La misericordia de Dios ha puesto un límite al mal

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

“Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. Es la queja de unos hombre que se tienen por justos y les molesta la misericordia de Jesús con los pecadores. No sólo no tiene en cuenta sus pecados ¡los acoge y come con ellos! El Señor, para dejarlo más claro aún les muestra en dos parábolas en la alegría de Dios al encontrar y poder recuperar a los pecadores.

El pecado no tiene la última palabra “La misericordia de Dios ha puesto un límite al mal” (Juan Pablo II, Memoria e identidad). Es como Dios dijera al mal: ¡hasta aquí llega tu poder! Esta es nuestra esperanza ante nuestros pecados. La última palabra no es la muerte que trae el pecado, sino la misericordia de Dios, que “hace todas las cosas nuevas” (Apoc 21, 5) y nos permite volver a empezar. Esto no significa quitar importancia al pecado, como nos decía el Cardenal Ratzinger, en la Misa antes del Cónclave, 21-IV-2005: “La Misericordia de Cristo no supone una banalización del mal. Cristo lleva en su cuerpo y en su alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructiva, abraza y transforma el mal en el sufrimiento, en el foco de su amor sufriente. El día de la venganza y el año de la Misericordia, coinciden en el Misterio Pascual, en Cristo muerto y resucitado. Esta es la venganza de Dios, que en la persona de su Hijo sufre por nosotros. Y así, cuanto más estemos tocados de la Misericordia de Dios, tanto más entraremos en solidaridad con su sufrimiento. Debemos disponernos a completar en nuestra carne ‘aquello que falta a los padecimientos de Cristo’ (Col. 1-24)”. Frente a la realidad del pecado del hombre, la respuesta de Dios es un plan de salvación. El hombre no queda sólo ante su pecado; hay algo más que experiencia de culpa, por la iniciativa de Dios cabe el arrepentimiento.

La penitencia es la virtud que nos inclina precisamente a esto: a dolernos de los propios pecados como ofensa a Dios, y a hacer cuanto sea para removerlos y volver a la amistad divina. La consoladora verdad de un Dios que es Amor misericordioso invita al arrepentimiento y penitencia. La conversión y la penitencia tiene su mejor expresión y culminación en el sacramento de la penitencia, la confesión. Mediante el dolor, sobre todo dolor de amor, concedido por Dios, el hombre puede cancelar las ofensas del pecado. El desamor se cancela con amor, con el sacramento de la penitencia, de la misericordia de Dios, de la reconciliación, abrazo.., con las obras de amor, penitencia.

La conversión es nuestra respuesta a la misericordia de Dios, si bien en esta tierra nunca es una meta plenamente alcanzada: en el camino que el discípulo está llamado a recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es un empeño que abarca toda la vida (cf. Juan Pablo II, Exhort. Postsinal Eclesia in América). La conversión exige que ésta sea sincera, interior, total. No obstante admite grados de intensidad, generosidad. Jesús conoce esta diversidad y la ilustra en la parábola del sembrador. Quienes corresponden con generosidad reciben nueva gracia: al que tiene se le dará y abundará… Entienden las palabras divinas sólo los que tienen buenas disposiciones… Cada uno de nosotros también tiene sus durezas de oído, de corazón y de entendimiento ante la palabra de Dios, ante su gracia.

María, Auxilio de los cristianos, refugio de los pecadores alcánzanos un deseo de verdadera conversión.

 

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