“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. El segundo es éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que éstos”. Amar es la actividad esencial para crecer en humanidad. Hemos sido creados por amor y para el amor, hacerlo es el camino para la felicidad, la realización de la persona humana. Por ello es el mandamiento principal. No olvidemos, como nos recordaba San Juan Pablo II en la Encíclica “El esplendor de la verdad” n. 35: “Dios, que sólo El es bueno conoce perfectamente lo que es bueno para el hombre, y en virtud de su mismo amor se lo propone en sus mandamientos”. Los mandamientos de Dios no son una expresión “caprichosa” de Dios, sino expresión de aquello que es bueno para cada uno, es el camino de nuestra felicidad, aunque a veces nos cueste realizarlos en nuestra vida.

Hemos de vigilar sobre cómo amamos cada uno, porque podemos llamar amor a cosas que sólo son una sobra de aquel amor que está en el origen de cada persona y para el que hemos sido creados. “El amor hace que el hombre se realice mediante la entrega sincera de sí mismo. Amar significa dar y recibir lo que no se puede comprar ni vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente” (San Juan Pablo II, “Carta a las Familias” 11). Se trata entonces de una entrega, pero no de algo de lo que somos o poseemos, sino de nuestras personas. Por ello nos recuerda el Señor en el Evangelio de hoy cómo hemos de amar “con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. Amar es algo que sólo hace la persona y sólo lo hace como es una persona que es alma y cuerpo. No hay dimensión de alguna que pueda dejarse fuera de lo que entregamos: la memoria, la imaginación, los afectos, los deseos,… También de todo aquello de lo que disponemos: bienes, tiempo, talentos,… ¿Ponemos cada día todo en las manos de Dios? ¿Luchamos cada día por entregarnos un poco más? Es una escuela en la que terminamos de aprender.

San Josemaría solía repetir con frecuencia: tenemos un solo corazón para amar, con el mismo corazón que amamos a Dios amamos a los demás (esposo o esposa, hijos, padres, amigos,…). Por tanto, la vocación esencial al amor no puede excluir a nadie, porque si lo hiciera se endurecería mi corazón, también para amor a mi familia, a mis amigos. Ciertamente a lo largo de la vida nos encontraremos con personas a las que se nos hace más difícil quererles. Esto es normal. Sin embargo, no puedo renunciar a luchar por quererles. Siempre podré rezar por ellos, tener un trato amable, aunque nos devolvieran “una coz”.

Un elemento importante que hemos de purificar constantemente para crecer en el amor es la memoria. Ciertamente no podemos hacer como con los datos guardados en la memoria de un ordenador, que los echamos en la papelera y luego seleccionamos “eliminar archivos” y listo. Esto no está a nuestro alcance, pero sí lo está fomentar recuerdos positivos, traerlos a nuestra memoria para actualizarlos, hacerlos más vivos, mientras procuramos “distraer” nuestra memoria con afrentas pasadas.

Necesitamos pedir comtamente a nuestra Madre, que nos enseñe a entregarnos cada día un poco más, así seguro que amamos a Dios y al prójimo.