“Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación”. Esta respuesta de Cristo es para la generación de entonces y la actual, para los hombres que le escuchaban en aquel momento y para nosotros. No pocas ocasiones nosotros también pedimos al señor un signo de su presencia, de su cercanía y de su Providencia con nosotros. Porque también necesitamos esa certeza ante las dificultades que a veces nos plantea la vida. Pero enseguida hemos de tener una respuesta muy sobrenatural, que nos lleve a abandonarnos en las manos de Dios. No necesitamos más signos de su amor que el habernos entregado a su propio Hijo. Como nos dice el Apóstol San Pablo, “El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas?”.

Para quien quiere ver, los signos de la cercanía de Cristo son bien visibles. Hace unos días, oía a una joven enfermera que acompañaba a enfermos en una peregrinación con la Hospitalidad de Lourdes, cómo le sorprendía que, entre tantos enfermos, precisamente ahí donde el “mundo” sólo encuentra dudas sobre la existencia de Dios, de su bondad, fuera tan fácil ver a Dios en estas personas. Hemos de pedir al Señor que nos “aclare” la vista, que abra nuestro entendimiento para descubrir los signos de su presencia, de su providencia amorosa.

La Virgen María, que supo guardar cada gesto, cada palabra de su Hijo, meditándola en su corazón nos muestra el camino para reconocer los signos de la presencia de su Hijo, que nos ha prometido que estará con nosotros todos los días hasta el fin de mundo (cf. Mt 28, 20). El camino es meditar cada día la vida y enseñanzas de Jesús en el Evangelio. Llevarlas en la memoria y en el corazón.