“Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequia no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto”. Estas palabras del profeta son también para cada uno de nosotros. Constituyen una invitación a ponernos en las manos de Dios, a aprender a confiar en su Providencia amorosa. Cuando nos asalten la incertidumbre y la duda, cuando el “enemigo” nos susurre al oído que Dios se ha olvidado de nosotros, es el momento de volvernos a Él. Señor, qué me falta. Y enseguida: que te abandones y vivas tranquilo y con paz. Hemos de volver muchas veces por estos caminos de abandono confiando en la Providencia. Hemos de aprender a confiar más en Dios y menos en nosotros. El rico del evangelio vive confiado en sus riquezas, “banqueteaba cada día”. Su felicidad eran sus posesiones. Pero es una felicidad corta, porque el hombre no ha sido creado para acumular bienes sino para la gloria del cielo. ¿En dónde pongo mi confianza y mi seguridad? ¿En los medios materiales, en mi conocimiento y mis fuerzas? Hagamos examen en este tiempo de cambio, de conversión para volvernos al Señor. Vivir abandonados en Dios es vivir de esperanza. Lázaro sólo tiene esperanza y así alcanza el cielo (“al seno de Abrahán”).

La vida en Cristo nos lleva a superar los límites de una existencia encerrada en uno mismo, que es lo que le sucedía al rico de la parábola. La vida en Cristo nos abre al horizonte de la comunión con Dios y con la gente que nos rodea, dejando atrás la insatisfacción que traen los afanes exclusivamente mundanos. Nos otorga una nueva esperanza, que actúa en nuestra vida diaria y, al mismo tiempo, se proyecta más allá de la muerte. “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor” (Rm 14,7-8). “El haber recibido como don una esperanza fiable fue determinante para la conciencia de los primeros cristianos. (…) Aparece también como elemento distintivo de los cristianos el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una «buena noticia», una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo «informativo», sino «performativo». Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida (…) Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva” (Benedicto XVI, Spes salvi, 2).

Miremos a nuestra Madre y descubramos el secreto de vivir abandonados en las manos de Dios y así alcanzar a contemplar un día el rostro de Cristo, que en esperanza comenzamos a gustar en esta vida.