Jesús les revela, y no primera vez, que él debe subir a Jerusalén donde será entregado a los sumos sacerdotes y condenado a muerte a manos de los gentiles, la muerte que sufrirá no será “rápida” y sin dolor: pasará por el dolor moral de las burlas y el abandono, lo azotarán y lo crucificarán (una muerte llena de dolor, agonía y sufrimiento, tan indigna del hombre que lo romanos no podían ser crucificados). Y mientras el Señor les dice estas cosas la madre de los Zebedeos está pidiendo privilegios, gloria, poder, … que uno se siente a su derecha y otro a su izquierda en su reino. Estos hijos no parecen desaprobar la intervención de su madre.

Esta situación es muy desconcertante para nosotros. Jesús habla de su pasión y ellos pendientes de su triunfo. Cuánta paciencia por parte de Cristo con sus apóstoles. Entonces el Señor los llamó – cómo los va formando poco apoco – Los apóstoles no se forman en masas, sino personalmente. En lugar de desairarlos o desautorizarlos delante de sus compañeros, Jesús los va a preparar para dar una respuesta positiva, con su pregunta: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Está preparando su corazón para disponerle, cuando llegue el momento, a participar del sacrificio de Cristo y después de su gloria.

En esta historia podemos vernos retratados cada uno de nosotros. Nosotros también queremos ya el triunfo, que la cruz sea superada, que no haya más momentos de desconcierto, de dolor, de sufrimiento en nuestra vida, … ¡que todo nos vaya bien! En una palabra, nosotros también buscamos seguir a Cristo, pero sin Cruz. Nos sucede como en una ocasión a San Pedro que, habiendo confesado a Jesucristo, le dice: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Te sigo, pero no hablemos de cruz. Esto no tiene nada que ver. Te sigo de otra manera, sin la cruz. Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor (cf. Papa Francisco en la Misa con los cardenales, tras ser elegido Papa). No podemos seguir la lógica del mundo. Esa no redime, no salva, al contrario, acaba volviéndose contra el propio hombre. Para aprender a amar, hay que aprender a “sufrir” gozosamente – lo que no es una contradicción y hacer la experiencia de no vivir para uno mismo lo demuestra – porque amar exige desprenderse de nosotros mismos, desvivirse, y esto resulta siempre “doloroso”. Pero es el camino de la felicidad. Por eso sin aprender la sabiduría de la cruz, nos quedamos sin la sabiduría del amor, que es el camino para la felicidad plena. “Para poder amar de verdad – dice Juan Pablo II – conviene desprenderse de todas las cosas, sobre todo de uno mismo, dar gratuitamente. Esta desposesión de uno mismo es fuente de equilibrio. Es el secreto de la felicidad”.

Para superar ese escándalo, hay que aprender a permanecer junto con María, al pie de la cruz contemplando al que traspasaron (cf. Benedicto XVI, Mensaje Cuaresma 2007).