Durante los últimos domingos hemos venido leyendo el capítulo 6 del Evangelio de San Juan en el que Jesús revela el gran misterio de la Eucaristía. Les ha dicho en modos diversos cómo nos dará su carne y su sangre como alimento, para tener vida eterna, para tener su vida misma, para que estemos en él y él en nosotros. Ciertamente es un misterio grande ante el cual se dan dos respuestas. “Muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: este modo de hablar es duro ¿quién puede hacerle caso?”. La otra respuesta es la de San Pedro: no entiende, pero se fía de Cristo “¿a quien vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna, nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”. Es decir, rechazar lo que no se entiende o, llenos de admiración y agradecimiento, inclinar la cabeza y adorar.

“Muchos discípulos suyos se echan atrás y no volvieron a ir con él”. Qué duro debió resultar al corazón de Cristo. Él promete entregarse como alimento y muchos ya “no volvieron a ir con él”. “Este modo de hablar es duro ¿quién podrá hacerle caso?”. La reacción de escándalo se produce, en el fondo, pos una reacción de soberbia. Me fío más de mi capacidad para comprender que de Dios. Algo que puede sucedernos – y creo que nos sucede no pocas veces – cuando nos gana la vanidad, la comodidad, la sensualidad, el amor propio,… En el fondo, detrás de cada pecado personal hay un posicionamiento nuestro frente a Dios: me fío más de mi, de mis capacidades y apetencias que de lo que me dice Dios. Y en esto no caben componendas. La respuesta del Señor es de firmeza. No rebaja la verdad a cambio de que no perder seguidores. Es más, se vuelve a los Doce para preguntarles: “¿también vosotros queréis marcharos?”. Está dispuesto a quedarse solo antes que traicionar la verdad, los planes de su Padre. Con la misma radicalidad debemos situarnos nosotros ante las palabras de Cristo. Las lecturas de hoy nos ponen también a nosotros ante la misma decisión, con las palabras de Josué en la primera Lectura, “escoged hoy a quién queréis servir”. Nuestra libertad es urgida a tomar una decisión, no hay una “tercera vía”. Las palabras de Cristo son las únicas que “son espíritu y vida”. Ninguna otra sabiduría la supera. Le pedimos al Señor en el día de hoy que nos aumente la fe, que aprendamos a fiarnos más de él que de nosotros.

Pedir la humildad de los sencillos para no perder nunca el asombro ante el amor de Dios por cada uno, ante la decisión de Dios de hacerse en la Eucaristía alimento y presencia. San Juan Pablo II nos escribió una encíclica sobre la Eucaristía (Ecclesia de Eucharistía) con la pretensión, son sus palabras, de “suscitar el asombro” ante este misterio. Que María, el primer Sagrario, renueve constantemente este asombro para no acostumbrarnos y dejarnos transformar por el cuerpo de su Hijo y la compañía de su presencia.