En las lecturas del evangelio que la Iglesia propone al final de la Cuaresma, nos pone de relieve una oposición creciente a Jesús, como un anticipo de la violencia de la que será objeto muy pronto. En medio de un escenario como este llama fuertemente la atención la afirmación de San Juan al final del evangelio de hoy: “entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora”. Me imagino una turba muy enfadada, llena de ira y a Jesús pasando en medio de ellos sin poder “echarle mano”, como paralizados sin comprender bien lo que sucede. La escena nos sorprende porque en pocas ocasiones vemos al Señor permitiendo que su divinidad se nos imponga y paralice.

“No había llegado su hora”. Dios es Dios y los hombres somos sólo criaturas, por más que en ocasiones los hombres pretendamos en vano poner las cosas al revés y eliminar a Dios para serlo nosotros. “En muchas sociedades, Dios se ha convertido en el gran ausente y en su puesto se han colocado muchos ídolos, el primero, él mismo. También los notables y positivos progresos de la ciencia y de la técnica han llevado al hombre a una ilusión de omnipotencia y de autosuficiencia, a la vez que un creciente egocentrismo ha creado no pocos desequilibrios en las relaciones interpersonales y en los comportamientos sociales” (Benedicto XVI, Catequesis sobre el Credo, 23-I-2013). En esos momentos, en los cuales parece que una parte de la humanidad quiere “echar un pulso” a Dios se hace más evidente nuestra limitación e incapacidad para hacer un mundo mejor y más justo, y la imperiosa necesidad de conversión, de dejar a Dios ocupar su lugar. Esto no sólo en los grandes poderes que gobiernan el mundo, también en el corazón de cada uno de nosotros, porque la tentación de “independizarnos” de Dios es un tentación permanente.

Al final la lógica termina por imponerse. La divinidad de Jesús se muestra de un modo rotundo. Es el dueño de la historia. Algo que debería llenarnos de confianza, porque no estamos en manos de ocultos poderes o regidos por la fuerza de un ciego destino. Las cosas suceden en su momento, cuando la Providencia tenía previsto para nuestro bien, incluso cuando nos parece una desgracia. He tenido la ocasión de estar cerca de muchos enfermos y acompañarles en la fase final de su vida y he podido constatar cómo Dios les estaba esperando, precisamente en esa enfermedad “inoportuna” que les ha “forzado” a mirar hacia “arriba” a buscar con urgencia un sentido. La beata Teresa de Calcuta escribía, en este sentido cómo “un muchacho que sufría horriblemente – en los últimos años de su vida dijo – le daba pena morir porque acababa de aprender a sufrir por amor a Dios – “Ven, se mi luz” 224 -.

Saber que Cristo es el Señor de la Historia podemos afrontar la vida de modo distinto, firmes en la fe e inconmovibles en la esperanza (cf. Col 1,22). Sabiendo que la Providencia también está en lo menudo, en lo de todos los días. “Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias ¿os faltó algo?” (Lc 22, 35). “Hasta los cabellos de vuestras cabezas están contados …” (Mt 10,30). Haciendo que relativicemos muchas cosas, “tengo por cierto que todos los padecimientos de la vida presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros” (Rm 8, 18). Que vivamos sin temor, “pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!” (Rm 8, 15).