Qué distinta la conducta de los Apóstoles tras ver al Señor resucitado. La resurrección transformó a unos hombres de temerosos – encerrados por miedo a los judíos -, en hombres audaces, “encantados” de padecer por Cristo: “Entonces llamaron a los Apóstoles, los azotaron, les ordenaron no hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. Ellos salían gozosos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del Nombre” (Hch 5, 40-41). Ahora no hay quien les calle: “no os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre?; pero vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre. Pedro y los Apóstoles respondieron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que vosotros matasteis colgándolo de un madero. A éste lo exaltó Dios a su derecha, como Príncipe y Salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Y somos testigos de estas cosas nosotros y el Espíritu Santo, que Dios ha dado a todos los que le obedecen” (Hch 5,28-32).

“Pues nosotros no podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 20). Tomar conciencia de la resurrección de Cristo nos hará apostólicamente más audaces, experimentar la urgencia de anunciar al Señor. Superando respetos humanos y el que dirán. Es una trampa mortal el querer “quedar bien”, “que no haya problemas”. Querer ganar “la simpatía del mundo” nos paralizará. Nosotros como los apóstoles: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Convertirnos en apóstoles con urgencia. “La caridad de Cristo nos urge” – 2 Cor 5, 14 – Es la participación en la caridad de Cristo – no la nuestra – la que nos urge. Por eso depende tanto la audacia apostólica de la vida interior. El hierro, de suyo, no tiene capacidad para quemar; sin embargo, puesto al fuego y calentado al rojo vivo, quema lo que toca, porque el fuego le ha dado sus propiedades, su poder. Igual sucede en el trato con el Señor, nos comunica su poder, sus propiedades y ¡quemarás lo que toques! Nos decía San Juan Pablo II en Uruguay: “el renovado ardor apostólico que se requiere en nuestros días para la evangelización, arranca de un reiterado acto de confianza en Jesucristo: porque El es quien mueve los corazones; El es el único que tiene palabras de vida para alimentar a las almas hambrientas de eternidad; El es quien nos transmite su fuego apostólico en la oración, en los sacramentos y especialmente en la Eucaristía. ‘He venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda?’ (Lc 12, 49). Estas ansias de Cristo siguen vivas en su corazón” (Salto, Uruguay, 22 – V – 1988). Y un año antes, Buenos Aires nos lanzaba la misma invitación: “me habéis preguntado cual es el problema de la humanidad que más me preocupa. Precisamente éste; pensar en los hombres que aún no conocen a Cristo, que no han descubierto la gran verdad del amor de Dios. Ver una humanidad que se aleja del Señor, que quiere crecer al margen de Dios y hasta niega su existencia. Una humanidad sin Padre, y, por consiguiente, sin amor, huérfana y desorientada, capaz de seguir matando a los hombres que ya no considera como hermanos, preparando así su propia destrucción y aniquilamiento. Por eso, quiero de nuevo comprometeros hoy a ser apóstoles de una nueva evangelización para construir la civilización del amor” (San Juan Pablo II, Buenos Aires, 11 – VI – 1987).

Que María, Reina de los Apóstoles nos haga más valientes para “dar testimonio de lo que hemos visto y oído”