“Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives? – Él les dijo: Venid y lo veréis. Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima”. El Papa Francisco comenta este pasaje que leemos en la Misa de hoy, recordándonos que a todos se dirige el Señor para decirnos: si quieres saber quién soy, vente conmigo, “ven y verás”. “También a ustedes Jesús dirige su mirada y los invita a ir hacia Él. ¿Han encontrado esta mirada? ¿Han escuchado esta voz? ¿Han sentido este impulso a ponerse en camino? Estoy seguro que, si bien el ruido y el aturdimiento parecen reinar en el mundo, esta llamada continúa a resonar en el corazón de cada uno para abrirlo a la alegría plena” (“Carta a los jóvenes con ocasión de la presentación del Documento preparatorio de la XV Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos”, 13-I-2017).

Es el encuentro personal con Jesucristo, y no con una filosofía o con una ideología, la que puede cambiar nuestra vida, como les sucedió a Andrés y el otro discípulo de San Juan Bautista que le acompañaba, y del que San Juan no nos da el nombre. El Señor está esperando a que le hagamos la pregunta: “¿Maestro ¿dónde vives?”. Y después darle la oportunidad a Cristo de que nos responda: ven conmigo y lo verás. Se inicia así un diálogo y una relación personal con Jesús que nos abre a un modo único de vivir la vida: unidos a Cristo, tan unidos que podamos decir como San Pablo: “no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí (cf. Ga 2, 20). Hemos de “recobrar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar. Quisiera decir a todos insistentemente: abrid vuestro corazón a Dios, dejad sorprenderos por Cristo. Dadle el «derecho a hablaros» durante estos días. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que Él ilumine con su luz vuestra mente y acaricie con su gracia vuestro corazón” (Benedicto XVI, JMJ 2005, Colonia, 18-VIII – 2005). No dejar de asombrarnos del hecho de que Dios quiera, desee, este encuentro con cada uno y no acostumbrarnos a considerar que Él “acaricia con su gracia nuestro corazón”

Si queremos oír su voz, hemos de abrir el oído del corazón y darle el derecho a que nos hable. “Bajar el volumen” a tanto ruido como hay en nuestra vida. Resulta esencial aprender a “hacer ese silencio”. Entonces podremos oír su voz y nuestro corazón vibrar ante la cercanía de Jesús. “Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13, 25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el «arte de la oración», ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!” (Juan Pablo II en “Ecclesia de Eucharistia”,2). El Sagrario, donde está reservada la Eucaristía, nos espera con paciencia eterna para acompañarnos Él a nosotros. La Eucaristía tendría que ser para cada uno como imán potente por el que nos sentimos atraídos.

Que nuestra Madre nos ayude a dejarnos atraer por la voz de su Hijo, a dejar que “acaricie con su gracia nuestro corazón”.