El reino de los Cielos pasa por el misterio de la Cruz

Escrito por Comentarista 5 el . Posteado en Comentario a las Lecturas

¿Cuándo va a llegar el reino de los de Dios? Esta pregunta, de un grupo de fariseos, es muchas veces también la nuestra. Cuando el cansancio y el desánimo en la lucha personal, cuando las dificultades parece que se nos amontonan, cuando aparece el dolor y la enfermedad, en fin, en cualquier situación de sufrimiento, nos sale la pregunta ¿Cuándo va a llegar el reino de Dios? ¿Cuándo, Señor, manifestarás todo tu poder y vencerás sobre toda forma de muerte? ¿Y cuál es la respuesta de Cristo? No les dice una fecha. Él es el Reino de los Cielos, presente entre nosotros, y les responde con un anuncio de la cruz: el Hijo del Hombre “antes tiene que padecer mucho y ser reprochado por esta generación”. La respuesta de Dios a toda forma muerte, de sufrimiento, de de esclavitud, particularmente la del pecado, es la entrega de su Hijo a padecer y morir por nosotros. El Señor viene a decirnos que nuestra pregunta debería ser otra: Señor ¿cómo esperas que nos unamos a ti en tu pasión salvadora?

Cuando te sientas tentado por el desaliento, si piensas que Dios “tarda”,… “el profeta – Habacuc – da una respuesta: ‘si Dios tarda, espéralo, pues vendrá ciertamente sin retraso’ – Ha 2,3 -.(…). Nuestra espera de Dios nunca es vana: cada momento representa una oportunidad para conformarnos a Jesucristo, y permite que la fuerza del evangelio transforme nuestra vida personal y nuestro servicio a los demás, según el espíritu de las bienaventuranzas” (San Juan Pablo II, Homilía en Baltimore el 8-X-1995). Conformarnos a Cristo, que está en la Cruz. Identificarnos con El. Esto transforma nuestra vida según el espíritu de las bienaventuranzas: “bienaventurados los que lloráis porque reiréis”,… Detrás de cada situación que nos hace sufrir, de cualquier modo, tengo que ver al Maestro, que “está ahí y te llama” (Jn 11, 28). Dios tiene todo previsto para que todo converja al bien de los que le aman (cf. Rm 8, 28) Entenderlo es cuestión de vivirlo, es cuestión de amor. Santa Teresa de Calcuta recogía un testimonio de uno de los muchos a los que ayudó a morir acompañado: “un muchacho que sufría horriblemente, en los últimos años de su vida dijo, le daba pena morir porque acababa de aprender a sufrir por amor a Dios (“Ven, se mi luz” 224). Dios no nos ha llamado para hacer cosas. No rehuyamos la cruz de Cristo. “Porque muchos –esos de quienes con frecuencia os hablaba y ahora os hablo llorando– se comportan como enemigos de la cruz de Cristo; su fin es la perdición, su dios el vientre, y su gloria la propia vergüenza, pues ponen el corazón en las cosas terrenas” (Flp 3, 18-19).

Soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio – 2 Tim 1,8 -. No se trata de una vana exhortación a soportar los sufrimientos. No, es una invitación a entrar más profundamente en la vocación cristiana, que nos pertenece a todos por el bautismo. No hay ningún mal por afrontar, que Cristo no afronte con nosotros. No hay ningún enemigo al que Cristo no haya vencido ya por nosotros. No hay ninguna cruz que llevar, que Cristo no haya llevado ya por nosotros, y que no lleve ahora con nosotros. En la extremidad de toda cruz encontramos la vida nueva en el Espíritu Santo, la vida nueva que alcanzará su plenitud en la resurrección” (San Juan Pablo II, Homilía en Baltimore el 8-X-1995).

“Una última palabra deseo reservaros a vosotros, queridos enfermos. Vuestro silencioso testimonio es un signo eficaz e instrumento de evangelización para las personas que os atienden y para vuestras familias, en la ‘certeza de que ninguna lágrima, ni de quien sufre ni de quien está a su lado, se pierde delante de Dios’ (Ángelus, 1 de febrero de 2009). ‘Vosotros sois los hermanos de Cristo paciente, y con El, si queréis, salváis al mundo’ (Conc. Vat. II, Mensaje a los que sufren, a los enfermos,…)” (Benedicto XVI, Discurso a participantes de las XXVII Conferencia Internacional del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, 17-XI-2012).

María, por ti nos a visto el Reino de los Cielos, ayúdanos a acogerle en los trabajos de cada día.

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