“Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano”. A una palabra de Cristo “effeta”, “se le abrieron los oídos y se le soltó la lengua y hablaba correctamente”. En nosotros hay sorderas que necesitan ser curadas por la acción y la palabra de Cristo ¿Cuántas veces ante las necesidades de nuestro prójimo nos hacemos los sordos? ¿Cuántas veces ante la petición de un favor lo damos por no oído?… Necesitamos abrir el oído a Cristo para después hablar correctamente, para saber dar una palabra de aliento y esperanza a quienes no encuentran el sentido de su vida, para pedir y ofrecer perdón cuando las sordera han creado dureza en las relaciones,…

Abrir el oído a Cristo es abrirlo a la Palabra de Dios. “La Iglesia “recomienda insistentemente todos sus fieles (…) la lectura asidua de la Escritura para que adquieran ‘la ciencia suprema de Jesucristo’ (Flp 3,8) (…) Recuerden que a la lectura de la Santa Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues ‘a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras’ (San Ambrosio, off. 1, 88)” (DV 25)”. (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2653). Está bien escuchar la Palabra de Dios en la Misa cada día, pero esto basta para tener esa familiaridad con ella y que nos ayude a ir formando una mentalidad, una manera de mirar al mundo y a nosotros mismos. No conformarnos con un trato superficial, hemos de permitir que vaya moldeando nuestro corazón, que alimente nuestra inteligencia, como decía San Juan Pablo II, eso permite “la formación de una mentalidad, de un modo de contemplar el mundo con sabiduría, en la perspectiva del fin supremo: Dios y su plan de salvación. Juzgar los acontecimientos a la luz del Evangelio. En eso estriba la sabiduría sobrenatural, sobre todo como don del Espíritu Santo, que permite juzgar bien a la luz de las razones últimas, de las cosas eternas. La sabiduría se convierte así en la principal ayuda para pensar, juzgar y valorar como Cristo todas las cosas, tanto las grandes como las pequeñas. (…) A esa meta se puede llegar dejándose guiar por el Espíritu Santo en la meditación del Evangelio, que favorece la profundización de la unión con Cristo, ayuda a entrar cada vez más en el pensamiento del maestro y afianza la adhesión a él de persona a persona” (Audiencia general 2 – VI – 1993, nº 4)

No podremos ser curados de nuestras sorderas si no nos alimentamos de la Palabra de Dios. Es para nosotros un privilegio y un deber, una necesidad para conocer a Cristo. “Cumplo con mi deber, obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice Estudiad las Escrituras, y también: Buscad y encontraréis, para que no tenga que decirme, como a los judíos: Estáis muy equivocados, porque no comprendéis las Escrituras ni el poder de Dios. (…) Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo. – San Jerónimo, Comentario de Isaías, cfr. Oficio de Lecturas, 30 de septiembre –

María, como decía San Agustín, ha acogido la Palabra en su seno porque antes lo ha hecho en su corazón. Aprendamos de Ella para abrirnos nosotros también a Palabra de Dios.