Fariseos y pecadores se sientan a escuchar a Jesús. En este pasaje del Evangelio, San Lucas sólo se refiere a la reacción de los fariseos, por tanto podemos suponerla distinta a la de los pecadores. Seguramente estos últimos escucharan con íntimo gozo y esperanza al comprender en las palabras de Cristo la posibilidad de perdón para ellos. Sin embargo, los fariseos se escandalizaban y “murmuraban entre ellos”, entre otros motivos, porque se creen justos, no necesitados de perdón; para purificarse confían en ellos mismos, en los ritos y ceremonias aprendidos de sus padres. El Señor les responde mostrando la disposición de Dios al perdón de los pecados con una parábolas sencillas pero elocuentes, llenas de ternura y compasión hacia los pecadores y, al mismo tiempo, les responde señalándoles la necesidad de reconocer su pecado de convertirse. Quiere facilitar su “regreso”, animarles a experimentar el gozo de saberse encontrados, como la oveja perdida, y sentirse cagados sobre los hombros de un pastor “muy contento”, que para nada les recrimina. Esto nos sucede cada vez que recibimos el sacramento de la reconciliación. Cuando acudimos a la confesión sacramental el Señor nos carga “sobre sus hombros, muy contento” para llevar él la carga de nuestros pecados. Es muy importante no olvidar esto: en la confesión es Cristo quien sale a nuestro encuentro, lo decisivo no es lo que nosotros hacemos en cada confesión, sino lo que Dios hace en cada uno. Por esto hemos de acudir con frecuencia a recibir este gran sacramento de la misericordia de Dios. En él somos “hallados” y renovados una y otra vez. Vayamos a él con corazón contrito y humillado. ¿Las confesiones habituales son así fuente de alegría y gratitud? ¿Hay verdadero dolor de amor?

El pecado no tiene la última palabra ¡Cómo iba a tener la última palabra el demonio o nuestra miseria! ¡Dios es más grande que nuestro pecado! “Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Sin embargo, “la Misericordia de Cristo no supone una banalización del mal. Cristo lleva en su cuerpo y en su alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructiva, abraza y transforma el mal en el sufrimiento, en el foco de su amor sufriente. El día de la venganza y el año de la Misericordia, coinciden en el Misterio Pascual, en Cristo muerto y resucitado. Esta es la venganza de Dios, que en la persona de su Hijo sufre por nosotros. Y así, cuanto más estemos tocados de la Misericordia de Dios, tanto más entraremos en solidaridad con su sufrimiento. Debemos disponernos a completar en nuestra carne ‘aquello que falta a los padecimientos de Cristo’ (Col. 1-24)” ((J. Ratzinger, Misa antes del Cónclave, 21-IV-2005).

“Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. No dejemos de luchar por recorrer este camino alegre de la conversión. Nos recordaba San Juan Pablo II cómo “la conversión en esta tierra nunca es una meta plenamente alcanzada: en el camino que el discípulo está llamado a recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es un empeño que abarca toda la vida (Exhortación Postsinodal “Iglesia en América”, 22-I-1999, n. 28). El Cardenal Ratzinger en la Conferencia sobre “La nueva evangelización”, durante el jubileo de los catequistas y profesores de Religión, el 10 de diciembre de 2000 en Roma, concretaba el significado de la conversión: “convertirse significa dejar de vivir como viven todos, dejar de obrar como obran todos, dejar de sentirse justificados en actos dudosos, ambiguos, malos, por el hecho de que los demás hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; por tanto, tratar de hacer el bien, aunque sea incómodo; no estar pendientes del juicio de la mayoría, de los demás, sino del juicio de Dios. En otras palabras, buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva. (…) Conversión significa salir de la autosuficiencia, descubrir y aceptar la propia indigencia, la necesidad de los demás y la necesidad de Dios, de su perdón, de su amistad. La vida sin conversión es auto justificación (yo no soy peor que los demás); la conversión es la humildad de entregarse al amor del Otro, amor que se transforma en medida y criterio de mi propia vida. (…) Ciertamente, la conversión es ante todo un acto personalísimo, es personalización. Yo renuncio a ‘vivir como todos’; ya no me siento justificado por el hecho de que todos hacen lo mismo que yo, y encuentro ante Dios mi propio yo, mi responsabilidad personal”.

Virgen María, Refugio de los pecadores, pon en nuestra alma un amor vivo para que no se endurezca nuestro corazón, para experimentar el gozo y la alegría de una nueva conversión.