienen que dirigirse hacia Juan el bautista. A él se le ve, se le escucha, pero al Señor no. La Iglesia que se reúne hoy no ve al Señor, desea escuchar su voz pero escucha otras.

Quiere la Iglesia así conducirnos a la misma expectación que aquellos sentían al entender que algo estaba sucediendo, que algo traía Juan, pero que no eran capaces de captarlo. Quiere así, presentándonos al Señor invisible, prepararnos también para acoger la realidad de otro personaje invisible que determina las lecturas de hoy: el Espíritu Santo, también Señor y también invisible. Este Espíritu se tiene que derramar sobre Cristo para que sea así en nosotros constructor de unidad, de una profunda unidad, unidad con Él que hará que nosotros no andemos divididos. ¿Cuántas veces maquinamos hacer algo y al final lo dejamos? ¿Cuántas veces reconocemos un bien a seguir, a escuchar, a anunciar, y nos quedamos bloqueados, mudos, paralizados? Nos falta unidad. Más evidente es aún entre los unos y los otros… los que sufren, los tristes, los cautivos… encontrarán unidad en Cristo.

Por eso la palabra que encontramos en común en las lecturas de hoy es la alegría, el gozo. El Espíritu invisible se ha posado sobre el Cristo al que aún no veis, para así dar unidad a vuestra vida con la suya. ¿Es posible? Unidad en las familias, entre compañeros, en mi corazón… ¿es posible? Cuando lo que Juan anuncia es alguien que bautiza con Espíritu Santo está anunciando al que va a unir el Antiguo Testamento con el Nuevo: por eso le preguntan tanto. Algo tan grande requiere una gran certeza.

La alegría de un encuentro tan deseado, el de la profecía con el cumplimiento, el de los deseos del corazón con el que los colma, hace preguntar una y otra vez, como esos niños que preguntan constantemente ante el viaje que les lleve al lugar esperado “¿Cuándo llegamos?”. Es normal que surjan preguntas, dudas… por eso Juan es tajante, porque no hay motivo para desconfiar.

En el Adviento la Iglesia trata de conducirnos a la fe constantemente. O velamos, nos convertimos, creemos, o ante la venida del Señor dudaremos. ¡Qué gran pedagogía la de la madre Iglesia, que intenta generar en nosotros los sentimientos y actitudes oportunos para encontrar al Señor! ¡Qué gran maestro ha tenido para ello en Juan! En la venida de Cristo se produce la unidad deseada entre el cielo y la tierra, entre Dios y los hombres, entre la vida fugaz y la eterna: ¿cómo no va a ser normal tanta pregunta, tanta excitación, tanta alegría? El Hijo viene para darnos el Espíritu y crear unidad. ¿Qué unidad produce Dios en mí? ¿Qué unidad experimento en la vida de la Iglesia, en la que tantas veces encontramos pecado y división? ¿A qué me mueve Cristo cuando viene a mi vida, a buscar la unidad de los hermanos, o a sembrar discordia? ¿Soy agente de bien, ofrezco respuestas, esperanzas, verdad, tal y como hace Juan el bautista? Puedo repetirme todas esas preguntas en relación con la celebración de la Iglesia: ¿cómo respondo? Sí, la venida del Señor nos llena de esperanza y se alegra nuestro espíritu en Dios, en Él, porque “en”
manifiesta unidad, una feliz unidad.

Diego Figueroa

 



al ritmo de las celebraciones


Algunos apuntes de espiritualidad litúrgica

La colocación de cuatro cirios sobre una corona de ramos verdes, que es costumbre sobre todo en los países germánicos y en América del Norte, se ha convertido en un símbolo del Adviento en los hogares cristianos.

La corona de Adviento, cuyas cuatro luces se encienden progresivamente, domingo tras domingo hasta la solemnidad de Navidad, es memoria de las diversas etapas de la historia de la salvación antes de Cristo y símbolo de la luz profética que iba iluminando la noche de la espera, hasta el amanecer del Sol de justicia (cfr. Mal 3,20; Lc 1,78).

La Novena de Navidad nació para comunicar a los fieles las riquezas de una Liturgia a la cual no tenían fácil acceso. La novena navideña ha desempeñado una función valiosa y la puede continuar desempeñando. Sin embargo en nuestros días, en los que se ha facilitado la participación del pueblo en las celebraciones litúrgicas, sería deseable que en los días 17 al 23 de Diciembre se solemnizara la celebración de las Vísperas con las “antífonas mayores” y se invitara a participar a los fieles. Esta celebración, antes o después de la cual podrían tener algunos de los elementos especialmente queridos por la piedad popular, sería una excelente “novena de Navidad” plenamente litúrgica y atenta a las exigencias de la piedad popular. En la celebración de las Vísperas se pueden desarrollar algunos elementos, tal como está previsto (p.ej. homilía, uso del incienso, adaptación de las preces).

(Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 98-103)

 


Para la Semana

Lunes 18:
Nuestra Señora de la Esperanza

Jeremías 23,5-8. Daré a David un vástago legítimo.

Sal 71. En sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente.

Mateo 1,18-24. Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David.

Martes 19:

Jue 13, 2-7.24-25a. El ángel anuncia el nacimiento de Sansón.

Sal 70. Que mi boca esté llena de tu alabanza y cante tu gloria.

Lc 1,5-25. El ángel Gabriel anuncia el nacimiento de Juan Bautista.
Miércoles 20:

Is 7,10-14. Mirad: la Virgen está encinta.

Sal 23. Va a entrar el Señor, Él es el Rey de la gloria.

Lc 1,26-38. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo.
Jueves 21:

Cant 2,8-14. Llega mi amado, saltando entre los montes.

o bien: Sof 3,14-18a. El Señor será el rey de Israel, en medio de ti.

Sal 32. Aclamad, justos, al Señor, cantadle un cántico nuevo.

Lc 1,39-45. ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?
Viernes 22:

1Sam 1,24-28. Ana da gracias por el nacimiento de Samuel.

Salmo: 1 Sam 2,1-8. Mi corazón se regocija por el Señor, mi Salvador.

Lc 1,46-56. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí.
Sábado 23:

Mal 3,1-4.23-24. Os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor.

Sal 24. Levantaos, alzad la cabeza se acerca vuestra liberación.

Lc 1,57-66. El nacimiento de Juan Bautista.


Domingo de la 1ª semana de Adviento – 03/12/2017

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Comentario Pastoral

¡FELIZ AÑO LITÚRGICO!

Hoy comienza el nuevo Año litúrgico, el conjunto de las celebraciones con las cuales la Iglesia conmemora anualmente el misterio de Cristo. Adelantadamente, si se compara con la medida del ciclo solar que propicia el año natural, la Iglesia empieza hoy a girar en torno al Sol sin ocaso, que es Cristo Jesús. Por esta razón, este primer día del año litúrgico no debe pasar inadvertido para el creyente. Hay base para exteriorizar y compartir los deseos de felicidad que nacen de la fe, la esperanza y el amor cristiano.

El tiempo litúrgico se apoya en la ciclicidad del tiempo cósmico, pero la supera porque no asume los ritmos marcados por la naturaleza, los astros o la vegetación. Es una síntesis entre el movimiento circular del tiempo sagrado natural y el avance lineal de la historia actualizada de la salvación. La verdad y autenticidad del tiempo litúrgico descansan en el equilibrio entre la dimensión humana y visible y la dimensión divina y mistérica.


El tiempo litúrgico se repite, como en una espiral progresiva que va hacia la meta definitiva del encuentro con el Señor. Así lo afirmaba Odo Casel: “Como un camino corre serpenteando alrededor de un monte, con el fin de alcanzar poco a poco, en súbita continua y gradual, la cúspide, así también nosotros debemos recorrer en un plano cada vez más elevado el mismo camino, hasta que alcancemos la cumbre, Cristo, nuestra meta”. Este repetirse de las celebraciones, año tras año, ofrece a la Iglesia la oportunidad de un continuo e ininterrumpido contacto con los misterios del Señor.

Los acontecimientos de la vida histórica de Cristo, conmemorados por el año litúrgico, no son propuestos simplemente a la meditación de los fieles como ejemplos que hay que imitar, sino como signos eficaces de salvación realizados por el Cristo histórico y hechos ahora presentes en el “hoy” de la celebración litúrgica, no en su materialidad histórica que pertenece a un pasado irrepetible, sino en su perenne eficacia salvífica.

El año litúrgico es, pues, una epifanía de la bondad de Dios, una evocación eficaz de cuanto ha realizado Jesucristo para salvar al hombre, partiendo de su muerte redentora y de su resurrección, que es el sacrificio pascual de los cristianos. El año litúrgico no es, por lo tanto, una secuencia de misterios aislados, una presencia estática del misterio de Cristo, sino una vertiente existencial, que se convierte en dinámica de comunión comunicación, es decir, en vida de la Iglesia.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7 Sal 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19
san Pablo a los Corintios 1,3-9 san Marcos 13, 33-37

de la Palabra a la Vida

El evangelio según san Marcos asume desde hoy y durante todo el nuevo año litúrgico (con un breve paréntesis veraniego para san Juan) la guía a través de la palabra de Dios y en el camino siguiendo al Señor.

Y la primera advertencia, como bien sabemos, al comenzar este tiempo de adviento consiste en la vigilancia. La vigilancia tiene su sentido en la vuelta del Señor, en su segundo adviento, el que esperamos, y se nos presenta hoy como una actitud a la que se ha desprovisto de todo su sentido trágico, dramático, de todo el conjunto apocalíptico y terrorífico: Solamente velad, pues no sabemos cuándo volverá el dueño. Sorprende, eso sí, el énfasis del Señor: “¡Velad!” Los gritos sirven para advertirnos y también nos sirven, desde hoy, para expresar el deseo de su vuelta: ¡Marana tha! ¡Ven, señor Jesús!

En estos gritos se descubre una íntima confianza en el Señor. Su venida es como la venida de un padre, que todo hijo espera; así lo expresa la profecía de Isaías, al principio y al final: “Tú, Señor, eres nuestro Padre”, hasta tal punto que nosotros somos como arcilla y tú eres el alfarero, somos obra de tu mano.

Por eso deseamos que el cielo se rasgue para que de él venga nuestra agua, nuestra salvación. Esta imagen de los cielos que se abren para que germine el salvador aparecerá especialmente en la segunda parte del Adviento, pero ya aparece en este tema que tanto gusta a Isaías. Esa confianza en el Señor se realiza en la práctica de la justicia, se realiza siguiendo sus caminos, que no son nuestros caminos. Si recorremos este tiempo como tiempo para buscar su justicia, el Señor saldrá a nuestro encuentro.

Por eso, podríamos resumir en dos palabras cómo es la espera del Señor que se nos propone hoy: es a la vez optimista y exigente. Es optimista porque, decía san Pablo, “hemos sido enriquecidos en todo”: la Palabra, el conocimiento de Dios, todo tipo de dones espirituales que nos hacen capaces para, en medio de este mundo que desprecia todo este tipo de virtudes, caminar por los caminos del Señor. Es verdad: en muchos momentos la vida nos pone zancadillas inesperadas, ciega nuestros ojos con deseos y con sentimientos aparentes y nocivos a partes iguales, y seguir al Señor, creer en Jesús, no parece fácil. Y sin embargo, el Señor ha provisto ya para nosotros un barro moldeable, que se adapta bien a su Palabra: el camino se recorre haciendo su voluntad.

Así, el tiempo del Adviento comienza con un realismo animoso: el Señor nos da ánimo y nos invita a levantar la mirada de forma vigilante, evitando cualquier forma de instalarnos, de acomodarnos, de “no hacer”. No hay lugar para la angustia. Esto es el Adviento, un tiempo alegre para la Iglesia. ¿Qué me atormenta? ¿Qué nos permite que viva mi fe con una cierta felicidad, incluso en medio de las dificultades propias? “¡Velad!”.

Aprovechemos la experiencia que nos brinda la celebración de la Iglesia. En ella, Cristo se pone por encima de toda circunstancia y aparece en medio de un pueblo que camina, débil y cansado, pero seguro de que en una buena dirección. Un corazón dócil se atreverá a elevar el corazón a la palabra de Dios y a gritarle: ¡Marana tha! ¡Ven, Señor
Jesús!

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones


Algunos apuntes de espiritualidad litúrgica

La solemnidad de la Inmaculada (8 de Diciembre), profundamente sentida
por los fieles, da lugar a muchas manifestaciones de piedad popular, cuya
expresión principal es la novena de la Inmaculada. No hay duda de que el
contenido de la fiesta de la Concepción purísima y sin mancha de María,
en cuanto preparación fontal al nacimiento de Jesús, se armoniza bien con
algunos temas principales del Adviento: nos remite a la larga espera mesiánica
y recuerda profecías y símbolos del Antiguo Testamento, empleados también
en la Liturgia de Adviento.
Donde se celebre la Novena de la Inmaculada se deberían destacar los textos
proféticos que partiendo del vaticinio de Génesis 3,15, desembocan en el saludo
de Gabriel a la “llena de gracia” (Lc 1,28) y en el anuncio del nacimiento del
Salvador (cfr. Lc 1,31-33).
Acompañada por múltiples manifestaciones populares, en el Continente
Americano se celebra, al acercarse la Navidad, la fiesta de Nuestra Señora de
Guadalupe (12 de Diciembre), que acrecienta en buena medida la disposición
para recibir al Salvador: María “unida íntimamente al nacimiento de la Iglesia
en América, fue la Estrella radiante que iluminó el anuncio de Cristo Salvador
a los hijos de estos pueblos”.
(Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 102)

 


Para la Semana

Lunes 4:

Isaías 2,1 5. El Señor reúne a todas las naciones en la paz eterna del reino de Dios.

Sal 121. Vendrán muchos de oriente y occidente al reino de los cielos

Mateo 8,5 11. Vendrán muchos de oriente y occidente en el reino de los cielos.

Martes 5:

Isaías 11, 1 10. Sobre él se posará el espíritu del Señor.

Sal 71. Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente

Lucas 20,21 24. Jesús, lleno de la alegría del Espíritu Santo.
Miércoles 6:
Isaías 25,6-10a. El Señor invita a su festín y enjuga las lágrimas de todos los rostros.

Sal 22. Habitaré en la casa del Señor por años sin término.

Mateo 15,29-37. Jesús cura a muchos y multiplica los panes.
Jueves 7:
San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia. Memoria.

Isaías 26,1 6.
Que entre un pueblo justo, que observa la lealtad.

Mateo 7,21.24 27. El que cumple la voluntad del Padre entrará en el reino de los cielos.
Viernes 8:
Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María. Solemnidad.

Génesis 3,9-15.20. Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer.

Sal 97. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.

Efesios 1,3-6.11-12.Nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo.

Lucas 1,26-38. Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.
Sábado 9:
San Francisco Javier (1506 1522), jesuita, misionero incansable en la India y el Japón.

Isaías 30,18 21.23 26. Se apiadará a la voz de tu gemido.

Sal 146. Dichosos los que esperan en el Señor.

Mateo 9,35 10,1.6 8. Al ver a las gentes, se compadecía de ellas.


Domingo de la 34ª semana de Tiempo Ordinario. Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo – 26/11/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

REALEZA CRISTIANA

El tema “real” es una de las analogías más comunes en toda la teología del Antiguo Oriente para representar el misterio de Dios que, sobre los tronos de los cielos, guía y gobierna el universo entero. Se trata de un modo de pensar que debe actualizarse acomodándose según las coordenadas culturales y sociales. Este simbolismo está presente en todas las lecturas de esta solemnidad reciente, instituida por Pío XI en 1925, y está también en la base de una categoría esencial de la predicación de Jesús: el Reino de Dios.

La señoría de Dios sobre el universo contiene muy sintéticamente estas tres afirmaciones: la trascendencia absoluta de Dios, que no es objeto manipulable por los hombres; su inmanencia o presencia en la creación y en la historia, que nosotros llamamos salvífica; el sentido escatológico de la realidad, delineado por Dios según un proyecto unitario.

Es evidente que la cultura contemporánea, fuertermente antropocéntrica, no favorece la celebración de esta solemnidad, ya que desde instancias diferentes se predica el silencio de Dios o el absurdo de un mundo sin esperanza, lleno de dolores y crímenes.

El creyente es invitado hoy a recuperar el sentido profundo de la historia y de la materia a través de la revelación que se nos parece de Dios como “pastor” que da su vida por el rebaño, y que, al final de los tiempos, actuará como juez que separará las ovejas de las cabras”.

En el solemne escenario en que el evangelista Mateo sitúa el juicio final, que será un examen total sobre el amor al prójimo, Dios se identifica y encarna en los pobres, en los hambrientos, en los forasteros, en los enfermos, en los encarcelados. El discípulo de Jesús lo sabe y actúa consecuentemerite, conformando su vida a las exigencias del Reino. En el amor gratuito y universal hacia los más pequeños y pobres se vive la relación vital, con Cristo, que es lo más especifico de la fe cristiana. Los actos de amor durante la existencia terrena son garantía de vida eterna.

Contra los desequilibrios devocionales, por encima de las supersticiones, frente a una creencia teórica y desencarnada, hay que buscar siempre la autenticidad de la fe en la centralidad del ministerio de Cristo celebrado en la liturgia, en la aceptación del evangelio, en el bien obrar.

La clausura del año litúrgico se hace patente en esta solemnidad de Cristo Rey, que es semejante a un ábside dominado por la figura del Pantocrator. Delante de su mirada somos invitados a hacer un balance de nuestra existencia, a un examen de nuestras miserias y de nuestros esplendores, a un juicio sobre nuestras obras o nuestras omisiones.

Andrés Pardo

 

 

 

Palabra de Dios:

Ezequiel 34, 11-12. 15-17 Sal 22, 1-2a. 2b-3. 5. 6
san Pablo a los Corintios 15, 20-26. 28 san Mateo 25, 31-46

de la Palabra a la Vida

En uno de esos pasajes sorprendentes, de enorme capacidad gráfica y descriptiva, Mateo nos presenta, en el último domingo del año litúrgico, último de su ciclo anual, esta parábola del juicio final en el que el encuentro con el Señor no queda reducido ya a los que lo encontraron por los caminos de la Tierra Santa, sino que todos serán llamados a Él. Y Él, que es un buen pastor, porque el Rey y el Redentor es también en la Escritura un buen pastor, sabe lo que tiene que hacer con cada uno, tal y como presentaba el buen pastor de la primera lectura: durante el día, ovejas y cabras han pastado juntas, como el trigo y la cizaña han crecido juntos, pero al llegar la noche las cabras se separan para ser llevadas a lugar caliente, pues el frío las daña, mientras que las ovejas son dejadas a la intemperie, pues el frío les hace bien.

Así sabrá separar el Señor al final de los tiempos. Según las obras de misericordia todos pueden ser juzgados, incluso los que no hayan conocido al Señor, los que no hayan escuchado sus mandatos en vida, los que no hayan reconocido por el camino de la fe, camino del don de Dios, todos pueden llegado este momento tener un criterio para su fin, pues el amor de Dios no tiene límites, no ha conocido fronteras sino que ha sido sembrado, como semilla de verdad, en el corazón de todos los hombres. Ya no se trata de acciones de amor que se hayan dirigido directamente a Cristo, sino también hacia uno de estos, mis hermanos. Cristo se ha hermanado con nosotros al hacerse hombre, no se ha avergonzado de ser uno de nosotros, y no se avergüenza de aparecer, al final de todo, cuando desvela la majestad y el poder de su gloria, como el hermano de los más débiles y humildes. Mateo, que presenta en esta parábola a Cristo como el Hijo del hombre a venir en la majestad de su gloria, deja claro que este al que hoy la Iglesia celebra como Señor, Rey y Sacerdote, es también el hermano de los pequeños y los débiles, que al contemplar en el juicio final la elevación definitiva de su hermano, se alegrarán y participarán de su amor.

Cristo ha sembrado en nosotros el talento de su amor, ha plantado en el corazón de cada uno de nosotros, no sólo con la palabra sino sobre todo con la coherencia de su ejemplo, algo que nosotros no podemos guardar. El Cristo en majestad de tantas iglesias y catedrales a lo largo de la historia no sólo anuncia que vuelve, sino también la grandeza de su amor, que no conoce frontera en el tiempo. Es justo al contemplarlo hoy en gloria y majestad cuando se nos interroga entonces sobre la dirección de nuestros actos: ¿puedo decir que mis palabras, mis acciones de cada día, se encaminan a ese encuentro con Él? ¿cómo podrán soportar el encuentro con tanto amor si no es lleno de amor? Concretamente, ¿dónde se me pide, en quién, que vuelque ese amor de Dios? El Rey es ciertamente el que sirve a los hombres, esa es la forma de vivir como Rey y pastor que Cristo ha conocido y comunicado. El ejercicio de la caridad hace de nosotros reyes no a la manera del mundo, sino a la manera de Cristo, cuya majestad será la que llegue hasta el final.

En la celebración litúrgica experimentamos ya ese cuidado del buen pastor, a ese Rey que viene a nosotros por amor y que nos sitúa en su camino de amor. Es en los sacramentos donde ya se nos anticipa en el corazón y por la Palabra de la Iglesia ese juicio final al que, humildes pero a la vez llenos de confianza, se nos invita a acercarnos. Lo que “no hicisteis” vuelve a aparecer, por segundo domingo consecutivo, como una amenaza grave para el creyente: los pecados de omisión son el mal de nuestro tiempo, no nos dejemos llevar en la vida, porque Cristo no ha dejado de obrar, actitud propia del amor de Dios.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones

De la oración litúrgica a la oración personal
Prefacio de Jesucristo, rey del universo


En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo
a tu Hijo unigénito, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con óleo de alegría,
para que, ofreciéndose a sí mismo
como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz,
consumara el misterio de la redención humana,
y, sometiendo a su poder la creación entera,
entregará a tu majestad infinita un reino eterno y universal:
el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y la gracia,
el reino de la justicia, el amor y la paz.
Por eso, con los ángeles y arcángeles, tronos y dominaciones,
y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo…






 


Para la Semana

Lunes 27:

Daniel 1,1 6.8 20. No se encontró ninguno como Daniel, Ananías, Misael y Azarias.

Salmo: Dan 3,52-56. ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!

Lucas 21,1 4. Vio una viuda pobre que echó dos reales.

Martes 28:

Daniel 2,31 45. Dios suscitará un reino que nunca será destruido, sino que acabará con todos los demás reinos.

Salmo: Dan 3,57-61. ¡Ensalzadlo con himnos por los siglos

Lucas 21,5 11. No quedará piedra sobre piedra.
Miércoles 29:

Daniel 5,1 6.13 14.16 17,23 28, Aparecieron unos dedos de mano humana escribiendo.

Salmo: Dan 3,62-67. ¡Ensalzadlo con himnos por los siglos!

Lucas 21,12 19, Todos os odiarán por causa mía, pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá.

Jueves 30:
San Andrés , apóstol. Fiesta

Romanos10,9-18. La fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo.

Sal 18. A toda la tierra alcanza su pregón.

Mateo 4,18-22. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Viernes 1:

Daniel 7,2 14. Vi venir en les nubes del ciclo como un hijo de hombre.

Salmo: Dan 3,75-81. ¡Ensalzadlo con himnos por los siglos!

Lucas 21,29 33. Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el Reino de Dios.
Sábado 2:

Daniel 7,15 27. El poder real y el dominio será entregado al pueblo de los santos del Altísimo.

Salmo: Dan 3,82-87. ¡Ensalzadlo con himnos por los siglos!

Lucas 21,34 36. Estad siempre despiertos, para escapar de todo lo que está por venir.


Domingo de la 33ª semana de Tiempo Ordinario. – 19/11/2017

Escrito por webmaster el . Posteado en Hoy Domingo

Comentario Pastoral

TENER TALENTO

La palabra “talento” hace referencia, en la parábola evangélica que se lee en la Misa de este penúltimo domingo del tiempo ordinario, a una moneda imaginaria de los antiguos griegos y romanos. Pero en el lenguaje actual tiene otro sentido; significa don de la inteligencia y brillante capacidad intelectual. También puede servir para designar el conjunto de dones con que Dios enriquece a los hombres: fortuna, nacimiento, sabiduría, fuerza, belleza, bondad.


Dios nos hace el don inmerecido, gratuito, casi inconcebible, de cinco, dos y un talento; a cada cual según su capacidad. Normalmente la admiración humana se basa en los dones que ha recibido una persona. Pero Dios, el único que sabe lo que nos ha repartido, presta toda la atención a lo que se ha obtenido con los talentos que nos dió antes. No valen disculpas por haber recibido poco. Por eso es difícil de justificar la actitud del siervo perezoso, ingrato y enfadado, que teme perder su único talento, que no es suyo porque han de reclamárselo. El que entierra su talento, entierra su capacidad de amar, esperar y hacer.

Es muy importante saber que todo don recibido es una deuda a pagar. Temamos poseer cuando no somos capaces de hacer y devolver. Nunca hay que olvidar que no basta devolver lo mismo, pues es una ingratitud hacia el dador. La pasividad negligente provoca el despojo de lo que se posee. Es preciso vencer constantemente la tentación de la falsa seguridad que termina en inmovilismo.

El patrón de la parábola deja a sus empleados un amplio espacio de autonomía y de maniobra, para que cada uno trafique el capital recibido según su propio estilo. Se puede reaccionar con sabio esfuerzo personal que termina en ganancia, o abandonarse como un parásito buscando la simple sobrevivencia y la tranquilidad inerte.

La interpretación de la parábola de los talentos no puede reducirse a subrayar únicamente el deber de fructificar con los dones recibidos, Su sentido general está especificado en el premio y en el castigo final, que trascienden los límites del ajuste de cuentas. Más que el simple empeño por desarrollar bien las propias dotes, la parábola subraya la importancia de la aceptación, eficaz y activa, don de la salvación, para que crezca en bien de todos.

El empleado negligente y holgazán, el del único talento, puede recordamos a todos el peligro del temor, que transforma la religión en un cumplir y conservar los mínimos legales requeridos. Esta actitud dificulta la entrada en el banquete del Señor.

Andrés Pardo

 

Palabra de Dios:

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31 Sal 127, 1-2. 3. 4-5
san Pablo a los Tesalonicenses 5, 1-6 san Mateo 25, 14-30

de la Palabra a la Vida

La liturgia de la Palabra nos presenta este domingo otra de esas parábolas que hacen referencia a la parusía, y por lo tanto a la necesidad de la vigilancia. En el reparto de los talentos para que produzcan fruto durante la ausencia del señor podemos encontrar referencias que nos ayudan a descubrir que Jesús, con esta historia, pretendía algo más que relatar una anécdota sobre un jefe exigente con sus siervos: la referencia al banquete de tu señor y la de las tinieblas exteriores, que añade a la pena inmediata una eterna, no hablan de un comerciante terrenal, sino que al sobrepasar el marco terrenal de la parábola anuncian que la intención del Señor va más allá, es la memoria de la llegada de la parusía, es el Cristo que volverá al final de la historia para juzgar a vivos y muertos. Es muy posible que, al pronunciar Jesús esta parábola, la primera mirada de los que le escuchaban se volviera hacia los judíos, hacia los maestros de la Ley o los sacerdotes, como aquellos que no habían sabido disponer de la salvación otorgada y escondida, lejos del alcance de todos. Los escribas, aquellos que impiden a los hermanos tomar parte en el don de Dios, son especialmente señalados. Por eso es que todos podemos acoger esa advertencia del Señor a ser hacendosos con la salvación que Cristo ha obtenido para nosotros en el misterio pascual no como un talento a enterrar de una forma insensata o temerosa, sino como algo con lo que hay que “negociar”, pues en ese negocio se manifiesta que verdaderamente el siervo ha sabido entender y aceptar el valor de lo que se ha puesto entre sus manos y su fin verdadero.

El “temor del Señor” del que nos habla el salmo de hoy consiste en esto, no en tenerle miedo por su exigencia, sino en ser conscientes del don recibido y de para qué se nos ha dado. A ello nos puede ayudar la decisión última que el señor de la parábola toma con el talento que el tercero de sus siervos no ha querido negociar: ese talento le es entregado, en una decisión sorprendente, al que más tiene, lo que nos lleva a un tema de esos recurrentes en la Escritura en los que se nos muestra la forma misteriosa de la justicia de Dios. “Dádselo al que tiene diez, porque al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará”. El don de la salvación, el don de la fe, no puede enterrarse pensando que así se mantenga vivo hasta la vuelta del Señor, hasta el final de los tiempos: al contrario, solamente negociando con él podremos mantenerlo en nuestras manos. Si la fe no se ejercita, no se fortalece, no se trabaja, no se pide o no se estudia, se va apagando en nosotros, hasta el punto de que la poca fe que no se cuida se pierde. Por el contrario, aquel que con su fe se pone, valorando el don recibido, a hacerlo crecer, obtiene una fe aún más firme, pues “al que tiene se le dará”. Dios no quiere que nadie pierda la salvación, su voluntad es bien conocida, quiere que todos se salven, pero la forma en la que cada uno de nosotros afronte el ejercicio de la fe marca nuestro encuentro a su vuelta de forma importante. Es necesario trabajar de forma hacendosa y responsable por nuestra salvación.

Según nos vamos acercando al final del año litúrgico también nosotros podemos revisar cómo hemos hecho crecer ese talento de la fe que se nos ha entregado, si a lo largo de este año hemos sido atentos a hacerlo crecer o hemos descuidado nuestro camino. Se nos da un tiempo para ello, un tiempo para elegir la salvación con nuestras decisiones. No podemos priorizar crecer y formarnos en otros aspectos de la vida pero descuidar la fe a niveles de infantil: esa fe nos será quitada por no haberla valorado. Al contrario, mi fe tiene que crecer en coherencia con mi vida. No perdamos la ocasión de desenterrar el talento y negociar con él.

Diego Figueroa

 

al ritmo de las celebraciones

De la oración litúrgica a la oración personal
Prefacio de los santos pastores


En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno.
por Cristo, Señor nuestro.
Porque nos concedes la alegría de celebrar hoy la fiesta de san N.,
fortaleciendo a tu Iglesia con el ejemplo de su vida santa,
instruyéndola con su palabra y protegiéndola con su intercesión.
Por eso, con los ángeles y con la multitud de los santos,
te cantamos el himno de alabanza diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo…




 


Para la Semana

Lunes 20:

1 Macabeos 1,10 15.41 43.54 57,62 64. Una cólera terrible se abatió sobre Israel.

Sal 118. Dame vida, Señor, para que observe tus preceptos.

Lucas 18,35 43. ¿Qué quieres que haga por ti? Señor, que vea otra vez.

Martes 21:
Presentación de la bienaventurada Virgen María. Memoria.

2 Macabeos 6,18 31. Legaré un noble ejemplo para que aprendan a arrastrar voluntariamente la muerte por amor a nuestra ley,

Sal 3. El Señor me sostiene.

Lucas 19,1 10, El Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.
Miércoles 22:
Santa Cecilia, virgen y mártir. Memoria

2 Macabeos 7,1.20 31. El creador del universo os devolverá el aliento y la vida.

Sal 16. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor

Lucas 19,11 28. ¿Por que no pusiste mi dinero en el banco?
Jueves 23:

1 Macabeos 2,15-29. Viviremos según la alianza de nuestros padres.

Sal 49. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios

Lucas 19,41-49. ¡Si comprendieras lo que conduce a la paz!
Viernes 24:
Santos Andrés Dung-Lac, presbítero, y compañeros, mártires. Memoria.

1 Macabeos 4,36 37.52 59. Celebraron la consagraci6n del altar ofreciendo holocaustos.

Salmo: 1Cr 29,10-12. Alabamos tu nombre glorioso, Señor.

Lucas 19,45 48. Habéis convertido la casa de Dios en una cueva de bandidos.
Sábado 25:

1Macabeos 6,1 13, Por el daño que hice en Jerusalén muero de tristeza.

Sal 9. Gozaré con tu salvación, Señor.

Lucas 20,27 40. No es Dios de muertos, sino de vivos.


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