El evangelio de hoy nos deja uno de los más hermosos y sencillos testimonios generosidad. “Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”. Al desprenderse de lo necesario para vivir se abandona del todo en las manos de la Providencia de Dios. Esto es un gran acto de confianza en Dios, de amor a él. Este es el gran tesoro que compra con dos monedas de escaso valor (un “as”) objetivo, pero de gran valor para ella porque es “todo lo que tenía para vivir: ha conquistado el corazón de Cristo. San Gregorio Magno nos recuerda cómo “el Reino de Dios no tiene precio, y sin embargo cuesta exactamente lo que tengas (…). A Pedro y a Andrés les costó el abandono de una barca y de unas redes; a la viuda le costó dos moneditas de plata…” (San Gregorio Magno, Hom. 5 sobre los Evangelios). Nosotros ¿qué estamos dispuestos a entregar?

Es el amor a Dios lo que hace grande este gesto, hasta el punto de que Dios ha querido que quedara constancia de él en la Sagrada Escritura. En mis años en misiones he tenido ocasión de comprobar cómo las gentes más sencillas “te roban” el corazón ¡cuánto más el corazón de Cristo, que sí sabe amar! He visto más alegría entre los pobres, por supuesto, también mucho dolor y sufrimiento, pero vividos de un modo distinto porque viven abandonados en Dios. Necesitamos entender mejor que la generosidad enriquece y agranda el corazón y la posibilidad de recibir, el egoísmo, por el contrario, es como un veneno que destruye, con lentitud a veces y siempre con seguridad. Por ello, “para que no pierdas a fuerza de guardar, recoge a fuerza de repartir” (S. Pedro Crisólogo, Sermones). Hemos de aprender a dar y hacerlo con alegría. “Os digo esto: quien siembra escasamente, escasamente cosechará; y quien siembra copiosamente, copiosamente cosechará” (2 Cor 9,6). Aprender a vivir desprendidos, San Agustín lo expresa con fuerza: “las demás cosas de esta vida tanto menos se han de llorar cuanto más se las llora, y tanto más se han de deplorar cuanto menos se las deplora” (San Agustín, Las Confesiones)

“El que no renuncia a todos los bienes no puede ser discípulo mío” – Lc 14, 33 -. Para pasar de ser “admirador”, “seguidor”, de Cristo a ser su discípulo, hay que renunciar a todos los bienes. Renunciar, que no es “vender” – literalmente -, porque tú estás en medio del mundo y eres “como” los demás; pero sí se trata de renunciar realmente. ¿Tienes todas las cosas como si no fueran tuyas? ¿Las tienes o te tienen? ¿Son tus bienes – medios materiales, cualidades y virtudes,… – tu punto de apoyo, tu seguridad, la fuente de tu alegría? … Luego la contrapartida: “luego vente conmigo”. No: sígueme, estate cerca de mí,… ¡No! … La contrapartida a esta renuncia por Cristo es ¡”Vente conmigo!”, la llamada definitiva a estar con El,… ¡En El!

Algo tendrá el desprendimiento y la pobreza para que el Señor eligiera vivir pobremente, naciera en un establo, se anunciara primero a unos pastores,… Madre nuestra, que con los ojos fijos en tu Hijo estemos cada día dispuestos a poner en sus manos lo que aquella pobre viuda.