Quien ha tenido en sus manos un grano de mostaza sabe hasta qué punto se trata algo muy pequeño. Sin embargo, sembrada y cuidada se acaba convirtiendo en “un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros a anidar en sus ramas”. Con este fuerte contraste, el Señor quiere captar nuestra atención y ayudarnos a comprender la vitalidad del Reino de Dios, la fuerza del dinamismo del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm 5,5). Es el amor de Dios quien hace las cosas valiosas y grandes. Al mismo tiempo nos muestra Jesús cómo la grandeza de nuestras acciones no está en la importancia o repercusión externa que pueda tener, sino en el amor que hayamos puesto en hacerlo lo mejor posible. La grandeza de las cosas no está en la magnitud del éxito. El “éxito” no se mide, en la lógica divina, por la perfección con que hayamos hecho las cosas, aunque busquemos hacerlas con la mayor perfección, sino en el amor que hayamos puesto. Amor a Dios y al prójimo. Un detalle pequeño de servicio hecho con amor puede ser algo grandioso. Dedicar unos minutos a escuchar a quien se siente solo, hecho por amor da unos frutos desproporcionados a nuestros esfuerzos, porque pueden llevar, consuelo y esperanza a quien se siente perdido.

Al mismo tiempo esta comparación del Señor nos ayuda a valorar de nuevo la importancia de las cosas pequeñas. Cuántos detalles en apariencia nimios son muy importantes. Los detalles de cortesía y educación en el trato con los demás, detalles pequeños de amabilidad, que les hacen la vida más agradable; la realización acabada, hasta en los mínimos detalles, del trabajo y la vida cotidianos, … Es importante que reaprendamos un día y otro a valorar las cosas pequeñas, “el que desprecia las cosas pequeñas, poco a poco caerá” (1 Si 19,1). Por no cuidar los pequeños detalles se nos va tantas veces la eficacia, el amor.

Ayer mismo leímos en el Evangelio de San Juan cómo el Señor con cinco panes de cebada y dos peces dio de comer a una multitud. Este milagro de la multiplicación desde lo pequeño que nosotros podamos aportar lo hace el Señor cada día. La criatura que mejor a sabido comprender esto es su Madre, María, Madre nuestra. Por ello nos volvemos a Ella para pedirle que nos ayude cada día recorrer ese camino que lleva a descubrir cómo en las cosas más pequeñas y humildes se esconde un misterio grandioso, porque Dios se manifiesta en los pequeños y sencillos.