“La gente, que era mucha, disfrutaba escuchándolo”. La muchedumbre disfrutaba, seguro, por la elocuencia y los modos de decir de nuestro Señor, por la firmeza y convicción, por la sabiduría de sus afirmaciones,… pero también por la belleza de lo que va revelando y haciendo descubrir con sus enseñanzas. Mostrar el verdadero rostro de Dios, rico en misericordia en las parábolas de la misericordia de Lc 15, o la solicitud providente con que se cuida da cada uno de sus hijos (“fijaos en las aves del Cielo, que no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas?” – Mt 6, 26 ). O el descubrimiento de nuestra condición de hijos de Dios, que está tras esta respuesta a los escribas.

¿Nos siguen sorprendiendo y asombrando las enseñanzas de Cristo?   Quizá ya nos “sabemos” lo que nos va a decir. Probablemente hayamos leído ya el Nuevo Testamento entero hace tiempo o nos conformamos con las lecturas que se hacen en la Misa dominical, ¡y, claro, ya sabemos lo que nos va a decir! Es urgente que nos dejemos sorprender cada día por la Palabra de Dios. Cada día nos trae algo nuevo, algo que nos ayuda a vivir las cosas de otro modo a ver lo que nos acontece con una perspectiva diferente, con una visión sobrenatural, llena de esperanza y de alegría. Las mismas palabras caen, cada día, en una persona que no está en la mismas circunstancias. El Espíritu Santo hace resonar sentidos que hasta ahora nos habían pasados desapercibidos. Quien lee y medita asiduamente la Palabra de Dios tiene multitud de experiencias que corroboran esto y serán capaces de “disfrutar oyendo a Jesús”.

Debemos empeñarnos, luchar, vencer la pereza y leer cada día la Palabra de Dios. Particularmente el Nuevo Testamento. Y no conformarnos con una lectura superficial. Tratemos de meternos dentro de la escena, no ser meros espectadores, permitir que el Señor se dirija a nosotros. Fomentemos en deseo de oír a Cristo y ver su rostro a través de sus palabras. San Juan Pablo II nos dirigía unas palabras a los sacerdotes, pero que valen perfectamente para cualquier cristiano: “Vale para todos la invitación a escuchar y meditar la palabra de Dios con espíritu contemplativo, a fin de alimentar con ella tanto la inteligencia como el corazón. Eso favorece en el sacerdote la formación de una mentalidad, de un modo de contemplar el mundo con sabiduría, en la perspectiva del fin supremo: Dios y su plan de salvación. Juzgar los acontecimientos a la luz del Evangelio. En eso estriba la sabiduría sobrenatural, sobre todo como don del Espíritu Santo, que permite juzgar bien a la luz de las razones últimas, de las cosas eternas. La sabiduría se convierte así en la principal ayuda para pensar, juzgar y valorar como Cristo todas las cosas, tanto las grandes como las pequeñas. (…) A esa meta se puede llegar dejándose guiar por el Espíritu Santo en la meditación del Evangelio, que favorece la profundización de la unión con Cristo, ayuda a entrar cada vez más en el pensamiento del maestro y afianza la adhesión a él de persona a persona.” (Catequesis sobre el presbiterado. Audiencia general 2 – VI – 1993, nº 4 -)

Pidamos a la Virgen María, Madre suya y Madre nuestra, nos conceda un deseo creciente de oír sus palabras, de dejarnos sorprender por ellas y disfrutar cada día escuchándole.