Los saduceos, nos dice San Marcos, son “de los que dicen que no hay resurrección”. En el fondo no creen porque no entienden cómo pueda ser y por ello plantean una pregunta que, según su parecer, pone de manifiesto lo absurdo de la fe en la resurrección de los cuerpos. Ya se ve que esto no es nuevo. Hoy quienes no creen en la resurrección siguen el mismo camino: ¿con qué edad resucitarán, con el cuerpo de los 18, 30, 40 años…? ¿Quiénes hayan perdido un brazo o una pierna,…?

La respuesta de Cristo: “estáis equivocados, porque no entendéis la Escritura ni el poder de Dios”, pone “el dedo en la llaga”. La medida de lo posible no la tiene el hombre, sino Dios. Además, no sólo es posible y real lo que soy capaz de comprender. Cuántas cosas se dan en la naturaleza de la creación que somos incapaces de entender y no por ello dejan de ser reales. Yo entiendo nada sobre la antimateria o el bosón de Higgs. Esto sólo pone de manifiesto la limitación de mi comprensión y conocimiento de física atómica, pero de ningún modo mi ignorancia es argumento de la inexistencia de la antimateria o el bosón de Higgs. Así, pues, la garantía de la verdad sobre la resurrección no está en la comprensión de los hombres sino en el poder de Dios.

San Pablo en 1 Cor 15 nos recuerda algunas claves para conocer este misterio: “Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicia de los que mueren. (…) Y así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su propio orden: como primicia, Cristo; luego, en su parusía los que son de Cristo. (…) Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? Necio. Lo que tú siembras no revive si antes no muere; y lo que siembras no es el cuerpo que ha de nacer, sino un simple grano, de trigo por ejemplo, o de alguna otra cosa. Dios, en cambio, le da un cuerpo según su voluntad, a cada semilla su propio cuerpo. No toda carne es igual, sino que una es la carne de los hombres, otra la de las bestias, otra la de las aves, otra la de los peces. Hay también cuerpos celestes y cuerpos terrestres; pero uno es el resplandor de los celestes, y otro el de los terrestres. (…) Así será en la resurrección de los muertos: se siembra en corrupción, resucita en incorrupción; se siembra en vileza, resucita en gloria; se siembra en debilidad, resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual. Porque si hay un cuerpo natural, también lo hay espiritual. (…) Como el hombre terreno, así son los hombres terrenos; como el celestial, así son los celestiales. (…) Y cuando este cuerpo corruptible se haya revestido de incorruptibilidad, y este cuerpo mortal se haya revestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido absorbida en la victoria.

Nuestra resurrección será a ejemplo de la resurrección de Cristo. Será un cuerpo material (come, bebe, lleva las señales de la crucifixión,…), pero tendrá cualidades propias de lo espiritual (atravesaba paredes, era visto en distintos lugares a la vez), no padecerá dolor, cansancio,…

Que la Virgen María, en quien se ha manifestado plenamente el triunfo de la resurrección de su Hijo y está en los cielos en cuerpo y alma, avive la esperanza en la resurrección de los cuerpos al final de los tiempos.