“¡Ay de vosotros fariseos!” El Señor se dirige a estos hombres con expresiones duras, que suenan a amenazas serias. Este modo de proceder de Jesús nos desconcierta por varios motivos. Uno de ellos, porque ante los pecadores se muestra con toda misericordia y comprensión, aunque les exhorte a la conversión y a no pecar. Además, porque Jesús sigue siendo aquel manso y humilde de corazón (cf. Mt 11,29), el “cordero manso” que no se irrita ni lleva cuentas del mal (cf. 1 Cor 13,5).

La razón de esta dureza no puede ser fruto, por tanto, de la ira o de un enfado por parte de Jesús. El motivo hemos de encontrarlo en su deseo de salvar a todo hombre. La situación de estos fariseos es particularmente preocupante porque están convenidos de ser justos cuando en realidad no lo son. Lo grave no es ser un pecador, porque no hay pecado que Cristo no haya perdonado, lo grave es estar persuadido de que hacemos las cosas bien, porque entonces no hay “espacio” al arrepentimiento. Si alguien comete un pecado, puede arrepentirse, dejarse levantar por Cristo y volver a comenzar. Sin embargo, cuando hemos perdido esta conciencia de pecado que nos “cierra” la puerta al arrepentimiento. Es el mayo mal que puede ocurrirnos. ¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que de la luz hacen tinieblas y de las tinieblas luz, y truecan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! (cf. Is 5, 20-2). El drama es no reconocer el pecado. A David le salva su conciencia. “Reconozco mi culpa”.

Hemos de pedir al Espíritu Santo que nos ayude a reconocer nuestro pecado. y acudir con confianza al trono de la misericordia. Entonces no tendremos que oir unas advertencias tan graves como las que escucharon estos fariseos, sino que, como a la mujer pecadora nos dirá: “tus pecados están perdonados, vete y no peques más (cf. Jn 8, 7-11).

Pidamos a María, refugio de los pecadores y auxilio de los cristianos, que no permita que se endurezca nuestra conciencia y podamos abrirla a la misericordia de su Hijo.