El Señor previene a sus discípulos – y hoy a nosotros – contra los escribas y fariseos, que se habían sentado en la cátedra de Moisés y enseñaban al pueblo las Escrituras, pero su vida estaba muy lejos de lo que enseñaban: “haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no hagáis según sus obras, pues dicen pero no hacen”. Son palabras duras, porque es muy grave la situación. Hay una ruptura entre lo que dicen creer y su vida. Hoy, la falta de unidad entre la fe y la vida es un mal metido en muchos cristianos. Con palabras del Concilio Vaticano II: “la separación entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerada como uno de los más graves errores de nuestra época” (Constitución Gaudium et spes 43). Y esto supone un gran escándalo. “La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo”. – San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica “Fieles cristianos” 17 –

Nuestro Señor “hizo y enseñó” (Hch 1,1). Primero hizo, para después enseñar. Si los cristianos no seguimos ese mismo camino dejamos al mundo en tinieblas por nuestra falta de unidad de vida. Si por el contrario, somos coherentes, “si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos… ¡La eficacia de la corredención depende también de cada uno de nosotros! –Medítalo” ( (San Josemaría Escrivá, Surco, n. 945). Para no sucumbir a esa falta de unidad el camino, como siempre, es pedir al Señor esa gracia y disponernos a acogerla con la lucha personal. No nos engañemos, la fe no se hace operativa de modo espontáneo, el pecado original ha dejado en nosotros una fractura que no se supera sin la gracia y la lucha por adquirir las virtudes. Ya San Gregorio Magno advierte de este riesgo: “hay algunos que quieren ser humildes, pero sin ser despreciados; quieren contentarse con lo que tienen, pero sin padecer necesidad; ser castos, pero sin mortificar su cuerpo; ser pacientes, pero sin que nadie los ultraje. Cuando tratan de adquirir virtudes, y a la vez rehúyen los sacrificios que las virtudes llevan consigo, se parecen a quienes, huyendo del campo de batalla, quisieran ganar la guerra viviendo cómodamente en la ciudad” -Moralia, 7, 28, 34 -.

No es posible llevar una doble vida: no podemos separar nuestra fe de nuestra vida. No es posible ser cristianos, discípulos de Cristo y maltratar a los demás, no ser serviciales, dejarnos llevar de la pereza y el capricho, realizar nuestro trabajo y obligaciones de cualquier manera, chapuceramente. “¿Qué pensar de los que se adornan con un nombre y no lo son?, ¿de qué sirve el nombre si no se corresponde con la realidad? (…). Así, muchos se llaman cristianos, pero no son hallados tales en realidad, porque no son lo que dicen, en la vida , en las costumbres, en la esperanza, en la caridad.” – San Agustín, “Tratado sobre la 1ª Epístola de San Juan2 4,4 -.

Pidamos a Nuestra Madre su mediación en esta lucha por ser coherentes, por anunciar con nuestras vidas la fe que profesamos.