En la visión del profeta Ezequiel, de la primera lectura de hoy, se nos habla de unas aguas muy especiales, que “fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida; y habrá peces en abundancia” El mar de aguas salobres es el Mar Muerto, llamado así porque, debido a la alta concentración de sal de sus aguas, no puede vivir ningún tipo de pez. Son unas aguas que donde llegan dan vida ¡y además con abundancia! En el evangelio, de nuevo nos encontramos con el agua, esta vez de la piscina Betesda, que sana al primero que se introduce en ellas, una vez que se “remueve” el agua, y curan de toda enfermedad, “ciegos, cojos, paralíticos”.

¿Qué tiene de especial ese agua? Ciertamente se trata de agua normal, no tiene un componente extraordinario que pudiera determinarse por medio de un exhaustivo análisis químico. Su ser especial le viene “de lo alto”. El agua de la visión de Ezequiel, mana del zaguán del templo, el lugar donde Dios mora en medio de su pueblo. El de la piscina de Betesda, es removida por un ángel del Señor que “descendía de tiempo en tiempo a la piscina y agitaba el agua”. Esto no aparece en el texto que leemos hoy, está en los versículos 3 y 4. En ambos casos se trata, entonces, de un agua de la que Dios quiere servirse para actuar a favor de los hombres ¡Esto es lo que la hace tan especial! Dios ha determinado emplear este medio porque nos ayuda a comprender mejor el efecto sobrenatural que tiene en nosotros a partir de los efectos naturales del agua: da vida, limpia, renueva y anima… Dios quiere hacernos llegar la vida verdadera y abundante, su vida divina, limpiarnos de toda enfermedad, particularmente de la más radical enfermedad del hombre: el pecado y la muerte.

Se se trata de una prefiguración del agua bautismal. Nuestro bautismo es lo más decisivo en la vida cristiana, porque es el inicio en cada uno de la vida de Dios la inhabitación de Dios inhabita en nuestra alma. Como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 1265: “el Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito “una nueva creación” (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Ga 4,5-7) que ha sido hecho “partícipe de la naturaleza divina” ( 2 P 1,4), miembro de Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27), coheredero con él (Rm 8,17) y templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19)”. Lo que sucede en el alma del bautizado nos dejaría asombrados y llenos de estupor si lo pudiéramos contemplar con los ojos de la carne, es un espectáculo para el que no encontramos un término aceptable sobre el que apoyarnos para “ver” y comprender en el orden sensible lo que acontece en el orden de lo invisible.

El día de nuestro bautismo fuimos introducidos en la intimidad de Dios, hechos “miembros de la familia de Dios” (Ef 2,19). Por el bautismo, de algún modo tomamos posesión de Dios, fuimos introducidos en lo escondido de su morada” (Salmo 26, 5). Al hacernos hijos en el Hijo, nos da en herencia todo: “Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1 Co 3, 22-23) “Por lo tanto, no es una formalidad. Es un acto que toca en profundidad nuestra existencia. Un niño bautizado o un niño no bautizado no es lo mismo. No es lo mismo una persona bautizada o una persona no bautizada. Nosotros, con el Bautismo, somos inmersos en esa fuente inagotable de vida que es la muerte de Jesús, el más grande acto de amor de toda la historia; y gracias a este amor podemos vivir una vida nueva, no ya en poder del mal, del pecado y de la muerte, sino en la comunión con Dios y con los hermanos” (Papa Francisco, Audiencia del 8-I-2014). Es importante recordar lo que Dios hizo en y por nosotros el día de nuestro bautismo. El Papa Francisco nos invita a tener presente la fecha de nuestro bautismo, “el riesgo de no conocerla es perder la memoria de lo que el Señor ha hecho con nosotros; la memoria del don que hemos recibido. Entonces acabamos por considerarlo sólo como un acontecimiento que tuvo lugar en el pasado –y ni siquiera por voluntad nuestra, sino de nuestros padres–, por lo cual no tiene ya ninguna incidencia en el presente. Debemos despertar la memoria de nuestro Bautismo. Estamos llamados a vivir cada día nuestro Bautismo, como realidad actual en nuestra existencia. (…)Pidamos entonces de corazón al Señor poder experimentar cada vez más, en la vida de cada día, esta gracia que hemos recibido con el Bautismo. Que al encontrarnos, nuestros hermanos puedan hallar auténticos hijos de Dios, auténticos hermanos y hermanas de Jesucristo, auténticos miembros de la Iglesia. Y no olvidéis la tarea de hoy: buscar, preguntar la fecha del propio Bautismo. Como conozco la fecha de mi nacimiento, debo conocer también la fecha de mi Bautismo, porque es un día de fiesta (Papa Francisco, Audiencia del 8-I-2014).