Audacia para enseñar la verdad

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

“Guardaos de los falsos profetas”. Advertencia repetida por el Señor en varios momentos. Los escritos apostólicos no dejan de recordarlo. “Pero también surgieron falsos profetas en el pueblo de Israel, como habrá entre vosotros falsos maestros; éstos introducirán fraudulentamente herejías perniciosas” (2 Pe 2, 1). “Queridísimos, no creáis a cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus son de Dios, pues muchos falsos profetas han aparecido en el mundo” (1 Jn 4, 1). Es natural una primera reacción de escándalo, pues no son unos ladrones o mentirosos quienes engañan sino profetas, personas que nos hablan de parte de Dios y de quienes esperamos la verdad.

Ya estamos advertidos. De los falsos profetas debemos guardarnos, es decir, no fiarnos, no hacerles caso, desconfiar, y debemos vigilar por un doble motivo. En primer lugar, para no ser engañados por “falsos profetas”, que nos dicen de parte de Dios lo que Dios no ha dicho. Y para discernir la veracidad de los profetas tenemos varios recursos. El primero nos lo recuerda el Señor en el Evangelio de hoy: “por sus frutos los conoceréis ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?”. Un signo de la autenticidad de los profetas es la coherencia, ser “hombres de Dios”, la santidad de vida. En segundo lugar, debemos vigilar porque cada uno podemos ser esos falsos profetas ¿De quien esperamos la verdad? De nuestros padres, maestros, pastores,… Todos tenemos alguna responsabilidad en la formación de la fe de los demás.

No podemos dejarnos ganar del temor al rechazo por enseñar la verdad sobre el hombre revelada por Dios: su dignidad, la grandeza de su vocación y, por tanto de la conducta acorde con ella. Ese temor puede llevarnos unas veces a deformar la enseñanza del Evangelio para adaptarla al gusto de lo que el mundo quiere oír. La advertencia de San Pablo a Timoteo es también para nosotros: “en la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y por su reino te advierto seriamente: predica la palabra, insiste con ocasión y sin ella, reprende, reprocha y exhorta con toda paciencia y doctrina. Pues vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus pasiones para halagarse el oído. Cerrarán sus oídos a la verdad, y se volverán a los mitos. Pero tú sé sobrio en todo, sé recio en el sufrimiento, esfuérzate en la propagación del Evangelio, cumple perfectamente tu ministerio” (2 Tm 2, 1-45). Otras veces, sencillamente nos callaremos, guardaremos silencio cuando deberíamos hablar. También nosotros podemos silenciar la verdad por evitarnos dificultades. Ya lo advertía un gran pesador, Jean Guitton en un librito siempre actual (“Silencio sobre lo esencial”): “por motivos de paz, de caridad, se honra a lo esencial con el silencio. En las familias más unidas, en los amores más tiernos, hay temas de los que no hay que hablar. (…) Pero llega un momento en que este silencio sobre lo esencial ya no puede ser observado sin lesionar el deber de sinceridad y de verdad sin poner en peligro el núcleo mismo de lo esencial.” – Jean Guitton, Silencio sobre lo esencial, Edicep, 1988.-

Los mártires nos recuerdan permanentemente a nosotros, cristianos de este tiempo, que no se puede descender a componendas con el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad. La Verdad es Verdad, no hay componendas. La vida cristiana requiere, por así decirlo, el “martirio” de la fidelidad diaria al Evangelio, el valor para dejar que Cristo crezca en nosotros y sea Cristo quien dirija nuestro pensamiento y nuestras acciones. Pero esto puede suceder en nuestras vidas solo si es sólida la relación con Dios (cf. Benedicto XVI, audiencia 29-8-2012, martirio de San Juan Bautista).

Le pedimos a la Reina de los profetas que nos audaces para ser los profetas con los que su Hijo cuenta en nuestros días.

"Trackback" Enlace desde tu web.

Comentarios (1)

  • Gustavo José

    |

    Para enseñar la verdad se requiere una sólida formación y alta maduración de fe.Bendito sea Dios.

    Responder

Deja un comentario