“Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el Reina de Dios”. Ante esta afirmación del Maestro, Nicodemo se queda desconcertado porque la interpreta literalmente: “¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre?” Evidentemente el Señor habla de un nuevo nacimiento en otro sentido. En primer lugar un nuevo nacimiento por la gracia del sacramento del bautismo: “te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el Reino de los Cielos”.

Se trata, por tanto de un sacramento necesario. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que “la Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna; por eso está obligada a no descuidar la misión que ha recibido del Señor de hacer “renacer del agua y del espíritu” a todos los que pueden ser bautizados (n 1257). Es verdad que Dios no se ha atado las manos para hacer legar su gracia sólo a los sacramentos, pero ellos son el camino ordinario querido por Dios. Por ello no podemos desentendernos de esta responsabilidad ni, tampoco, desesperar de nadie. “En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: “Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis” (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo bautismo (Catecismo de la Iglesia Católica 1261).

Por el bautismo somos como recreados, hechos criaturas nuevas. Revestidos de Cristo, como dice San Pablo. Podemos vivir una vida nueva, porque hemos sido hechos hijos en el hijo. Vivir como hijos de Dios es ser dóciles a las insinuaciones y mociones del Espíritu Santo: “los que son movidos por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios” – Rm 8,14 – La filiación divina es una verdadera transformación, no es una mera apariencia: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!. (…). Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos.” – 1 Jn 3,1-2 -. No es como una sortija de latón chapada en oro, es convertida en oro. Dios nos hace consortes de su naturaleza, para así hacernos hijos suyos verdaderamente. Por el bautismo somos introducidos en la familia de Dios (cf. Ef 2,19). Introducidos en Dios. Así como la creación es el “poner” Dios fuera de sí algo distinto de sí, la recreación (adopción, deificación…) tiene un carácter de “introducir” Dios en sí algo distinto de sí: la gracia eleva al alma a una tal unión con la naturaleza divina que participa de su vida; vida divina que es constituida por las procesiones intratrinitarias. (cf. Fernando Ocáriz, “Hijos de Dios en Cristo”, 98).

Recordar cuanto recibimos en el bautismo nos ha de llevar a un agradecimiento grande y a permitir que la gracia bautismal no renueve una y otra vez.