“Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios”, repetimos en la antífona del salmo responsorial de hoy. Es la victoria por la que se nos ha devuelto lo arrebatado en Eva por el pecado de origen. Recuperar la filiación divina. El Apóstol San Juan no dice en la primera lectura de la Misa: “mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (…) Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es”.

No se trata únicamente de ser amados como a hijos, sino ¡serlo! San Juan nos recuerda que “¡lo somos!”.“Dios, que ‘habita una luz inaccesible’ (1 Tm 6,16) quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (cf. Ef 1,4-5) -Catecismo de la Iglesia Católica 52-. No debería dejar de asombrarnos tanta grandeza, tal derroche de amor por parte de Dios con nosotros. Pensarlo despacio y volver con frecuencia sobre ello. Dios quiere comunicarnos su propia vida divina, para así hacernos hijos suyos.

La filiación divina es una transformación real y radical. No es apariencia sino realidad. Nos hace consortes de la naturaleza divina (cf. 2 Pe 1, 4). Es una elevación de la naturaleza humana. Un don de Dios, fruto de una acción divina: el bautismo, que nos hace “una nueva criatura” – 2 Co 5, 17 -; un nuevo nacimiento, como el Señor le dice a Nicodemo: “es preciso nacer de nuevo” -Jn 2, 3- y nos hace verdaderamente hijos suyos, “por lo tanto, ya no sois extraños y advenedizos sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios” -Ef 2, 19- ¡”miembros de la familia de Dios”, introducidos en la intimidad de su ser Uno y Trino. “Esta es la victoria de nuestro Dios”, el motivo de nuestra alegría y nuestra esperanza en este tiempo de Navidad.

El conocimiento de esta realidad afecta a toda nuestra vida, influyey transforma cuanto hacemos. Nos da un modo nuevo de mirar al mundo, a los demás, a nosotros mismos. Por ello supone una novedad de vida -cf. Rm 6,4-. ¡Podemos vivir como hijos porque lo somos!Aunque la personalidad humana no desaparece con la gracia – “la gracia presupone la naturaleza” -, por eso no deja de costarnos “vivir como conviene a los santos” –Tt 2,3-. Es preciso el combate de la fe, la lucha por crecer en las virtudes, pero ahora con una motivación nueva y, sobre todo, ayudados “desde dentro” por esa participación en la vida divina que ayuda nuestra fragilidad. Sabernos hijos de Dios marcará como es nuestra lucha, una lucha sin desánimos, optimista, con espíritu deportivo.

Madre nuestra, guíanos en el continuo redescubrimiento del regalo que Dios nos hace en tu Hijo: que podamos llamar a Dios Padre ¡Abba! “Que los confines de la tierra contemplen la victoria de nuestro Dios”.