“El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado”. Esta sentencia del Señor, tan llena de sentido común, en principio debería ser sencilla hacer vida, convertirla en criterio de actuación habitual; pero muchas veces no es así. Cuántas veces no decimos algo semejante a esto: bueno, este detalle es pequeño, se trata de un mentira sin importancia, es una mentira piadosa – como si la piedad y la mentira se pudieran conjugar juntas – ¿No se trata acaso de quitar importancia a lo pequeño, de no valorar ser de fiar en lo menudo? Podríamos ir recorriendo cada virtud cristiana y descubriríamos lo mismo: ¡se trata de una pequeña falta de caridad, es algo de detalle, si vamos a ser tan meticulosos! No damos importancia a nuestros enfados y se termina sembrando la indiferencia. Empezamos por no dar importancia a la murmuración, a comentar defectos ajenos, y acabamos calumniando, maltratando el buen nombre de los demás diciendo cosas de los demás que no son verdad, sin apenas descubrir la gravedad de la injusticia.

Nos jugamos mucho más de lo que pueda parecernos en el cuidado de los “detalles” pequeños. San Juan Pablo II nos recordaba en la Exhortación “Reconciliación y penitencia” 17, comentando la parábola del hijo pródigo cómo la decisión de abandonar la casa del Padre no se improvisa. “A una decisión de ese género no se llega de repente: que esto no se nos olvide. Ya antes habría consentido pensamientos solapados de rebeldía, de crítica contra su padre, de celos hacia su hermano,…” De ordinario Dios nos pide pequeñas cosas, vencimientos casi insignificantes, pero que llenos de cariño agrandan el corazón haciéndolo capaz de amar con más generosidad, capaz de amores más grandes. Cuando no mantenemos “engrasado” el motor del amor, la caridad, nos enfriamos y no somos capaces de ser honrados en lo importante. “No penséis que los que se pierden caen víctimas de un fracaso repentino; cada uno de ellos erró en los comienzos de su senda, o bien descuidó por largo tiempo su alma, de modo que debilitándose progresivamente la fuerza de sus virtudes y creciendo, en cambio, poco a poco la de los vicios, vino a quebrantarse miserablemente… Una casa no se derrumba de golpe por un accidente imprevisible: o había ya algún defecto en sus fundamentos, o la desidia de los que la habitaban se prolongó por mucho tiempo, de forma que los desperfectos en un principio pequeñísimos fueron corroyendo la firmeza de la armadura, por lo que, cuando llegó la tempestad o arreciaron las lluvias torrenciales, se destruyó sin remedio, poniendo de manifiesto lo antiguo del descuido” (Casiano, Collationes, 6, 17 (PL 49, 667-668).

El amor hay que cuidarlo, mimarlo, alimentarlo,… ¡defenderlo! continuamente. El amor está hecho de pequeños y repetidos actos de amor, de entrega. Las dejaciones pequeñas van creando una muralla que no deja a la fuerza de Dios llegar a nuestras almas y que las cambie. Es como esas barreras de coral que frena la fuerza del mar, del oleaje y que están hechas de miles y miles de pequeños animales (pólipos). El Espíritu Santo advierte a la Iglesia de Sardes – y a nosotros -: “conozco tu conducta; tienes nombre de viviente pero estás muerto” (Apoc 3,1). Como estar muerto y seguir andando por el impulso, la inercia, pero ya no está movido por el amor, cuando nuestro corazón está hecho para amar. Hemos de aprender a no quitar importancia a lo pequeño.

Madre mía, Madre nuestra, descúbrenos el tesoro escondido en la fidelidad y el amor en lo pequeño, que lleva al amor hasta el extremo.