Hoy es la conmemoración de todos los fieles difuntos. En este día se elevan al cielo plegarias de intercesión pidiendo al Dios de la vida que acoja a nuestros familiares y amigos difuntos en lo “escondido de su morada” (Sal 26,5). Se rezarán muchos Rosarios, muchos responsos, junto a la tumba de nuestro seres queridos desgranaremos la oración del Padre nuestro y la Salve,… Pero, sobre todo, ofreceremos la intercesión y reparación más perfectas en la Santa Misa, porque son la intercesión y reparación de Cristo. La Iglesia, Esposa de Cristo, ha recibido como dote del Esposo todos los tesoros de la Redención, de la Misericordia del Padre, para distribuirlos a los hombres de todos los tiempos. Y esto incluye también, por la comunión de los santos, a quienes han muerto en el Señor. Y haremos bien en enseñar a los más jóvenes a vivir esta preciosa obra de misericordia para que un día lo hagan por nosotros.

Es también una buena ocasión para detenernos en algún momento a considerar una obviedad. Todos moriremos. La muerte es un dato seguro. Hemos de contar con ella. Nos hará mucho bien considerar de cuando en cuando esta verdad, poniéndola en primera persona: “yo me moriré”. Especialmente en un tiempo como el nuestro. Hoy existe como un rechazo a hablar de la muerte, a toda costa hemos de evitar que “chupe cámara”. Pensemos cuántas veces se repite la misma escena de la llamada conspiración del silencio: el enfermo grave conoce muy bien su situación, pero no dice nada con el fin evitar el sufrimiento de su familia y amigos; éstos que también callan para que el enfermo no se entere. Todos saben todo, pero nadie dice nada. De este modo nadie se puede preparar, uno para morir y otros para la ausencia que se avecina. Nadie se “despide” de nadie, cuando todos saben que la separación es inevitable. Además, con el fin de evitar cualquier sospecha, ni palabra de pedir que avisen a un sacerdote para recibir la alegría y la paz de la reconciliación con Dios en el sacramento de la confesión o recibir la fortaleza y el consuelo de la unción de los enfermos. C. S. Lewis con gran agudeza e ironía retrataba muy bien esta situación en unas supuestas cartas de un experimentado demonio a su sobrino Orugario, un demonio aprendiendo el oficio. Decía hablando de la II Guerra Mundial: “tiene tendencias que por sí mismas no nos son nada favorables. (…). Matan a hombres en lugares en los que sabían que podían matarles y a los que van, si son del bando del Enemigo, preparados. ¡Cuánto mejor para nosotros si todos los humanos muriesen en costosos sanatorios, entre doctores que mienten, enfermeras que mienten, amigos que mienten, tal y como les hemos enseñado, prometiendo vida a los agonizantes, estimulando la creencia de que la enfermedad excusa toda indulgencia e incluso, si los trabajadores saben hacer su tarea, omitiendo toda alusión a un sacerdote, no sea que revelase al enfermo su verdadero estado! Y cuan desastroso es para nosotros el continuo acordarse de la muerte a la que obliga la guerra” (C.S. Lewis, Cartas de un diablo a su sobrino, RIALP 1994, p.41, carta IV). Nos hace mucho bien meditar en ella, nos ayudará a vivir mejor. Nada de eufemismos.

Además, sólo se muere una vez y hemos de hacerlo bien ¡En este asunto no hay ensayos! Morir bien es hacerlo como Jesús en la Cruz, entregando su vida. “Y Jesús, clamando con una gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto expiró” (Lc 23, 46). Qué bueno, Señor, poder morir así, haciendo de nuestra muerte un ultimo acto de entrega a Dios. Ahora que quieren que el hombre se muera sin enterarse, sin darse cuenta ¡Yo quiero saberlo, para poder entregar mi vida! No quiero verme privado de ese último acto de entrega, de abandono, de amor.

Madre, Abogada nuestra, sal al encuentro de nuestro difuntos y a nosotros ayúdanos a prepararnos para hacer de nuestra muerte algo meritorio a hacer de ella un acto de expiación y reparación por los pecados propios y de los demás.