Es importante fijarnos en los destinatarios de la parábola del Evangelio de hoy: “tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo”, porque son los primeros invitados al banquete y quienes lo rechazan. Son una parte “selecta” del pueblo elegido, quienes declinan la invitación, y por tanto tienen una mayor responsabilidad en su decisión. El riesgo para nosotros es considerarnos fuera de ese grupo, como si nosotros estuviéramos fuera de todo peligro a la hora de no aceptar las invitaciones de este rey. Sería un grave error porque nos llevaría a no estar vigilantes y pendientes de rectificar, quedándonos fuera del banquete. Si lo meditamos despacio podemos descubrir cuántas veces el Señor nos hace “invitaciones” y nosotros no nos enteramos. Nosotros, que somos gente buena, creyentes y orantes, como decían nuestros abuelos: “de Misa y comunión diaria”. Cuántas veces se Señor a lo largo de cada día nos “visita” en alguna persona que pasa a nuestro lado y nos necesita ¡y me desentiendo! Cuántas veces el Señor nos invita a participar en su pasión en contrariedades, aparentes fracasos, dolores, enfermedades,… ¡y acabo renegando, en lugar de aceptar y amar! Es bueno tomar consciencia de esto cada día para poder pedir perdón y ayuda para rectificar.

También estamos cada uno entre los convidados en los “cruces de los caminos”. Esto nos debería llevar a dar gracias a Dios por su paciencia en salir a nuestro encuentro, haciendo posible nuestra aceptación a sus invitaciones. Ciertamente en nuestra vida hay pecado, limitaciones, errores, fallos,… pero también victorias de la acción de Dios en cada uno. Nosotros podemos decir, como San Pablo, referido a cada uno: “podéis estar seguros y aceptar plenamente esta verdad: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y de ellos el primero soy yo. Pero por eso he alcanzado misericordia, para que yo fuera el primero en quien Cristo Jesús mostrase toda su magnanimidad” (1 Tm 1,15-16). Es importante darnos cuenta de las victorias de Dios en nosotros para llenarnos de ánimo y esperanza, para descubrir cómo en nosotros sobreabunda la gracia de Dios (cf. Rm 5, 20).

El último personaje de la parábola, tampoco no es ajeno. Este invitado no se ha preparado como debía y ha pensado que bastaba con su sola presencia física, sin implicarse en las consecuencias de haber aceptado la invitación: ponerse un vestido de fiesta. Finalmente le cuesta ser expulsado, atado de pies y manos, a las tinieblas, donde no hay luz y hay sufrimiento y dolor. Se trata de un advertencia muy seria. En ocasiones nos puede parecer que aceptar la invitación a participar del banquete de Cristo no compromete nuestra vida, nuestras decisiones. Podemos pensar: bueno, ya vengo a Misa los domingos, doy limosna de vez en cuando, rezo alguna oración vocal,… ¡Suficiente! Pues el Señor dice que no es suficiente, no basta con permanecer. Es una seria llamada a la vigilancia para procurarnos los adornos y el traje de la caridad y participar plenamente del banquete que nos prepara este Rey.

Miremos a nuestra Madre, por amor se ha hecho la esclava del Señor y no deja de vigilar por cada uno de sus hijos. Madre nuestra, mantennos vigilantes y activos en la caridad.