las bienaventuranzas, camino de felicidad

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

En las bienaventuranzas del evangelio de hoy hay una contraposición desconcertante: la felicidad anunciada en el Reino está vinculada a situaciones que son consideradas como desgracias por el hombre; y esto es lo paradójico: que las bienaventuranzas ligan la felicidad prometida a comportamientos que implican o bien una renuncia (pobreza), o bien una lucha (por la paz, por la justicia), o bien una situación de víctima (persecución). El fondo del problema reside en la certeza de la felicidad prometida, la Bienaventuranza del Reino. Sólo quienes fiándose se arriesgan a vivir estas bienaventuranzas podrán comprobar hasta qué punto esto es verdad. Sólo conoce que hay más felicidad en dar que en recibir quien ha hecho la experiencia de dar sin esperar nada a cambio, desinteresadamente.

La respuesta a la búsqueda de la felicidad reside en la posesión del Reino de Dios que, comenzando aquí abajo, hay que situar en plenitud en la vida eterna. Ese Reino, participación en la vida misma de Dios, trae consigo la tan deseada felicidad, la alegría sin mezcla y para siempre. Lo que las Bienaventuranzas nos enseñan es que el Reino de Dios puede ser alcanzado por diversas vías, que se corresponden con otras situaciones humanas particulares, pero que se implican entre sí: pobreza y espíritu de desprendimiento, mansedumbre, paciencia, pureza de corazón, misericordia, etc.

Las bienaventuranzas deben ser comprendidas desde la proclamación hecha por Jesús poco antes: se presenta como Liberador, tomando la palabra en la sinagoga de Nazaret “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido, para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del señor… – y termina diciendo- Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy” (Lc 4,18-21). Esta liberación es la que otorga todo su sentido a las Bienaventuranzas.

Ciertamente es un programa que desborda la capacidad humana y que es incompresible sin la vida de la gracia, que se reparte abundante a través de los sacramentos, y sin un deseo eficaz de buscar la santidad en medio del mundo. Es verdad que las bienaventuranzas contienen una sabiduría que escapa a los sabios y entendidos, a los autosuficientes. Cumpliéndose al pie de la letra lo que dice el apóstol S. Pablo a los Corintios en su primera carta: no hay en nuestra asamblea muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas: todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios.

Pero con las bienaventuranzas Jesús viene a darnos, antes que unos preceptos, a su misma persona, el don del Espíritu Santo, que hace posible alcanzar esta felicidad que nos propone y que está fuera de nuestro alcance. Si nos fiamos del Señor descubriremos hasta qué punto la promesa contenida en las bienaventuranzas comienza a cumplirse ya en esta vida, lo mismo que las situaciones contrarias: “¡Ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo…!”

Le pedimos a nuestra Madre del Cielo que nos alcance la gracia de entender y poder vivir según el estilo de la enseñanza de su Hijo.

 

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