“No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados”. El Señor en el Evangelio nos previene contra la dureza de corazón con que podemos mirar a los demás. Algo que hemos de vigilar en este tiempo de conversión de la Cuaresma. “Nuestra oración durante la Cuaresma va dirigida a despertar la conciencia, a sensibilizarla a la voz de Dios. No endurezcáis el corazón, dice el Salmista. En efecto, la muerte de la conciencia, su indiferencia en relación al bien y al mal, sus desviaciones son una gran amenaza para el hombre. Indirectamente son también una amenaza para la sociedad porque, en último término, de la conciencia humana depende el nivel de moralidad de la sociedad” (Juan Pablo II, Ángelus 15-III-1981)

Fruto de esa dureza de nuestro corazón, en ocasiones juzgamos con gran severidad a las personas que tenemos cerca. Y muchas veces les juzgamos movidos por los prejuicios o sencillamente porque no nos caen bien. En esa situación, en aquello que juzgamos con dureza se transforma en tolerancia y comprensión, en benevolencia con aquellos que queremos, con los que tenemos una empatía o gozan de nuestro favor. Esto pone en evidencia lo malos jueces que somos. Cuántas veces juzgamos desde los afectos y no desde las razones, desde la verdad. Reconocer que nos puede pasar a cualquiera ya sería un motivo para renunciar a juzgar a las personas.

Tenemos otras razones para no juzgar a los demás. Y es que nosotros no somos mejores. Cuantas veces los defectos que vemos en los demás y que nos incomodan y llevan a juzgar con severidad, están antes en nosotros. Ciertamente yo no soy mejor que mis hermanos. Si reconociéramos esto nos ahorraríamos juicios que nos hacen duros de corazón. Cuántas veces la severidad en nuestros juicios tienen en su origen el desconocimiento o el ocultamiento a nosotros mismos de nuestros defectos. Si hiciéramos un buen examen de conciencia cada uno para conocernos mejor, seguro que nuestros juicios serían más matizados.

Además, hemos de pedir con insistencia que el Espíritu Santo nos conceda mirar con la misma mirada con que Jesús nos mira a nosotros y a los demás. Hemos de aprender a mirar a los demás con los ojos de Cristo. Así, como nos dice San Pablo tener entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Cf. Flp 2,5).

Que María, Madre de todos los hombres nos ayude a reconocernos y amarnos como hermanos. Entonces seremos capaces de perdonar y seremos perdonados.