“Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios a Dios”. Con esta sencilla sentencia, nuestro Señor recuerda un principio fundamental. Hay una legítima autonomía en la organización de la sociedad humana. Es decir, no existe “la” solución católica para organizar la vida pública. La libre iniciativa y la diversidad de criterios de los hombres no es algo que se deba tolerar (sólo se tolera el mal, el bien se ama) sino que es un gran bien esa diversidad. Así es algo bueno y deseable que ante un problema determinado, por ejemplo socorrer la pobreza de tantas personas, haya quienes promuevan planes para crear unas condiciones que permitan trabajar y ganar un justo salario, pero también es bueno que otras personas promuevan albergues para acoger en la noche a esas personas o poner en marcha comedores populares,… “La” solución viene a través de la diversidad de soluciones. Lo importante es involucrarnos cada cual según el propio parecer.

La legítima autonomía no supone el principio del “todo vale”. Porque las diferentes opciones deben ser justas. No se discute si hemos de ser solidarios o no, este es un principio moral, por decirlo de algún modo cae del lado de “dar a Dios lo que es de Dios”, pero los modos concretos de vivir esta solidaridad son discutibles, cuál sea la mejor ley tributaria para recaudar los impuestos está en el campo de libre iniciativa, de lo opinable. Lo que no es opinable es que esa determinada manera y la proporción en que cada quien aporte debe ser justa. Es decir, hay unos principios morales que orientan y deben ser respetados en las legítimas decisiones del campo de lo opinable. Aquí los cristianos hemos de dar ejemplo de respeto y amor por la libertad al tiempo que defendemos serena y pacíficamente nuestros puntos de vista.

Una sociedad que pierda esto de vista está abocada, antes o después, a la intransigencia y a todo tipo de totalitarismos. Buscar el bien común no es algo de lo que se pueda prescindir en la edificación de una sociedad justa, ni es sustituible por la nueva categoría del interés general, que no remite a una justicia previa a la que se ha de ajustar nuestras acciones ni toma en consideración a las minorías más débiles. En este sentido no deja de ser llamativo que las posturas llamas progresistas sean las que antes han abandonado el “bien común” por el “interés general”

Pidamos a Nuestra Madre un amor grande por la libertad y la justicia, que nos lleve a implicarnos plenamente en la construcción de la ciudad terrena en el respeto de las legítimas diferencias, a crear un clima de colaboración entre todos los hombres, nuestros hermanos.