En una ocasión, me comentaba un amigo, buena gente, que no terminaba de entender porqué a pesar de haber hecho todo cuanto le había pedido su esposa como colaboración en la atención a los niños, ella se mostraba molesta y con la sensación de estar sola en el cuidado de los hijos y las labores de la casa. Tras un rato de conversación cayó en la cuenta de que posiblemente se limitaba a realizar sólo cuanto le pedían, sin tomar nunca la iniciativa para preguntarle a su esposa en qué podría colaborar, y, además, lo hacía como quien le hace un favor a su mujer y debería ser recompensado por ello, sin reconocer la corresponsabilidad en el cuidado de los hijos y las tareas del hogar. En el fondo, es hacer las cosas sin implicarnos en ellas, un poco como desde fuera, por “cumplir “, sin poner el corazón en ellas. Mi amigo terminará por descubrir que su esposa no espera de él una ayuda en terminar de prepar la cena o en el baño de alguno de los niños – que también – sino el cariño de su esposo manifestado en esa colaboración en una tarea que es de los dos. Son dos modos de realizar lo que nos corresponde. En uno se trata del deber por el deber y, por tanto lo experimentamos como una obligación, una imposición “desde fuera”, como algo que se impone a nuestra libertad y nos incomoda y nos ayuda a amar. Por ello lo realizamos “sin alma”. Este camino nos conduce inexorablemente a buscar el modo de “complicarnos” lo menos posible, camino seguro del egoísmo, que no nos hace más generosos, mejores. Aunque este camino supone esfuerzo y lucha, sin embargo aquí el deber no ayuda a crecer, a hacernos mejores. Esto es lo que quizás le ocurría al joven rico del Evangelio: “todo eso lo he cumplido” y ante una llamada crecer en generosidad no responde con alegría, sino que “se fue triste”. El camino de “cumplir” los mandamientos no ha sido para él un camino de madurez en el amor. Ha puesto empeño y se ha sacrificado, pero no ha aprendido a amar. Los mandamientos no han sido para él camino de perfección, de “llegar hasta el final”. El otro modo de realizar lo que nos corresponde es movido por el amor. Este sí es camino de perfectividad. San Juan Pablo II, les preguntaba a sus alumnos en su época de profesor universitario: ¿qué hace que experimentemos como un deber visitar a un amigo enfermo? ¿El cumplimiento de una norma? ¿No será más bien el amor al amigo? Se trata de algo que puede sucedernos a cualquiera en nuestra relación con Dios. Nos limitamos a “cumplir” su voluntad y con esto debería estarnos agradecidos. De este modo nos incapacitamos para descubrir la verdadera vocación, lo que realmente espera de cada uno: amor, ser sus hijos, vivir como tales. Dios nos llama a formar parte de su intimidad. Por ello no le “basta” – no debería bastarnos a nosotros – con un mero cumplimiento. “Si quieres ser llegar hasta el final”, si quieres ser perfecto “vende lo que tienes”. Es decir, entrégate tu. Eso es alcanzar la madurez en el amor. No somo meros “cumplidores” de normas, sino personas llamadas a entrar en comunión con Dios mismo. Reconocemos, además, en la voluntad de Dios, en sus mandatos el bien para nosotros, el camino que nos conduce a la felicidad a la verdadera libertad y a aprender a entregarnos en el amor. El Evangelio de hoy nos lleva a preguntarnos por cómo hacemos nuestra la voluntad de Dios, por lo que realmente buscamos al obedecerle ¿Lo hacemos con la mentalidad del hijo que sabe que todo cuanto es del padre es también de él, por tanto con alegría, como quien tiene su paga en poder querer y servir a su padhijos ideamos a la Virgen, Madre del Amor Hermoso, recorrer con alegría esta escuela de amor que es la lucha por vivir de la voluntad de Dios, alimento de su Hijo.