Durante los siguientes domingos leeremos el capítulo 13 del Evangelio de San Mateo que contiene 7 parábolas propuestas por Jesús. Por eso se le llama el discurso de las parábolas. En todas ellas hay un tema central: el Reino. Luego cada una tiene sus propios matices. Jesús va explicando diferentes rasgos del Reino de Dios que viene a establecer. En la del Evangelio de hoy domingo nos lleva a dirigir nuestra mirada a las disposiciones con que acogemos la semilla, que es el Reino de Dios, y el consiguiente fruto que da en la vida de cada uno. El mismo Cristo explicará después la parábola a sus discípulos. Nos queda a nosotros hacer examen de cómo es la disposición de cada uno para acoger esa semilla. Cada uno podemos sentirnos reflejados en distintos momentos de nuestra vida en cada uno de esos “terrenos”, lo caído junto al camino, lo caído en un pedregal, lo que cayó entre espinos y la caído en tierra buena.

En primer lugar, lo sembrado en el camino. Es la situación de “todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el maligno y arrebata lo sembrado en su corazón”. “No entender” no se refiere a una incapacidad de la que no seríamos responsables, sino de la disposición a dejarse enseñar por la Palabra. No entendemos por falta de amor, no por falta de inteligencia, y esa disposición abre la puerta al diablo que “arrebata lo sembrado”. En ocasiones nos resistimos a dejarnos guiar por ella, porque lo que nos propone supone un empeño personal por convertirnos en algún aspecto y no estamos dispuestos. Entonces no inventamos excusas para “defendernos” de la Palabra de Dios y no la entendemos. Así, por ejemplo, cuando me cuesta perdonar a alguien algunas ofensas, me defiendo con excusas para justificar una pequeña venganza y no dejar que la misericordia a la que me invita Jesús sea el criterio de mi acción.

En otros momentos somos como ese terreno pedregoso, donde no puede prender y dar su fruto la semilla. Cada uno debemos identificar cuales son esas piedras. Unas veces serán la soberbia, la pereza, otras la envidia, el mal humor o el egoísmo, etc. Primero de identificar esas piedras con un examen de conciencia sincero y valiente. Podemos escuchar con agrado la Palabra de Dios, pero sin esta lucha por ir quitando esas piedras, la caridad de Cristo sembrada en nuestro corazón no dará frutos de verdadera caridad.

Los obstáculos serán otras veces esos espinos que “ahogan” los brotes de la semilla. La falta de sentido sobrenatural nos lleva tantas veces a andar como Marta agobiados por tantas cosas, que no somos capaces de gozarnos de la presencia de Cristo, de su cercanía, de la suerte de haberle conocido. Y entonces, casi imperceptiblemente, empezamos a vivir un cristianismo sin Cristo, donde todo es esfuerzo, voluntad, sequedad, agobio,… Por esto es muy importante cuidar mucho nuestra relación personal con Cristo. Entonces, incluso las mayores dificultades no ahogarán la alegría de sabernos hijos de Dios, llamados a la vida eterna.

Pidamos a la Virgen María ser cada día esa tierra buena y que la vida de su Hijo de en nosotros fruto abundante, “unas veces ciento o setenta o treinta por uno”.