En la oración sacerdotal de Cristo que estamos leyendo en el evangelio durante esta semana, vemos cómo abre su corazón al Padre y le muestra sus preocupaciones y le ruega por los suyos: “Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba (…) No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno”. Sabernos objeto de semejante solicitud por parte de Jesús, llena nuestro corazón de serenidad, de confianza, y nos anima a vivir abandonados en la Providencia de Dios. San Juan Pablo II nos dejo un precioso ejemplo en su testamento: “siento cada vez más profundamente que me encuentro totalmente en las Manos de Dios y me pongo continuamente a disposición de mi Señor, encomendándome a Él en su Inmaculada Madre (Totus Tuus)”.

Vivamos sin temor, llenos de seguridad en la Providencia amorosa y misericordiosa de Dios. “Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!” (Rm 8, 15). “Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios?  Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y que intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó.” (Rm 8, 31 – 37).

El Salmo 27 es toda una invitación a vivir sabiéndose custodiado por Dios: “una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo. Él me protegerá en su tienda el día del peligro; me esconderá en lo escondido de su morada, (Sal 27, 4-5). Sabernos escondidos en lo escondido de su morada nos llenará de una gran seguridad interior y nos capacitará para afrontar las dificultades de la vida presente. Hagamos nuestra la oración del Himno de Completas del jueves, una y otra vez: “como el niño que sabe que alguien vela su sueño de inocencia y esperanza, así descansará mi alma segura, sabiendo que eres tú quien nos aguarda. Tú endulzarás mi última amargura, tú aliviarás el último cansancio, tú cuidarás los sueños de la noche, tú borrarás las huellas de mi llanto. Tú nos darás mañana nuevamente la antorcha de la luz y la alegría”.

María es un lugar privilegiado para mirar y aprender a vivir en las manos de Dios. No dejemos de acudir a Ella y nos introducirá en lo escondido de la morada de Dios.