Leemos en el Evangelio de hoy: “sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa”. Cuánta paz y seguridad nos debería dar el conocimiento de esta verdad: Dios quiere tener su casa llena. Quiere llevarnos a toda la humanidad con él. Ciertamente, esto no suprime la necesidad de nuestra decisión libre de recorrer el camino que conduce al cielo, de luchar por convertirnos. En la primera lectura San Pablo nos deja algunas precisiones de cómo recorrer ese camino “que vuestra caridad no sea una farsa; aborreced lo malo y apegaos a lo bueno… sed cariñosos unos con otros estimando a los demás más que a uno mismo… Servid constantemente al Señor… practicad la hospitalidad… bendecid a los que os persiguen…”. Esto es también cierto ¡Pero “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4)!

Dios quiere llevarnos al cielo. Pensar en él, tratar de imaginarlo, hará crecer en nosotros el deseo eficaz de dejarnos llevar para alcanzarle. El solo hecho de saber que hemos sido creados para el cielo debe llenarnos de gozo, de esperanza; debe ponernos en marcha, anhelar nuestra “patria definitiva” (cf. Heb 13,14) “Como busca la cierva, corrientes de agua, así te busca mi alma, Dios mío. Tiene mi alma sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo podré ir a ver el rostro de Dios?” (Sal 42, 2-3). Aunque, como nos recordaba San Juan Pablo II, “es preciso mantener siempre cierta sobriedad al describir estas realidades últimas, ya que su representación resulta siempre inadecuada” (Catequesis sobre el cielo 21-7-1999), podemos afirmar que es la verdad más hermosa en la que todo será gozo y alegría sin fin, donde se enjugará toda lágrima y no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor (cf. Apc 21, 4-5). Y al mismo la más difícil de describir, sino que “más bien, como dice la Escritura, anunciamos lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman” (1 Co 2, 9).

Pensemos en el cielo ¡Vale la pena correr para arrebatar el Reino, vivir para esta esperanza! “Así, cuando se manifieste el Pastor Supremo, recibiréis la corona de gloria que no se marchita” (1 Pe 5, 4). Vale la pena poder decir al final de nuestra vida con San Pablo: he combatido bien mi combate (cf 2 Tm 4, 7). Seguros porque “lo que es imposible para el hombre no lo es para Dios” (Lc 18, 27). El optimismo, la alegría,… no son sólo fruto del carácter, también de la esperanza. Por ello, a la hora del trabajo intenso, del cansancio, de ver que los días se pasan,… que se nos va la vida,… ¡fortaleced la esperanza! La esperanza del cielo es un motor que nos impulsa. Nadie persevera en el camino, especialmente cuando se torna empinado y angosto, si no espera llegar a algún lugar. La esperanza, como toda virtud es una potencia operativa, nos mueve, nos lleva a Dios. No es mera pasividad: esperar a que Dios me salve.

Reina del Cielo, nosotros queremos ver a Dios. Llena nuestro corazón de esperanza teologal. Aleja de nosotros toda forma de tristeza. Ayúdanos, Madre nuestra, a “vivir alegres con la esperanza, pacientes en la tribulación” (Rm 12,12).