“Tomad, esto es mi cuerpo. Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: ésta es mi sangre”. Es una de las revelaciones de Cristo que resultan realmente escandalosas ¡Comer su carne, beber su sangre! ¡La del Hijo de Dios hecho carne! San Juan en el capitulo 6 de su evangelio recoge en el “discurso del pan de vida” la reacción de quienes escucharon semejante invitación de Jesús. “¿Cómo puede este darnos a comer su carne? (…) Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros”. Porque es un misterio que desborda, desde ahora hemos de pedir la gracia para comprender, para reconocer a Jesucristo en el pan consagrado. Ante un misterio tan grande, Cristo se limita a insistir “si no coméis la carne …(v. 53) el que come mi carne y bebe mi sangre … (v.54) porque mi carne es verdadera comida (v.55). No se empeña en convencerles, en razonar su afirmación. Más bien les deja la “puerta abierta” para irse. Ante las palabras de Cristo “muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él. entonces Jesús dijo a los doce ¿también vosotros queréis marcharos?” (v. 66-67) ¡Muchos! ¿Discípulos, no ocasionales! No hay nada que nos pueda hacer pensar que Cristo habla en un lenguaje figurado. De hecho, el escándalo que les produce indica que han entendido bien: Si hubiesen entendido que Jesús les habla de un símbolo: cuando comáis el pan es como si comierais mi carne; entonces no se hubieran escandalizado: “duras es esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?” (v. 59). Han entendido bien: Jesús se refiere verdaderamente a su carne, por eso no les dice: no habéis entendido bien mis palabras; sino que insiste en su enseñanza.

Desde el inicio, la Iglesia lo ha entendido literalmente. Por esto la práctica de llevar la comunión a los enfermos; los mártires que dieron la vida para que no les arrebataran la Eucaristía. Aquellos discípulos se fueron porque no creyeron las palabras de Cristo ¡No porque las entendieran mal! Ante la sublimidad de este misterio: que Cristo está verdadera y realmente presente en la Eucaristía con su Cuerpo, sangre, alma, divinidad; sólo cabe la respuesta de San Pedro, cuando Cristo se vuelve a sus apóstoles para preguntarles si ellos también quieren marcharse: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios” (v. 68-69) ¿Cómo es nuestra respuesta ante semejante misterio? San Pedro acepta esta verdad, no porque entienda. Entiende tan poco como aquellos que la rechazaron, entiende tan poco como nosotros ¡Pero se fía de Cristo! ¡Cree! Hagamos nosotros también este acto de fe. “Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo esta apariencia. Creo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta palabra de verdad. Al juzgar sobre ella se equivoca la vista, el tacto, el gusto.”

Es una verdad garantizada por la palabra de Cristo. Si tuviéramos una fe viva en la presencia real de Cristo en la Eucaristía ¡qué milagros podría obrar en nosotros! ¡Cuánto nos perdemos!

La fe en la presencia real, verdadera y substancial, de Cristo en la Eucaristía nos asegura, por tanto, que allí está el mismo Jesús que nació de Santa María Virgen, que pasó treinta años en el humilde hogar de Nazaret, el que curó a tantos, el que murió en la Cruz, y ahora está sentado a la diestra de Dios Padre. Está además en todas las formas consagradas y en cada partícula de ellas, de modo que, acabada la Santa Misa, Jesús sigue presente en las formas que se reservan en el Sagrario. Mientras conserve los accidentes – “las cualidades” – de pan; es decir, mientras el pan consagrado sea pan, y no se corrompan las especies, que son el signo sensible que contiene el Cuerpo de Cristo, Jesucristo permanece realmente presente en el Sacramento.

Se queda para acompañarnos. “La fe y el amor a la Eucaristía no pueden permitir que Cristo se quede solo en el tabernáculo. (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica 1418). Ya en el Antiguo Testamento se lee que Dios habitaba en una tienda (o tabernáculo), que se llamaba ‘tienda del encuentro’ (Ex 33,7). El encuentro era anhelado por Dios. Se puede decir que también en el tabernáculo de la Eucaristía Cristo está presente con vistas a un coloquio con su nuevo pueblo y con cada uno de los fieles.” (Juan Pablo II, Catequesis sobre el presbiterado. Audiencia general 9 – VI – 1993; nº 6)

Pidamos a María su amor y delicadeza para tratar a su Hijo en la Eucaristía. Ella sigue cuidando y velando el cuerpo glorioso de su Hijo. Ojalá nuestra compostura y trato ante la Eucaristía manifieste nuestra fe y amor al “amor de nuestros amores”.