Hoy celebramos la fiesta de San Isidoro de Sevilla. Un santo en una familia de santos. En la vida de la Iglesia y para la vida del mundo, los santos son “la sal de la tierra y la luz del mundo”.

Son la sal en un doble sentido: dan sabor y preservan de la corrupción. Los santo nos descubren la alegría de la vida cristiana, el sabor lleno de esperanza de los discípulos del Señor. Nosotros, en la medida en que nos ha sido dada, también debemos mostrar al mundo de la verdadera alegría. En este sentido, el Papa Benedicto XVI nos dejó una reflexión profunda y clara de la fuente de esta alegría a la que nos invita particularmente el Señor en este tiempo de Pascua. “En una vida tan atormentada como era la suya, una vida llena de persecuciones, de hambre, de sufrimientos de todo tipo, sin embargo, una palabra clave queda siempre presente: «gaudete». (…) “Alegraos”, lo podía decir porque en él mismo la alegría era presente «gaudete, Dominus enim prope est». Si el amado, el amor, el más grande don de mi vida, me es cercano, si puedo estar convencido que quien me ama está cerca de mí, aunque esté afligido, queda en el fondo del corazón la alegría que es más grande que todos los sufrimientos. El apóstol puede decir «gaudete» porque el Señor está cerca a cada uno de nosotros. Y así este imperativo, en realidad, es una invitación a darse cuenta de la presencia del Señor en nosotros. (…) El apóstol busca hacernos conscientes de esta presencia de Cristo – escondida pero bastante real – en cada uno de nosotros. (…) Es, por esto, una invitación a ser sensibles por esta presencia del Señor que toca a mi puerta. No debemos ser sordos a Él, porque los oídos de nuestros corazones están tan llenos de tantos ruidos del mundo que no podemos escuchar esta silenciosa presencia que toca a nuestras puertas. (…) Él toca a la puerta, está cerca de nosotros y así está cerca la verdadera alegría que es más potente que todas las tristezas del mundo, de nuestra misma vida. – 4 octubre 2005 Meditación improvisada de Benedicto XVI después del rezo de la Hora Tercia (Lunes III, T. O.).

Son también luz del mundo porque muestran el camino que conduce la verdadera felicidad a la vida eterna, que no es precisamente el camino del placer como nos quiere hacer creer el mundo. “Es una trágica mentira enseñar al hombre que la felicidad pueda o haya, incluso, de alcanzarse abandonándose a las inclinaciones del instinto, sin ninguna renuncia, puesto que es también un trágico error confundir la felicidad con el placer o con la utilidad. ¿No esta este trágico error en la base de tanta desesperación, de tanto cansancio de la vida como demasiado a menudo podemos constatar sobre todo en los espíritus juveniles?” (Juan Pablo II Roma, 16 – XI – 1987). Cuando no es la propuesta en el consumo, como recordaba el Papa Francisco: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (Papa Francisco, Encíclica Evangelii gaudium 2).

Que nuestra Madre nos haga sal y luz para la vida del mundo.