En el Evangelio de hoy, Jesús se dirige directamente “a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos”, recordándoles cómo Dios les ha elegido para cuidar al pueblo elegido y que pudiera dar frutos de verdadera adoración y obediencia a Dios. Sin embargo, la respuesta de estos hombres elegidos ha sido de resistencia y por su dureza de corazón no han querido permitir a Dios recoger los frutos, más bien se han apropiado de ellos, como si el pueblo de Dios fuera realmente de ellos.

Ahora el riesgo es que cada uno leamos este Evangelio como espectadores, desde fuera. Al fin y al cabo no somos de esos sumos sacerdotes, escribas y ancianos. Si hiciéramos esto dejaría de ser para nosotros buena noticia, anuncio de conversión. En una palabra esa parte de la Escritura no es para mí. Para evitar ese peligro deberíamos “meternos” a cada uno de nosotros en esta escena y dejar que el Espíritu Santo nos ayude a descubrir nuestro lugar y lo que hoy tiene de buena noticia para mí.

Dios ha nos ha dejado a cada uno en nuestras propias manos. “El fue quien al principio hizo al hombre, y le dejó en manos de su propio albedrío” (Eclesiástico 15, 14). Nos ha hecho guardines de cada uno. Por tanto, también a cada uno nos puede decir: tu eres mi viña, la que yo planté y cuidado. A cada uno nos podría reclamar con justicia frutos. No ha dejado de invitarnos a recibir su gracia, a acoger el gran don del Espíritu Santo, de buscarnos en la intimidad de la oración, su Palabra entregada por la Iglesia es una permanente invitación a dejarnos transformar y enseñar por su Sabiduría ¿Encuentra en nosotros frutos de verdadera caridad? ¿Somos responsables en el cuidado del tesoro de la fe recibida, meditándolo y empeñándonos en hacerla vida? Si leemos en esta perspectiva el Evangelio descubriremos hasta que punto es para cada uno. Hasta qué punto contiene una enseñanza para mí. Hasta qué punto supone una seria llamada a la conversión en la vida real, hoy.

Al final del texto que se proclama en la Misa de hoy se contiene una seria admonición, si no luchamos por corresponder a los cuidados del Señor con cada uno: “¿Qué hará el dueño de la viña? Acabará con los labradores y arrendará la viña a otros”. No es nunca una amenaza, no es lenguaje de Dios con sus hijos, pero sí es una llamada de atención al uso que cada uno hacemos de nuestra libertad. Luego es posible – ¡seguro! – nos faltará fortaleza, caeremos una vez y otra. El Señor no nos pide ser impecables, sino que luchemos. Unas veces venceremos y otras saldremos derrotados, pero siempre podemos pedir perdón y volver a empezar. Este es el secreto de la lucha. No está en las victorias sino en la humildad de reconocerse necesitado y dejarse cuidar una y otra vez, como Dios hace con su viña en el Evangelio de hoy.

Quizá la primera súplica desde el Evangelio de hoy a nuestra Madre, sea rogarle que nos alcance la humildad para dejarnos cuidar por Dios, que nos dejemos perdonar y permitir que la acción del Espíritu Santo nos visite y renueve cada día.