El Evangelio de la Misa de hoy nos abre a preguntarnos sobre nuestro amor a Dios y al prójimo. Es la pregunta más decisiva porque el amor sostiene “la ley entera y los profetas”. Por esto es importante descubrir en qué consiste ese amor. Sólo son capaces de amor las personas, por ello sólo aman de verdad cuando lo hace toda la persona, involucrando todas las capacidades de su ser. Jesús nos deja como tres pistas: “con todo el corazón, con toda el alma, con todo tu ser”.

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…”. Hemos de poner todo el afecto del que seamos capaces y “moveremos” nuestro corazón diciéndole a Dios que le queremos. Decirle a alguien que le queremos no sólo expresa nuestro afecto, sino que también lo fomenta ¿Cuántas veces, desde que nos hemos levantado hoy, hemos dicho al Señor que le queremos? Hagámonos la pregunta ahora. Quizás han sido pocos – ¡ahora podemos volver a comenzar! – o han sido muchos ¿pero se lo hemos dicho sólo con los labios o también con el corazón? Mira que los enamorados se lo dicen – sienten esa necesidad – muchas veces al día. Es expresión y fuente de ese amor. San Alfonso María de Ligorio nos recuerda en su Tratado sobre la oración el valor de los actos de amor: “cada acto de amor que hacemos es un tesoro con el que negociamos la divina amistad: ‘porque es para los hombres un tesoro inagotable y los que lo adquieren se hacen partícipes de la amistad de Dios’ – Sap. 7, 14 -. ‘Yo amo a los que me aman y los que me buscan me encontrarán’- Prov. 8, 17 -. ‘Ante todo, tened entre vosotros intenso amor, pues el amor cubre multitud de pecados’ – 1 Pe. 4, 8 – Sor María del Crucificado vio en cierta ocasión una grande hoguera y caer en ella unas pajuelas, que al instante quedaron consumidas; dándosele con ello a entender que así también un acto de amor destruye y hace desaparecer en el alma todos los pecados cometidos”.

El amor a Dios es empeño en cumplir su voluntad. El enamoramiento es disposición de la voluntad propia para querer la voluntad divina. No es algo dulce, sensiblero, es la lucha por querer y realizar lo Él quiere. Pedírselo al Señor. La parte que le toca a Él la pone – ¡la derrama! -: “derramaré sobre vosotros un agua pura…”, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5, 5). Señor, enséñanos a entregarnos con generosidad a seguir tu voluntad. Recemos con la Beata Teresa de Calcuta: “Jesús acepto todo lo que Tú me des – Y te doy todo lo que tomes de mí” – “Ven se mi luz” –

El prójimo ha de ser objeto de la misma solicitud, del mismo amor que nos tenemos cada uno. El criterio es claro, la cuestión ahora es no confundirnos e identificar al prójimo con quienes tenemos lejos, olvidándonos de los próximos. Con no poco sentido del humor, decía Lewis en “Cartas de un diablo a su sobrino”: “hagas lo que hagas, habrá cierta benevolencia, al igual que cierta malicia, en el alma de tu paciente. Lo bueno es dirigir la malicia a sus vecinos inmediatos, a los que ve todos los días, y proyectar su benevolencia a la circunferencia remota, a gente que no conoce. Así, la malicia se hace totalmente real y la benevolencia en gran parte imaginaria. (…) Todo tipo de virtudes pintadas en la imaginación o aprobadas por el intelecto, o, incluso, en cierta medida, amadas y admiradas, no dejarán a un hombre fuera de la casa de Nuestro Padre: de hecho, pueden hacerle más divertido cuando llegue a ella” (C.S. Lewis, Cartas de un diablo a su sobrino, carta VI).

¡Madre, enséñame a amar! ¡Ayúdame a amar! La respuesta vendrá clara, segura: docilidad al Espíritu Santo, que es Amor, como Ella fue dócil: “hágase en mí según tu Palabra”, ¡Y se hizo!