Los Apóstoles en sus cartas nos advierten de afirmaciones erróneas sobre le misterio de Cristo. Hoy, en la primera lectura, San Juan ya nos pone en guardia: “¿quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? (…) Os he escrito esto respecto a los que tratan de engañaros”.

En Jesús niño, “habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente” -Col 2,9-. Esta es la verdad del misterio de Cristo. La Iglesia desde sus inicios ha debido salir al paso de afirmaciones falsas sobre ese misterio que nos salva. La presencia de falsos pastores no es una novedad de nuestro tiempo, se remonta al tiempo apostólico. Es bueno caer en la cuenta de ello para no asustarse. En la Iglesia, y fuera de ella, no han faltado, ni faltaran, personas empeñadas en desfigurar la verdad sobre Cristo. Y consecuentemente la verdad sobre el hombre, su dignidad, su destino y el camino para alcanzarle. Esto no le sorprende a Dios y no debería asustarnos “pues sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, los que según su designio son llamados” –Rm 8,28-

No debe inquietarnos porque Dios ha querido dejarnos un camino seguro para conocer la verdad: el don del Espíritu de la Verdad dado a la Iglesia. Así pues, tenemos en la enseñanza “constante y universal” de la Iglesia un referente cierto, claro. Si quieres conocer quién es ese “niño que se nos ha dado” pregunta a la Iglesia. Si quieres alcanzar “la promesa que él mismo os hizo: la vida eterna”, no te apartes de la Iglesia. Si quieres permanecer en “el Hijo y en el Padre”, no te separes de la Iglesia. “¡No te separes de la Iglesia! Ningún poder tiene su fuerza. Tu esperanza es la Iglesia. Tu refugio es la Iglesia. Tu salud es la Iglesia. Ella es más alta que el cielo y más dilatada que la tierra. Ella nunca envejece: su vigor es eterno” – San Juan Crisóstomo, “Consideraciones sobre la Iglesia”-.

Esto tiene concreciones claras. Amar a la Iglesia implica amarla como la ha querido su fundador: Cristo. Y la ha querido con una estructura jerárquica, ha querido poner al frente a San Pedro –y a sus sucesores, es decir cada Papa es sucesor de San Pedro- y con Pedro a la cabeza al colegio apostólico –y al sucesor de ese colegio: los obispos-. Así, amar a la Iglesia es amar al Papa de cada momento, ahora el Papa Francisco y mañana el que sea, esto exige, entre otras cosas, rezar por él, empeñarnos en conocer sus enseñanzas, aplicárnoslas y difundirlas. Amar y respetar a nuestro obispo, colaborar lealmente con él, rezar por él, ser difusores de su enseñanza en comunión con el Papa. Cristo también ha querido hacernos llegar su vida misma y sus actos salvadores por los sacramentos, por tanto es un error pretender otro camino para recibir el perdón de los pecados o la gracia de la filiación.

Hoy celebramos la memoria de San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno, dos grandes defensores de la enseñanza de la Iglesia sobre la verdad del misterio de Cristo, de su humanidad y divinidad. Acudamos a su intercesión pidiéndoles que pongan en nuestro corazón un deseo grande amar a la Iglesia de servirla como ella quiere ser servida.