“A vino nuevo, odres nuevos”. Comenzamos hoy la semana de oración por la unidad de los cristianos, que este año nos propone como centro de nuestra reflexión y oración: “destinados a proclamar las grandezas del Señor”. Nos puede suceder, como en tantos otros temas, que podamos terminar pensando: ¿qué puedo hacer? Esto es cuestión de las altas jerarquías de las Iglesias. Sin embargo no es verdad. A todos nos afecta la división entre los cristianos. Es necesario cambiar de mentalidad y descubrir como algo propio el dolor de la separación. Todos estamos incluidos en la oración de Cristo pidiendo por la unidad de todos sus discípulos: “Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros” (Jn 17,11).

Ciertamente hay pasos y decisiones que se escapan a nuestras fuerzas, pero todos podemos hacer mucho por ser instrumentos de unidad. Nos recordaba San Juan Pablo II en la Carta Novo Milenio número 43 reflexionando sobre la unidad: “¿Qué significa todo esto en concreto? También aquí la reflexión podría hacerse enseguida operativa, pero sería equivocado dejarse llevar por este primer impulso. Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades. Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como ‘uno que me pertenece’, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un ‘don para mí’, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber ‘dar espacio’ al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento”.

Se trata ahora de releer y hacer examen. Descubriremos en cuántas cosas hemos de cambiar de mentalidad ¿Cuándo miro a quien tengo frente reconozco la luz de la Trinidad en su rostro? Nuestra mirada es como la del corazón de Cristo? ¿Siento al otro como algo mío? ¿Sé compartir sus alegrías y sus sufrimientos, Cómo es mi preocupación por las cosas del otro? Saber llevar los unos las cargas de los otros (cf. Gal 6,2). El precio de la unidad es la Cruz (Benedicto XVI, homilía ordenaciones 7 de mayo de 2006): la unidad se paga con la cruz. ¡Saber morir a gustos, caprichos, cosas opinables,…

Ya se ve que hay mucho campo para cambiar de mentalidad, para convertirnos a la unidad. Pidamos a Nuestra Madre del Cielo que nos ayude en ese camino de ser vínculo de unidad con todos.