“Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: Ahí́ tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño”. Estas palabras del Señor, quiere poder dirigirlas a cada uno de nosotros. Él está deseando que en nuestra vida no haya engaño ni doblez. Lo que no siempre es sencillo, porque la vanidad nos lleva tantas veces a no ser sencillos y estar más preocupados por las apariencias, o a apropiarnos de una gloria que no nos pertenece. Como nos dice San Pablo: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías, como si no lo hubieras recibido?”(1 Cor 4, 6). En el lenguaje común se llama “sencillo” a lo que no tiene artificio ni complicación, a lo que carece de ostentación y adornos (cf. Diccionario de la Real Academia de la Lengua). “Sinceros y sencillos” o “dóciles y sencillos” son pares de términos que combinan perfectamente, elementos que se complementan y se exigen. 3 No obstante, la sencillez añade algo a la sinceridad y a la docilidad: indica el camino más corto entre los posibles para vivir en la verdad con caridad (cfr. Ef 4,15), evitando complicaciones artificiosas en los pensamientos, palabras y obras. Es la virtud que da cauce a la sinceridad y a la docilidad, que podrían enredarse sin ella.

Otras veces porque nos parece que la mentira es un atajo que nos evita molestias o complicaciones, pero no es verdad, la mentira nos lleva a perder el valor de nuestra palabra y ¿dónde quedaría nuestra fiabilidad? ¿dónde nuestra credibilidad? La mentira es siempre una trampa mortal. El mentiroso huye de la Verdad y a su vida le falta rectitud y comienzan las dobleces. La rectitud de intención es una condición necesaria para reconocer la verdad y adecuarse a ella. En parte a los hombres nos falta rectitud porque no estamos dispuestos a reconocer la autoridad de Cristo y, menos aún, acomodar nuestra vida a las enseñanzas de Jesús. Todos podemos reconocer cómo en algún momento nos falta esa rectitud para reconocer y aceptar lo que el Señor nos pide, porque no estamos dispuestos a vivir así. Entonces retorcemos las cosas, perdemos esa falta de doblez. A cada quien, de modo distinto, en cosas diferentes. Quizá alguna vez no estábamos dispuestos a perdonar a alguien una ofensa que nos parece particularmente grave y, por eso mismo, no queremos ni oír hablar del perdón, o nos inventamos mil excusas y justificaciones para no perdonar, que son unas razonadas sinrazones, incluso nos sentimos incapaces de rezar el Padre nuestro para no repetir: “perdona nuestras culpas como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Es preciso crecer en humildad, en primer lugar, para reconocer nuestra limitación y así pueda curarnos el Señor. Sólo después, estaremos dispuestos.

Si queremos que el Señor nos manifieste su voluntad sobre cada uno, debemos estar dispuestos a dejarnos transformar por su Palabra, a no defendernos de su enseñanza y su acción en el alma de cada uno. Reconocer que Él sabe más, fiarnos más de él que del espíritu propio. Querer sinceramente, con rectitud, conocer esa verdad y dejar que oriente nuestra conducta.

Le pedimos a María, la Esclava del Señor un corazón recto, que acepte con docilidad la Palabra de su Hijo, porque de verdad queremos escuchar de Él todas las respuestas.