El Evangelio de la Misa nos describe un escenario con mucha gente “acompañando” a Jesús. Admirada por los milagros que realiza o conmovidas por sus palabras. El Señor va preparándoles para dar un paso más, para pasar de “acompañarle” a seguirle: “si alguno se viene conmigo…”. Para entrar en comunión con sus destino: “quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”. Hoy también hay mucha gente – y quizás nosotros no andamos lejos de ellos – dispuesta a “acompañarle”, pero cuando la invitación resulta comprometedora los ánimos se van desvaneciendo, porque hay que estar dispuestos a posponer “padre y madre… incluso a sí mismo”. No basta con admirar la figura de Jesús. Esto puede ser un primer paso. Es preciso identificarnos con su persona, cambiar los criterio por los que actuamos. Si admiramos, si “acompañamos”, pero estamos dispuestos a involucrarnos con su vida terminaremos por perder incluso esa admiración y Jesús terminará por ser un personaje incómodo.

Para hacerles más fácil esa disposición a tomar la cruz, el Señor les recuerda que el va por delante. Llevar la cruz “detrás de mí”. Esta es la clave para superar el escándalo y el temor que nos suscita la cruz. Tú, Señor, la llevas delante de mí. Nunca estoy sólo ante el misterio de la Cruz, de cualquier forma de sufrimiento. “Soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio (2 Tim 1, 8). No se trata de una vana exhortación a soportar los sufrimientos. No, es una invitación a entrar más profundamente en la vocación cristiana, que nos pertenece a todos por el bautismo. No hay ningún mal por afrontar, que Cristo no afronte con nosotros. No hay ningún enemigo al que Cristo no haya vencido ya por nosotros. No hay ninguna cruz que llevar, que Cristo no haya llevado ya por nosotros, y que no lleve ahora con nosotros. En la extremidad de toda cruz encontramos la vida nueva en el Espíritu Santo, la vida nueva que alcanzará su plenitud en la resurrección” (Juan Pablo II, Homilía en Baltimore, 8-X-1995). Las contrariedades, el dolor, la humillación,… si el Señor las permite, son una caricia de Dios. Hemos de recibirlas con alegría, que es compatible con el dolor y las lágrimas, y el sufrimiento.

Para no quedar desconcertado y tristes ante la cruz, el Apóstol Santiago nos anima a “considerar como un gran gozo, hermanos míos, el estar rodeados por toda clase de pruebas, sabiendo que la calidad probada de vuestra fe produce la paciencia en el sufrimiento” – St 1,2-3 – Para aprender a amar, hay que aprender a “sufrir” gozosamente – lo que no es una contradicción y hacer la experiencia de no vivir para uno mismo lo demuestra – porque amar exige desprenderse de nosotros mismos, desvivirse, y esto resulta siempre “doloroso”. Pero es el camino de la felicidad. “Para poder amar de verdad – dice Juan Pablo II – conviene desprenderse de todas las cosas, sobre todo de uno mismo, dar gratuitamente. Esta desposesión de uno mismo es fuente de equilibrio. Es el secreto de la felicidad”.

El Papa Francisco ya nos recordaba, desde el inicio de su pontificado, la locura de seguir a Cristo sin la cruz. “El mismo Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Te sigo, pero no hablemos de cruz. Esto no tiene nada que ver. Te sigo de otra manera, sin la cruz. Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor. Quisiera que todos, después de estos días de gracia, tengamos el valor, precisamente el valor, de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Y así la Iglesia avanzará” (Misa con los Cardenales en la Capilla Sixtina el 14-III-2013).

Nuestra Señora de los Dolores, ayúdanos a mantener la mirada en el cuerpo traspasado de tu Hijo, para perder todo temor a la cruz, a la entrega, a la renuncia de cada uno.