La resistencia de los judíos a Jesús va adquiriendo tintes cada vez más dramáticos. Su dureza de corazón les lleva más allá del rechazo, nos dice el evangelio que “tenían más ganas de matarlo”. No se llega a esta situación de la noche a la mañana. Hay como una escalada en esta reacción de algunos judíos que, de menos a más podríamos sintetizar del siguiente modo: quizá Jesús les resultó indiferente y por ello nunca quisieron conocer la verdad sobre su persona, más adelante su predicación empezó a resultarles incómoda y da lugar a un rechazo, que se transformó en odio y finalmente en deseo de matarle. En estos hombres se ha ido dando un oscurecimiento creciente de su conciencia para reconocer la evidencia que tienen delante de los ojos, lo que reconoció Nicodemo: “Rabbí, sabemos que has venido de parte de Dios como Maestro, pues nadie puede hacer los prodigios que tú haces si Dios no está con él” (Jn 3, 2). La conclusión de Nicodemo parece incontestable, sin embargo, cuando no se está dispuesto a reconocer la verdad y vivir en conformidad con ella se termina por negar la evidencia.

Necesitamos examinar nuestra conciencia. “Es preciso que cada uno preste mucha atención a sí mismo para oír y seguir la voz de su conciencia. Esta exigencia de interioridad es tanto más necesaria cuanto que la vida nos impulsa con frecuencia a prescindir de toda reflexión, examen o interiorización. ‘Retorna a tu conciencia, interrógala… retornad, hermanos, al interior, y en todo lo que hagáis mirad al Testigo, Dios’ (S. Agustín, ep.Jo. 8,9).” (Catecismo de la Iglesia Católica 1779). La superficialidad con que hoy vivimos, tan pendiente de la apariencia, de las opiniones y encuestas, la falta de espíritu crítico, son elementos que dificultan esa mirada a la interioridad, a ese “núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes 16). Otra dificultad añadida en nuestro tiempo, para reconocer esa voz de Dios en cada uno, es el estatuto de veracidad en que se han convertido los sentimientos. Esto es verdad porque lo siento así, aquello no es verdad porque no lo siento así. Se trata de algo particularmente delicado, porque una persona puede tener una enfermedad mortal y sentirse muy bien ¡pero está muy grave! Necesitamos examinar nuestra conciencia con otra luz distinta al propio parecer o a los propios sentimientos, el Catecismo de la Iglesia Católica (1785) nos recuerda cómo “en la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz que nos ilumina; es preciso que la asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica. Es preciso también que examinemos nuestra conciencia atendiendo a la cruz del Señor. Estamos asistidos por los dones del Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia (cf DH 14).

Si descuidamos la conciencia, nos sucederá como a esos judíos que empiezan en la indiferencia y terminaron en el odio, queriendo dar muerte a Jesús y, además, convencidos de hacer algo bueno en el nombre de Dios. Y será así porque una vez se abandona el camino de la verdadera caridad, del amor a la verdad, el corazón se va haciendo progresivamente más insensible. Nos conviene vigilar y estar alertas respecto a la dureza de nuestro corazón, porque de modo, muchas veces casi imperceptible, el enemigo – y el amor propio – no deja de levantar todos los días, ladrillo a ladrillo, un muro que nos vaya separando ¡Todos los días necesitamos quitar esos ladrillos! Pero será imposible si, en primer lugar, no reconocemos la labor diaria del sembrador de la iniquidad en nuestro campo “mientras dormimos” (cf. Mt 13, 24-37.39), si no somos capaces de reconocer que en nuestro campo se ha sembrado cizaña. Después la caridad, el perdón, la comprensión, la humildad de saber que no somos mejores, la oración mutua,… irá quitando esos ladrillos.

Nos ayudan terminar nuestra reflexión unas palabras del Papa Francisco para esta Cuaresma: “por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: “fac cor nostrum secundum Cor tuum” – “haz nuestro corazón semejante al tuyo” -. De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia” (Papa Francisco, Mensaje para la Cuaresma 2015).