“¡Cuidado con los escribas!” Una vez más el Señor advierte sobre la conducta y actitud de algunos escribas y fariseos, para que no incurran en sus mismos errores. En esta ocasión les previene sobre su gusto por aparentar y ser reconocidos, “que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes”, junto a su afición por el dinero, que obtienen de las viudas a quienes piden dinero con el pretexto de largos rezos. Se trata de la vanidad, de la gloria vana y las riquezas. Ambas cosas tienen una fuente común: el amor egoísta, insensible ante la dignidad y las necesidades de los demás. “Así, pues, el tener más, lo mismo para los pueblos que para las personas, no es el fin último. Todo crecimiento tiene dos sentidos bien distintos. Necesario para permitir que el hombre sea más hombre, lo encierra en una prisión desde el momento en que se convierte en el bien supremo, que impide mirar más allá. Entonces los corazones se endurecen y los espíritus se cierran; los hombres ya no se unen por amistad, sino por interés, que pronto les hace oponerse unos a otros y desunirse. La búsqueda exclusiva del poseer se convierte en un obstáculo para el crecimiento del ser, y se opone a su verdadera grandeza. Para las naciones, como para las personas, la avaricia es la forma más evidente de un subdesarrollo moral” (Pablo, Enc. Populorum progressio, 26-III-1967, 19).

Esta advertencia de Jesús, también es para nosotros. Debemos vigilar porque en cada uno se da esa misma inclinación. Podemos encontrarnos más preocupados por nuestra apariencia externa, cuidando más de los vestidos, de las marcas,… Y no ponemos cuidado en cultivar la caridad, la generosidad, que nos hacen realmente mejores personas. Es la situación de la viuda: su aspecto no sería como el de aquellos escribas, ni su limosna tan llamativa para los demás como la de aquellos “ricos que echaban en cantidad”; sin embargo los ojos del Señor descubren la verdadera grandeza de aquel corazón y recibe la alabanza de Jesús: – “os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

Hemos de pedir ahora el Señor tener una mirada como la suya, para mirar así a los demás y también a nosotros mismo. Una mirada que permite descubrir el verdadero valor de las personas que no está en lo que tienen sino en lo que son, en la grandeza de su corazón, que les lleva a dar limosna de sí mismos. Una mirada que nos haga capaces de descubrir las necesidades de quienes están a nuestro lado y pueden necesitar de una sonrisa, de ser escuchados, de nuestra compasión, de un poco de compañía, de reír y llorar con ellos. En una palabra, de la limosna de lo que somos y no de lo que nos sobre. Es el camino para la felicidad, para hacernos verdaderamente ricos. El hombre “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Concilio Vaticano II, G. S. 24).

Que nuestra Madre del Cielo nos abra los ojos y el corazón a las necesidades de los demás, nuestros hermanos.