Nos dice San Pablo en la segunda lectura de hoy cómo Dios “nos eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Dios por el amor”. Se trata de una elección eterna porque es anterior al tiempo, “antes de la creación del mundo”. De esta revelación, San Juan Pablo II concluía: “podemos decir que Dios ‘primero’ elige al hombre, en el Hijo eterno y consubstancial, a participar de la filiación divina, y sólo ‘después’ quiere la creación, quiere el mundo” – Discurso, 28-V-1986-. Así, por tanto, la creación es querida en función de esta elección de Dios sobre el hombre. Existimos porque Dios nos ha elegido y no por ninguna otra razón, no somos fruto del azar o la casualidad: “los hijos de Dios, no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios”.

La elección precede a nuestra existencia. Es importante caer en la cuenta de esto, porque nos descubre que no hemos sido elegidos por algún mérito personal previo. El orden no es ese. Dios primero nos elige y en función de esa elección nos crea con todos los dones y cualidades necesarios para realizar esa elección cada uno: ser santos. Por haber sido creados en función de esa elección, lo más “natural” para el hombre, aquello que le realiza, lo más humano, lo que nos hace más felices, el sentido de la existencia, es buscar la santidad. No hacerlo es lo más inhumano, camino de insatisfacción ¡porque hemos sido creados para esto! Además, no se puede apagar esta llamada porque “los dones y la llamada de Dios son irrevocables” -Rm 11,29-. Por esta razón, cuando renunciamos a caminar por el camino de la santidad, lejos de liberarnos experimentamos una profunda inquietud en el alma.

“Si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios, por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. (…) Como el Concilio mismo explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos genios de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. (…). Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este ‘alto grado’ de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección” (Juan Pablo II Carta Apostólica Novo Milenio Ineunte, 31). Es un gran propósito para este año que comenzamos: perder el miedo a buscar la santidad y a proponerla. Tengamos la audacia para plantear este horizonte en la vida matrimonial y familiar, laboral, de amistad,… Tengamos horizontes amplios. Siguiendo los consejos de San Juan Pablo II, volvamos a recuperar “la primacía de la vida interior y de la santidad. Cuando no se respeta este principio, ¿ha de sorprender que los proyectos pastorales lleven al fracaso y dejen en el alma un humillante sentimiento de frustración?” (Juan Pablo II Carta Apostólica Novo Milenio Ineunte, 38)

Es una exigencia de la filiación divina: “como hijos obedientes, más bien, así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: seréis santos, porque soy yo santo” -1 P 1, 14.16 –

La santidad puede parecer inasequible a quienes no son conscientes de su filiación divina. Cuando decimos no puedo, esto es superior a mis fuerzas,… “¿pero cuáles son esas concretas posibilidades del hombre? ¿De qué hombre se habla? ¿Del hombre dominado por la concupiscencia o del hombre redimido?” – Juan Pablo II, Alocución, 1-III-1984 -. Confiados en el poder de la gracia, rememos mar adentro –cf. Lc 5, 14- en el camino de santidad para el que hemos sido elegidos desde antes de la creación del mundo.