La profetisa Ana “hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel”. Esto continúa sucediendo hoy. Muchas cosas nos hablan del “Niño” si sabemos escuchar, si estamos dispuestos a dejar que nos hablen de él, porque hay algunos mensajeros con mala prensa. Cómo considerar realidades como la muerte o la enfermedad “profetas” que nos hablan del Niño, cuando son consideradas más bien maldiciones e invitados siempre incómodos.

En estas fiestas tan especiales la muerte de un familiar siempre resulta particularmente dura y difícil de encajar. Hoy asistía al funeral por la madre de un buen amigo y sus palabras me ayudaron a caer en la cuenta cómo la muerte es un “profeta” que nos habla del Salvador, de la esperanza del cielo. Pero para ello es preciso “aguardar la liberación de Israel”, es necesaria la fe. Este amigo nos recordaba la necesidad, casi acuciante, en nuestro tiempo se ser anunciadores de esperanza. No de cualquier esperanza corta y perecedera, sino de una esperanza que consume los deseos del corazón humano en un gozo imperecedero. Hay que volver a hablar de la muerte “en cristiano”, anunciar la vida eterna que ese Niño Dios nos regala ¡Ese sí que es el regalo de la Navidad!

Esto resultan tanto más importante cuanto menos queremos oír hablar de estas cosas. Padre, “no me hable de la muerte ni de la vida eterna”, es casi una obscenidad. No pocas veces también los cristianos, anclados en este mundo cuya representación se termina, como dice San Pablo, queremos esconder estas dos realidades: la muerte y la vida eterna. Reflexionando sobre esto me acordaba de un pasaje de Cartas de un diablo a su sobrino, de C. S. Lewis. Antes de escribir ese texto, para quienes no hayan leído estas magníficas cartas, es necesario advertir que se trata de unas supuestas cartas de un demonio experimentado a su sobrino, un demonio inexperto. Hablando de la Segunda Guerra Mundial, le dice a su sobrino: “tiene tendencias que por sí mismas no nos son nada favorables. (…). Matan a hombres en lugares en los que sabían que podían matarles y a los que van, si son del bando del Enemigo, preparados. ¡Cuánto mejor para nosotros si todos los humanos muriesen en costosos sanatorios, entre doctores que mienten, enfermeras que mienten, amigos que mienten, tal y como les hemos enseñado, prometiendo vida a los agonizantes, estimulando la creencia de que la enfermedad excusa toda indulgencia e incluso, si los trabajadores saben hacer su tarea, omitiendo toda alusión a un sacerdote, no sea que revelase al enfermo su verdadero estado! Y cuan desastroso es para nosotros el continuo acordarse de la muerte a la que obliga la guerra.” – C.S. Lewis, Cartas de un diablo a su sobrino, RIALP 1994, p.41, carta IV – Evidentemente, no se trata de afirmar bondad alguna en la guerra, sino de lo malo que resulta para el hombre olvidar su condición de mortal.

Es necesario abrirse a la esperanza en la vida eterna. Anunciarla, hablar a tiempo y a destiempo, que la eternidad se nos abre en este Niño que se nos ha dado. Quien es la Verdad ha querido necesitarnos para proclamarla a todas las generaciones. Seamos hoy la nueva profetisa Ana.