La fiesta de hoy marca la apertura definitiva de la salvación de Dios a todos los hombres. Los Magos son representantes del mundo gentil, de los que no son del Pueblo de Israel. Por esto en los Magos estamos todos. Todos los bautizados somos el Nuevo Pueblo de Israel – “miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa”.A todos los bautizados nos cabe, ahora el honor y la responsabilidad de esta elección: Manifestar a todos los hombres la salvación de Dios: Jesucristo. Manifestarlo en las cosas sencillas, en lo cotidiano. Porque no se manifestó Dios con aparato, sino en la humildad de la carne, en un establo de un pueblecito: Belén. Tenemos, pues que manifestar a Dios en las cosas pequeñas de cada día: En el trabajo bien hecho con sentido profesional, con responsabilidad personal, con espíritu de servicio, por amor. Los Magos, haciendo bien su labor de observar los astros descubrieron la estrella que los llevaría hasta Cristo. En las ocupaciones diarias hay un algo divino porque ahí nos está esperando el Señor para manifestarse, para darse.

“Vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra”. “Al ver al niño” comienza un nuevo camino para ellos, que supone cambiar toda su vida. Antes buscan un Rey según los criterios de su mundo: rodeados de comodidades, de lujos, de servidores, con un ejército para defenderse de sus enemigos, … ¡Cuántas veces nosotros esperamos un Dios así: que triture a nuestros enemigos, que supere todos nuestros dolores y sufrimientos, … ¡Dejemos a Dios ser Dios! Él no es a imagen nuestra, sino al revés. Ahora han descubierto a Dios en la fragilidad de un niño, en el ambiente más humilde, sin ejército que le defienda de la violencia de Herodes, un Dios que contrapone el poder del amor al poder de la violencia. Cambian su idea sobre el poder, sobre Dios y sobre el hombre y, con ello cambian también ellos mismos. Y eso significa que ahora ellos mismos tienen que ser diferentes, han de aprender el estilo de Dios. Por eso se arrodillan y le adoran. Una adoración que comprendía también sus presentes. La adoración tiene un contenido y comporta también una donación, con sus dones se entregan ellos mismos. Han aprendido que su vida debe acomodarse a este modo de ser de Dios mismo. Esta es la gran lección de los magos. Han de convertirse en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia. Ya no se preguntarán: ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán más bien: ¿Cómo puedo servir al que Dios está presente en el mundo? Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, a encontrarse a sí mismos. Saliendo de Jerusalén, han de permanecer tras las huellas del verdadero Rey, en el seguimiento de Jesús. Hemos de mirar a esos magos y dejarnos enseñar por ellos.

Miremos a María, estrella luciente de la mañana, en Ella encontraremos la luz de Cristo y de nuevo encontraremos la alegría y la paz de vivir para servir, de vivir para los demás. Reencontraremos el camino del empeño de hacer las cosas por amor y allí nos estará esperando la alegría del Niño-Dios, que de nuevo nace por cada uno.