“En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brillaba en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió (…) Vino a su casa y los suyos no la recibieron”. Estas afirmaciones son duras. El rechazo de quien es la luz y la vida misma de los hombres y, precisamente, por quienes somos “los suyos”.

Nos equivocaríamos si pensásemos: “esto es algo ajeno a nosotros”, “esto le pasa a los demás”, “en mi caso no hay tal negativa a recibirlo”. Si hacemos un examen de conciencia sincero descubrimos enseguida cuántas veces no le recibimos porque nos cerramos al hermano ¿Cuántas veces negando el perdón hemos alimentado el rencor y anhelado una “pequeña” venganza? ¿Cuántas veces no hemos dilatado el pedir perdón? ¿En cuantas ocasiones no hemos “mirado a otro lado” ante las necesidades de quien tenemos a nuestro lado o le hemos tratado con indiferencia o frialdad? ¿En cuantas ocasiones hemos juzgado con severidad a los demás, incluso hablando mal de ellos? ¿En cuantas ocasiones nos hemos entristecido por el bien ajeno –eso es envidia-?…

Sin embargo, el pecado no es el protagonista, ni mucho menos el vencedor. Frente a la realidad del pecado del hombre, la respuesta de Dios es un plan de salvación, realizado por la Palabra hecha carne. El hombre no queda sólo ante su pecado; hay algo más que experiencia de culpa, por la iniciativa de Dios cabe el arrepentimiento. Como nos recordaba San Juan Pablo II, en “Memoria e identidad”, la misericordia divina pone un límite al mal. Es, por tanto la bondad de Dios, no la nuestra, la fuente del perdón. No nos perdona porque seamos buenos, sino al revés: nos perdona porque él es bueno. Es muy importante recordar esto una y otra vez, porque con frecuencia razonamos al revés: no pido perdón, no me confieso, porque sigo “cayendo” en los mismos pecados ¡No! Quien perdona es él y lo hace porque nos quiere, no porque seamos buenos. Abrirnos al amor de Dios, que ha querido hacernos hijos suyos, hace posible el arrepentimiento.

Lo único capaz de superar la dureza de nuestro corazón es el amor. Recuerdo ahora cómo hace tiempo una amiga me pidió que hablara con su marido. Estaba ingresado en un hospital, recorriendo los últimos metros de su vida. La esposa quería con todas las fuerzas de su alma la conversión de su marido, su decisión de abrir el corazón a la misericordia de Dios en el sacramento de la reconciliación, a la gracia del sacramento de la unción de enfermos para fortalecer su esperanza y “apropiarse” de los méritos de todos los santos para la purificación de su alma y, finalmente, comer el Cuerpo de su Salvador y disponerse mejor a esa comunión eterna con Dios, que tan cerca estaba de suceder. Se mantiene muy vivo en mi memoria la recepción tan gélida de aquel hombre. Ni en un momento tan decisivo estaba dispuesto siquiera a rezar conmigo un Padre nuestro. Esgrimí todos los argumentos conocidos y sugeridos, estoy convencido, por el Espíritu Santo, más empeñado que ninguno en su salvación. Todo resultó inútil. Salí de la habitación apesadumbrado por mi incapacidad, con el corazón en un puño al “tocar” la obstinación de aquel hombre – ¡nuestra libertad es capaz de negarse a Dios! no seamos ingenuos -. Me acerqué a mi amiga y le conté el resultado de la entrevista. Entonces su mujer entró en la habitación y me dijo: por favor espérame, no te vallas. Habían transcurrido escasamente diez minutos cuando salí y me dijo: ahora puedes pasar. No sé qué le dijo su esposa, ni qué sucedió entre ellos; sólo sé que me encontré a un hombre con los ojos llenos de lágrimas, sollozando como un niño y pidiendo recibir los sacramentos; donde antes había obstinación en no recibir a Cristo. Estoy persuadido de haber vivido de cerca otro milagro de la capacidad transformadora del amor. Después comprendí por qué yo “arrojé la toalla”: sencillamente no le quería como su mujer. Abramos los ojos al amor de Dios por nosotros y él transformará el rechazo en arrepentimiento y en la alegría del perdón.